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Maquinistas del Roca: asesinos inocentes

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“Accidente en estación Claypole. Un hombre se tiró debajo de un tren. Demoras en el servicio diesel de la línea Roca”. La radio informa y me estremezco. Pienso en los hombres que acaban de hacerme un lugar entre sus bolsos, su mal dormir, su reticencia para hablar. Pienso en el Ruben:
-El ruido de los huesos crujiendo contra los fierros de la máquina no te lo olvidás más. Soñas con eso. Es terrible.
Ruben trabaja como ayudante de conductor (maquinista suplente) en la línea Roca, trayecto Temperley - Constitución. Ingresó al ferrocarril en 1988 y lo echaron por “revoltoso” en 1993, cuando Carlos Saúl Primero arengaba “Ramal que para, ramal que cierra”. Rubén paró. Y le cerraron las puertas hasta que en el 96 lo volvieron a tomar. Dos años más tarde tuvo que abandonar nuevamente el trabajo que lleva en la sangre. No es casual que su padre se haya jubilado de conductor después de 30 años de servicio.
Hace poco menos de dos meses “el revoltoso” se reincorporó a la Línea Roca. Es el hombre que me introdujo en el mundo de los tipos que conducen el destino de miles de personas todos los días.
- El muchacho es periodista y quiere saber cómo es un día acá.
Ruben rompe el silencio de la casilla donde esperan la orden para partir tres aspirantes, el grado más bajo en el escalafón. Ninguno supera los 23 años. Forman parte de la dotación Temperley y realizan el trayecto diesel. No bien uno entra, a la izquierda, hay un cuartito de dos por dos en el que caben una cucheta y los borcegos de los privilegiados que asisten al descanso.
La bienvenida es cortés pero fría. Uno de los chicos me saluda y a los cinco minutos se despide. Tiene que ir a buscar una máquina a Remedios de Escalada, donde se encuentra el depósito. Son las cuatro de la madrugada y el hambre y el sueño me comen.
La sala está invisiblemente dividida en dos. De un lado, lockers y bolsos por todos lados. Del otro, una mesa larguísima con dos bancos de la misma longitud que la bordean, un televisor colgado de la pared con su DVD correspondiente. En un rincón, una improvisada cocina y dos pavas del tamaño de una maceta empiezan a chillar. Las paredes están plagadas de carteles con recomendaciones: “Paso a nivel calle Avellaneda gente trabajando. CUIDADO”. La infaltable foto de la minita en pelotas cerca de una de las ventanas, una heladera empapelada con notificaciones y recorridos.
Llega Carlitos, un hombre de unos cincuenta y pico, pelo húmedo, enrulado al mejor estilo Alcides, padre de Alejandro –uno de los pibes que me recibió-. Carlitos se sorprende al verme ahí. Ruben me presenta nuevamente.
-No, no, yo no sé nada. ¿Hay cámaras?
Carlitos se muestra reacio al diálogo. Rompo el hielo y prometo no preguntar datos comprometedores. A partir de ahí empiezo a ser Arturo y no el periodista. Ruben modera y yo aprovecho.
- Entré hace dos meses, de chico me volvían loco los trenes.
Alejandro me muestra una foto en su celular de una “máquina espectacular”. Le gusta el rock y tiene una banda, pero ahora aflojó porque su trabajo ya no le permite girar con la guitarra de acá para allá. Infla el pecho y me dice que no le molesta dejar todo por el ferrocarril

- ¿Que se siente manejar un tren?
Primer lugar común de mi parte.
-Uhhhh! Eso es volar. Es lo más parecido a estar volando.
Ale abre los ojos como un chiquito y se pone colorado.
- ¿No pensás en la gente que llevás atrás?
Pregunto como una vieja.
- No, si pensás en eso no te subís. Te olvidás de todo.
El principiante mira a su padre esperando que éste asienta. Carlitos abre la puerta de un armario. Al cerrarla veo un recorte de diario. Me acerco. Leo que un maquinista de tren atropella alrededor de 25 personas en la misma cantidad de años de servicio. Uno por año. En un recuadro se informa que la contención psicológica ha mermado el stress post traumático de los maquinistas. Pero muchas veces éstos se topan en la puerta de la morgue para reconocer los cuerpos a los familiares de las víctimas que reaccionan de manera violenta.
- Antes nos mandaban a laburar al otro día de los accidentes. Era un garrón. Por suerte hace un par de años nos guardan dos días y podemos ir a un psicólogo.
Carlitos me acerca un dulzón mientras habla y se detiene a reflexionar sobre el artículo.
- Yo me habré comido a 20, 25 más o menos, y eso que entré en el 84.
Ahora contesta sorprendido. Es una cuenta que nadie quiere sacar.
Carlitos lleva cada muerte como una cruz. Según Ruben, a todos les pasa lo mismo aquí. Y sigue cebando.
Son las 6 y el sol me encandila cuando intento divisar el culo de la minita del cuadro. Aparecen dos hombres. Padre e hijo. Los dos se llaman Daniel.
- Seis y media salimos
Informa Daniel padre. Ruben me guiña el ojo. Van a Constitución para hacer el circuito Bosques. Salgo de la sala y me encuentro con una mesa de ping-pong. La mañana me ofreció un detalle que no tuve en cuenta cuando entré, de noche, y con los ojos pegados. El mate caliente hizo efecto. Daniel hijo me comentó que se arman grandes torneos y que él es campeón con la pelotita.

Caminamos con Ruben y la segunda pareja padre-hijo de la jornada hasta la plataforma. A las siete menos cuarto en la estación Temperley se ven perros muertos de hambre, borrachos estropeados, hombres y mujeres vestidos elegantemente para ir al trabajo y estudiantes hermosísimas que -libros en mano- ofrecen su cara al sol para mantener su bronceado perfecto.
Llega el tren. Dentro de la cabina de conducción nos metemos junto con tres hombres más. Son compañeros del Roca. Viajamos como sardinas hasta Constitución. Ni los conductores se salvan del hacinamiento que viven los pasajeros.
En “Plaza”, como se le dice aquí a la terminal, Ruben charla con otro grupo de compañeros; Daniel padre va a buscar agua para el mate y Danielito –a esta altura- se anima y arriesga:
- Vamos a ir hasta Bosques y ahí pegamos la vuelta.
Danielito toma el control de la máquina y Daniel, Ruben y yo nos acomodamos en la cabina que no tiene más de cuatro metros de diámetro. Los banderilleros saludan desde cada paso a nivel. Danielito me cuenta que a sus 22 años le gusta salir los sábados porque tiene el domingo libre. La vida de estos jóvenes gira en torno al ferrocarril. Tradición familiar. Se toman muy en serio la tarea que no sólo les da de comer. Es una vocación para ellos, y viven cada metro de vía recorrido como si fuera el último.
Camino a la estación Bosques, uno se topa con parajes de otra época. Familias numerosas que aguardan la llegada del tren, construcciones de adobe que bordean el camino, canchitas de fútbol con arcos con piedras como palos, y tierra, mucha tierra; plantaciones de cualquier cosa, animales mal alimentados y el aroma a campo que se mezcla con la baranda insoportable que destila el motor del ferrocarril.
Daniel padre habla poco, y cuando habla se le entiende menos. Me comenta que si no sos familiar de algún laburante del Roca no entrás, y que él ingresó “en el setenta y pico”.
Saliendo de la estación Varela, el menor de los dos Daniel aminora la marcha.
- Esta parte está hecha mierda, hay que tener cuidado porque podés descarrilar. Hay muy mal mantenimiento.
El papá me informa sobre su disconformidad de la línea manejada por Sergio Tasseli. Y agrega que están muy expuestos cuando hay demoras en el servicio, que la gente los insulta y hasta llegaron a agredir a compañeros suyos. La gendarmería va a montar guardia en todos los recorridos de la línea desde fines de este mes, según el ministro del Interior, Aníbal Fernández
El circuito nos lleva a la estación Temperley y las chicas lindas ya no están. Son las nueve y media. El final se acerca y Daniel grande me mira y voltea su cabeza hacia la ventana. Ruben cuenta anécdotas sobre compañeros que ya no están.
Al salir de Avellaneda, le acerco un amarguito al padre del que maneja y me dice que estamos por llegar. Y vuelve la cara contra la ventanilla.
-Yo tengo treinta muertos.
Daniel rompe el silencio. Ahora habla claro. Lo miro y gira el cuello.
Llegamos a Plaza constitución. Me despido de Ruben, Danielito busca su bolso antes de bajar y me saluda desde la máquina.
- ¿Y tu viejo?
Le pregunto a los gritos al veinteañero y me dice que no sabe, que desapareció. Me subo al 60 y el chofer sube el volumen de la radio. Un tipo se acaba de tirar debajo de un tren en la estación Claypole.

ARTURO BULIAN
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