Jorge Luis Borges nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires y al poco tiempo su familia se instaló en Palermo, barrio inspirador de la mitología orillera de sus poesías y cuentos.
Su madre fue Leonor Acevedo, persunaje fundamental de su vida y obra, y su padre Jorge Guillermo Borges, escritor, escritor y profesor de psicología.
En 1914 los Borges se instalan en Ginebra, donde Jorge Luis cursa el bchillerato: cinco años después viaja a España y forma parte del movimiento literario ultraísta, que después introducirá en la Argentina.
Publica sus primeros ensayos y poemas en revistas y regresa a Buenos Aires en 1921, fundando a poco de llegar la revista mural Prisma, a la que segurían luego Proa (junto a Macedonio Fernández), la segunda Proa (con Ricardo Güiraldes) y el periódico Martín Fierro, al tiempo en que aparecen publicados sus primeros libros de poesía.
En 1928 apoya la reelección de Hipólito Yrigoyen y en el 29 recibe el Segundo Premio Municipal de Poesía.
En 1938 muere su padre, ingresa como auxiliar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané y comienza a trabajar en colaboración con Adolfo Bioy Casares, con quien -a lo largo de los años- dirigiría colecciones de literatura fantástica y publicaría varias obras, entre ellas, Seis problemas para don Isidro Parodi y Nuevos cuentos de Bustos Domec.
Profundamente antiperonista, renunció a su cargo en la Biblioteca Cané en 1946 con la llegada al poder del general Juan Domingo Perón y, tras el derrocamiento de éste, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional y docente en la Facultad de Filosofía y Letras.
Tuvo un acercamiento con el Cartido Conservador y, más tarde, se definió como un pacifista-anarquista-individualista: lo cierto es que hasta el último día de su vida sostuvo una visión polémica y urticante sobre la política y la realidad del país.
En 1967 se casó Elsa Astete de Millán, pero el matriomonio duró sólo tres años: por esa misma época conoció a María Kodoma, su alumna en un seminario sobre épica, que se transformó en su compañera inseparable y que leyó para él durante veinte años, a medida que avanzaba su ceguera progresiva. Se casaron en abril de 1986, cuando ya Borges sabía que tenía cáncer de hígado y que le quedaban pocos meses de vida.
Candidato eterno al Premio Nobel, nunca lo ganó, aunque está considerado en el mundo como uno de los más grandes exponentes de la literatura universal. Además de su producción poética (Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Elogio de la sombra, entre otras), fue un brillante cuentista (Ficciones, El Aleph) y un lúcido ensayista (Historia de la eternidad, Inquisiciones).
Murió el 14 de junio de 1986, en Ginebra, a los 86 años.
Everness
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
Y cifra en Su profética memoria
Las lunas que serán y las que han sido.
Ya todo está. Los miles de reflejos
Que entre los dos crepúsculos del día
Tu rostro fue dejando en los espejos
Y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
Cristal de esa memoria, el universo;
No tienen fin sus arduos corredores
Y las puertas se cierran a tu paso;
Sólo del otro lado del ocaso
Verás los Arquetipos y Espelendores.
Un ciego
No sé cuál es la cara que me mira
Cuando miro la cara del espejo;
No sé qué anciano acecha en su reflejo
Con silenciosa y ya cansada ira.
Lento en mi sombra, con la mano exploro
Mis invisibles rasgos. Un destello
Me alcanza. He vislumbrado tu cabello
Que es de ceniza y es aún de oro.
Repito que he perdido solamente
La vana superficie de las cosas.
El consuelo es de Milton y es valiente,
Pero pienso en las letras y las rosas.
Pienso que si podría ver mi cara
Sabría quién soy en esta tarde rara.
1964
I
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
Ni los lentos jardines. Ya no hay una luna
Que no sea espejo del pasado,
Cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
La fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
Sino lo que no tiene y no ha tenido
Nunca, pero no basta ser valiente
Para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
Y te puede matar una guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas cosas en el mundo:
Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha,
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojala me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Adriana? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
Que en paz descanse.
Fuente: Transcripción de "Los máximos creadores: Jorege Luis Borges". Tengan en cuenta el tiempo que me llevó, no fue un simple "copiar - pegar", pero lo hice con mucho gusto.
Su madre fue Leonor Acevedo, persunaje fundamental de su vida y obra, y su padre Jorge Guillermo Borges, escritor, escritor y profesor de psicología.
En 1914 los Borges se instalan en Ginebra, donde Jorge Luis cursa el bchillerato: cinco años después viaja a España y forma parte del movimiento literario ultraísta, que después introducirá en la Argentina.
Publica sus primeros ensayos y poemas en revistas y regresa a Buenos Aires en 1921, fundando a poco de llegar la revista mural Prisma, a la que segurían luego Proa (junto a Macedonio Fernández), la segunda Proa (con Ricardo Güiraldes) y el periódico Martín Fierro, al tiempo en que aparecen publicados sus primeros libros de poesía.
En 1928 apoya la reelección de Hipólito Yrigoyen y en el 29 recibe el Segundo Premio Municipal de Poesía.
En 1938 muere su padre, ingresa como auxiliar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané y comienza a trabajar en colaboración con Adolfo Bioy Casares, con quien -a lo largo de los años- dirigiría colecciones de literatura fantástica y publicaría varias obras, entre ellas, Seis problemas para don Isidro Parodi y Nuevos cuentos de Bustos Domec.
Profundamente antiperonista, renunció a su cargo en la Biblioteca Cané en 1946 con la llegada al poder del general Juan Domingo Perón y, tras el derrocamiento de éste, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional y docente en la Facultad de Filosofía y Letras.
Tuvo un acercamiento con el Cartido Conservador y, más tarde, se definió como un pacifista-anarquista-individualista: lo cierto es que hasta el último día de su vida sostuvo una visión polémica y urticante sobre la política y la realidad del país.
En 1967 se casó Elsa Astete de Millán, pero el matriomonio duró sólo tres años: por esa misma época conoció a María Kodoma, su alumna en un seminario sobre épica, que se transformó en su compañera inseparable y que leyó para él durante veinte años, a medida que avanzaba su ceguera progresiva. Se casaron en abril de 1986, cuando ya Borges sabía que tenía cáncer de hígado y que le quedaban pocos meses de vida.
Candidato eterno al Premio Nobel, nunca lo ganó, aunque está considerado en el mundo como uno de los más grandes exponentes de la literatura universal. Además de su producción poética (Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Elogio de la sombra, entre otras), fue un brillante cuentista (Ficciones, El Aleph) y un lúcido ensayista (Historia de la eternidad, Inquisiciones).
Murió el 14 de junio de 1986, en Ginebra, a los 86 años.
Everness
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
Y cifra en Su profética memoria
Las lunas que serán y las que han sido.
Ya todo está. Los miles de reflejos
Que entre los dos crepúsculos del día
Tu rostro fue dejando en los espejos
Y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
Cristal de esa memoria, el universo;
No tienen fin sus arduos corredores
Y las puertas se cierran a tu paso;
Sólo del otro lado del ocaso
Verás los Arquetipos y Espelendores.
Un ciego
No sé cuál es la cara que me mira
Cuando miro la cara del espejo;
No sé qué anciano acecha en su reflejo
Con silenciosa y ya cansada ira.
Lento en mi sombra, con la mano exploro
Mis invisibles rasgos. Un destello
Me alcanza. He vislumbrado tu cabello
Que es de ceniza y es aún de oro.
Repito que he perdido solamente
La vana superficie de las cosas.
El consuelo es de Milton y es valiente,
Pero pienso en las letras y las rosas.
Pienso que si podría ver mi cara
Sabría quién soy en esta tarde rara.
1964
I
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
Ni los lentos jardines. Ya no hay una luna
Que no sea espejo del pasado,
Cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
La fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
Sino lo que no tiene y no ha tenido
Nunca, pero no basta ser valiente
Para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
Y te puede matar una guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas cosas en el mundo:
Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha,
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
La Casa de Asterión
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojala me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Adriana? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
Que en paz descanse.
Fuente: Transcripción de "Los máximos creadores: Jorege Luis Borges". Tengan en cuenta el tiempo que me llevó, no fue un simple "copiar - pegar", pero lo hice con mucho gusto.