agusstin
Usuario
Esta es mi humilde historia, situada en los palacios de Dioses de antaño, orientada a la interpretación, del señor lector, de ciertos personajes que conviven en este agradable lugar. De más está decir que miembros de Taringa! serán incluidos en los capítulos por venir. Capítulo Nº 1: “La Primavera de Zeus” Vastas edades del hombre han pasado, desde que los rayos del sol se reflejaban en los palacios de cristal, moradas de los reyes del Monte Olimpo. Éstos, disfrutaban de los juegos de azar, la abundante comida y bebida, así como de ínfimos placeres, que le son desconocidos al hombre moderno. Fue un día de jolgorio, donde los azares se inmiscuyeron en el abundante y estimado vino, procedente de las uvas más jugosas que la tierra pudiera cultivar, donde se remonta esta historia. La primavera se había situado una vez más en los jardines de Zeus, señor de todos los dioses, culminando en lo que se denominaba “Tiempo de Crear”. Ésta primavera no sería una excepción a las anteriores. Una vez más, el dios del cielo y el trueno realizaba su empresa predilecta: reunir a sus súbditos con motivos de celebrar la llegada de la fertilidad, dando lugar a la gestación de un nuevo heredero al trono. Zeus se levantó de su sillón de oro, con respaldo alto, incrustado de joyas, y pidió reunión con Hermes, dios de las fronteras y los viajeros que las cruzan, de los pastores y las vacadas, de los oradores y el ingenio, de los literatos y poetas, del atletismo, de los pesos y medidas, de los inventos y el comercio en general, de la astucia de los ladrones y los mentirosos. -Hermes a vuestro servicio, señor Zeus, Rey de los Dioses, Señor del Olimpo, dueño de las venturas del Cielo- así se presentaba Hermes ante el llamado de su Señor, de rodillas y con la cabeza a gachas. -Acompáñame- respondió Zeus con tono amable, y caminaron por los jardines de su palacio, poblados de nomeolvides, helechos, orquídeas, azucenas. Las flores y plantas más hermosas crecían y se regocijaban en su morada, cuna de las aves más calidas. -Te será designada la siguiente tarea- se aclaró la garganta y continuó, con su elegante e imponente voz- debes procurar el arribo de las damas del Olimpo a mi palacio. El tiempo de crear ha llegado, y debe celebrarse. Te elijo como heraldo y estimo que emplearás tus habilidades con grandeza y sutileza, como lo has hecho antaño, y así convencerás a Hera, Afrodita, Atenea, y Artemisa de asistir a la celebración. -Y así será, su excelencia- aceptó Hermes, inclinando levemente la cabeza en gesto de sumisión. -Dispones de seis días para lograr tu cometido. El día séptimo, en el crepúsculo nocturno se celebrará el Tiempo de Crear. Recuerda que tanto tú como Ares, Poseidón, Hefesto, y Apolo tienen prohibida la entrada a partir de mañana. Luego de la reunión con Zeus, Hermes montó su corcel, oscuro como una sombra en la noche, y se encaminó a realizar su empresa. Continuará...
Jorge Luis Borges nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires y al poco tiempo su familia se instaló en Palermo, barrio inspirador de la mitología orillera de sus poesías y cuentos. Su madre fue Leonor Acevedo, persunaje fundamental de su vida y obra, y su padre Jorge Guillermo Borges, escritor, escritor y profesor de psicología. En 1914 los Borges se instalan en Ginebra, donde Jorge Luis cursa el bchillerato: cinco años después viaja a España y forma parte del movimiento literario ultraísta, que después introducirá en la Argentina. Publica sus primeros ensayos y poemas en revistas y regresa a Buenos Aires en 1921, fundando a poco de llegar la revista mural Prisma, a la que segurían luego Proa (junto a Macedonio Fernández), la segunda Proa (con Ricardo Güiraldes) y el periódico Martín Fierro, al tiempo en que aparecen publicados sus primeros libros de poesía. En 1928 apoya la reelección de Hipólito Yrigoyen y en el 29 recibe el Segundo Premio Municipal de Poesía. En 1938 muere su padre, ingresa como auxiliar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané y comienza a trabajar en colaboración con Adolfo Bioy Casares, con quien -a lo largo de los años- dirigiría colecciones de literatura fantástica y publicaría varias obras, entre ellas, Seis problemas para don Isidro Parodi y Nuevos cuentos de Bustos Domec. Profundamente antiperonista, renunció a su cargo en la Biblioteca Cané en 1946 con la llegada al poder del general Juan Domingo Perón y, tras el derrocamiento de éste, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional y docente en la Facultad de Filosofía y Letras. Tuvo un acercamiento con el Cartido Conservador y, más tarde, se definió como un pacifista-anarquista-individualista: lo cierto es que hasta el último día de su vida sostuvo una visión polémica y urticante sobre la política y la realidad del país. En 1967 se casó Elsa Astete de Millán, pero el matriomonio duró sólo tres años: por esa misma época conoció a María Kodoma, su alumna en un seminario sobre épica, que se transformó en su compañera inseparable y que leyó para él durante veinte años, a medida que avanzaba su ceguera progresiva. Se casaron en abril de 1986, cuando ya Borges sabía que tenía cáncer de hígado y que le quedaban pocos meses de vida. Candidato eterno al Premio Nobel, nunca lo ganó, aunque está considerado en el mundo como uno de los más grandes exponentes de la literatura universal. Además de su producción poética (Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Elogio de la sombra, entre otras), fue un brillante cuentista (Ficciones, El Aleph) y un lúcido ensayista (Historia de la eternidad, Inquisiciones). Murió el 14 de junio de 1986, en Ginebra, a los 86 años. Everness Sólo una cosa no hay. Es el olvido. Dios, que salva el metal, salva la escoria Y cifra en Su profética memoria Las lunas que serán y las que han sido. Ya todo está. Los miles de reflejos Que entre los dos crepúsculos del día Tu rostro fue dejando en los espejos Y los que irá dejando todavía. Y todo es una parte del diverso Cristal de esa memoria, el universo; No tienen fin sus arduos corredores Y las puertas se cierran a tu paso; Sólo del otro lado del ocaso Verás los Arquetipos y Espelendores. Un ciego No sé cuál es la cara que me mira Cuando miro la cara del espejo; No sé qué anciano acecha en su reflejo Con silenciosa y ya cansada ira. Lento en mi sombra, con la mano exploro Mis invisibles rasgos. Un destello Me alcanza. He vislumbrado tu cabello Que es de ceniza y es aún de oro. Repito que he perdido solamente La vana superficie de las cosas. El consuelo es de Milton y es valiente, Pero pienso en las letras y las rosas. Pienso que si podría ver mi cara Sabría quién soy en esta tarde rara. 1964 I Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. Ya no compartirás la clara luna Ni los lentos jardines. Ya no hay una luna Que no sea espejo del pasado, Cristal de soledad, sol de agonías. Adiós las mutuas manos y las sienes Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes La fiel memoria y los desiertos días. Nadie pierde (repites vanamente) Sino lo que no tiene y no ha tenido Nunca, pero no basta ser valiente Para aprender el arte del olvido. Un símbolo, una rosa, te desgarra Y te puede matar una guitarra. II Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Hay tantas cosas en el mundo: Un instante cualquiera es más profundo Y diverso que el mar. La vida es corta Y aunque las horas son tan largas, una Oscura maravilla nos acecha, La muerte, ese otro mar, esa otra flecha Que nos libra del sol y de la luna Y del amor. La dicha que me diste Y me quitaste debe ser borrada; Lo que era todo tiene que ser nada. Sólo me queda el goce de estar triste, Esa vana costumbre que me inclina Al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina. La Casa de Asterión Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera. El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos. Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos. No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojala me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo? El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. -¿Lo creerás, Adriana? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió. Que en paz descanse. Fuente: Transcripción de "Los máximos creadores: Jorege Luis Borges". Tengan en cuenta el tiempo que me llevó, no fue un simple "copiar - pegar", pero lo hice con mucho gusto.
La dama de Shalott I En las orillas del río, durmiendo, grandes campos de cebada y centeno visten colinas y encuentran al cielo; a través del campo, marcha el sendero hacia las mil torres de Camelot; y arriba, y abajo, la gente viene, mirando a donde los lirios florecen, en la isla que río abajo aparece: es la isla de Shalott. Tiembla el álamo, palidece el sauce, grises brisas estremecen los aires y la ola, que por siempre llena el cauce, por el río y desde la isla distante fluye que fluye, hasta Camelot. Cuatro muros grises: sus grises torres dominan un espacio entre las flores, y en el silencio de la isla se esconde la dama de Shalott. Tras un velo de sauces, por la orilla, a las pesadas barcas las deslizan unos lentos caballos; y furtiva, una vela de seda traza huidiza, surcos de espuma, hacia Camelot. Pero ¿ quien la vio nunca saludando? ¿o en la ventana de su estudio estando? ¿o acaso es conocida en el condado la dama de Shalott? Sólo los segadores muy temprano, cuando siegan ya maduros los granos, escuchan ecos de un alegre canto que desde el río llega, alto y claro hasta las mil torres de Camelot: Bajo la luna el segador trabaja, apilando haces en las eras altas. Escucha y murmura: “es ella, el hada, la dama de Shalott”. II Ella teje una tela día y noche, tela mágica de hermosos colores. Ha oído murmurar un rumor, sobre una maldición: ay como se asome y mire lejos, hacia Camelot. No sabe que maldición pueda ser, ella teje y no deja de tejer, y otra cosa no hay que pueda temer, la dama de Shalott. Moviéndose sobre un espejo claro que cuelga frente a ella todo el año, sombras del mundo aparecen. Cercano ve ella el camino que serpenteando conduce a las torres de Camelot; Allí el remolino del río gira, y descortés el aldeano grita, y de las mozas las capas rojizas se alejan de Shalott. A veces un tropel de alegres damas, un abate, al que portan con calma, o es un pastor de cabeza rizada, o de largo pelo y carmesí capa, un paje se dirige a Camelot; y a veces cruzan el azul espejo caballeros de dos en dos viniendo: no tiene un buen y leal caballero la dama de Shalott. Pero en su tela disfruta y recoge del espejo las mágicas visiones, y a menudo en las silenciosas noches un funeral con plumas y faroles y música, iba hacia Camelot: O venían, la luna en su camino, amantes casados de ahora mismo; “Estoy enferma de tanta sombra”, dijo la dama de Shalott. III A tiro de arco del alero de ella, él cabalgaba entre la mies de la era; deslumbraba el sol entre hojas nuevas, y ardía sobre las broncíneas grebas del valiente y audaz Sir Lancelot. Un cruzado al que arrodillado puso con la dama por siempre en el escudo, brillaba en el campo amarillo, junto la lejana Shalott. Brillaba libre enjoyada la brida: una rama de estrellas imprevistas colgadas de una Galaxia amarilla. Sonaban alegres las campanillas mientras cabalgaba hacia Camelot: y en bandolera, plata entre blasones, colgaba un potente clarín. Al trote, su armadura tintineaba, sobre la lejana Shalott. Bajo el azul despejado del cielo refulgía la silla de oro y cuero, ardía el yelmo y la pluma del yelmo, juntas como una sola llama al viento, mientras cabalgaba hacia Camelot: Así en la noche púrpura se viera, bajo cúmulos sembrados de estrellas, un cometa, cola de luz, que llega, a la quieta Shalott. Su frente alta y clara, al sol brillaba; sobre los pulidos cascos trotaba; por debajo de su yelmo flotaban los bucles negros, mientras cabalgaba, cabalgaba directo a Camelot. Desde la orilla, y desde el río, brilló en el espejo de cristal, “tralarí lará” cantando en el río iba Sir Lancelot. Dejó la tela, y dejó el telar, tres pasos en su cuarto ella fue a dar, ella vio el lirio de agua reventar, el yelmo y la pluma ella fue a mirar, y posó su mirada en Camelot. Voló la tela, y se quedó aparte; se rompió el espejo de parte a parte; “la maldición vino a mi”, gritó suave la dama de Shalott. IV En la tormenta que de este soplaba, los bosques de oro pálido menguaban, y el río ancho en su orilla los lloraba. Un cielo negro y bajo diluviaba encima las torres de Camelot. Ella bajó hasta el río, y encontróse bajo un sauce, una barca aún a flote, y escribió, justo en la proa del bote, “La Dama de Shalott”. Del río a través del pequeño espacio como un audaz adivino extasiado y en trance, viendo ante sí su trágico destino, y con el semblante impávido, ella miró lejos, a Camelot. Y cuando el día por fin se acababa, ella se tendió, y soltando amarras, dejó que la corriente la arrastrara, la dama de Shalott. Tendida, vestida de un blanco nieve desbordando por los lados del bote las hojas cayendo sobre ella, leves, a través del sonido de la noche, ella flotaba hacia Camelot. Y mientras la afilada proa hería los campos y las esbeltas colinas, se oyó un cantar, su última melodía, la dama de Shalott. Se oyó un cantar, un cantar triste y santo cantado con fuerza y luego muy bajo, hasta helarse su sangre muy despacio, por completo sus ojos se cerraron fijos en las torres de Camelot. Porque hasta allí llegó con la marea, de las primeras casas a la puerta, y cantando su canción quedó muerta, la dama de Shalott. Debajo la torre y la balconada entre las galerías y las tapias hermosa y resplandeciente flotaba, pálida de muerte, entre las casas, entrando silenciosa en Camelot. Al embarcadero juntos salieron: dama y señor, burgués y caballero, su nombre junto a la proa leyeron, la dama de Shalott. ¿Qué tenemos aquí ? ¿ Y qué es todo esto ? Y en el palacio de luces y juegos el jolgorio real tornó silencio; Se santiguaron todos con miedo, los caballeros, allí en Camelot: Pero Lancelot, meditando un poco, fue y dijo, “Ella tiene el rostro hermoso, por gracia de Dios misericordioso, la dama de Shalott.” El óleo de John William Waterhouse fue inspirado en el poema de Alfred Tennyson. Ese es el único detalle que deben considerar; pues, por lo demás, las obras hablan por sí solas. Wallpaper: http://www.picture.cl/images/ladamajzj.jpg
Mito Griego de la Creación En un principio solo existía el Caos. A continuación, Gea o la Madre Tierra engendró por si misma a Urano, o el Firmamento Estrellado. Gea se unió a Urano y tuvo varios hijos. En primer lugar nacieron seis Titanes varones: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Japeto y Crono, que era muy perverso, y seis Titánides mujeres: Tía, Rea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis. Luego Gea y Urano tuvieron otros hijos, Los Cíclopes. Arges, Estéropes y Brontes. Y más tarde fueron padres también de los Hecatonquiros, tres monstruos gigantes con cien brazos y cincuenta cabezas cada uno. Urano era malvado y cada vez que Gea iba a dar a luz, los retenía en el vientre de Gea, no permitiendo que nacieran. Cansada Gea de sufrir, ya que sentía que estaba por explotar, urdió un maléfico plan. Dio a luz una hoz de acero brillante y buscó la ayuda de Crono, el más perverso de sus hijos para que le cortara los órganos genitales mientras dormía. Crono esperó agazapado que Urano roncara placidamente y con la hoz provista por su madre, Gea, lo castró tirando sus órganos al mar. Crono mantenía encadenados a todos los monstruos en las profundidades de la tierra. La sangre derramada, volvió a fecundar la tierra. De allí nacieron las Erinias, espiritus vengadores de los crímenes de sangre, Los Gigantes y las Ninfas Melíades o de los árboles de fresno. Del órgano que cayó al mar nació la diosa Afrodita, que encontraron flotando en una concha marina. Crono se unió a Rea, pero también tenía la mala costumbre de comerse a sus hijos, entonces el menor, Zeus, lo destronó y conquistó el dominio del mundo. Los Titanes que estaban confinados en las profundidades, no estaban de acuerdo y se sublevaron agitando la tierra, sacudiendo las montañas y causando todo tipo de terremotos y maremotos. Zeus, pensó que si los soltaba se calmarían, pero apenas los liberó de su prisión, comenzaron a arrojarle rocas y amontonar montañas. Este desastre duró diez años. Zeus deseaba poner orden de una buena vez y para siempre, entonces descendió hasta el Tártaro donde se encontraban encadenados los Cíclopes y los Gigantes de cien brazos y les pidió ayuda para acabar con el flagelo de los Titanes. Estos accedieron de buena gana y cuando por fin volvieron a ver la luz del sol se llenaron de energía y se lanzaron a la batalla con todas sus fuerzas. Tembló la tierra y se sacudió el cielo hasta que los Titanes quedaron sepultados bajo una montaña de rocas arrojadas por los monstruos de cien brazos. Los que sobrevivieron fueron arrojados al Tártaro y nunca más volvieron a salir de allí. Dédalo y Talo Dédalo era natural de Atenas. Era un gran constructor. Fue reconocido como el primer escultor que trabajó el mármol haciendo hermosas estatuas. También era arquitecto. Muy habilidoso en el uso de las herramientas. Pero Dédalo era muy celoso. Junto a Dédalo trabajaba su sobrino Talo, un joven muy ingenioso. Talo un día encontró en el campo una mandíbula de serpiente y se inspiró para inventar el serrucho, forjando en el hierro una serie de dientes semejantes a los de la serpiente. Cuando Dédalo vió el invento le agarro un ataque de celos y arrojó a Talo desde un precipicio. Como no pudieron acusarlo por falta de pruebas, lo condenaron al destierro. O sea que tenía que marcharse de Atenas. Dédalo y el Laberinto Dédalo entonces partió hacia la Isla de Creta, donde fue muy bien recibido por el rey Minos. Por entonces escaseaban en la isla los arquitectos y escultores y lo tomó a su servicio. Allí Dédalo se dedicó a crear espléndidas obras de arte. En esos momentos, la isla de Creta estaba asolada por un terrible monstruo, con cuerpo de hombre y cabeza de toro llamado Minotauro, que sembraba el terror en toda la isla. El rey Minos le encargó a Dédalo una construcción subterránea para encerrarlo. Dédalo, que era muy ingenioso, entonces construyó un laberinto. Esta construcción tenía tantos pasadizos, rodeos que no llevaban a ninguna parte, vueltas y sinuosidades que una vez que alguien entraba se hacía imposible encontrar la salida. El Minotauro quedó encerrado en el centro del laberinto, de esa manera volvió la tranquilidad a Creta. El rey Minos le encomendaba cada día más trabajo y Dédalo estaba cansado y quería irse de Creta pero el rey Minos no se lo permitía. Icaro y Dédalo Ante la negativa del rey Minos para que Dédalo abandonara Creta, Dédalo comenzó a maquinar la forma de escapar. Como Creta era una isla era prácticamente imposible escapar por mar. El rey Minos tenía una flota importante y lo capturaría. Dédalo había tenido un hijo con una esclava en Creta, su nombre era Icaro. Entonces decidió que escaparía con su hijo por aire. Inspirándose en el vuelo de los pájaros, construyó entonces dos pares de alas. Unas para Icaro y otras para él. Acopió gran cantidad de plumas que fue fijando a la estructura con cera de abejas y luego las adaptó con un arnés a su espalda y sus brazos. Cuando ya estaba todo preparado le dijo a su hijo:- Icaro, si quieres huir conmigo de esta isla, préstame atención y sigue mi consejo. Es necesario que vueles en la mitad de la atmósfera. Si vuelas muy bajo la humedad y el vapor del agua empaparán las plumas, éstas serán muy pesadas y caerás al mar. Y si vuelas muy alto, el calor del sol derretirá la cera, se desprenderán las plumas y también caerás al mar. Una vez que terminó de dar todas las explicaciones, Dédalo se lanzó al espacio. Icaro lo siguió como un pichón que sale por primera vez del nido. Pero Icaro pronto se entregó al placer del vuelo con entusiasmo. La vista era maravillosa y comenzó a volar más y más alto acercándose peligrosamente al sol. Es así que las plumas comenzaron a desprenderse de la estructura hasta que Icaro cayó fatalmente, ahogándose en el mar. Teseo y el Minotauro El rey Minos había encerrado en el laberinto al temible monstruo Minotauro. A su vez, Minos había impuesto un terrible tributo sobre la ciudad de Atenas: Cada nueve años debían enviar siete muchachos y siete muchachas para ser alimento del terrible monstruo. Atenas ya había enviado dos grupos de jóvenes para alimentarlo. Esta sería la tercera remesa de jóvenes enviados. Uno de los siete jóvenes se llamaba Teseo. Antes de entrar al laberinto conoció a Ariadna, una hija de Minos que se enamoró de él y decidió ayudarle. El problema no era solo matar al Minotauro sin armas, ya que no se les permitía entrar armados al laberinto, sino poder encontrar la salida en tan intrincados pasillos. Ariadna, entonces, sin que nadie lo advirtiera, le entregó a Teseo un carretel de hilo. Gracias a esto, Teseo pudo encontrar la salida del laberinto después de matar a puñetazos al Minotauro. Teseo salvó de este modo a todo el grupo y se escapó llevando a Ariadna consigo. Jorge Luis Borges en su cuento La casa de Asterión nos muestra otra faceta de este temible monstruo. Gordio y el Nudo Gordiano Gordio era un pobre campesino. Un día vio que un águila se había posado en la vara de su carro de bueyes. Como el águila seguía instalada en la vara, sin inmutarse, entonces Gordio decidió dirigirse a Telmiso en Frigia , porque allí había un oráculo confiable para preguntarle qué podía significar esto. Antes de atravesar la puerta de entrada a la ciudad, encontró a una bella joven que poseía el don de la profesia. No bien vio el carro con el águila, le dijo a Gordio que debería ir directamente a ofrecerle sacrificios a Zeus y le pidió que la dejara acompañarlo. -Por supuesto. Respondió Gordio. Y agregó –Eres una joven muy inteligente, ¿Quieres casarte conmigo? -Primero hay que ofrecer sacrificios, dijo ella. Entonces se dirigieron hacia la ciudad. Ellos no sabían que el rey de Frigia había muerto subitamente y como no tenía hijos no se conocía al sucesor. Pero un oráculo vaticinó:-!Su nuevo rey se acerca con su futura esposa en un carro tirado por bueyes! . Ellos entraron con la carreta en la plaza e inmediatamente todas las miradas se posaron en ellos y en el águila que todavía seguía parada sobre la vara de la carreta. Inmediatamente proclamaron- ¡Aquí está nuestro nuevo Rey!. Como agradecimiento le dedicó el carro y los bueyes a Zeus. Gordio había enganchado el carro a la vara con un nudo muy particular. Un oráculo vaticinó:-El hombre que pueda desatar el nudo se convertiría en el dueño y señor de Asia. La carreta quedó entonces en la Acrópolis, durante siglos, bajo la atenta vigilancia de los sacerdotes de Zeus. En el año 333 antes de Cristo, Alejandro de Macedonia, También conocido como Alejandro Magno, pasó por la ciudad y cortó el nudo con su espada en un acto de soberbia. El Rey Midas y Dionisio Midas era el rey de Macedonia. Fue el primer hombre en plantar un jardín de rosas. Le gustaba disfrutar de la buena vida, las fiestas, escuchar música y pasarla bien. Una mañana un jardinero le dijo: -Hay un Sátiro completamente borracho tirado en tu rosedal. -¡Traedlo inmediatamente ante mi presencia! Dijo Midas El sátiro resultó ser Silenio. Silenio había viajado con Dionisio a la India y tenía muchas e interesantes anécdotas para relatar. Midas se entretuvo cinco días escuchando atentamente las historias de ese continente lejano, sus ciudades, sus barcos y sus gentes. Al terminar, sin mediar ningún castigo por aplastar sus rosas, lo envió sano y salvo con Dionisio. Dionisio, agradecido le dijo a Midas: -¡Pídeme lo que quieras y te lo concederé! Midas, eligió tener el poder de convertir en oro todo lo que tocase. Y así le fue concedido. Al principio resultaba muy divertido hacer rosas o pájaros de oro. Pero por error convirtió a su propia hija en estatua de oro. Y más tarde la desesperación se apoderó de él cuando tenía hambre y su comida se convertía en oro o cuando tenía sed y el vino se convertía en oro. Llorando le pidió ayuda a Dionisio: -¡Por favor, Dionisio, libérame de este castigo. Mi propia hija es una estatua de oro y no puedo ni beber ni comer. Estoy muriendo de hambre y de sed. Ayúdame! Dionisio se rió a carcajadas y lo mandó a lavarse las manos para quitarse el toque mágico a un río de Frigia llamado Pactolus, cuyas arenas son todavía doradas. Y le devolvió la vida a su hija. Las Orejas del Rey Midas La diosa Atenea había inventado la flauta doble. Cuando la soplaba conseguía arrancarle hermosas melodías. Una noche, en que Atenea estaba tocando la flauta en un banquete, Hera y Afrodita comenzaron a reírse en secreto. Atenea se preguntaba porqué. Entonces se sentó ala orilla de un arroyo a tocar y cuando vio su aspecto ridículo, con las mejillas hinchadas mientras soplaba la flauta, la arrojó al arroyo con una maldición para el que la encontrara. Tiempo después, Marsias encontró la flauta en el arroyo y consiguió arrancarle deliciosas melodías. Tanto que decidió competir con el dios Apolo. Apolo llamo a las musas y al rey Midas que tanto apreciaban la música para que actuaran como jurado. Marsias tocaría la flauta y Apolo la lira. Los dos tocaron sus instrumentos pero el jurado no pudo ponerse de acuerdo porque ambos dieron un espléndido concierto. Entonces Apolo dijo: Te reto a que toques tu instrumento al revés como lo hago yo. Apolo dio vuelta la lira y siguió tocando. -¡Yo no puedo hacer eso! Replicó Marsias. -Entonces Apolo gana, dijeron las Musas. -Eso es muy injusto -dijo el rey Midas- su instrumento no se lo permite. Como las musas eran nueve, Y Midas solo uno, ganaron ellas. Apolo dijo entonces a Marsias:-¡Tu debes morir, por retar a al mismo dios de la música a una competencia! Y diciendo esto lo mató. Después a Midas lo llamó burro y le tocó las orejas que comenzaron a crecer al instante, convirtiéndose en orejas de burro. El Rey Midas avergonzado, corrió a cubrirse las orejas con un gorro frigio. No quería que nadie se enterase de su desgracia. Pero su peluquero no tuvo más remedio que enterarse cuando lo fue a visitar para que le cortase el cabello. Midas lo amenazó de muerte si le contaba a una criatura viviente el secreto de sus orejas. El secreto quemaba en el pecho del peluquero, necesitaba repetirlo desesperadamente. Entonces viendo que no había nadie a su alrededor, cavó un hoyo a la vera del río Pactolus, se agachó y susurró dentro del hoyo: -El Rey Midas tiene orejas de burro. Tapó el hoyo con arena, asegurándose que su secreto estaba bien enterrado y se fue aliviado. Pero una caña comenzó a brotar y les susurró a las otras hierbas: -El rey Midas tiene orejas de burro. Pronto los pájaros escucharon la noticia. Justamente pasaba por el lugar un hombre llamado Melampo, que comprendía el lenguaje de los pájaros. Melampo le contó a sus amigos y luego fue delante del rey Midas y le dijo: -¡Quítate el sombrero, quiero ver tus orejas de burro! El rey Midas, sorprendido, primero le cortó la cabeza al peluquero y más tarde se mató a si mismo por la vergüenza. Perséfone, La Hija Perdida Había una vez una diosa llamada Demeter que tenía una hermosa hija llamada Perséfone. La joven tenía grandes ojos verdes y una cabellera de bucles dorados. Vivía con su madre en un departamento del palacio en el monte Olimpo y de vez en cuando bajaba a los prados a recoger flores en compañía de sus amigas. Un día, el dios de los muertos, Hades, que vivía en el centro de la tierra, rodeado de tinieblas, se enamoró profundamente de Perséfone. Como Hades era muy astuto no se animó a acercarse sin antes pedir permiso a Zeus, el más importante de todos los dioses del Olimpo. Zeus, no le contestó ni si ni no, pero le guiñó un ojo. Entonces Hades, trazó un plan para cumplir su deseo. Un día que Perséfone, estaba recogiendo flores tranquilamente con sus amigas, se alejó distraída del grupo para recoger un narciso. En ese momento la tierra se abrió y de allí surgió el dios de los muertos en un carruaje negro. La secuestró y la llevó con él sin dejar ningún rastro. Las amigas no habían visto cómo Perséfone se había esfumado sin dejar rastro alguno. Así que nada pudieron decirle a Demeter, la madre, que sufrió por la desaparición de su hija. Demeter, desesperada comenzó a buscarla. Se disfrazó de anciana y comenzó a recorrer toda Grecia buscando alguna pista sobre su hija. Durante nueve días ni comió ni bebió. Cuando los reyes de Eleusis la vieron, le ofrecieron quedarse con ellos en el palacio para cuidar de sus hijos. Un buen día, el hijo mayor de los reyes le dijo: -Diosa Demeter, tengo malas noticias. Un pastor me contó que vio un carruaje siniestro, guiado por un rey calzando una armadura negra, se llevó a una joven que gritaba muerta de miedo. La tierra se abrió y ambos desaparecieron en sus entrañas. Pienso que podría ser tu hija Perséfone. Demeter, reconoció a Hades por la descripción del pastor, pensó que Zeus tenía algo que ver en este asunto y decidió vengarse. Como Demeter era la diosa de la agricultura, recorrió Grecia prohibiendo a los árboles dar fruto, a los pastos crecer y a las semillas germinar. Al poco tiempo el ganado no tenía como alimentarse y comenzó a morir. Si esto continuaba, los hombres pronto morirían también por falta de alimento. Zeus se asustó y trató de convencerla enviándole riquísimos regalos,joyas y oro, pero Demeter no los aceptó.-No quiero tus regalos. Solo quiero a mi hija Perséfone de vuelta en mi casa. Zeus, viendo que era imposible convencer a Demeter, llamó a Hermes y lo envió al Tátaro para darle un mensaje al dios Hades. - Por favor, devuelve a Perséfone o todos estaremos perdidos ya que los humanos están en serio peligro debido a la falta de alimento. Hades le respondió: -Solo puedo enviar a Perséfone de vuelta a su casa, mientras no haya probado el alimento de los muertos. Perséfone estaba tan triste que se había negado a probar bocado desde el día de su secuestro. Entonces Hades le dijo: - Hermosa Perséfone, parece que no eres feliz a mi lado. No has probado bocado desde el día en que llegaste. Cada día estás más delgada y si sigues así pronto morirás. Mejor que vuelvas a tu casa. Pero un jardinero que escuchó la conversación dijo: -¿Cómo que no ha probado bocado? Yo la vi comer granadas de tu huerto esta mañana. Hades se sonrió satisfecho. La subió a un carruaje y la llevó junto a su madre, que apenas la vio se abrazó a ella llorando de felicidad. Pero Hades le dijo: -Diosa Demeter, tu hija Perséfone ha comido siete granadas de mi huerto, por lo tanto debe regresar al Tártaro conmigo. Demeter, furiosa respondió: -Si eso ocurre, jamás levantaré la maldición que pesa sobre la tierra. Todos los hombres y los animales morirán. Zeus, espantado por la respuesta de Demeter, envió a su esposa Hera a a negociar con los dioses. Finalmente Demeter aceptó que el príncipe de las tinieblas se case con Perséfone. Su hija debía pasar siete meses al año con Hades, un mes por cada granada que comió y cinco meses junto a Demeter, su madre. Por esa razón la tierra florece y fructifica en primavera y verano, cuando Perséfone visita a su madre y la tierra está triste y seca en otoño e invierno, cuando Perséfone está junto a Hades. Orféo y Eurídice Había una vez una Musa llamada Calliope. Ella tenía un hijo llamado Orfeo. Orfeo, además de ser un gran poeta, tocaba muy bien la lira, deleitando a todos los que lo escuchaban. Tanto hombres como animales quedaban extasiados con su música. Hasta los árboles y las rocas se movían y cambiaban de lugar solo para escuchar sus dulces melodías. Orfeo estaba casado con Eurídice, su bella esposa, de la cual estaba sumamente enamorado. Un día mientras recorrían el bosque tomados de la mano, Eurídice, sin querer, pisó una serpiente venenosa que estaba dormida. La serpiente, furiosa por haber sido despertada tan abruptamente, le mordió el tobillo y Eurídice murió envenenada a los pocos minutos. Orfeo, desesperado por recuperar a su esposa, decidió descender al Tártaro para buscarla y traerla de vuelta a la vida. Orfeo tomó la lira, y mientras tocaba, encantaba a todos los que se cruzaban en su camino. Hasta el can Cerbero, el perro de tres cabezas custodio del Tártaro, lo seguía como un cachorrito manso. Orfeo continuó su largo recorrido encantando con su melodía a uno tras otro hasta llegar hasta el mismo trono de Hades, el rey de los muertos, que fascinado por los suaves acordes de la lira, le preguntó:-¿Qué vienes a buscar aquí, Orfeo? -Quiero a mi esposa Eurídice de vuelta conmigo. Respondió Orfeo. -¡Ah! Escúchame bien. Dijo Hades-Permitiré que Eurídice regrese contigo con una sola condición: -Deberás caminar sin mirar atrás hasta que llegues a plena luz del sol. Eurídice te seguirá mientras tocas la lira y no sufrirás daño alguno. Orfeo, feliz comenzó a entonar la más dulce de las melodías mientras Eurídice lo seguía a la distancia. Pero Orfeo estaba tan ansioso por volver a verla, que pronto olvidó la condición impuesta por Hades y cuando faltaba solo un minuto para salir a la luz, volteó la cabeza para mirarla y perdió a Eurídice para siempre. El Triste Final de Orféo Un día ,el dios supremo del Olimpo, Zeus dijo:-Mi hijo Dionisio, también conocido como Baco, merece ser nombrado dios por haber inventado el vino. Y lo elevó al rango de dios. Orfeo se negó a adorarlo como dios diciendo: - Dionisio no puede ser dios. Es un mal ejemplo para los mortales ya que está borracho la mayor parte del día. Me niego a ofrecerle sacrificios a un borracho. Cuando Dionisio escuchó el comentario se enojó tanto que envió a un grupo de Ménades, mujeres embriagadas todo el tiempo, a perseguirlo. Cuando las Ménades lo encontraron, Orfeo estaba placidamente dormido junto a su lira. Si hubiera estado despierto tocando su lira ellas habrían quedado encantadas por su música. Entonces, las Ménades, le cortaron la cabeza y la arrojaron a un río cercano. Luego cortaron el resto del cuerpo en pedacitos. Las Musas encontraron los trozos de Orfeo y apenadas por la triste desaparición del músico, los enterraron a los pies del monte Olimpo, donde los ruiseñores entonaron de allí en más dulcísimos cantos. La cabeza de Orfeo floto río abajo hasta llegar al mar, donde un barco de pescadores la atrapó en sus redes y le dieron sepultura. Zeus permitió que se pusiera la lira de Orfeo en el cielo, formando la constelación llamada ¨ La Lira¨ Atenea y Aracne Cuenta la leyenda que había una hermosa joven llamada Aracne. Era muy habilidosa en el arte de entretejer la lana, y por ese talento era reconocida. Las Ninfas bajaban muchas veces hacia su morada para admirar sus trabajos y quedaban embelezadas por sus magníficos bordados. En una ocasión le preguntaron si la diosa Atenea le había enseñado a trabajar la lana, pero Aracne se defendió como si la hubieran insultado:-¡Nadie me ha enseñado el oficio! Si Atenea quiere venir a competir conmigo, que venga! Atenea la escuchó. Entonces se disfrazó de anciana para acercarse sin despertar sospechas y le dijo suavemente: -Acepta los consejos de esta anciana. Tú puedes alcanzar la gloria con tu oficio pero jamás podrás eclipsar a una diosa inmortal, como Atenea. Aracne se ofuscó aún más:- ¡Que venga y teja! ¡Ya veremos quién gana! Entonces, Atenea se quitó el disfraz de anciana, se sentó a su lado y comenzó a tejer. Durante horas y sin descanso se dedicaron a trazar intrincados y hermosos bordados. Atenea hizo un magnífico trabajo, pero nada pudo decir del bordado maravilloso de Aracne. La diosa, despechada destrozó en mil pedazos el trabajo de su competidora y ésta al no poder soportar esa humillación, intentó ahorcarse. Atenea se compadeció de la joven y la salvó de la muerte pero luego le dijo: -¡Eres una desgraciada! ¡No vas a morir, pero a partir de ahora, tu vida penderá siempre de un hilo! Aracne, fue convertida en araña y desde entonces no cesa de tejer colgada de un hilo. La Manzana de la Discordia Cuenta la leyenda, que cuando Peleo y Tetis se casaron. enviaron invitaciones a la fiesta para todos los dioses . como no querían tener problemas en un día tan especial, decidieron que lo mejor sería no invitar a Eris, conocida como La Discordia. Eris se enojó tanto que se apareció en el banquete de bodas de todos modos. Furiosa se dirigió a la mesa donde se encontraban las diosas más hermosas: Hera, Atenea y Afrodita y arrojó ua enorme manzana con una inscripción tallada que decía: "Para la más Hermosa". Hera dijo: Debe ser para mí. Pero al instante, Atenea y Afrodita también reclamaron la manzana y pusieron a Zeus como árbitro. Zeus, no quería tomar parte por ninguna de las diosas ya que sabía que por lo menos dos de ellas terminarían haciendo reclamos por su intervención o lo que es peor, enemistadas con él y decidió sacarse el problema de encima. No se le ocurrió nada mejor que enviar a las tres diosas ante el joven y hermoso Paris para que decidiera él. Una a una las diosas fueron desfilando ante él cubriéndolo de promesas. -Prometo darte poder y riquezas si me eliges- Dijo Hera. Atenea le prometió: -Si dices que yo soy la más bella, te otorgaré gloria en las guerras y fama por doquier-. Pero , la sensual Afrodita, que era muy astuta, le ofreció la mujer más hermosa por esposa y esto lo convenció definitivamente. Afrodita obtuvo la manzana de oro y de allí en más Hera y Atenea se convirtieron en sus peores enemigas. Afrodita , fiel a su promesa le ayudó a Paris a conseguir el amor de Helena, que se convertiría en el motivo de la famosa guerra de Troya. Eco y Narciso Eco era una ninfa que habitaba en el bosque junto a otras ninfas amigas y le gustaba cazar por lo cual, era una de las favoritas de la diosa Artemisa. Pero Eco tenía un grave defecto: Era muy conversadora. Y además en cualquier conversación o discusión, siempre quería tener la última palabra. Cierto día, la diosa Hera salió en busca de su marido Zeus, al cual le gustaba divertirse entre las ninfas. Cuando Hera llegó al bosque de las ninfas, Eco la entretuvo con su conversación mientras las ninfas huían del lugar. Cuando Hera descubrió su trampa la condenó diciendo:- Por haberme engañado, a partir de este momento pederás el uso de la lengua. Y ya que te gusta tanto tener la última palabra solo podrás responder con la última palabra que escuches. Jamás podrás volver a hablar en primer lugar. Eco, con su maldición a cuestas se dedicó a la cacería recorriendo montes y bosques. Un día vio a un hermoso joven llamado Narciso y se enamoró perdidamente de él. Deseó fervientemente poder conversar con él, pero tenía la palabra vedada. Entonces comenzó a perseguirlo esperando que Narciso le hablara en algún momento. En cierto momento, en que Narciso estaba solo en el bosque y escuchó un crujir de ramas a sus espaldas y gritó:- ¿Hay alguien aquí? Eco respondió: -Aquí. Como Narciso no vio a nadie volvió a gritar: -Ven Y Eco contestó: -Ven Como nadie se acercaba, Narciso dijo:- ¿Por qué huyes de mí? Unámonos La ninfa, loca de amor se lanzó entre sus brazos diciendo:- Unámonos Narciso dio un salto hacia atrás diciendo:- Aléjate de mi! Prefiero morirme a pertenecerte! Eco respondió: -Pertenecerte. Ante el fuerte rechazo de Narciso, Eco sintió una vergüenza tan grande que llorando se recluyó en las cavernas y en los picos de las montañas. La tristeza consumió su cuerpo hasta pulverizarlo. Solo quedó su voz para responder con la última palabra a cualquiera que le habla. Narciso no solo rechazó a Eco, sino que su crueldad se manifestó también entre otras ninfas que se enamoraron de él. Una de esas ninfas, que había intentado ganar su amor sin lograrlo le suplicó a la diosa Hera que Narciso sintiera algún día lo que era amar sin ser correspondido y la diosa respondió favorablemente a su súplica. Escondida en el bosque, había una fuente de agua cristalina. Tan clara y mansa era la fuente que parecía un espejo. Un día Narciso se acercó a beber y al ver su propia imagen reflejada pensó que era un espíritu del agua que habitaba en ese lugar. Quedó extasiado al ver ese rostro perfecto. Los rubios cabellos ondulados, el azul profundo de sus ojos y se enamoró perdidamente de esa imagen. Deseó alejarse, pero la atracción que ejercía sobre él era tan fuerte que no lograba separase .Muy por el contrario deseó besarlo y abrazarlo con todas sus fuerzas. Se había enamorado de si mismo. Desesperado, Narciso comenzó a hablarle:- ¿Por qué huyes de mí, hermoso espíritu de las aguas? Si sonrío, sonríes. Si estiro mis brazos hacia ti, tú también los estiras. No comprendo. Todas las ninfas me aman, pero no quieres acercarte.- Mientras hablaba una lágrima cayó de sus ojos. La imagen reflejada se nubló y Narciso suplicó: -Te ruego que te quedes junto a mí. Ya que me resulta imposible tocarte, deja que te contemple. Narciso continuó prendado de si mismo . Ni comía, ni bebía por no apartarse de la imagen que lo enamoraba hasta que terminó consumiéndose y murió. Las ninfas quisieron darle sepultura, pero no encontraron el cuerpo en ninguna parte. En su lugar apareció una flor hermosa de hojas blancas que para conservar su recuerdo lleva el nombre de Narciso. Perseo y Atlas Cuando Perseo mató a la Gorgona, se llevó la cabeza consigo y partió volando lejos, hasta la tierra donde vivía el rey Atlas. Atlas era un hombre de tamaño descomunal. Su mayor orgullo era su jardín ya que sus árboles daban frutos de oro. Perseo se presentó diciendo que venía de visita en calidad de huesped, pero Atlas , desconfiado, temiendo que quisiera robarle sus frutos dorados lo echó. Atlas era un gigante y Perseo no se animaba a enfrentarlo. Entonces le ofreció como obsequi la caja que escondía la cabeza de la Gorgona. Perseo abrió la caja mientras apartada sus ojos y levantó la cabeza de la Gorgona. Al instante Atlas quedó convertido en piedra. Su cuerpo aumentó de tamaño hasta convertirse en una montaña. Perseo y el Monstruo Marino Luego de convertir al gigante Atlas en piedra, Perseo voló hasta el país de los etíopes cuyo rey era Cefeo. La reina de los Etíopes, Casiopea en un alarde de orgullo por su belleza se comparó con las Ninfas del Mar. Estas en represalia enviaron a un monstruo marino para que devastara la costa. El rey Cefeo, preocupado consultó al oráculo y este le ordenó sacrificar a su bella hija Andrómeda al monstruo para apaciguarlo. El rey, entonces mandó encadenar a su hija a una roca junto al mar para ser devorada por la bestia del mar. Perseo, cuando se acercó a la costa en su vuelo divisó a la hermosa doncella encadenada frente al mar y, sin dar crédito a sus ojos se acercó a ella para preguntarle la razón de su triste destino. Andrómeda, llorando desconsoladamente le confesó que su destino era ser la víctima que calmaría la furia de los embates del monstruo del mar. Mientras conversaban el monstruo marino se acercaba a la costa. El rey Cefeo y la reina Casiopea eran testigos desgraciados del final trágico de su hija ya que nada podían hacer por ella. Perseo, al ver la hermosura de Andrómeda y la desesperación de sus padres se presentó y ofreció exterminar al monstruo, pidiendo al mismo tiempo como recompensa a su hija en matrimonio. Los padres aceptaron encantados y le prometieron además una boda real. Perseo sin titubear se lanzó en feroz lucha contra la bestia marina. Le clavó su espada, el monstruo se retorció y devolvió el ataque con furia descontrolada. Perseo, con sus alas esquivaba los coletazos y le clavaba la espada en cada sitio libre que encontraba. Poco a poco fue guiando la furia del monstruo hasta la costa ya que sus alas estaban mojadas y cuando lo tuvo cerca le partió una roca entre los ojos y el monstruo echando agua y sangre por la nariz, murió tras un atronador aullido. El rey de los etíopes y su esposa desencadenaron a la doncella de la roca. Felices y agradecidos con Perseo, le ofrecieron la mano de su hija.