El dolor de un vestuario sin lugar para el consuelo
Palermo fue uno de los más dolidos por la derrota. Con lágrimas en sus ojos, recibió el aliento de Paolo Maldini, capitán y emblema del Milan. Crónica de una jornada plagada de tristeza
El desconsuelo de Martín Palermo enjugándose las lágrimas con la camiseta que al final del primer tiempo le había intercambiado Paolo Maldini, fue la imagen vívida de lo que sufrió el plantel de Boca al perder la final del Mundial de Clubes con Milan.
Sin emitir declaraciones, los futbolistas 'xeneizes' salieron en fila rumbo al micro que los devolvió a la concentración, después de soltar sus penas en la intimidad del vestuario. Allí, Palermo fue el que más sufrió, porque quería dedicarle este título, que podía ser el último de su carrera en este tipo de competencias, a su fallecido hijo Stéfano.
Ya el 'Titán' le había pedido ayuda al cielo, para que su hijo lo iluminara esta noche, pero ni siquiera pudo dedicarle un gol. Por eso ni las palabras de aliento del propio Maldini, que a los casi 40 años quería, al igual que Palermo, lograr este título para poder retirarse deportivamente tranquilo a mediados del año próximo, le levantaron el ánimo.
"Forza, forza...", le dijo Maldini a Palermo, de capitán a capitán, de emblema a emblema, de referente a referente. Y el platense le retribuyó el gesto con una cariñosa palmada en la espalda. Pero el dolor iba por dentro.
La procesión iba por dentro. Y quemaba, como le quemaba también a otros llorosos jugadores de Boca como Sebastián Battaglia, joven veterano de estas batallas internacionales de máximo nivel. También lo padecía con ojos húmedos Claudio Morel Rodríguez y su experiencia, con la misma magnitud que Ever Banega y su juventud aparentemente despreocupada.
Palacio, shockeado
En cambio Palacio permanecía impasible, casi como shockeado, lejos de pensar que con su actuación de hoy seguramente lloverán ofertas "irresistibles" de clubes europeos para llevárselo el año que viene. Se lo veía apesadumbrado a Hugo Ibarra, perplejo a Gabriel Paletta y conmovido a Mauricio Caranta.
El mismo dolor que ellos tenían debajo del imponente estadio Internacional de Yokohama flagelaba a los tres mil hinchas que habían alentado al equipo incesantemente durante los 90 minutos, aún con la goleada consumada, cuando no paraban de hacer flamear las numerosas banderas auriazules en la cabecera sur.
Quizás imaginaban que otros 3.000 hinchas que habían presenciado el partido ante una pantalla gigante instalada en la Sociedad Rural del porteño barrio de Palermo, también estarían sufriendo como ellos. Y varios millones más, esparcidos por todo un país al que volverán en el mediodía del martes, vivían un amargo domingo, triste y gris, pese a que el sol brillaba a pleno y la Bombonera se preparaba para recibir nuevamente la alegría de los juglares españoles Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina.
"Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio...", canta el catalán en el Coliseo boquense. Del otro lado del mundo, Palermo y compañía dan fe de ello.
Palermo fue uno de los más dolidos por la derrota. Con lágrimas en sus ojos, recibió el aliento de Paolo Maldini, capitán y emblema del Milan. Crónica de una jornada plagada de tristeza
El desconsuelo de Martín Palermo enjugándose las lágrimas con la camiseta que al final del primer tiempo le había intercambiado Paolo Maldini, fue la imagen vívida de lo que sufrió el plantel de Boca al perder la final del Mundial de Clubes con Milan.
Sin emitir declaraciones, los futbolistas 'xeneizes' salieron en fila rumbo al micro que los devolvió a la concentración, después de soltar sus penas en la intimidad del vestuario. Allí, Palermo fue el que más sufrió, porque quería dedicarle este título, que podía ser el último de su carrera en este tipo de competencias, a su fallecido hijo Stéfano.
Ya el 'Titán' le había pedido ayuda al cielo, para que su hijo lo iluminara esta noche, pero ni siquiera pudo dedicarle un gol. Por eso ni las palabras de aliento del propio Maldini, que a los casi 40 años quería, al igual que Palermo, lograr este título para poder retirarse deportivamente tranquilo a mediados del año próximo, le levantaron el ánimo.
"Forza, forza...", le dijo Maldini a Palermo, de capitán a capitán, de emblema a emblema, de referente a referente. Y el platense le retribuyó el gesto con una cariñosa palmada en la espalda. Pero el dolor iba por dentro.
La procesión iba por dentro. Y quemaba, como le quemaba también a otros llorosos jugadores de Boca como Sebastián Battaglia, joven veterano de estas batallas internacionales de máximo nivel. También lo padecía con ojos húmedos Claudio Morel Rodríguez y su experiencia, con la misma magnitud que Ever Banega y su juventud aparentemente despreocupada.
Palacio, shockeado
En cambio Palacio permanecía impasible, casi como shockeado, lejos de pensar que con su actuación de hoy seguramente lloverán ofertas "irresistibles" de clubes europeos para llevárselo el año que viene. Se lo veía apesadumbrado a Hugo Ibarra, perplejo a Gabriel Paletta y conmovido a Mauricio Caranta.
El mismo dolor que ellos tenían debajo del imponente estadio Internacional de Yokohama flagelaba a los tres mil hinchas que habían alentado al equipo incesantemente durante los 90 minutos, aún con la goleada consumada, cuando no paraban de hacer flamear las numerosas banderas auriazules en la cabecera sur.
Quizás imaginaban que otros 3.000 hinchas que habían presenciado el partido ante una pantalla gigante instalada en la Sociedad Rural del porteño barrio de Palermo, también estarían sufriendo como ellos. Y varios millones más, esparcidos por todo un país al que volverán en el mediodía del martes, vivían un amargo domingo, triste y gris, pese a que el sol brillaba a pleno y la Bombonera se preparaba para recibir nuevamente la alegría de los juglares españoles Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina.
"Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio...", canta el catalán en el Coliseo boquense. Del otro lado del mundo, Palermo y compañía dan fe de ello.