“No era tan siniestro y espantoso como parece. Me divertí muchísimo. Matar a una persona es una experiencia extraña”.
Declaraciones de Albert DeSalvo
Albert Henry DeSalvo nació el 3 de septiembre de 1931 en Boston, Massachusetts (Estados Unidos). Era el tercero de los seis hijos de Frank DeSalvo, peón y fontanero, y de Charlotte, hija de un oficial del Departamento de Bomberos de Boston. Frank era un alcohólico que maltrataba a su mujer y a sus hijos. La familia fue siempre pobre. El padre hizo muy poco por mantenerlos. Durante toda la infancia de Albert, estuvieron acogidos en las listas de beneficencia. Cuando no estaba maltratando a sus hijos, Frank DeSalvo les enseñaba a robar. Albert sólo tenía cinco años la primera vez que su padre lo llevó a una tienda para enseñarle qué robar y cómo hacerlo. El niño progresó rápido. Pasó de pequeños hurtos en tiendas a robos, y de éstos al allanamiento de morada. Fue atrapado y pasó un tiempo en un reformatorio.
Correccional de menores
Cuando Albert tenía siete años, presenció cómo su padre le rompía a golpes los dientes a su madre y luego le doblaba los dedos de las manos hacia atrás, uno a uno, hasta rompérselos. La experiencia más traumática de su infancia, tanto que nunca fue capaz de hablar de ello, fue que lo vendieran como esclavo. Su padre lo entregó junto con sus dos hermanas a un granjero de Maine por un total de $9.00 dólares. Los niños estuvieron cautivos allí varios meses, sometidos a maltratos, golpes, abuso sexual y trabajos forzados. Durante toda su infancia, Albert se escapaba para huir de la violencia de su padre. Dormía en los muelles de madera del este de Boston, el escondite favorito de los jóvenes fugitivos de la ciudad. El sexo estaba siempre presente en el abarrotado apartamento de Chelsea (un suburbio de la clase trabajadora de Boston) en el que Albert creció, debido a las “clases” que solía impartirle su padre, quien violaba a su madre delante de él y después también a sus hermanas. Frank DeSalvo abandonó su hogar en 1937 y no hizo más esfuerzos por mantener a su familia. Charlotte, su esposa, acabó divorciándose de él en 1944, casándose otra vez un año después.
De Joven
DeSalvo se alistó en el ejército el 16 de septiembre de 1948 y fue destinado al extranjero en 1949, a las fuerzas de ocupación de Alemania durante cinco años. Aunque lo sometieron a un Consejo de Guerra en 1950 por negarse a obedecer una orden, tuvo, en general, un buen expediente. Al igual que en el colegio, se mostró muy servicial con las personalidades autoritarias, recordando que tenían “el uniforme más bonito, mejores plazas de aparcamiento. Fui ordenanza de coronel veintisiete veces”. En Alemania DeSalvo descubrió que tenía aptitudes para boxear y se convirtió en campeón de peso medio del Ejército en Europa. Cuando no estaba de servicio continuaba con sus “aventuras”.
En Frankfurt conoció a Irmgard, una joven atractiva hija de una familia católica de clase media, e inmediatamente contrajeron matrimonio. Su vida cambió cuando se casó y se dedicó por completo a su mujer. Fue ella quien le propuso dejar el Ejército y él lo hizo por complacerla. Volvió a Estados Unidos con ella en 1954. Poco después fue destinado a Fort Dix, donde nació su hija Judy en 1955. DeSalvo dejó el ejército en 1956 con un honorable licenciamiento, gracias a que no se llevó a cabo una denuncia por abuso sexual sobre una niña de nueve años a quien DeSalvo besó y tocó.
De Salvo con su esposa
Durante su matrimonio, DeSalvo siempre intentó no parecerse a su padre borracho y tirano. Moderado en todo, menos en su enfermiza lascivia, siempre le gustó pasar mucho tiempo en casa con su mujer y los niños. Era dócil y servicial con su esposa Irmgard, se dirigía a ella como su superior social. Siempre estuvo orgulloso del pasado de su mujer como miembro de una familia alemana, moral y de clase media. Pero los implacables deseos sexuales de Albert hastiaron a Irmgard; ella empezó a rechazarlo, especialmente a partir del nacimiento de su hija Judy, quien nació con la cadera deforme. Albert sentía que de alguna forma su mujer lo culpaba por ello. Desde de los dos años, Judy tuvo que utilizar aparatos ortopédicos que DeSalvo decoraba con grandes lazos de colores, para que la niña no se entristeciera.
Volvió a Chelsea. Su hijo Michael nació poco después en Malden, un suburbio de Boston. Aunque tenía un trabajo y un hogar, cuando se encontraba sin dinero Albert volvía a robar en alguna casa. En 1958 fue arrestado dos veces y en ambas ocasiones obtuvo una sentencia en suspenso. Una noche, a finales de los años cincuenta, DeSalvo vio en un show televisivo de Bob Cummings a un fotógrafo que hacía pruebas a las chicas para convertirlas en modelos, para lo cual tenía que tomar sus medidas. Esto impresionó a Albert y pensó que sería una buena excusa para acercarse a chicas jóvenes.
Empezó a recorrer las zonas estudiantiles de Boston buscando apartamentos compartidos por jovencitas. Se las ingeniaba para entrar diciendo que era representante de una agencia de modelos. Algunas veces sus halagos y encantos le permitieron seducir a algunas. A otras sólo les tomaba las medidas, prometiendo que un ejecutivo de la agencia vendría para contratarlas. Nunca las atacó y las únicas quejas que recibió la policía estaban motivadas porque la prometida visita no se producía.
DeSalvo fue arrestado en 1961 tras actuar sospechosamente en Cambridge, Massachusetts. Fue acusado de allanamiento de morada con agravantes, además de “conducta lujuriosa”. Pasó once meses en prisión y fue puesto en libertad en 1962. A estos eventos se les conoció como “Los crímenes de El Medidor”.
De Salvo y su hijo Michael
El jueves 14 de junio de 1962, unos minutos antes de las 19:00 horas, Juris Slesers aparcó su coche en el número 77 de Gainsborough Street, una casa de ladrillo rojo situada en la zona de Rack Bay, en Boston. Salió del coche, subió hasta el tercer piso y llamó a la puerta del apartamento 3F, donde vivía su madre, Anna Slesers. No hubo respuesta. Volvió a llamar más fuerte. Su madre amaba la música, tal vez tenía puesta la radio o el tocadiscos a un volumen tan alto que no podía oírle. Seguía sin haber respuesta. Juris, perplejo, volvió a llamar a la puerta. Habían quedado y le estaba esperando. Alrededor de las 19:30, Juris estaba convencido de que algo raro pasaba. Tal vez se había puesto enferma, había sufrido un colapso y era incapaz de pedir ayuda.
Ana Slesers
A las 19:45 Juris echó la puerta abajo. Al entrar, tropezó con una silla colocada en medio del hall. Se dirigió a la habitación y encontró los cajones del aparador completamente abiertos. No viendo ninguna señal de su madre, Juris se dirigió a la cocina y el baño, pasando por el hall de entrada. Encontró a su madre tumbada de espaldas, en el suelo de la cocina. Las piernas parecían haber sido forzadas. Las tenía abiertas, y la derecha doblada por la rodilla. La bata estaba tirada en la entrada y ella aparecía completamente desnuda. El cinturón azul de la bata, anudado torpemente, oprimía el cuello con un lazo. Viendo que su madre probablemente estaba muerta, Juris llamó a la policía. Llegaron cuatro minutos más tarde. Poco después de las 20:00 horas, el agente especial James Mellan y el sargento John Driscoll, de la sección de homicidios, aparecían en el lugar de los hechos. Juris, visiblemente afectado, explicó que tal vez su madre estaba deprimida y se había suicidado. La impresión del inspector Mellan, tras echar un vistazo a la habitación, era diferente.
La bañera, próxima al cuerpo, estaba a medio llenar, como si Anna Slesers se dispusiera a tomar un baño. Esta y otras pistas apuntaban a la explicación, más probable, de que hubiera sido asaltada por alguien que después la asesinó. Había también algo más. La policía quedó impresionada por la pulcritud del hall y del salón. Sin embargo, en la cocina encontraron una papelera con papeles esparcidos a su alrededor. Los cajones del aparador estaban abiertos y su contenido desordenado. Las sospechas de Mellan pronto se confirmaron. La autopsia reveló que Anna Slesers había sufrido contusiones en la cabeza provocadas por una caída o un golpe, pero que, sin ninguna duda, había sido estrangulada. Aunque no había pruebas de violación, sí había sufrido un ataque sexual.
De momento, la opinión general mantenida por la policía era que un intruso había penetrado en el departamento con intención de robar. Se topó con la mujer, medio desnuda para tomar su baño, y la atacó preso de un deseo incontrolable. Después la estranguló por miedo a ser identificado. Sin embargo había dos detalles que no encajaban. El primero era la forma en que el intruso entró en el apartamento. No había nada forzado, lo cual sólo dejaba la posibilidad de que Anna Slesers hubiera dejado entrar a su atacante. Pero se trataba de una mujer tímida y retraída que no había sido vista nunca en compañía de ningún hombre. Parecía menos probable aún que abriera la puerta a un extraño, especialmente porque sólo iba vestida con la bata de baño y no llevaba la dentadura puesta. El segundo detalle que preocupaba a la policía era el móvil. El saqueo del departamento sugería que se trataba de un robo; sin embargo, un pequeño reloj de oro y otras piezas de joyería permanecían intactas. Lo más curioso era que el desorden parecía seguir algún método. Era como si las posesiones de la víctima hubieran sido examinadas tranquilamente, en lugar de haber sido registradas frenética y fortuitamente. Pocos detalles del crimen se hicieron públicos, aunque, durante los días siguientes, fueron interrogadas en vano más de sesenta personas.
Al principio parecía que el asesinato de Anna Slesers no pasaría de ser un crimen más en las estadísticas de Boston. Pero el 30 de junio, tan sólo dos semanas después, el cuerpo de otra mujer de edad avanzada, Nina Nichols, de sesenta y ocho años, fue encontrado casi en idénticas circunstancias. Había sido estrangulada con dos medias de nylon, otra vez anudadas con un lazo. La bata y la combinación estaban subidas hasta la cintura. Yacía desnuda e indefensa. Como en el caso Slesers, el apartamento tenía, a primera vista, aspecto de haber sido registrado. Los bolsos de Nina Nichols estaban forzados y abiertos, y su contenido esparcido por todas partes. Sus ropas, un álbum de fotos deshojado y otros objetos personales estaban también tirados.
De nuevo, había que descartar el robo como móvil, ya que una cámara fotográfica, valuada en no menos de $300.00 dólares, estaba intacta. Y de nuevo podía apreciarse el mismo y curioso orden en medio del caos. No había indicios de haber forzado alguna entrada, tampoco característica alguna en la víctima que sirviera de pista. Viuda desde hacía muchos años, Nina Nichols era conocida por no tener ninguna compañía masculina. La policía de Boston se enfrentaba a una situación en la que dos ancianas habían sido atacadas sexualmente y estranguladas, en menos de dos semanas. El comisario de policía, Edward McNamara, recientemente destinado para supervisar los efectivos policiales de que disponía Boston, convocó una reunión con los jefes del departamento el lunes 2 de julio.
Mientras estaban reunidos llegaron noticias de un tercer estrangulamiento. Helen Blake, una enfermera retirada de sesenta y cinco años, fue encontrada en su apartamento del 73 de Newshall Street en Lyn, ciudad situada a varios kilómetros, al norte de Boston. El crimen ocurrió bajo el mismo patrón. Fue descubierta en circunstancias muy parecidas a la de las dos primeras víctimas. Estaba casi desnuda y había sido estrangulada con una media de nylon.
Helen Blake
Al igual que Ana Slesers y Nina Nichols, el asesino abusó de ella, pero no fue violada. También esta vez, el apartamento había sido registrado y su contenido esparcido por todas partes. Helen Blake llevaba muerta unos días cuando fue encontrada. La autopsia reveló que había sido asesinada el 30 de junio, el mismo día que Nina Nichols, aunque la hora de la muerte no fue determinada.
El asesino había actuado dos veces en el mismo día. La forma y frecuencia con que los asesinatos se cometían era demasiado evidente como para ser ignorada. La policía empezó a darse cuenta de que no estaba tratando con diferentes asesinos. Tuvieron que admitir que los asesinatos podrían ser obra de una sola persona. Un asesino reincidente con tendencias sexuales anormales. El sentimiento general podría resumirse en el comentario que hizo McNamara al enterarse de la muerte de Helen Blake: “Dios mío, tenemos un loco suelto”.
La noticia de la muerte de Helen Blake provocó una rápida reacción en McNamara. La policía de Boston se movilizó para la mayor caza de un hombre que la ciudad había visto. Todos los permisos fueron cancelados y todos los detectives libres asignados al caso. El grupo, con edades comprendidas entre los dieciocho y los cuarenta años, fue seleccionado por psiquiatras que asesoraron a la policía. En su opinión, el asesino era un hombre joven que sufría manía persecutoria y odio por su madre. Se arrestó a varios sospechosos, se comprobaron los expedientes y la policía aconsejó a las mujeres que mantuvieran sus puertas cerradas y estuvieran alerta. Un número de teléfono especial para casos de emergencia estaba en servicio las veinticuatro horas del día; este número fue publicado en todos los periódicos y repetido en todos los noticiarios de radio y televisión.
McNamara apeló a la prensa pidiéndoles que revelaran los mínimos detalles sobre el asesinato, tanto como les fuera posible. El miedo al pánico en la ciudad estaba presente en esa sugerencia. Mientras tanto, el policía buscó ayuda en todos los distritos. Cincuenta detectives escogidos cuidadosamente fueron seleccionados para asistir a un seminario impartido por un especialista en crímenes sexuales del FBI que había ofrecido su colaboración. Entre ellos estaban el teniente detective Edward Sherry; el teniente John Donovan, jefe de la División de Homicidios de Boston; James Mellon y el detective Phil DiNatale, quien más tarde sería la espina dorsal de la policía en las investigaciones. Inmediatamente después del seminario, fueron reasignados al caso con la esperanza de que sus recientes conocimientos les ayudarían en el seguimiento de las pistas todavía irreconocibles.
Transcurrió más de un mes sin que se recibieran informes de asesinatos parecidos. Hasta el 21 de agosto, fecha en la que Ida Irga, una apacible y reservada mujer de setenta y cinco años, fue encontrada estrangulada en su seguro apartamento situado en el número 7 de Grove Street, un edificio de cinco pisos en el West End de Boston. Llevaba muerta alrededor de dos días. El crimen tenía el mismo sello personal que los asesinatos anteriores pero con una macabra variación: el asesino dejó a su víctima sobre una almohada con las piernas abiertas, y los tobillos encajados en los huecos del respaldo de dos sillas. El cuerpo fue colocado en lo que un periodista describió como “una grotesca parodia de la posición ginecológica”.
Ida Garga
Había otro detalle más, algo que sólo podría definirse como un acto de desafío burlón. El cuerpo fue colocado de forma que fuera lo primero que viera quien entrara en la habitación. En este caso, un niño de trece años, el hijo del portero de la casa. Estos detalles no fueron hechos públicos, en parte porque se consideraron demasiado impactantes como para publicarlos, pero fundamentalmente porque la policía quería ser la única, junto con el asesino, en conocer ciertos hechos. De esta forma, pensaban que podrían cogerle por un error en un interrogatorio.
Tres días después de que fuera encontrado el cuerpo de Ida Irga, el Boston Herald publicó un editorial para tranquilizar los ánimos de la ciudad; se titulaba “La histeria no soluciona nada”. Hablaba de la improbabilidad estadística de convertirse en una víctima del “Estrangulador Loco”, tal y como lo llamaba la prensa sensacionalista. Decía cosas como: “Si podemos decir con justicia que la policía está buscando una aguja en un pajar, podemos afirmar con la misma validez que las posibilidades de que una persona determinada se convierta en una víctima del asesino o asesinos, son casi nulas”.
Arresto de un sospechoso
Seis días después ocurrió lo que parecía una burla de las palabras anteriores. Otra mujer, Jane Sullivan, una enfermera de sesenta y siete años, fue encontrada estrangulada en su departamento, un piso del número 435 de Columbia Road, en Dorchester, en el extremo opuesto de Boston con respecto al último asesinato. Se estimó que la muerte tuvo lugar diez días antes, el 20 de agosto, lo cual significa que ella e Ida Irga murieron durante las mismas veinticuatro horas. La policía duplicó sus esfuerzos. Se creó una fuerza de patrulla táctica formada por cincuenta hombres escogidos, todos ellos entrenados especialmente en karate, rápidos con la pistola y expertos en procedimientos de laboratorio. En tres unidades principales, patrullarían por la ciudad preparados para hacer frente a cualquier situación que no pudiera ser controlada por los coches de patrulla normales.
Jane Sullivan
A principios de septiembre, el doctor Richard Ford, jefe del departamento de Medicina Legal de la Universidad de Harvard, reunió a agentes de la ley, médicos y psiquiatras del Estado y de la ciudad de Boston, para intentar reconstruir un perfil del asesino. La posibilidad de que una mujer hubiera cometido los asesinatos fue descartada desde el primer momento por la enorme fuerza que hacía falta para mover a las víctimas. Para la mayoría de los psiquiatras, el retrato mental que iba surgiendo era el de un hombre inclasificable, mediocre, probablemente con un trabajo rutinario de 09:00 a 17:00 horas. Un hombre cuya seguridad residía en el anonimato y que, al menos aparentemente, era tranquilo y bien adaptado. El doctor Ford explicó que lo que él y sus asociados estaban buscando era un denominador común, en “el cómo y cuándo encontraron la muerte estas mujeres, o en algo referente a los lugares en que vivían, o en su modo de vida”. Pero el siguiente grupo de asesinatos echó por tierra cualquier esperanza de encontrar una pista de la identidad del asesino en los crímenes anteriores.
El primero fue el de Sophie Clark, el 5 de diciembre de 1962. Aunque fue asesinada de la misma manera que las otras víctimas y su departamento también fue registrado, causaron gran impresión algunas diferencias respecto a los casos anteriores. Clark era muy joven, tenía sólo veinte años, era mulata y no vivía sola. Otra diferencia con respecto a las otras víctimas, es que ella sí había sido violada.
Sophie Clark
La muerte de Sophie Clark fue seguida, el 31 de diciembre, por la de Patricia Bisette, una secretaria de veintitrés años, a quien el asesino violó.
Patricia Bisette
El 8 de febrero de 1963 una camarera alemana de veintinueve años, cuyo nombre jamás fue revelado, abrió la puerta de su apartamento de Melrose Street a un hombre que decía tener que arreglar una gotera. La mujer, que había estado enferma, se encontraba todavía aturdida por los efectos de una píldora para dormir. Así que lo dejó entrar y se dio la vuelta. El hombre saltó sobre ella, pasó una cuerda alrededor de su cuello y la arrojó al piso. La mujer se defendió mordiéndolo hasta tocar el hueso. El hombre gritó, alertando a unos trabajadores que arreglaban un tejado cercano y salió corriendo.
Profundamente asustada, la víctima sólo pudo otorgar una descripción aproximada del sospechoso; era la primera víctima que se salvaba de un ataque. El 6 de mayo de 1963 moría también Beverly Samans, una estudiante de Cambridge de veintitrés años. Aunque esta última víctima también fue estrangulada, se pensaba que la causa de su muerte habían sido unas puñaladas recibidas en el cuello. Fue violada.
Beverly Samans
La policía estaba completamente desconcertada. El cambio radical en las edades de las víctimas parecía excluir irrevocablemente la primera impresión de los psiquiatras de que se trataba de un “psicópata que odiaba a su madre”. Parecía que, después de todo, podría ser cierta la hipótesis de que más de una persona estuviera involucrada en los asesinatos. La misión de la policía empezó a parecer más difícil que nunca. Las protestas populares se intensificaron y la gente exigía una investigación ante la aparente ineptitud de la policía. McNamara, impotente, se limitó a citar estadísticas. La policía había hecho averiguaciones sobre unos cinco mil maníacos sexuales de Massachusetts, habían analizado a cada interno del centro para el tratamiento de individuos sexualmente peligrosos, habían preguntado a miles de personas y habían interrogado a más de cuatrocientos sospechosos. Sin embargo, los hechos eran los siguientes: se habían cometido ya ocho estrangulamientos y la fuerza policial, compuesta por cerca de 2,600 hombres trabajando de doce a catorce horas diarias, no había encontrado todavía una sola pista concluyente. Ninguna mujer en Boston, fuera joven o vieja, viviera sola o acompañada, podía considerarse a salvo.
Ese mismo año se encontraron dos víctimas estranguladas más: Evelyn Corbin, de cincuenta y ocho años, el 8 de septiembre de 1963.
La policia encuentra el cuerpo de Evelyn Corbin
El 22 de noviembre de 1963, el presidente estadounidense John F. Kennedy fue asesinado en Dallas, Texas. El día siguiente, 23 de noviembre, fue declarado día de luto nacional. El asesino aprovechó para matar a una mujer llamada Joan Graff. El hecho de que el crimen hubiera sido cometido cuando el país estaba de luto, fue descrito posteriormente por un psiquiatra como “el mayor acto de megalomanía de la historia del crimen contemporáneo”.
El tercer y último estrangulamiento de 1964, iba a motivar un giro el caso. La víctima, Mary Sullivan, de diecinueve años de edad, fue la más joven de todas y los detalles de su asesinato los peores, pues había sido violada con un palo de escoba, destrozándole la vagina. Alrededor del cuello tenía una media y dos bufandas de colores chillones anudadas con un gran lazo bajo la barbilla.
Mary Sullivan
Entre los dedos del pie izquierdo, el asesino había colocado una tarjeta navideña de colores llamativos en la que se leía: “¡Feliz Año Nuevo!”. La policía encontró también un pequeño fragmento de estaño como los empleados para proteger la película fotográfica. Este dato sugería que el estrangulador pudo haber fotografiado la escena para tener un recuerdo de su obra de arte, antes de salir del apartamento de Mary Sullivan.
La sensación de horror que produjo el crimen en los bostonianos fue realmente abrumadora. La juventud de la víctima y los atroces detalles de su muerte, que llegaron hasta el público, tocaron una fibra sensible que ninguno de los otros asesinatos llegó a rozar.
Era urgente tomar nuevas medidas. Dos semanas después, el fiscal general Edward Brooke Jr. declaró que la oficina del fiscal general del Estado de Massachusetts, la más alta institución jurídica del Estado, estaba haciéndose cargo de la investigación de todos los asesinatos cometidos en Boston y sus alrededores. Nombró su ayudante a John Bottomly para que se encargara de toda la operación.
Como él mismo dijo: “Este es un caso anormal e insólito y requiere procedimientos anormales e insólitos”. El asesinato de Anna Slesers suscitó pocos comentarios en una ciudad en la que se cometían unos cincuenta crímenes al año, pero la sensación de miedo fue aumentando a partir del descubrimiento del doble asesinato el 30 de junio de 1962. Comenzaron a atribuirle poderes sobrenaturales al desconocido asesino. Era conocido como "El Estrangulador Loco", "El Asesino del Atardecer" o "El Fantasma Estrangulador". Finalmente, su sobrenombre quedó en "El Estrangulador de Boston".
El miedo al estrangulador paralizó, en gran medida, el día a día normal de la ciudad. Lectores de contadores, investigadores de mercado, gente que realizaba servicios sociales, estudiantes de Harvard que hacían estudios de campo, propagandistas políticos y mensajeros de la Western Union encontraron todas las puertas cerradas. Las ventas de Fuller Brushes y de cosméticos Avon, tradicionalmente vendidos de puerta en puerta, disminuyeron drásticamente. Por el contrario, los cerrajeros hicieron buenos negocios. Cada crimen les proporcionaba mayor demanda de cerrojos, cadenas, mirillas y cierres para las ventanas. Muchas mujeres improvisaron barricadas y, por si éstas eran rebasadas, dormían dejando a los pies de la cama cualquier utensilio que sirviera de arma, como paraguas o bastones de esquí. Otras tomaron clases de karate y defensa personal.
Una mujer coloca latas como alarma
Aunque el estrangulador siempre mataba a las mujeres en sus casas, el ambiente de terror se extendió a las calles. Las mujeres eran reacias a salir después del anochecer y, si lo hacían, iban en parejas y armadas con gases lacrimógenos y cuchillos. Otras se procuraron la protección con perros. Fue tal la demanda que la Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Animales se encontraba cada mañana con gente haciendo fila en el exterior de sus dependencias para adoptar los perros callejeros que habían recogido el día anterior.
El asesino dio rienda suelta a los confusos terrores de paranoicos y perturbados mentales. Una mujer que estuvo en contacto con la policía por el tema del estrangulador nombró en sus declaraciones a un joven vecino que, según ella, actuaba de forma sospechosa. Poco después se tiró de cabeza por la ventana de su departamento en un tercer piso.
El único consejo que la policía podía dar para hacer frente al pánico, era mantener las puertas cerradas y avisarles en caso de ver a alguien merodeando o comportándose de forma extraña. Se facilitó un teléfono para emergencias y, acto seguido, la policía recibió multitud de avisos, referidos a vecinos o ex amantes. Todos los avisos fueron comprobados y aunque algunos revelaron conductas extrañas para la puritana sociedad bostoniana, siempre resultaron infructuosos.
Durante el reinado de terror de “El Estrangulador de Boston” se le atribuyeron muchos más asesinatos de los que había cometido. Los periódicos, concretamente, tendían a describir a cualquier mujer estrangulada como una de sus víctimas. La señora Israel Goldberg, un ama de casa de Belmont, fue descrita a menudo como una víctima del estrangulador, a pesar de ser arrestado un hombre que estaba reparando averías en su casa el día en que murió. La muerte en un callejón de Daruela Saunders, una muchacha negra de dieciséis años, provocó protestas masivas contra la ineficacia policial antes de que un joven de la localidad confesara el crimen. Aunque la policía mantuvo en secreto ciertos detalles sobre los asesinatos, rumores y filtraciones sobre las “marcas personales” de “El Estrangulador de Boston” proporcionaron la información suficiente para que otros asesinos imitaran sus métodos para enmascarar sus crímenes.
Cuando John Bottomly se sentó en su oficina de las dependencias del Estado, en Bacon Hill, examinó la gigantesca misión que tenía ante sí. Había dejado bien claro durante su nombramiento, que aquello no iba a ser una toma de posesión del caso que estaba ya en manos de la policía, sino una operación coordinada. No obstante, en la situación con la que se enfrentaba reinaba el caos y la confusión. Durante los dieciocho meses transcurridos desde que comenzaron los crímenes, cinco departamentos de policía y tres fiscales de distrito se vieron involucrados. La dispersión de los distintos departamentos se convirtió en un grave problema de comunicación.
Además, se sumó a esta confusión el hecho de que los diferentes departamentos de policía habían mantenido en secreto varios detalles de los asesinatos de cara al público y entre ellos mismos para reducir el riesgo de filtraciones o por un sentido de la competencia fuera de lugar. Era necesario, pensó Bottomly, una sede central donde se analizara toda la información. Todos los datos de la policía de Boston, Cambridge, Lyn, Lawrence y Salem, lugares en que se cometieron los asesinatos, tenían que ser recopilados en un solo lugar y después, analizados en profundidad. Bottomly actuó rápido. Ordenó hacer copias de todos los informes relacionados con los estrangulamientos en todos los departamentos de policía de los lugares en que se habían cometido los crímenes. El resultado en total ascendió a la increíble suma de 37,500 páginas. La información fue procesada e introducida en una computadora.
A finales de enero de 1964 surgió el acontecimiento más extraordinario del caso hasta aquel momento. Unas semanas antes, un hombre de negocios había sugerido a Bottomly que consiguiera la ayuda de Peter Hurkos, un vidente de cincuenta y dos años de edad; él mismo aportaría los recursos económicos. El curioso capítulo que se desarrolló a raíz de aquella sugerencia fue digno de figurar entre las más descabelladas historias de ineptitud policial. El 29 de enero, el vidente Hurkos y Jim Crane, su guardaespaldas, llegaron a Lexington, a treinta kilómetros de Boston. Al día siguiente, en la pequeña habitación de un motel, el vidente comenzó a componer una imagen de “El Estrangulador de Boston”. Como primera medida, dijo que le gustaría hacerse una idea de las víctimas del asesino. Un detective, Julian Soshnick, le proporcionó un montón de fotografías que colocó agrupadas boca abajo sobre la cama. Las tocó suavemente y al cabo de unos minutos, su mano se detuvo sobre uno de los montones. “Esta, la de arriba, muestra una mujer muerta. Sus piernas están separadas, la veo”, dijo con su marcado acento holandés. “Compruébelo usted mismo”.
Se tumbó en la alfombra y demostró, exactamente, cómo la víctima en cuestión había sido colocada por el estrangulador. Cuando Soshnick volteó la fotografía, pudo ver a la primera víctima, Anna Slesers, en la misma posición que Hurkos acaba de mostrarle. Ante la mirada incrédula de los presentes, repitió el proceso con las otras víctimas. El “cerebro radar” del vidente, como a él mismo le gustaba llamarlo, empezó a “generar imágenes del asesino”. Poco después, estaba describiendo a un hombre delgado, de 1.70 m de estatura y un peso de sesenta a setenta kilogramos. Debía de tener una nariz puntiaguda, una cicatriz en el brazo izquierdo y algo raro en el pulgar. Entonces, inexplicablemente, surgió un comentario: “Le encantan los zapatos”. Aquella misma noche, Hurkos dibujó, en un mapa de la ciudad, un círculo que abarcaba un área en el suburbio de Newton, en la que se encontraban el Boston College y el seminario de Saint-John, y pudo afirmar que allí era donde había vivido el asesino.
Mientras los asistentes se quedaban boquiabiertos, él gritó: “Veo un cura... No, no es un cura, es un médico de un hospital”. A la mañana siguiente, Hurkos y su séquito fueron a Boston para discutir algunos asuntos con Bottomly. Cuando el coche pasó por Commonwealth Avenue, por el número 1940 en concreto, el vidente se excitó terriblemente: “¡Terrible, horroroso, algo espantoso ha ocurrido aquí!”, gritó. Allí fue donde Nina Nichols, la tercera víctima, había sido asesinada. Aquella noche, mientras dormía, Hurkos habló en voz alta. Lo hizo en portugués, idioma que supuestamente desconocía, e hizo referencia a alguien llamado “Sophie” (Sophie Clark fue la novena víctima, su padre era portugués, dato que el vidente no podía saber). Después, bruscamente, el médium se dividió en dos voces distintas que empezaron a discutir entre sí. Una de ellas era él mismo con su acento holandés habitual, y la otra, la supuesta personalidad del asesino con un acento bostoniano suave y afeminado.
Una semana antes de llegar Hurkos, un antiguo estudiante del Boston College había dirigido una extraña carta a la escuela de enfermería. En ella, decía estar interesado en escribir un artículo sobre los allí graduados en 1950. También expresó un profundo interés en conocer enfermeras sugiriendo que “la amistad puede llevar al altar”. Basándose en las revelaciones de Hurkos, Bottomly ordenó que investigaran al autor de la carta. Se comprobó que había estado en la lista de posibles estranguladores. Tenía un amplio historial de enfermedades mentales, medía 1.70 m de estatura, pesaba sesenta kilogramos y tenía la nariz puntiaguda. Había asistido en una ocasión al seminario de Saint John y trabajaba como vendedor a domicilio de zapatos para mujer. En el examen físico que le hicieron, le encontraron cicatrices en el brazo izquierdo y el pulgar deformado. Hurkos estuvo en lo cierto en cada detalle, pero la investigación no llevó a ninguna parte. El vendedor no sabía nada de los crímenes y no pudo ser relacionado con ninguna de las víctimas.
El vidente, se fue de Boston el 5 de febrero, una semana después de su llegada. Su relación con el caso terminó de un modo tan extraño como había comenzado. EI 8 de febrero, fue arrestado bajo el cargo de suplantar a un agente del FBI, lo cual fue interpretado por muchos como un intento de la policía de desacreditar al Fiscal General. Mientras tanto, se redoblaron todos los esfuerzos requeridos en la investigación. La recompensa por “El Estrangulador de Boston” se aumentó de $5,000.00 a $10,000.00 dólares. Además, se reclutaron más miembros para el comité médico psiquiátrico, formado al comenzar el año.
El 29 de abril, aproximadamente cuatro meses después del asesinato de Mary Sullivan, el Comité se reunió con miembros de la policía. La cuestión más importante que se plantearon era determinar si la persona que estranguló a las primeras víctimas, todas ancianas, era la misma que había matado a las jóvenes. Abreviando, ¿era un asesino o dos? La idea de la mayoría era que los asesinatos de las ancianas habían sido cometidos por un hombre, y los de las jóvenes por una o más personas que habían intentado que sus crímenes se pareciesen a los anteriores. Los asesinos de las jóvenes podían encontrarse, en su opinión, entre los amigos de las muertas y podían, también, ser “miembros inestables de la comunidad homosexual”.
Esta hipótesis se basaba en el supuesto de que un asesino homosexual explicaría las degradantes posiciones en que fueron halladas las víctimas; aunque, según otros, tal vez fuera la última burla de un misógino. Por otra parte, gran parte de las víctimas jóvenes habían tenido contacto con homosexuales de alguna forma indirecta. La zona de Back Bay, donde vivían Sophie Clark y Patricia Bisette, y la de Bacon Hill, donde residía Mary Sullivan, eran zonas frecuentadas por homosexuales. El apartamento de Evelyn Corbin tampoco estaba lejos de allí. A finales de año, la frustración de la policía era inimaginable. Para muchos la caza de “El Estrangulador de Boston” se había convertido en una cruzada personal. Estaban tan ansiosos que no rechazaban ninguna posibilidad. Seguían tenazmente cada posible pista.
En ese ambiente de baja moral, esperanzas defraudadas y pistas falsas que no conducían a ninguna parte, el teniente detective Donovan recibió una llamada telefónica. Era el martes 4 de marzo de 1965. La llamada era de F. Lee Bailey, un brillante y joven abogado que acababa de hacerse famoso en la ciudad. Afirma conocer a alguien con información acerca del asesino. El letrado no podía, de momento, revelar quién era su informador, pero propuso a Donovan que le facilitara algunas preguntas concretas para que comprobaran si el hombre en cuestión estaba diciendo la verdad. El nombre de aquel sujeto sospechoso era Albert DeSalvo.
En febrero de 1965 tuvo lugar un raro encuentro entre dos internos del Hospital Estatal de Bridgewater. Uno de ellos era George Nassar, un peligroso criminal de treinta y tres años que estaba en observación, en espera de juicio, por un asesinato particularmente violento. El otro era Albert DeSalvo. A principios de noviembre de 1964 fue detenido por asaltar sexualmente a varias mujeres de Massachusetts y Connecticut. Hasta ese momento, los ataques eran conocidos como “Los Crímenes del Hombre Verde”, porque DeSalvo vestía siempre ropa de trabajo de ese color. Enviado a Bridgewater para someterlo a observación, se encontró compartiendo una celda con George Nassar.
Un día, Albert DeSalvo interrumpió sus alardeos sexuales para preguntarle a Nassar algo que le rondaba por la cabeza: “George, ¿qué ocurriría si un tipo fuera encarcelado por robar un banco, si en realidad hubiera robado trece?” Nassar contestó sin darle importancia y DeSalvo se marchó. Unos días después, se le acercó otra vez y le dijo: “Creíste que fue una pregunta estúpida, pues verás que no”. Los detalles exactos de aquella conversación nunca se conocieron, pero fueron suficientes para convencer a Nassar de que su compañero era “El Estrangulador de Boston”.
De Salvo prestando declaracion
El 4 de marzo, un tanto escéptico ante aquella situación, el abogado fue a Bridgewater para encontrarse con DeSalvo por primera vez. El hombre que lo recibió medía alrededor de 1.72 metros, tenía el pelo largo y una nariz afilada y puntiaguda. La voz era clara y aguda y los modales, sinceros y encantadores. Su apariencia simpática combinada con un aspecto perfectamente olvidable, lo convertía, en opinión de Lee Bailey, en el sospechoso idóneo de los asesinatos. No era difícil comprender cómo se las habría ingeniado este hombre para entrar en los apartamentos de las mujeres y salir, luego, pasando totalmente desapercibido.
En la entrevista grabada que mantuvieron, DeSalvo confesó no sólo los once asesinatos conocidos, sino dos más de los que la policía no sabía nada. El de Mary Brown, golpeada y apuñalada en su apartamento de Lawrence el 9 de marzo de 1963, y el de una mujer de ochenta años que, aparentemente, murió de un ataque al corazón en sus brazos. DeSalvo no podía recordar su nombre ni la fecha del asesinato, pero investigaciones posteriores revelaron que se llamaba Mary Mullen, asesinada el 28 de junio de 1962.
Con voz serena y actitud flemática, Albert DeSalvo dio detalladas descripciones de los crímenes, incluyendo partes que no habían llegado a la opinión pública. Fue capaz de afirmar tranquila y correctamente que la puerta de Patricia Bisette abría hacia afuera. Dibujó bocetos exactos de los trece departamentos en que tuvieron lugar los hechos y habló sobre “el nudo del estrangulador”, indicando que era el nudo que utilizaba siempre para hacer los lazos de colores que adornaban las piezas ortopédicas de la deformada cadera de su hija Judy.
El Arresto
Los investigadores se vieron ante un gran dilema: a pesar de la exactitud de los informes del presunto asesino y de su evidente ansiedad por confesar, no había ninguna prueba concreta para condenarle. “El Estrangulador de Boston” no dejó huellas que pudieran compararse con las de Albert DeSalvo y no existía ningún testigo ocular. La única superviviente de los ataques, la mesera alemana, era incapaz de identificarle y ninguno de los vecinos pudo reconocerlo en las fotografías. Debido a la ausencia total de pruebas, la culpabilidad del confeso asesino debería ser demostrada.
Hasta entonces, sus declaraciones habían sido hechas de un modo puramente informal y nadie podía estar seguro de si estaba diciendo la verdad o no. Se decidió que DeSalvo debería ser sometido a un interrogatorio formal, que llevaría a cabo Bottomly. Tendría la garantía de que nada de lo que dijera podría ser utilizado contra él en el juicio. Agentes de la policía y detectives de zona comprobarían minuciosamente cada dato. Si se averiguaba que había dicho la verdad y era declarado competente para someterse a juicio, unos psiquiatras lo examinarían para determinar su estado mental cuando cometió los asesinatos.
En caso de que le encontraran mentalmente capaz de ser juzgado, haría una confesión formal que podría ser utilizada en el juicio, donde suplicaría un veredicto de no culpabilidad con la esperanza de ser confinado en una institución mental. Pero si durante el juicio era declarado sano, lo que significaría que podrían ejecutarlo, no existiría confesión válida y todos los precedentes tomados en su contra se detendrían. Tendría su inmunidad asegurada. Ante tantas ventajas, Albert DeSalvo estuvo de acuerdo.
Declaraciones de Albert DeSalvo
Albert Henry DeSalvo nació el 3 de septiembre de 1931 en Boston, Massachusetts (Estados Unidos). Era el tercero de los seis hijos de Frank DeSalvo, peón y fontanero, y de Charlotte, hija de un oficial del Departamento de Bomberos de Boston. Frank era un alcohólico que maltrataba a su mujer y a sus hijos. La familia fue siempre pobre. El padre hizo muy poco por mantenerlos. Durante toda la infancia de Albert, estuvieron acogidos en las listas de beneficencia. Cuando no estaba maltratando a sus hijos, Frank DeSalvo les enseñaba a robar. Albert sólo tenía cinco años la primera vez que su padre lo llevó a una tienda para enseñarle qué robar y cómo hacerlo. El niño progresó rápido. Pasó de pequeños hurtos en tiendas a robos, y de éstos al allanamiento de morada. Fue atrapado y pasó un tiempo en un reformatorio.
Correccional de menores
Cuando Albert tenía siete años, presenció cómo su padre le rompía a golpes los dientes a su madre y luego le doblaba los dedos de las manos hacia atrás, uno a uno, hasta rompérselos. La experiencia más traumática de su infancia, tanto que nunca fue capaz de hablar de ello, fue que lo vendieran como esclavo. Su padre lo entregó junto con sus dos hermanas a un granjero de Maine por un total de $9.00 dólares. Los niños estuvieron cautivos allí varios meses, sometidos a maltratos, golpes, abuso sexual y trabajos forzados. Durante toda su infancia, Albert se escapaba para huir de la violencia de su padre. Dormía en los muelles de madera del este de Boston, el escondite favorito de los jóvenes fugitivos de la ciudad. El sexo estaba siempre presente en el abarrotado apartamento de Chelsea (un suburbio de la clase trabajadora de Boston) en el que Albert creció, debido a las “clases” que solía impartirle su padre, quien violaba a su madre delante de él y después también a sus hermanas. Frank DeSalvo abandonó su hogar en 1937 y no hizo más esfuerzos por mantener a su familia. Charlotte, su esposa, acabó divorciándose de él en 1944, casándose otra vez un año después.
De Joven
DeSalvo se alistó en el ejército el 16 de septiembre de 1948 y fue destinado al extranjero en 1949, a las fuerzas de ocupación de Alemania durante cinco años. Aunque lo sometieron a un Consejo de Guerra en 1950 por negarse a obedecer una orden, tuvo, en general, un buen expediente. Al igual que en el colegio, se mostró muy servicial con las personalidades autoritarias, recordando que tenían “el uniforme más bonito, mejores plazas de aparcamiento. Fui ordenanza de coronel veintisiete veces”. En Alemania DeSalvo descubrió que tenía aptitudes para boxear y se convirtió en campeón de peso medio del Ejército en Europa. Cuando no estaba de servicio continuaba con sus “aventuras”.
En Frankfurt conoció a Irmgard, una joven atractiva hija de una familia católica de clase media, e inmediatamente contrajeron matrimonio. Su vida cambió cuando se casó y se dedicó por completo a su mujer. Fue ella quien le propuso dejar el Ejército y él lo hizo por complacerla. Volvió a Estados Unidos con ella en 1954. Poco después fue destinado a Fort Dix, donde nació su hija Judy en 1955. DeSalvo dejó el ejército en 1956 con un honorable licenciamiento, gracias a que no se llevó a cabo una denuncia por abuso sexual sobre una niña de nueve años a quien DeSalvo besó y tocó.
De Salvo con su esposa
Durante su matrimonio, DeSalvo siempre intentó no parecerse a su padre borracho y tirano. Moderado en todo, menos en su enfermiza lascivia, siempre le gustó pasar mucho tiempo en casa con su mujer y los niños. Era dócil y servicial con su esposa Irmgard, se dirigía a ella como su superior social. Siempre estuvo orgulloso del pasado de su mujer como miembro de una familia alemana, moral y de clase media. Pero los implacables deseos sexuales de Albert hastiaron a Irmgard; ella empezó a rechazarlo, especialmente a partir del nacimiento de su hija Judy, quien nació con la cadera deforme. Albert sentía que de alguna forma su mujer lo culpaba por ello. Desde de los dos años, Judy tuvo que utilizar aparatos ortopédicos que DeSalvo decoraba con grandes lazos de colores, para que la niña no se entristeciera.
Volvió a Chelsea. Su hijo Michael nació poco después en Malden, un suburbio de Boston. Aunque tenía un trabajo y un hogar, cuando se encontraba sin dinero Albert volvía a robar en alguna casa. En 1958 fue arrestado dos veces y en ambas ocasiones obtuvo una sentencia en suspenso. Una noche, a finales de los años cincuenta, DeSalvo vio en un show televisivo de Bob Cummings a un fotógrafo que hacía pruebas a las chicas para convertirlas en modelos, para lo cual tenía que tomar sus medidas. Esto impresionó a Albert y pensó que sería una buena excusa para acercarse a chicas jóvenes.
Empezó a recorrer las zonas estudiantiles de Boston buscando apartamentos compartidos por jovencitas. Se las ingeniaba para entrar diciendo que era representante de una agencia de modelos. Algunas veces sus halagos y encantos le permitieron seducir a algunas. A otras sólo les tomaba las medidas, prometiendo que un ejecutivo de la agencia vendría para contratarlas. Nunca las atacó y las únicas quejas que recibió la policía estaban motivadas porque la prometida visita no se producía.
DeSalvo fue arrestado en 1961 tras actuar sospechosamente en Cambridge, Massachusetts. Fue acusado de allanamiento de morada con agravantes, además de “conducta lujuriosa”. Pasó once meses en prisión y fue puesto en libertad en 1962. A estos eventos se les conoció como “Los crímenes de El Medidor”.
De Salvo y su hijo Michael
El jueves 14 de junio de 1962, unos minutos antes de las 19:00 horas, Juris Slesers aparcó su coche en el número 77 de Gainsborough Street, una casa de ladrillo rojo situada en la zona de Rack Bay, en Boston. Salió del coche, subió hasta el tercer piso y llamó a la puerta del apartamento 3F, donde vivía su madre, Anna Slesers. No hubo respuesta. Volvió a llamar más fuerte. Su madre amaba la música, tal vez tenía puesta la radio o el tocadiscos a un volumen tan alto que no podía oírle. Seguía sin haber respuesta. Juris, perplejo, volvió a llamar a la puerta. Habían quedado y le estaba esperando. Alrededor de las 19:30, Juris estaba convencido de que algo raro pasaba. Tal vez se había puesto enferma, había sufrido un colapso y era incapaz de pedir ayuda.
Ana Slesers
A las 19:45 Juris echó la puerta abajo. Al entrar, tropezó con una silla colocada en medio del hall. Se dirigió a la habitación y encontró los cajones del aparador completamente abiertos. No viendo ninguna señal de su madre, Juris se dirigió a la cocina y el baño, pasando por el hall de entrada. Encontró a su madre tumbada de espaldas, en el suelo de la cocina. Las piernas parecían haber sido forzadas. Las tenía abiertas, y la derecha doblada por la rodilla. La bata estaba tirada en la entrada y ella aparecía completamente desnuda. El cinturón azul de la bata, anudado torpemente, oprimía el cuello con un lazo. Viendo que su madre probablemente estaba muerta, Juris llamó a la policía. Llegaron cuatro minutos más tarde. Poco después de las 20:00 horas, el agente especial James Mellan y el sargento John Driscoll, de la sección de homicidios, aparecían en el lugar de los hechos. Juris, visiblemente afectado, explicó que tal vez su madre estaba deprimida y se había suicidado. La impresión del inspector Mellan, tras echar un vistazo a la habitación, era diferente.
La bañera, próxima al cuerpo, estaba a medio llenar, como si Anna Slesers se dispusiera a tomar un baño. Esta y otras pistas apuntaban a la explicación, más probable, de que hubiera sido asaltada por alguien que después la asesinó. Había también algo más. La policía quedó impresionada por la pulcritud del hall y del salón. Sin embargo, en la cocina encontraron una papelera con papeles esparcidos a su alrededor. Los cajones del aparador estaban abiertos y su contenido desordenado. Las sospechas de Mellan pronto se confirmaron. La autopsia reveló que Anna Slesers había sufrido contusiones en la cabeza provocadas por una caída o un golpe, pero que, sin ninguna duda, había sido estrangulada. Aunque no había pruebas de violación, sí había sufrido un ataque sexual.
De momento, la opinión general mantenida por la policía era que un intruso había penetrado en el departamento con intención de robar. Se topó con la mujer, medio desnuda para tomar su baño, y la atacó preso de un deseo incontrolable. Después la estranguló por miedo a ser identificado. Sin embargo había dos detalles que no encajaban. El primero era la forma en que el intruso entró en el apartamento. No había nada forzado, lo cual sólo dejaba la posibilidad de que Anna Slesers hubiera dejado entrar a su atacante. Pero se trataba de una mujer tímida y retraída que no había sido vista nunca en compañía de ningún hombre. Parecía menos probable aún que abriera la puerta a un extraño, especialmente porque sólo iba vestida con la bata de baño y no llevaba la dentadura puesta. El segundo detalle que preocupaba a la policía era el móvil. El saqueo del departamento sugería que se trataba de un robo; sin embargo, un pequeño reloj de oro y otras piezas de joyería permanecían intactas. Lo más curioso era que el desorden parecía seguir algún método. Era como si las posesiones de la víctima hubieran sido examinadas tranquilamente, en lugar de haber sido registradas frenética y fortuitamente. Pocos detalles del crimen se hicieron públicos, aunque, durante los días siguientes, fueron interrogadas en vano más de sesenta personas.
Al principio parecía que el asesinato de Anna Slesers no pasaría de ser un crimen más en las estadísticas de Boston. Pero el 30 de junio, tan sólo dos semanas después, el cuerpo de otra mujer de edad avanzada, Nina Nichols, de sesenta y ocho años, fue encontrado casi en idénticas circunstancias. Había sido estrangulada con dos medias de nylon, otra vez anudadas con un lazo. La bata y la combinación estaban subidas hasta la cintura. Yacía desnuda e indefensa. Como en el caso Slesers, el apartamento tenía, a primera vista, aspecto de haber sido registrado. Los bolsos de Nina Nichols estaban forzados y abiertos, y su contenido esparcido por todas partes. Sus ropas, un álbum de fotos deshojado y otros objetos personales estaban también tirados.
De nuevo, había que descartar el robo como móvil, ya que una cámara fotográfica, valuada en no menos de $300.00 dólares, estaba intacta. Y de nuevo podía apreciarse el mismo y curioso orden en medio del caos. No había indicios de haber forzado alguna entrada, tampoco característica alguna en la víctima que sirviera de pista. Viuda desde hacía muchos años, Nina Nichols era conocida por no tener ninguna compañía masculina. La policía de Boston se enfrentaba a una situación en la que dos ancianas habían sido atacadas sexualmente y estranguladas, en menos de dos semanas. El comisario de policía, Edward McNamara, recientemente destinado para supervisar los efectivos policiales de que disponía Boston, convocó una reunión con los jefes del departamento el lunes 2 de julio.
Mientras estaban reunidos llegaron noticias de un tercer estrangulamiento. Helen Blake, una enfermera retirada de sesenta y cinco años, fue encontrada en su apartamento del 73 de Newshall Street en Lyn, ciudad situada a varios kilómetros, al norte de Boston. El crimen ocurrió bajo el mismo patrón. Fue descubierta en circunstancias muy parecidas a la de las dos primeras víctimas. Estaba casi desnuda y había sido estrangulada con una media de nylon.
Helen Blake
Al igual que Ana Slesers y Nina Nichols, el asesino abusó de ella, pero no fue violada. También esta vez, el apartamento había sido registrado y su contenido esparcido por todas partes. Helen Blake llevaba muerta unos días cuando fue encontrada. La autopsia reveló que había sido asesinada el 30 de junio, el mismo día que Nina Nichols, aunque la hora de la muerte no fue determinada.
El asesino había actuado dos veces en el mismo día. La forma y frecuencia con que los asesinatos se cometían era demasiado evidente como para ser ignorada. La policía empezó a darse cuenta de que no estaba tratando con diferentes asesinos. Tuvieron que admitir que los asesinatos podrían ser obra de una sola persona. Un asesino reincidente con tendencias sexuales anormales. El sentimiento general podría resumirse en el comentario que hizo McNamara al enterarse de la muerte de Helen Blake: “Dios mío, tenemos un loco suelto”.
La noticia de la muerte de Helen Blake provocó una rápida reacción en McNamara. La policía de Boston se movilizó para la mayor caza de un hombre que la ciudad había visto. Todos los permisos fueron cancelados y todos los detectives libres asignados al caso. El grupo, con edades comprendidas entre los dieciocho y los cuarenta años, fue seleccionado por psiquiatras que asesoraron a la policía. En su opinión, el asesino era un hombre joven que sufría manía persecutoria y odio por su madre. Se arrestó a varios sospechosos, se comprobaron los expedientes y la policía aconsejó a las mujeres que mantuvieran sus puertas cerradas y estuvieran alerta. Un número de teléfono especial para casos de emergencia estaba en servicio las veinticuatro horas del día; este número fue publicado en todos los periódicos y repetido en todos los noticiarios de radio y televisión.
McNamara apeló a la prensa pidiéndoles que revelaran los mínimos detalles sobre el asesinato, tanto como les fuera posible. El miedo al pánico en la ciudad estaba presente en esa sugerencia. Mientras tanto, el policía buscó ayuda en todos los distritos. Cincuenta detectives escogidos cuidadosamente fueron seleccionados para asistir a un seminario impartido por un especialista en crímenes sexuales del FBI que había ofrecido su colaboración. Entre ellos estaban el teniente detective Edward Sherry; el teniente John Donovan, jefe de la División de Homicidios de Boston; James Mellon y el detective Phil DiNatale, quien más tarde sería la espina dorsal de la policía en las investigaciones. Inmediatamente después del seminario, fueron reasignados al caso con la esperanza de que sus recientes conocimientos les ayudarían en el seguimiento de las pistas todavía irreconocibles.
Transcurrió más de un mes sin que se recibieran informes de asesinatos parecidos. Hasta el 21 de agosto, fecha en la que Ida Irga, una apacible y reservada mujer de setenta y cinco años, fue encontrada estrangulada en su seguro apartamento situado en el número 7 de Grove Street, un edificio de cinco pisos en el West End de Boston. Llevaba muerta alrededor de dos días. El crimen tenía el mismo sello personal que los asesinatos anteriores pero con una macabra variación: el asesino dejó a su víctima sobre una almohada con las piernas abiertas, y los tobillos encajados en los huecos del respaldo de dos sillas. El cuerpo fue colocado en lo que un periodista describió como “una grotesca parodia de la posición ginecológica”.
Ida Garga
Había otro detalle más, algo que sólo podría definirse como un acto de desafío burlón. El cuerpo fue colocado de forma que fuera lo primero que viera quien entrara en la habitación. En este caso, un niño de trece años, el hijo del portero de la casa. Estos detalles no fueron hechos públicos, en parte porque se consideraron demasiado impactantes como para publicarlos, pero fundamentalmente porque la policía quería ser la única, junto con el asesino, en conocer ciertos hechos. De esta forma, pensaban que podrían cogerle por un error en un interrogatorio.
Tres días después de que fuera encontrado el cuerpo de Ida Irga, el Boston Herald publicó un editorial para tranquilizar los ánimos de la ciudad; se titulaba “La histeria no soluciona nada”. Hablaba de la improbabilidad estadística de convertirse en una víctima del “Estrangulador Loco”, tal y como lo llamaba la prensa sensacionalista. Decía cosas como: “Si podemos decir con justicia que la policía está buscando una aguja en un pajar, podemos afirmar con la misma validez que las posibilidades de que una persona determinada se convierta en una víctima del asesino o asesinos, son casi nulas”.
Arresto de un sospechoso
Seis días después ocurrió lo que parecía una burla de las palabras anteriores. Otra mujer, Jane Sullivan, una enfermera de sesenta y siete años, fue encontrada estrangulada en su departamento, un piso del número 435 de Columbia Road, en Dorchester, en el extremo opuesto de Boston con respecto al último asesinato. Se estimó que la muerte tuvo lugar diez días antes, el 20 de agosto, lo cual significa que ella e Ida Irga murieron durante las mismas veinticuatro horas. La policía duplicó sus esfuerzos. Se creó una fuerza de patrulla táctica formada por cincuenta hombres escogidos, todos ellos entrenados especialmente en karate, rápidos con la pistola y expertos en procedimientos de laboratorio. En tres unidades principales, patrullarían por la ciudad preparados para hacer frente a cualquier situación que no pudiera ser controlada por los coches de patrulla normales.
Jane Sullivan
A principios de septiembre, el doctor Richard Ford, jefe del departamento de Medicina Legal de la Universidad de Harvard, reunió a agentes de la ley, médicos y psiquiatras del Estado y de la ciudad de Boston, para intentar reconstruir un perfil del asesino. La posibilidad de que una mujer hubiera cometido los asesinatos fue descartada desde el primer momento por la enorme fuerza que hacía falta para mover a las víctimas. Para la mayoría de los psiquiatras, el retrato mental que iba surgiendo era el de un hombre inclasificable, mediocre, probablemente con un trabajo rutinario de 09:00 a 17:00 horas. Un hombre cuya seguridad residía en el anonimato y que, al menos aparentemente, era tranquilo y bien adaptado. El doctor Ford explicó que lo que él y sus asociados estaban buscando era un denominador común, en “el cómo y cuándo encontraron la muerte estas mujeres, o en algo referente a los lugares en que vivían, o en su modo de vida”. Pero el siguiente grupo de asesinatos echó por tierra cualquier esperanza de encontrar una pista de la identidad del asesino en los crímenes anteriores.
El primero fue el de Sophie Clark, el 5 de diciembre de 1962. Aunque fue asesinada de la misma manera que las otras víctimas y su departamento también fue registrado, causaron gran impresión algunas diferencias respecto a los casos anteriores. Clark era muy joven, tenía sólo veinte años, era mulata y no vivía sola. Otra diferencia con respecto a las otras víctimas, es que ella sí había sido violada.
Sophie Clark
La muerte de Sophie Clark fue seguida, el 31 de diciembre, por la de Patricia Bisette, una secretaria de veintitrés años, a quien el asesino violó.
Patricia Bisette
El 8 de febrero de 1963 una camarera alemana de veintinueve años, cuyo nombre jamás fue revelado, abrió la puerta de su apartamento de Melrose Street a un hombre que decía tener que arreglar una gotera. La mujer, que había estado enferma, se encontraba todavía aturdida por los efectos de una píldora para dormir. Así que lo dejó entrar y se dio la vuelta. El hombre saltó sobre ella, pasó una cuerda alrededor de su cuello y la arrojó al piso. La mujer se defendió mordiéndolo hasta tocar el hueso. El hombre gritó, alertando a unos trabajadores que arreglaban un tejado cercano y salió corriendo.
Profundamente asustada, la víctima sólo pudo otorgar una descripción aproximada del sospechoso; era la primera víctima que se salvaba de un ataque. El 6 de mayo de 1963 moría también Beverly Samans, una estudiante de Cambridge de veintitrés años. Aunque esta última víctima también fue estrangulada, se pensaba que la causa de su muerte habían sido unas puñaladas recibidas en el cuello. Fue violada.
Beverly Samans
La policía estaba completamente desconcertada. El cambio radical en las edades de las víctimas parecía excluir irrevocablemente la primera impresión de los psiquiatras de que se trataba de un “psicópata que odiaba a su madre”. Parecía que, después de todo, podría ser cierta la hipótesis de que más de una persona estuviera involucrada en los asesinatos. La misión de la policía empezó a parecer más difícil que nunca. Las protestas populares se intensificaron y la gente exigía una investigación ante la aparente ineptitud de la policía. McNamara, impotente, se limitó a citar estadísticas. La policía había hecho averiguaciones sobre unos cinco mil maníacos sexuales de Massachusetts, habían analizado a cada interno del centro para el tratamiento de individuos sexualmente peligrosos, habían preguntado a miles de personas y habían interrogado a más de cuatrocientos sospechosos. Sin embargo, los hechos eran los siguientes: se habían cometido ya ocho estrangulamientos y la fuerza policial, compuesta por cerca de 2,600 hombres trabajando de doce a catorce horas diarias, no había encontrado todavía una sola pista concluyente. Ninguna mujer en Boston, fuera joven o vieja, viviera sola o acompañada, podía considerarse a salvo.
Ese mismo año se encontraron dos víctimas estranguladas más: Evelyn Corbin, de cincuenta y ocho años, el 8 de septiembre de 1963.
La policia encuentra el cuerpo de Evelyn Corbin
El 22 de noviembre de 1963, el presidente estadounidense John F. Kennedy fue asesinado en Dallas, Texas. El día siguiente, 23 de noviembre, fue declarado día de luto nacional. El asesino aprovechó para matar a una mujer llamada Joan Graff. El hecho de que el crimen hubiera sido cometido cuando el país estaba de luto, fue descrito posteriormente por un psiquiatra como “el mayor acto de megalomanía de la historia del crimen contemporáneo”.
El tercer y último estrangulamiento de 1964, iba a motivar un giro el caso. La víctima, Mary Sullivan, de diecinueve años de edad, fue la más joven de todas y los detalles de su asesinato los peores, pues había sido violada con un palo de escoba, destrozándole la vagina. Alrededor del cuello tenía una media y dos bufandas de colores chillones anudadas con un gran lazo bajo la barbilla.
Mary Sullivan
Entre los dedos del pie izquierdo, el asesino había colocado una tarjeta navideña de colores llamativos en la que se leía: “¡Feliz Año Nuevo!”. La policía encontró también un pequeño fragmento de estaño como los empleados para proteger la película fotográfica. Este dato sugería que el estrangulador pudo haber fotografiado la escena para tener un recuerdo de su obra de arte, antes de salir del apartamento de Mary Sullivan.
La sensación de horror que produjo el crimen en los bostonianos fue realmente abrumadora. La juventud de la víctima y los atroces detalles de su muerte, que llegaron hasta el público, tocaron una fibra sensible que ninguno de los otros asesinatos llegó a rozar.
Era urgente tomar nuevas medidas. Dos semanas después, el fiscal general Edward Brooke Jr. declaró que la oficina del fiscal general del Estado de Massachusetts, la más alta institución jurídica del Estado, estaba haciéndose cargo de la investigación de todos los asesinatos cometidos en Boston y sus alrededores. Nombró su ayudante a John Bottomly para que se encargara de toda la operación.
Como él mismo dijo: “Este es un caso anormal e insólito y requiere procedimientos anormales e insólitos”. El asesinato de Anna Slesers suscitó pocos comentarios en una ciudad en la que se cometían unos cincuenta crímenes al año, pero la sensación de miedo fue aumentando a partir del descubrimiento del doble asesinato el 30 de junio de 1962. Comenzaron a atribuirle poderes sobrenaturales al desconocido asesino. Era conocido como "El Estrangulador Loco", "El Asesino del Atardecer" o "El Fantasma Estrangulador". Finalmente, su sobrenombre quedó en "El Estrangulador de Boston".
El miedo al estrangulador paralizó, en gran medida, el día a día normal de la ciudad. Lectores de contadores, investigadores de mercado, gente que realizaba servicios sociales, estudiantes de Harvard que hacían estudios de campo, propagandistas políticos y mensajeros de la Western Union encontraron todas las puertas cerradas. Las ventas de Fuller Brushes y de cosméticos Avon, tradicionalmente vendidos de puerta en puerta, disminuyeron drásticamente. Por el contrario, los cerrajeros hicieron buenos negocios. Cada crimen les proporcionaba mayor demanda de cerrojos, cadenas, mirillas y cierres para las ventanas. Muchas mujeres improvisaron barricadas y, por si éstas eran rebasadas, dormían dejando a los pies de la cama cualquier utensilio que sirviera de arma, como paraguas o bastones de esquí. Otras tomaron clases de karate y defensa personal.
Una mujer coloca latas como alarma
Aunque el estrangulador siempre mataba a las mujeres en sus casas, el ambiente de terror se extendió a las calles. Las mujeres eran reacias a salir después del anochecer y, si lo hacían, iban en parejas y armadas con gases lacrimógenos y cuchillos. Otras se procuraron la protección con perros. Fue tal la demanda que la Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Animales se encontraba cada mañana con gente haciendo fila en el exterior de sus dependencias para adoptar los perros callejeros que habían recogido el día anterior.
El asesino dio rienda suelta a los confusos terrores de paranoicos y perturbados mentales. Una mujer que estuvo en contacto con la policía por el tema del estrangulador nombró en sus declaraciones a un joven vecino que, según ella, actuaba de forma sospechosa. Poco después se tiró de cabeza por la ventana de su departamento en un tercer piso.
El único consejo que la policía podía dar para hacer frente al pánico, era mantener las puertas cerradas y avisarles en caso de ver a alguien merodeando o comportándose de forma extraña. Se facilitó un teléfono para emergencias y, acto seguido, la policía recibió multitud de avisos, referidos a vecinos o ex amantes. Todos los avisos fueron comprobados y aunque algunos revelaron conductas extrañas para la puritana sociedad bostoniana, siempre resultaron infructuosos.
Durante el reinado de terror de “El Estrangulador de Boston” se le atribuyeron muchos más asesinatos de los que había cometido. Los periódicos, concretamente, tendían a describir a cualquier mujer estrangulada como una de sus víctimas. La señora Israel Goldberg, un ama de casa de Belmont, fue descrita a menudo como una víctima del estrangulador, a pesar de ser arrestado un hombre que estaba reparando averías en su casa el día en que murió. La muerte en un callejón de Daruela Saunders, una muchacha negra de dieciséis años, provocó protestas masivas contra la ineficacia policial antes de que un joven de la localidad confesara el crimen. Aunque la policía mantuvo en secreto ciertos detalles sobre los asesinatos, rumores y filtraciones sobre las “marcas personales” de “El Estrangulador de Boston” proporcionaron la información suficiente para que otros asesinos imitaran sus métodos para enmascarar sus crímenes.
Cuando John Bottomly se sentó en su oficina de las dependencias del Estado, en Bacon Hill, examinó la gigantesca misión que tenía ante sí. Había dejado bien claro durante su nombramiento, que aquello no iba a ser una toma de posesión del caso que estaba ya en manos de la policía, sino una operación coordinada. No obstante, en la situación con la que se enfrentaba reinaba el caos y la confusión. Durante los dieciocho meses transcurridos desde que comenzaron los crímenes, cinco departamentos de policía y tres fiscales de distrito se vieron involucrados. La dispersión de los distintos departamentos se convirtió en un grave problema de comunicación.
Además, se sumó a esta confusión el hecho de que los diferentes departamentos de policía habían mantenido en secreto varios detalles de los asesinatos de cara al público y entre ellos mismos para reducir el riesgo de filtraciones o por un sentido de la competencia fuera de lugar. Era necesario, pensó Bottomly, una sede central donde se analizara toda la información. Todos los datos de la policía de Boston, Cambridge, Lyn, Lawrence y Salem, lugares en que se cometieron los asesinatos, tenían que ser recopilados en un solo lugar y después, analizados en profundidad. Bottomly actuó rápido. Ordenó hacer copias de todos los informes relacionados con los estrangulamientos en todos los departamentos de policía de los lugares en que se habían cometido los crímenes. El resultado en total ascendió a la increíble suma de 37,500 páginas. La información fue procesada e introducida en una computadora.
A finales de enero de 1964 surgió el acontecimiento más extraordinario del caso hasta aquel momento. Unas semanas antes, un hombre de negocios había sugerido a Bottomly que consiguiera la ayuda de Peter Hurkos, un vidente de cincuenta y dos años de edad; él mismo aportaría los recursos económicos. El curioso capítulo que se desarrolló a raíz de aquella sugerencia fue digno de figurar entre las más descabelladas historias de ineptitud policial. El 29 de enero, el vidente Hurkos y Jim Crane, su guardaespaldas, llegaron a Lexington, a treinta kilómetros de Boston. Al día siguiente, en la pequeña habitación de un motel, el vidente comenzó a componer una imagen de “El Estrangulador de Boston”. Como primera medida, dijo que le gustaría hacerse una idea de las víctimas del asesino. Un detective, Julian Soshnick, le proporcionó un montón de fotografías que colocó agrupadas boca abajo sobre la cama. Las tocó suavemente y al cabo de unos minutos, su mano se detuvo sobre uno de los montones. “Esta, la de arriba, muestra una mujer muerta. Sus piernas están separadas, la veo”, dijo con su marcado acento holandés. “Compruébelo usted mismo”.
Se tumbó en la alfombra y demostró, exactamente, cómo la víctima en cuestión había sido colocada por el estrangulador. Cuando Soshnick volteó la fotografía, pudo ver a la primera víctima, Anna Slesers, en la misma posición que Hurkos acaba de mostrarle. Ante la mirada incrédula de los presentes, repitió el proceso con las otras víctimas. El “cerebro radar” del vidente, como a él mismo le gustaba llamarlo, empezó a “generar imágenes del asesino”. Poco después, estaba describiendo a un hombre delgado, de 1.70 m de estatura y un peso de sesenta a setenta kilogramos. Debía de tener una nariz puntiaguda, una cicatriz en el brazo izquierdo y algo raro en el pulgar. Entonces, inexplicablemente, surgió un comentario: “Le encantan los zapatos”. Aquella misma noche, Hurkos dibujó, en un mapa de la ciudad, un círculo que abarcaba un área en el suburbio de Newton, en la que se encontraban el Boston College y el seminario de Saint-John, y pudo afirmar que allí era donde había vivido el asesino.
Mientras los asistentes se quedaban boquiabiertos, él gritó: “Veo un cura... No, no es un cura, es un médico de un hospital”. A la mañana siguiente, Hurkos y su séquito fueron a Boston para discutir algunos asuntos con Bottomly. Cuando el coche pasó por Commonwealth Avenue, por el número 1940 en concreto, el vidente se excitó terriblemente: “¡Terrible, horroroso, algo espantoso ha ocurrido aquí!”, gritó. Allí fue donde Nina Nichols, la tercera víctima, había sido asesinada. Aquella noche, mientras dormía, Hurkos habló en voz alta. Lo hizo en portugués, idioma que supuestamente desconocía, e hizo referencia a alguien llamado “Sophie” (Sophie Clark fue la novena víctima, su padre era portugués, dato que el vidente no podía saber). Después, bruscamente, el médium se dividió en dos voces distintas que empezaron a discutir entre sí. Una de ellas era él mismo con su acento holandés habitual, y la otra, la supuesta personalidad del asesino con un acento bostoniano suave y afeminado.
Una semana antes de llegar Hurkos, un antiguo estudiante del Boston College había dirigido una extraña carta a la escuela de enfermería. En ella, decía estar interesado en escribir un artículo sobre los allí graduados en 1950. También expresó un profundo interés en conocer enfermeras sugiriendo que “la amistad puede llevar al altar”. Basándose en las revelaciones de Hurkos, Bottomly ordenó que investigaran al autor de la carta. Se comprobó que había estado en la lista de posibles estranguladores. Tenía un amplio historial de enfermedades mentales, medía 1.70 m de estatura, pesaba sesenta kilogramos y tenía la nariz puntiaguda. Había asistido en una ocasión al seminario de Saint John y trabajaba como vendedor a domicilio de zapatos para mujer. En el examen físico que le hicieron, le encontraron cicatrices en el brazo izquierdo y el pulgar deformado. Hurkos estuvo en lo cierto en cada detalle, pero la investigación no llevó a ninguna parte. El vendedor no sabía nada de los crímenes y no pudo ser relacionado con ninguna de las víctimas.
El vidente, se fue de Boston el 5 de febrero, una semana después de su llegada. Su relación con el caso terminó de un modo tan extraño como había comenzado. EI 8 de febrero, fue arrestado bajo el cargo de suplantar a un agente del FBI, lo cual fue interpretado por muchos como un intento de la policía de desacreditar al Fiscal General. Mientras tanto, se redoblaron todos los esfuerzos requeridos en la investigación. La recompensa por “El Estrangulador de Boston” se aumentó de $5,000.00 a $10,000.00 dólares. Además, se reclutaron más miembros para el comité médico psiquiátrico, formado al comenzar el año.
El 29 de abril, aproximadamente cuatro meses después del asesinato de Mary Sullivan, el Comité se reunió con miembros de la policía. La cuestión más importante que se plantearon era determinar si la persona que estranguló a las primeras víctimas, todas ancianas, era la misma que había matado a las jóvenes. Abreviando, ¿era un asesino o dos? La idea de la mayoría era que los asesinatos de las ancianas habían sido cometidos por un hombre, y los de las jóvenes por una o más personas que habían intentado que sus crímenes se pareciesen a los anteriores. Los asesinos de las jóvenes podían encontrarse, en su opinión, entre los amigos de las muertas y podían, también, ser “miembros inestables de la comunidad homosexual”.
Esta hipótesis se basaba en el supuesto de que un asesino homosexual explicaría las degradantes posiciones en que fueron halladas las víctimas; aunque, según otros, tal vez fuera la última burla de un misógino. Por otra parte, gran parte de las víctimas jóvenes habían tenido contacto con homosexuales de alguna forma indirecta. La zona de Back Bay, donde vivían Sophie Clark y Patricia Bisette, y la de Bacon Hill, donde residía Mary Sullivan, eran zonas frecuentadas por homosexuales. El apartamento de Evelyn Corbin tampoco estaba lejos de allí. A finales de año, la frustración de la policía era inimaginable. Para muchos la caza de “El Estrangulador de Boston” se había convertido en una cruzada personal. Estaban tan ansiosos que no rechazaban ninguna posibilidad. Seguían tenazmente cada posible pista.
En ese ambiente de baja moral, esperanzas defraudadas y pistas falsas que no conducían a ninguna parte, el teniente detective Donovan recibió una llamada telefónica. Era el martes 4 de marzo de 1965. La llamada era de F. Lee Bailey, un brillante y joven abogado que acababa de hacerse famoso en la ciudad. Afirma conocer a alguien con información acerca del asesino. El letrado no podía, de momento, revelar quién era su informador, pero propuso a Donovan que le facilitara algunas preguntas concretas para que comprobaran si el hombre en cuestión estaba diciendo la verdad. El nombre de aquel sujeto sospechoso era Albert DeSalvo.
En febrero de 1965 tuvo lugar un raro encuentro entre dos internos del Hospital Estatal de Bridgewater. Uno de ellos era George Nassar, un peligroso criminal de treinta y tres años que estaba en observación, en espera de juicio, por un asesinato particularmente violento. El otro era Albert DeSalvo. A principios de noviembre de 1964 fue detenido por asaltar sexualmente a varias mujeres de Massachusetts y Connecticut. Hasta ese momento, los ataques eran conocidos como “Los Crímenes del Hombre Verde”, porque DeSalvo vestía siempre ropa de trabajo de ese color. Enviado a Bridgewater para someterlo a observación, se encontró compartiendo una celda con George Nassar.
Un día, Albert DeSalvo interrumpió sus alardeos sexuales para preguntarle a Nassar algo que le rondaba por la cabeza: “George, ¿qué ocurriría si un tipo fuera encarcelado por robar un banco, si en realidad hubiera robado trece?” Nassar contestó sin darle importancia y DeSalvo se marchó. Unos días después, se le acercó otra vez y le dijo: “Creíste que fue una pregunta estúpida, pues verás que no”. Los detalles exactos de aquella conversación nunca se conocieron, pero fueron suficientes para convencer a Nassar de que su compañero era “El Estrangulador de Boston”.
De Salvo prestando declaracion
El 4 de marzo, un tanto escéptico ante aquella situación, el abogado fue a Bridgewater para encontrarse con DeSalvo por primera vez. El hombre que lo recibió medía alrededor de 1.72 metros, tenía el pelo largo y una nariz afilada y puntiaguda. La voz era clara y aguda y los modales, sinceros y encantadores. Su apariencia simpática combinada con un aspecto perfectamente olvidable, lo convertía, en opinión de Lee Bailey, en el sospechoso idóneo de los asesinatos. No era difícil comprender cómo se las habría ingeniado este hombre para entrar en los apartamentos de las mujeres y salir, luego, pasando totalmente desapercibido.
En la entrevista grabada que mantuvieron, DeSalvo confesó no sólo los once asesinatos conocidos, sino dos más de los que la policía no sabía nada. El de Mary Brown, golpeada y apuñalada en su apartamento de Lawrence el 9 de marzo de 1963, y el de una mujer de ochenta años que, aparentemente, murió de un ataque al corazón en sus brazos. DeSalvo no podía recordar su nombre ni la fecha del asesinato, pero investigaciones posteriores revelaron que se llamaba Mary Mullen, asesinada el 28 de junio de 1962.
Con voz serena y actitud flemática, Albert DeSalvo dio detalladas descripciones de los crímenes, incluyendo partes que no habían llegado a la opinión pública. Fue capaz de afirmar tranquila y correctamente que la puerta de Patricia Bisette abría hacia afuera. Dibujó bocetos exactos de los trece departamentos en que tuvieron lugar los hechos y habló sobre “el nudo del estrangulador”, indicando que era el nudo que utilizaba siempre para hacer los lazos de colores que adornaban las piezas ortopédicas de la deformada cadera de su hija Judy.
El Arresto
Los investigadores se vieron ante un gran dilema: a pesar de la exactitud de los informes del presunto asesino y de su evidente ansiedad por confesar, no había ninguna prueba concreta para condenarle. “El Estrangulador de Boston” no dejó huellas que pudieran compararse con las de Albert DeSalvo y no existía ningún testigo ocular. La única superviviente de los ataques, la mesera alemana, era incapaz de identificarle y ninguno de los vecinos pudo reconocerlo en las fotografías. Debido a la ausencia total de pruebas, la culpabilidad del confeso asesino debería ser demostrada.
Hasta entonces, sus declaraciones habían sido hechas de un modo puramente informal y nadie podía estar seguro de si estaba diciendo la verdad o no. Se decidió que DeSalvo debería ser sometido a un interrogatorio formal, que llevaría a cabo Bottomly. Tendría la garantía de que nada de lo que dijera podría ser utilizado contra él en el juicio. Agentes de la policía y detectives de zona comprobarían minuciosamente cada dato. Si se averiguaba que había dicho la verdad y era declarado competente para someterse a juicio, unos psiquiatras lo examinarían para determinar su estado mental cuando cometió los asesinatos.
En caso de que le encontraran mentalmente capaz de ser juzgado, haría una confesión formal que podría ser utilizada en el juicio, donde suplicaría un veredicto de no culpabilidad con la esperanza de ser confinado en una institución mental. Pero si durante el juicio era declarado sano, lo que significaría que podrían ejecutarlo, no existiría confesión válida y todos los precedentes tomados en su contra se detendrían. Tendría su inmunidad asegurada. Ante tantas ventajas, Albert DeSalvo estuvo de acuerdo.