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"El estrangulador de Boston" PARTE 2

Info12/2/2010
Aca la Parte 1
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Durante la primavera, verano y otoño de 1965, Albert DeSalvo se encontró con Bottomly semanalmente, en presencia de un tercer individuo como testigo. Se desahogó contando las historias de sus asesinatos. Estaba, al parecer, deseoso por confesar, con la esperanza de que el hacerla le ayudaría a entenderse a sí mismo. Se esmeró en relatar cada estrangulamiento al detalle. La mayoría de los asesinatos ocurrieron en fines de semana, explicó, porque “siempre podía salir de casa el sábado, diciéndole a mi esposa que tenía que ir a trabajar”. Una vez fuera de la casa, DeSalvo describió cómo conducía por las calles sin ningún destino fijo. Iba en su Chevrolet Coupé modelo 1954 color verde, pero lo que él describió como “la urgencia de matar” se apoderaba de él y tenía que actuar.




En sus acciones no existía en absoluto un plan premeditado. Escogía un edificio al azar y llamaba a cualquier timbre en el que figurara el nombre de una mujer. No tuvo ninguna dificultad en ingeniárselas para entrar en los departamentos, con la excusa de tener que realizar algún trabajo de mantenimiento o de decoración. Tras unos minutos de conversación, lo poseía una irracional e irreprimible urgencia de matar. Parecía suceder en el momento en que la víctima le daba la espalda. Describió esta sensación con todo detalle en el caso de Nina Nichols: “Al volverse de espaldas y ver su nuca me ponía a tope. Todo hervía dentro de mí. Antes de que se diera cuenta, había puesto un brazo alrededor de su cuello y... así sucedía siempre”.




Un tema constante en los interrogatorios era la total mistificación de su propia conducta. “No había nada en Anna Slesers que pudiera interesar a ningún hombre... ¿por qué lo hice?” Cuando le preguntaron por qué había desordenado los departamentos si no pensaba robar nada, no pudo dar una respuesta satisfactoria. “Eso es lo que me gustaría averiguar a mí también”, contestaba. Estaba igual de confuso ante el porqué había dejado a Ida Irga con los pies metidos en los huecos del respaldo de las sillas. “Simplemente se me ocurrió y lo hice”, dijo a modo de explicación.




En muchas de sus declaraciones DeSalvo se distanciaba completamente de sí mismo, como si estuviera hablando de otra persona. Claro ejemplo de esto fue el relato de cómo estuvo a punto de asesinar a una joven antes que a Anna Slesers. “Miré al espejo de la habitación y allí estaba yo estrangulando a alguien. Caí de rodillas, me santigüé y recé. ¡Oh, Dios! ¿Qué estoy haciendo? Soy un hombre casado, padre de dos criaturas. ¡Oh, Dios, ayúdame! Era como si no fuera yo... era como si fuera otra persona la que estaba viendo. Me fui de allí asustado”.
Cuando hablaba sobre Patricia Bisette, la única víctima que fue hallada cubierta y sin desnudar, decía: “Ella era tan distinta... No quería verla así, desnuda. Me habló como a un hombre y me trató como tal, con mucho respeto. Recuerdo que la cubrí mientras todo sucedía”. Unas veces se mostraba profundamente reacio a discutir los crímenes. Otras estaba totalmente tranquilo e indiferente, como cuando describió lo que hizo tras el asesinato de Joan Craff. “Cené, me lavé, jugué con los niños y vi la televisión”. Al crecer en DeSalvo la confianza en Bottomly, admitió que durante un tiempo había sido un problema. “Esta cosa hirviendo dentro de mí todo el tiempo... sabía que no podía controlarlo”. Explicó que si había decidido confesar fue porque había leído una declaración del Gobernador Peabody que decía que “El Estrangulador de Boston” no sería ejecutado, sino enviado a una institución psiquiátrica para su tratamiento.



Su extraordinaria declaración finalizó el 29 de septiembre de 1965 y dio origen a un libro: Confesiones del "Estrangulador de Boston". Las investigaciones policiales habían revelado que había dicho la verdad en todo momento y que conocía detalles que nunca se habían hecho públicos. En aquel momento les quedaban pocas opciones, aparte de creer que aquel hombre que tenían ante sí, era sin duda alguna, “El Estrangulador de Boston”.
Al inspeccionar sus archivos, las ironías del caso resultaron evidentes. Tras la gigantesca caza que habían llevado a cabo, el asesino resultó ser alguien que había estado permanentemente en sus archivos, pero pasó desapercibido porque estaba fichado en la categoría de “allanamientos” en lugar de en la de “ofensas sexuales”.

El juicio


Lee Bailey vio el caso de DeSalvo como un tremendo reto. No quería verlo libre, pero tampoco en la silla eléctrica; creía que lo mejor para él era internarlo en una institución psiquiátrica, en la que los médicos pudieran analizarle y ayudarle. En su opinión, un juicio sería la única forma de establecer jurídicamente que Albert DeSalvo era “El Estrangulador de Boston”. Sólo si esto sucedía, el acusado recibiría el análisis y la atención médica adecuada. Sin embargo, se enfrentaba a una dificultad legal. Los psiquiatras habían declarado que el sujeto en cuestión estaba perturbado cuando cometió los asesinatos, pero según las reglas del nuevo Tribunal Supremo, la acusación no estaba dispuesta a permitir que DeSalvo confesara alegando enajenación mental.

En una brillante pirueta legal, Lee Bailey permitió que DeSalvo fuera juzgado por los crímenes de "El Hombre Verde”. Los psiquiatras podrían entonces testificar a favor de su dolencia. Todavía podía ser declarado legalmente perturbado sin tener que ser ejecutado. El caso apenas tenía precedentes en la historia jurídica. La responsabilidad de probar su culpabilidad recaía en la defensa. Como Lee Bailey dijo más tarde: “Nos encontramos ante una situación realmente increíble. Debemos probar su culpabilidad sin proporcionar al Estado una sola prueba legal. Albert DeSalvo tiene que conseguir librarse de la silla eléctrica”.

DeSalvo siempre declaró que no comprendía por qué había matado, aunque a veces culpaba a su mujer, a su educación y a sí mismo. Su desconcierto sobre los motivos era un tema constante en las declaraciones. Repetía que quiso testificar para intentar comprender la naturaleza de sus impulsos y poder ser liberado de ellos. Cuando hablaba de los crímenes solía hacerlo en tercera persona, como si sólo hubiera sido un impotente observador, en lugar del asesino.



Cuando DeSalvo admitió los crímenes, multitud de hipótesis se evaporaron. Quería profundamente a su madre, aunque sintió que le había fallado al no protegerla de la violencia de su padre, y lejos de ser un solitario era un hombre de familia. Además, según reconoció él mismo, no era precisamente la suya la biografía de un hombre que asesinara por una lascivia frustrada.

La diferencia de edad de las víctimas, dato que tenía obsesionados a los psiquiatras, era, según el acusado, una mera coincidencia, tan accidental como las otras conexiones que había entre las víctimas: los hospitales y la música clásica. Había seleccionado a sus víctimas al azar por los nombres que figuraban en los timbres de las puertas.



Albert DeSalvo estaba obsesionado por las mujeres; no por las jóvenes, ancianas o chicas guapas, sino por las mujeres en general. Bajo todas sus máscaras entraba en los apartamentos con la intención de mantener algún tipo de contacto sexual con ellas. Sólo en quince ocasiones, en un período de menos de dos años, intentó asesinar. La única vez que falló fue cuando se vio a sí mismo en un espejo y no pudo seguir adelante.

Los asesinatos comenzaron poco tiempo después de que “El Medidor”, como le llamaron, fuera puesto en libertad. Esto sucedió en la época en que Irmgard lo rechazó sexualmente, y tenía que probarse ante ella una y otra vez. Según su relato sobre los asesinatos, el gatillo se disparaba siempre cuando la víctima, una mujer, le volvía la espalda. Al hacerlo despertaba en él un sentimiento de odio incontrolable. Aquel odio provenía de sensaciones de rechazo. Se hubiera sorprendido de saber que muchas mujeres albergarían sentimientos de pasión sexual hacia él y se convertirían en sus admiradoras.


Admiradora del asesino



En el caso de Beverly Samans, uno de los asesinatos más salvajes, contó que sus constantes súplicas de “¡No lo hagas!” le recordaban la forma en que su esposa lo repudiaba. Toda su vida había intentado superarse, hacerse mejor. Tanto en la escuela como en el ejército se identificaba a sí mismo con figuras autoritarias. Se había casado con una mujer de clase social superior, pero fue inútil. Nunca se sintió aceptado. Siempre la había tratado con respeto y ella, decía DeSalvo, “hace que me sienta un don nadie, que sienta complejo de inferioridad”.


Los titulares


En el fondo, la única característica que compartían todas las víctimas, su respetabilidad de clase media, fue lo que les costó la vida. Desde luego, cuando hablaba de su carrera como “El Medidor”, dejó bien claro que era un hombre mal educado que se las había ingeniado para burlar y timar a jóvenes universitarias, diciendo: “Creen que son mejores que yo. Todas eran jóvenes universitarias, y yo no tuve nada en mi vida, pero he sido más listo que ellas”.
El 30 de junio de 1966, Albert DeSalvo asistió a una vista preliminar en el juzgado del Condado de Middlesex, al este de Cambridge, para que se dictaminara su competencia para someterse a juicio por los crímenes de “El Hombre Verde”. Lee Bailey pensaba que el acusado sólo podría recibir la ayuda médica que requería sometiéndose a juicio y consiguiendo un veredicto de no culpabilidad por enajenación mental. Sin embargo, en este caso, los cargos en cuestión eran asalto a mano armada y atentado contra el pudor. Los estrangulamientos podían ser mencionados implícitamente, pero no tendrían relación directa con el caso.



Tras el testimonio de los psiquiatras, cuyas opiniones sobre la competencia de DeSalvo estaban divididas, el acusado subió al estrado. Cuando Lee Bailey le preguntó si quería recibir ayuda médica, DeSalvo contestó: “Lo que he pedido siempre es ayuda médica, pero aún no he recibido ninguna”. Posteriormente, el abogado de la acusación pública y ayudante del Fiscal del Distrito del condado de Middlesex, Donald Con, lo interrogó y recalcó su deseo de decir toda la verdad sobre su pasado sin importarle lo que ocurriera. “Sentía que no podía seguir viviendo conmigo mismo. A mi manera quería liberar todo lo que llevaba dentro. Decir la verdad. Sean cuales sean las consecuencias, las aceptaré, porque siempre he querido contar la verdad”.
El 10 de julio, el juez que presidía la vista, Horace Cahill, declaró a DeSalvo competente para someterse a juicio. Al día siguiente fue conducido ante el juez George Ponte en el mismo juzgado donde había suplicado su veredicto de no culpabilidad. Fue encarcelado sin fianza en Bridgewater en espera del juicio por los crímenes de “El Hombre Verde”. Seis meses después, el 9 de enero de 1967, comenzó el juicio, en el mismo condado. DeSalvo fue acusado de robo a mano armada y atentado contra el pudor. Su alegato era de no culpabilidad en virtud de la enajenación mental.
Como en la vista preliminar, el fiscal era Donald Con. Los testigos de cargo eran cuatro mujeres que habían sido víctimas de “El Hombre Verde». Sus identidades se guardaron en secreto dada la naturaleza íntima de las pruebas involucradas. Reacias y bastante turbadas por la situación, las mujeres contaron a la sala lo que aquel hombre les había hecho. Describieron cómo las ató, violó y humilló a punta de navaja.


Los principales peritos de la defensa presentados por Lee Bailey eran dos psiquiatras, el doctor Robert Ros Mezer, de Boston, y James Brusel. Aunque DeSalvo sólo estaba siendo juzgado por las fechorías de “El Hombre Verde”, era su misión sacar a relucir los estrangulamientos como parte de sus antecedentes psiquiátricos. Todo el caso de Lee Bailey dependía de los dos diagnósticos de esquizofrenia. En su opinión, cuando se hablara al jurado sobre los estrangulamientos, no dejarían de considerar a DeSalvo como un enfermo mental, aunque estos crímenes no fueran, directamente, parte del juicio.



Para resumir el caso, el fiscal describió al acusado como un astuto criminal que fingía síntomas de enfermedad mental con la esperanza de ser recluido en una institución psiquiátrica, de la que le sería fácil salir en unos cuantos años. En una intervención señaló al jurado y gritó: “¡Es mi deber para con mi esposa, con las de todos ustedes y con cada mujer que pudiera ser víctima de este hombre, tachar su conducta de lo que es: una viciosa conducta de criminal! No dejen que este hombre se burle de ustedes delante de sus narices”.

Mapa de los Crimenes


Las últimas puntualizaciones de la defensa fueron igualmente apasionadas, al hacer una súplica para que el acusado fuera declarado enajenado mental y poder así enviarle a un hospital psiquiátrico y recibir el tratamiento adecuado. “No sólo por su propio beneficio, sino también para conseguir una mayor comprensión de este tipo de crímenes en el futuro. Este hombre, Albert DeSalvo, es un fenómeno, una oportunidad única para ser estudiada. Nunca hemos tenido tal espécimen en cautividad. Debería ser sujeto de estudio para la Fundación Ford o una institución parecida. Lo que estoy exponiendo con esto no es una defensa, es un imperativo sociológico. Aparte de la moral, la religión, la ética o cualquier otra objeción para la pena de muerte, ejecutar a este hombre es un acto tan desmedido, barbárico e ignorante como lo fue quemar a las brujas de Salem”.
En su alegato final, el juez Cornelius Moynihan explicó al jurado que podían declararle culpable, no culpable o no culpable por enajenación mental. El juez Moynihan dijo también a los miembros del jurado que debían borrar de su cabeza todas las referencias a los estrangulamientos, diciéndoles: “No se le juzga por homicidio”. El 18 de enero, el jurado se retiró a deliberar. Estuvieron reunidos durante tres horas y cuarenta y cinco minutos. A las 18:00 horas volvieron con su veredicto: Culpable.

Ficha del FBI de De Salvo



Cuando se leyó el fallo del jurado, el juez consideró cuidadosamente la sentencia. El abogado explicó que el deseo de DeSalvo era que le encerraran de por vida y que “la sociedad fuera protegida de él”. Albert DeSalvo, “El Estrangulador de Boston”, fue sentenciado a cadena perpetua y devuelto al Hospital Estatal de Bridgewater en espera de que lo enviaran definitivamente a una prisión de máxima seguridad.

La Celda




Para Lee Bailey, James Brusel y muchos otros interesados en el caso, la decisión fue un tremendo error. A pesar de su nombre, Bridgewater era más una prisión que un hospital, con un inadecuado personal. Lo que hacía concebir pocas esperanzas de que DeSalvo recibiera la atención psiquiátrica que necesitaba.



Ante este panorama, a Albert DeSalvo decidió escaparse de la cárcel y, asombrosamente, lo consiguió. No cabía ninguna duda de que su fuga del Hospital Estatal de Bridgewater era un grito de socorro. Había dejado una nota en la celda pidiendo perdón por su fuga y explicando que “se iba porque quiso recibir ayuda y nadie hizo nada por él”. El psiquiatra James Brusel, por primera vez, estaba convencido de que aquel sujeto estaba diciendo la verdad. En su opinión, DeSalvo estaba “simple y honestamente desconcertado de su propia naturaleza violenta y quería ayuda en la búsqueda de explicaciones. Su fuga era una forma de llamar la atención del público sobre su situación”.
A pesar de la histeria reinante entre la prensa y la opinión pública tras su escape, Albert DeSalvo se entregó treinta y ocho horas después. Llamó desde una tienda de ropa de la oficina a Lee Bailey, diciendo: “Se acabó. Llévenme de vuelta”. En una improvisada rueda de prensa celebrada tras su arresto, explicó las razones de su fuga. “No molesté a nadie y nunca lo haré. No quise hacer daño a nadie. Lo hice para reclamar la atención pública sobre el caso de un hombre que tiene una enfermedad mental, contrata un abogado y nadie hace nada para ayudarle”.



Debido a una errónea manipulación del caso, Albert DeSalvo fue inmediatamente trasladado del Hospital Estatal de Bridgewater a la prisión de máxima seguridad de Walpole, Massachusetts, de donde no había posibilidad de escapar y donde pasaría el resto de sus días. Allí se dedicó a elaborar joyería, pasando sus días en paz.


De Salvo con sus creaciones


Seis años después, la historia de “El Estrangulador de Boston” acabó tan misteriosamente como había comenzado. El 25 de noviembre de 1973, Albert DeSalvo fue hallado muerto en su celda de la prisión de Walpole. Había sido apuñalado seis veces en el corazón durante una supuesta reyerta en la prisión. Su asesino nunca fue encontrado. Pocos lamentaron la muerte de DeSalvo. Sus compañeros de presidio en la prisión de Walpole cerraron filas y se negaron a revelar la identidad del asesino. Hacía ya mucho tiempo que su mujer había vuelto a Alemania con sus hijos.



Para la mayoría de la gente no estaba mal que “El Estrangulador de Boston”, que nunca había sido juzgado por los asesinatos, no saliera de la celda de la prisión. Versiones posteriores afirmarían que DeSalvo no había sido realmente el estrangulador, sino que le habían pagado para que culpara de los crímenes, aunque esta hipótesis jamás tuvo fundamentos suficientes. Otros acusarían a George Nassar, el compañero de celda a quien DeSalvo se había confiado.

Funeral de De Salvo


Pero los años en los que DeSalvo “estranguló” la vida social de Boston supusieron un giro decisivo en la historia de los asesinos estadounidenses. Antes de los años sesenta, los Estados Unidos habían tenido solamente uno o dos asesinos seriales de ese calibre. Sin embargo, su número comenzó a elevarse a seis en los años sesenta, diecisiete en los setenta y veinticinco entre 1980 y 1984. Luego se disparó exponencialmente, hasta rebasar el millar.


Desde este punto de vista, los asesinatos de DeSalvo tomaron un significado claramente sociológico. Como dijo Lee Bailey en el juicio, “Albert DeSalvo debería ser objeto de una investigación subvencionada”. Desafortunadamente para DeSalvo, el consejo de Bailey no fue escuchado. Desafortunadamente para los Estados Unidos, él no iba a ser un ejemplar tan raro en los años venideros.




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