La autonomía del Banco Central
La "feudalización" del organismo monetario, fomentada desde las usinas del neoliberalismo, le quita al Estado un instrumento clave para impulsar y regular su crecimiento económico.
La política económica de un país tiene dos grandes campos: la política fiscal y la política monetaria. La primera se refiere al gasto público y a los impuestos, y la segunda al control de la moneda, por lo que tiene incumbencia en el crédito a la actividad privada, la tasa de interés y el valor del tipo de cambio. Pensar en la separación de ambas políticas resulta contradictorio con el sentido común; es como tener dos ministros de economía, cada uno con un campo propio, en una especie de esquizofrenia estatal. Y sin embargo se da en la realidad: en el pensamiento único todavía dominante, el neoliberalismo, y en la ley se sostiene la independencia del Banco Central. Inclusive, aunque parezca mentira, esta separación es defendida sin rubor por gran parte de la dirigencia política argentina.
Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno lo explican claramente en el libro “Argentina: Derrumbe neoliberal y proyecto nacional” (Ed. Le Monde Diplomatique, Buenos Aires, 2003). “En los hechos, el manejo de los instrumentos de política económica propios de un Banco Central confiere gran parte del poder. Quien establece la tasa de interés, el tipo de cambio, el crédito y la emisión monetaria controla la base de los mecanismos económicos. Es un lugar estratégico, porque si no alcanza para ejecutar un programa económico, puede impedir la ejecución de políticas alternativas. De allí que la primera exigencia del FMI y de los grupos financieros internacionales y locales es la ‘independencia’ del Banco Central, que significa su feudalización, con la creación de una nobleza financiera con justicia propia. Así lo demuestra el reclamo por inmunidad (modo elegantes de decir impunidad) de sus directores y ejecutivos, como la duración de los cargos. Por cierto, no se trata de una oscura conspiración, sino del ejercicio del poder que da el predominio financiero y de los medios para conservarlo. Voten, voten, que las autoridades del Banco Central no responden a ninguna legitimidad electoral. Como el sector financiero es hegemónico en esta etapa de la globalización, en los hechos ellos son lo que gobiernan. Así de simple”, reseña el trabajo.
Es consecuencia del poder financiero en el orden mundial. Desde fines del siglo XIX la concentración del capital llevó a la creación de los grandes monopolios y dio un paso más en la globalización, con la distribución del mundo en colonias o en la dominación económica de los países formalmente independientes. En 1916 Lenin caracterizaba su época como de “fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este capital financiero, de la oligarquía financiera”. Desde entonces y hasta ahora su poder ha crecido muchísimo. Unas pocas cifras avalan lo dicho: el producto bruto mundial, es decir, el total de bienes y servicios producidos un año en toda la tierra, se estima en unos 55 billones de dólares; el comercio mundial alcanza los 12,7 billones de dólares, mientras que el mercado mundial de divisas alcanza a los 825 billones, 15 veces el producto y 66 veces el comercio real.
Ese enorme poder trasnacional ha impuesto las políticas neoliberales, ha dictado los principios del llamado “consenso de Washington” y ha llevado a Argentina a declarar la autonomía del Banco Central. Es el que tiene el poder decisorio en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial y tiene gran influencia en los gobiernos de los países centrales y en la mayoría de los periféricos. Y también es el responsable de la profunda crisis mundial iniciada en el año 2008, que está siendo superada merced a grandes desembolsos de los gobiernos de los países centrales.
A raíz de la crisis hubo un principio de retroceso de los voceros del sector financiero mundial; inclusive hubo un reconocimiento de culpabilidad por los “errores” cometidos y un avance hacia una regulación mundial del sector. Pero bastó que la situación pareciera estabilizarse para que volviera por sus fueros, oponiéndose a toda reglamentación (fíjense lo que le costó al presidente Obama aprobar una reforma a la ley de actividades financieras, que resultó mucho más tibia que la propuesta inicialmente) y reclamaran una vuelta a las políticas económicas ortodoxas.
Por el contrario, en nuestro país hay aires de cambio. Por una parte, está en discusión una nueva ley de entidades financieras que reemplaza la de 1977. Por otra parte, en las “Jornadas Monetarias” organizadas por el Banco Central, que comenzaron el día 2 de septiembre pasado, se dejó de lado la agenda tradicional: la discusión no se limitó a la estabilidad monetaria ni a las políticas antiinflacionarias, ni los expositores fueron los popes del establishment financiero, sino que ahora el tema central fue el crecimiento económico, el empleo y la equidad en la distribución del ingreso. Desde el inicio se planteó la necesidad de “nuevas teorías económicas, ya que no podemos seguir con las mismas ideas monetarias que llevaron al desastre mundial en 2008”.
Para la presidente del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, hay que conciliar la estabilidad monetaria y financiera con lo que ocurre en materia de crecimiento económico y empleo, poniendo énfasis en el impacto negativo que significan para el país los flujos de capital de corto plazo. Por eso reclamó una reforma de la carta orgánica del Banco, cuya función actual está limitada al control monetario, cuando debería estar comprometido con toda la política económica del país.
Es de esperar que los vientos de cambio terminen finalmente con la discutible independencia del Banco Central.
Senador Eric Calcagno.. Un GROSO
La "feudalización" del organismo monetario, fomentada desde las usinas del neoliberalismo, le quita al Estado un instrumento clave para impulsar y regular su crecimiento económico.
La política económica de un país tiene dos grandes campos: la política fiscal y la política monetaria. La primera se refiere al gasto público y a los impuestos, y la segunda al control de la moneda, por lo que tiene incumbencia en el crédito a la actividad privada, la tasa de interés y el valor del tipo de cambio. Pensar en la separación de ambas políticas resulta contradictorio con el sentido común; es como tener dos ministros de economía, cada uno con un campo propio, en una especie de esquizofrenia estatal. Y sin embargo se da en la realidad: en el pensamiento único todavía dominante, el neoliberalismo, y en la ley se sostiene la independencia del Banco Central. Inclusive, aunque parezca mentira, esta separación es defendida sin rubor por gran parte de la dirigencia política argentina.
Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno lo explican claramente en el libro “Argentina: Derrumbe neoliberal y proyecto nacional” (Ed. Le Monde Diplomatique, Buenos Aires, 2003). “En los hechos, el manejo de los instrumentos de política económica propios de un Banco Central confiere gran parte del poder. Quien establece la tasa de interés, el tipo de cambio, el crédito y la emisión monetaria controla la base de los mecanismos económicos. Es un lugar estratégico, porque si no alcanza para ejecutar un programa económico, puede impedir la ejecución de políticas alternativas. De allí que la primera exigencia del FMI y de los grupos financieros internacionales y locales es la ‘independencia’ del Banco Central, que significa su feudalización, con la creación de una nobleza financiera con justicia propia. Así lo demuestra el reclamo por inmunidad (modo elegantes de decir impunidad) de sus directores y ejecutivos, como la duración de los cargos. Por cierto, no se trata de una oscura conspiración, sino del ejercicio del poder que da el predominio financiero y de los medios para conservarlo. Voten, voten, que las autoridades del Banco Central no responden a ninguna legitimidad electoral. Como el sector financiero es hegemónico en esta etapa de la globalización, en los hechos ellos son lo que gobiernan. Así de simple”, reseña el trabajo.
Es consecuencia del poder financiero en el orden mundial. Desde fines del siglo XIX la concentración del capital llevó a la creación de los grandes monopolios y dio un paso más en la globalización, con la distribución del mundo en colonias o en la dominación económica de los países formalmente independientes. En 1916 Lenin caracterizaba su época como de “fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este capital financiero, de la oligarquía financiera”. Desde entonces y hasta ahora su poder ha crecido muchísimo. Unas pocas cifras avalan lo dicho: el producto bruto mundial, es decir, el total de bienes y servicios producidos un año en toda la tierra, se estima en unos 55 billones de dólares; el comercio mundial alcanza los 12,7 billones de dólares, mientras que el mercado mundial de divisas alcanza a los 825 billones, 15 veces el producto y 66 veces el comercio real.
Ese enorme poder trasnacional ha impuesto las políticas neoliberales, ha dictado los principios del llamado “consenso de Washington” y ha llevado a Argentina a declarar la autonomía del Banco Central. Es el que tiene el poder decisorio en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial y tiene gran influencia en los gobiernos de los países centrales y en la mayoría de los periféricos. Y también es el responsable de la profunda crisis mundial iniciada en el año 2008, que está siendo superada merced a grandes desembolsos de los gobiernos de los países centrales.
A raíz de la crisis hubo un principio de retroceso de los voceros del sector financiero mundial; inclusive hubo un reconocimiento de culpabilidad por los “errores” cometidos y un avance hacia una regulación mundial del sector. Pero bastó que la situación pareciera estabilizarse para que volviera por sus fueros, oponiéndose a toda reglamentación (fíjense lo que le costó al presidente Obama aprobar una reforma a la ley de actividades financieras, que resultó mucho más tibia que la propuesta inicialmente) y reclamaran una vuelta a las políticas económicas ortodoxas.
Por el contrario, en nuestro país hay aires de cambio. Por una parte, está en discusión una nueva ley de entidades financieras que reemplaza la de 1977. Por otra parte, en las “Jornadas Monetarias” organizadas por el Banco Central, que comenzaron el día 2 de septiembre pasado, se dejó de lado la agenda tradicional: la discusión no se limitó a la estabilidad monetaria ni a las políticas antiinflacionarias, ni los expositores fueron los popes del establishment financiero, sino que ahora el tema central fue el crecimiento económico, el empleo y la equidad en la distribución del ingreso. Desde el inicio se planteó la necesidad de “nuevas teorías económicas, ya que no podemos seguir con las mismas ideas monetarias que llevaron al desastre mundial en 2008”.
Para la presidente del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, hay que conciliar la estabilidad monetaria y financiera con lo que ocurre en materia de crecimiento económico y empleo, poniendo énfasis en el impacto negativo que significan para el país los flujos de capital de corto plazo. Por eso reclamó una reforma de la carta orgánica del Banco, cuya función actual está limitada al control monetario, cuando debería estar comprometido con toda la política económica del país.
Es de esperar que los vientos de cambio terminen finalmente con la discutible independencia del Banco Central.
Senador Eric Calcagno.. Un GROSO