InicioInfo¿Quién es el que no lee?


1 Recuerdos de un reprobado

“¿Qué hacer para que lean los jóvenes?”, repite el antiquísimo disco rayado, no pocas veces hijo de la preocupación de esos señores graves que se excusan porque “no tienen tiempo” para abrir un libro, cuando lo cierto es que a uno, más aún cuando joven, siempre le sobran horas para hacer lo que de verdad le da la gana. Por más que hago memoria, no recuerdo a mis padres ni a mis maestros estimulándome a escuchar al Clash, enamorarme de una compañera de clase o devorar a solas Pantaleón y las visitadoras, actividades todas que sin duda contribuían a distraerme de mis deberes y obtener notas ínfimas tanto en conducta como en aprovechamiento. Por el contrario, la obligación de aprenderme los nombres y fechas de nacimiento de tal o cual generación literaria me provocaba ataques de pereza de los que sólo podía reponerme volviendo a hacer aquello que me venía en gana, como aquellos versitos obscenos por los que estuve a punto de ganarme la medalla vital de una expulsión definitiva.

Aún ahora experimento una honda simpatía por esos escolares calificados como “apáticos”, “inadaptados” o “buenos para nada” por maestros ineptos que todavía no entienden su auténtico deber como educadores y se solazan reprobando a todo el que se deja. ¿Qué tiene de especial que los alumnos estigmatizados recurran a toda suerte de artimañas fraudulentas para aprobar una materia odiosa en la que nadie supo interesarlos? Si a estas alturas tuviera que presentar exámenes en cada una de las asignaturas que una vez aprobé, seguramente me devolverían a primero de secundaria, y allí mismo tendría que hacer trampa de nuevo. Puede que en matemáticas alcanzara a arreglármelas, pero en literatura es claro que reprobaría, pues desde entonces pocos enemigos tuvo mi temprano vicio de leer como aquella materia que hacía del placer una obligación, con su correspondiente amenaza: pobre de mí si la reprobaba. Todavía hoy no me explico por qué, si traducía canciones y leía novelas a diario, conseguían mis profesores de inglés y literatura que reprobara ambas materias persistentemente. ¿No sería, casualmente, por venganza?

libros


2 Los cultos penitentes

“¿En qué estaré fallando?”, se preguntan los padres de un alumno-problema, pero a su vez existen los maestros-problema que piensan al revés y se precian de reprobar alumnos a granel. Creen, a menudo presas de una soberbia que es hija ilegítima de la frustración, que su deber consiste en dificultar lo fácil, y hasta ignoran —supina, cínicamente— que cada alumno reprobado significa para ellos una derrota, amén de un serio cuestionamiento profesional. ¿Es acaso un secreto que un profesor famoso por reprobar alumnos es un acomplejado, un mal profesor y al cabo un verdadero bueno-para-nada? Si hubiera de rendir un justo homenaje a mis mejores maestros, que sin duda los tuve, diría que educar es contagiar, y que el mejor contagio ocurre a partir del placer de compartir genuinos intereses.

Ya en la carrera de Letras, compartí aula con numerosos estudiantes que a su vez daban clases de literatura en secundarias o preparatorias, y por cierto detestaban leer. Lo hacían claramente por penitencia, como cumpliendo con un deber antipático que a la postre los volvería meritorios. Por eso nada les avergonzaba tanto como darse a leer un libro divertido. Me recuerdo llegando a clases, a medias resignado a asistir a sermones deleznables, llevando bajo el brazo La vida exagerada de Martín Romaña, novela que mis compañeros más estudiosos miraban con desdén culterano y en el fondo envidioso, pues algo les decía que ser culto implicaba habituarse a padecer la cultura, y la mía era entonces la clase de actitud hedonista que un literato auténtico tendría que evitar como a la peste. ¿Quién podía explicar a esos zopencos que la peste eran ellos, que por lo visto iban a dedicar su vida a esparcir la incultura entre los mortales?



3 La notoria ignorancia

“Si lees se nota”, se nombra la campaña con la que un grupo de entusiastas queretanos están llevando libros a legiones de jóvenes, mediante toda suerte de artimañas destinadas a hacer de la lectura diversión y placer. Es decir, lo que siempre ha sido entre sus adeptos. Hace unos pocos días, para no ir más lejos, llegué a Querétaro pensando que hablaría ante unos cuantos estudiantes y he aquí que los organizadores habían congregado a una multitud ruidosa y exultante: la pesadilla de cualquiera de esos maestros rígidos y pacatos, habituados a dar la clase cual si al hacerlo fuesen a decir misa. No es fácil, por supuesto, y ni siquiera deseable, llamar al orden a tanta gente junta, pero hay que padecer una cierta miopía mental para no ver algo más que desorden tras toda esa energía acumulada. ¿Qué han hecho los organizadores para que su trabajo llegue a alumnos y maestros de todo el estado? Leer, en primer lugar. Disfrutar, en segundo. Contagiar, al final. Una cadena lógica que ha implicado todas las osadías necesarias para romper con la apestosa idea de que todo este asunto de la lectura es el deber engorroso que culmina en un grado académico.

Cierto es que se nota si a la gente le gusta leer, pero se nota más cuando no lo hacen ni en defensa propia. La ignorancia y la necedad suelen agresivas y estúpidas como aquel que pretende educar a los otros a la fuerza, sin antes cuando menos mirarse al espejo. Es risible que tantas personas maduras pierdan su sacrosanta tranquilidad temiendo que los jóvenes no hacen lo que ellos juran que no les queda tiempo para hacer. Como siempre, el problema no está en la gente joven, sino en el mundo chueco que se les hereda, y cuyos más conspicuos representantes pretenden arreglar desde arriba con esas falsas preocupaciones que delatan su mala educación y peor conciencia. Hoy, buena parte de los adolescentes vienen de devorar uno a uno los ladrillos de la serie Harry Potter; si observamos de cerca la sintaxis patética de nuestros congresistas, veremos quién tendría que preocuparse por quién.

Milenio Diario, Javier Velasco

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