A cualquier persona se le hace fácil decir: pues si estás dañado, vete con un psiquiatra y déjate de mamadas!
A veces eso no es suficiente pues la recuperación no es así de fácil como que te llene de pastillas el cogote o te diga la clave de tu enfermedad y zaz ya estás curado.
La recuperación puede ser un proceso largo y doloroso, no sólo por la gravedad de una patología, sino por la imagen negativa que la sociedad posee de las personas con una enfermedad mental. Gran parte del sufrimiento que padecen estas personas tiene su origen en el rechazo, la marginación y el desprecio social que tienen que soportar, y no en la enfermedad en sí misma.
La percepción social de la enfermedad mental está sesgada por el desconocimiento y la desinformación, e influye en el aislamiento de las personas que la padecen, haciéndoles creer que su enfermedad es una piedra demasiado pesada de la que no podrán sobreponerse, y poniendo barreras a su recuperación.
La propia familia, que por causa del estigma siente vergüenza y esconde la enfermedad, la niega y con ello también niega a la persona.
El silencio que rodea a cualquier problema de salud mental forma parte del problema. Las enfermedades mentales están silenciadas, ausentes e invisibles. Están muy cercanas pese a que siguen siendo grandes desconocidas para la sociedad. La realidad es que una de cada cuatro personas padece una enfermedad mental a lo largo de su vida, y eso son muchas personas. Puede ser una amiga, un novio, un padre, una hermana o un compañero de trabajo.
El paciente enfermo generalmente no le ve salida a su problema, parece no retroceder ni un poquito, es como un parásito que come desde dentro y da la sensación de que en cualquier momento puede salir.
A veces eso no es suficiente pues la recuperación no es así de fácil como que te llene de pastillas el cogote o te diga la clave de tu enfermedad y zaz ya estás curado.
La recuperación puede ser un proceso largo y doloroso, no sólo por la gravedad de una patología, sino por la imagen negativa que la sociedad posee de las personas con una enfermedad mental. Gran parte del sufrimiento que padecen estas personas tiene su origen en el rechazo, la marginación y el desprecio social que tienen que soportar, y no en la enfermedad en sí misma.
La percepción social de la enfermedad mental está sesgada por el desconocimiento y la desinformación, e influye en el aislamiento de las personas que la padecen, haciéndoles creer que su enfermedad es una piedra demasiado pesada de la que no podrán sobreponerse, y poniendo barreras a su recuperación.
La propia familia, que por causa del estigma siente vergüenza y esconde la enfermedad, la niega y con ello también niega a la persona.
El silencio que rodea a cualquier problema de salud mental forma parte del problema. Las enfermedades mentales están silenciadas, ausentes e invisibles. Están muy cercanas pese a que siguen siendo grandes desconocidas para la sociedad. La realidad es que una de cada cuatro personas padece una enfermedad mental a lo largo de su vida, y eso son muchas personas. Puede ser una amiga, un novio, un padre, una hermana o un compañero de trabajo.
El paciente enfermo generalmente no le ve salida a su problema, parece no retroceder ni un poquito, es como un parásito que come desde dentro y da la sensación de que en cualquier momento puede salir.