Drived

Puede seguir vagando el pobre hombre por la ciudad, puede seguir andando por ahí sin rumbo alguno, anda por calles casi desconocidas, anda buscando aquello que en su casa no encuentra, busca algo más que el placer carnal, busca algo más que sólo comprender un poco.
Lo único que por ahora calma su insaciable alma es conducir, conduce a través de calles, a través de callejones, conduce con precaución, y a través del parabrisas se puede notar su mirada perdida, su mirada que queda ida en cada calle, su mirada que se desparrama en cada paisaje urbano que ha recorrido en su vida, y que ahora como siempre, la impregna en el que circula. Nota una curva, vira a la derecha.
Mira una calle digna de andar y vira a la izquierda, tuerce el volante lentamente para virar y lo suelta al virar completamente, el volante regresa suavemente y se adentra en otro mundo, no para los otros, pero sí para él.
Una larga pelea, como siempre, lo orilló a vagar con su coche por las calles vacías, como siempre, en las frías noches de la ciudad. Pero no dejaba todo con ella desafinado, ni sin arreglar, al contrario, primero arreglaba las cosas, se paraba de frente, daba sus mejores palabras de consuelo y afecto, y sobre todo aguantaba ese nudo que se formaba en su garganta, ese nudo que siempre lo ponía al borde del llanto. Después de casi una rutina de todas estas acciones, con un rostro que pasaba de la felicidad a la tristeza en cuanto ella salía de su casa, se recostaba en su sillón, cerraba los ojos e inmediatamente planeaba la ruta de su próximo recorrido nocturno, siempre era muy cuidadoso en ese aspecto y casi nunca se salía de la ruta pre establecida. Ya llegada la noche, se ponía su chaqueta, tomaba sus llaves, se dirigía al carro, entraba y lo encendía para poder comenzar su recorrido nocturno.
Primero salió y se dirigió a la avenida Pineapple, condujo un buen rato por está y luego viro a la derecha para tomar la avenida Kiwi y manejo por está por dos horas, cada vez que llegaba al final daba una vuelta en U y regresaba al principio, en cada ciclo admiraba cada detalle que le ofrecía la decadencia del paisaje, pero, está vez no era como las otras, algo andaba mal, algo dentro de él no lo dejaba sentirse satisfecho con su recorrido, se suponía que ese último ciclo era el último de su noche, pero, repentinamente decidió dar una vuelta por la calle Lemon.
Viro a la derecha y se dirigió directo a Lemon street, aquella a diferencia de las grandes avenidas le inspiraba un sentimiento de melancolía y tristeza, el aire era espeso y la obscuridad lo cubría todo a causa de un mal alumbrado público, apenas se podía ver algo entre la penumbra gracias a los faros de su carro, por el aspecto, claro, parecía una barrio muy peligroso, pero, no se puede juzgar un libro por su portada, pensó.
Se adentró a la mitad de la calle, justo donde no podía ver el final de la calle ni el principio de la misma.
De pronto, de la nada, una vieja rueda se cruzó en su camino interrumpiendo el avance de su auto, él freno con calma y tranquilo, sin embargo sabía que algo no andaba bien.
De un callejón lleno de niebla y putrefacción se vislumbraba una sombra escuálida, repugnante, tenebrosa y amenazante sobre todo, en sus asquerosas manos posaba lo que parecía ser una pistola, de sus flacuchas piernas sólo se podía vislumbrar un pasado turbio que lo haya orillado hasta donde se encontraba en ese momento.
Entonces, aquella sombra escuálida y repugnante se posó frente al coche del chico y levantando su mano apunto vilmente a la parte izquierda del parabrisas, justo donde se encontraba nuestro compañero nocturno, y nuestro compañero nocturno notó aquel gesto más que amenazador, pero no se estremeció, no se asustó, no pensó en nada más, de hecho no pensó en nada, aquella pistola y aquel vago no le provocaban miedo, no lo intimidaban, no lo incomodaban, él no estaba preparado para morir, pero tampoco para vivir, él no estaba preparado para nada, él no quería nada pero aquel vago, le hizo querer algo, le hizo desear algo, le dio algo...
El vago confiado siguió apuntando directamente al chico, tenía una sonrisa enfermiza, en su mirar se reflejaban todas aquellas drogas que nublaban su conciencia, aquellas drogas que no lo acercaban a nada, aquellas drogas que no le daban respuestas, detrás de esos espejos sucios y repugnantes se reflejaba algo más que sólo inconsciencia, se reflejaba un ignorancia, se reflejaba un soberbia, la soberbia del imbécil, del imberbe, del que no sabe vivir y del que no busca cómo vivir, detrás de ese cuerpo escuálido y repugnante, detrás de aquellos ojos de ignorancia y detrás de aquella sonrisa causada meramente por la adrenalina que corría por su cuerpo, se escondía un temor ferviente, se escondía el temor del ignorante, se escondía el temor a aquel muchacho en el auto que permanecía impávido, inmóvil e inerte.
De pronto el muchacho con un movimiento rápido salió del auto y camino lentamente hasta el cofre del automóvil ante la mirada temerosa y violenta de aquel remedo perfecto de la locura del hombre y se sentó sobre el mismo, con una mirada tranquila y una voz apacible le pregunto que qué quería, el vago con una cara de sorpresa e incomprensión se abalanzó sobre él tratando de darle con la parte trasera de la pistola, sin embargo, el muchacho interrumpió su calma con una sonrisa maníaca e inmediatamente le partió la pierna con una patada, al caer el vago al suelo retorciéndose de dolor le dio con el puño en la cara casi dejándolo sin conciencia, a este momento el vago había tirado la pistola debajo del automóvil. Fue en el momento donde el vago pidió clemencia donde el chico liberó todos aquellos nudos en la garganta, todas aquellos perdones que otorgo sin perdonar, todas aquellas discusiones que él no empezaba, todas las humillaciones y todas las horas ignorado, abandonado, solo, sin nadie a su lado aún habiendo tantas personas con él. Lo que el chico le hizo a aquel vago se escapa simplemente de cualquier definición que le pueda dar un hombre normal que no conozca términos utilizados en cine gore, películas snuff y demás mierda que crean los enfermos para otros enfermos, fue algo dantesco, fue una obra de arte en un sentido grotesco y absurdo, fue la culminación más hermosa que la vida del joven pudo tener, fue un nirvana, el climax de su carrera, el climax en el comienzo, fue la iluminación.
Una vez realizado el acto, el chico simplemente se limito a sacudir sus zapatos, subir al auto y volver a andar, condujo hasta su casa y se fue a la cama como nunca antes lo había hecho, durmió contento, no sólo descanso sino que hasta soñó y no sólo soñó sino hasta profetizo su misma vida en un acto divino de sadismo y venganza. Un acto que no tardaría en cometer cada noche de su vida, un acto que lo hacía crear obras de arte con viseras, con huesos rotos, con destrucción, con sangre y con locura, él estaba creando un arte que muy pocos comprendían, el veía lo hermoso en el desorden y la violencia, se había separado por completo de las convenciones de la sociedad y del mundo que alguna vez le hicieron creer que era real.
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