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Fragmentos Clasicos : La Furia de Aquiles (Homero)

Info3/7/2011
LA FURIA DE AQUILES Cuando la aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del océano para llevar la luz a los dioses y los hombres, Tetis llegó a las naves con la fulgente armadura que Hefesto le había forjado. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando ruidosamente, rodeado de muchos amigos que derramaban lágrimas. Tetis, la de la casta de Zeus, divina entre los dioses, cogió la mano de Aquiles y le habló de este modo: "Hijo mío, a pesar de nuestra aflicción, dejemos yacer a Patroclo, ya que sucumbió por designio de los dioses, y tú recibe esta ilustre armadura, tan bella como jamás varón alguno haya llevado sobre sus hombros". Aquiles sintió como renacía su cólera, ante la vista de la armadura, a la vez que se gozaba del espléndido presente de Hefesto. Expresó a su madre su preocupación por la descomposición del cuerpo del amigo, invadido por un enjambre de moscas. Tetis vertió unas gotas de ambrosía, el nectar de los dioses, para que el cuerpo se conservara fresco. Después pidió a su hijo que se armara para el combate contra los troyanos. Aquiles vistió la brillante armadura, cogió la grande lanza, que solo él podía manejar, y se dirigió hacia donde estaban los demás héroes aqueos, en la orilla del mar junto al recinto de las naves, y les convocó dando pavorosos alaridos. Todos acudieron, encabezados por Diomedes y Ulises que cojeaba a causa de sus heridas, y le rodearon. También llegó el rey Agmenón que, con la apropiación de la esclava Briseida, había provocado el enojo de Aquiles y su renuncia a participar en el combate contra los troyanos. Aquiles le recriminó su conducta, pero expresó su deseo de volver a combatir si obtenía satisfacción del rey. Agamenón le contestó disculpándose por su comportamiento, atribuyó a los dioses su pérdida de juicio al provocar aquel incidente y le prometió entregarle a la esclava y numerosos presentes como muestra de su arrepentimiento. Aquiles aceptó las disculpas y expresó su firme voluntad de entrar inmediatamente en combate: "Para que todos vean a Aquiles entre los primeros combatientes, aniquilando con su lanza las falanges de los teucros". El ingenioso Ulises, hijo de Laertes, pidió que se celebrara un gran desayuno para tomar fuerzas para la lucha y añadió: "Que Agamenón entregue los presentes a Aquiles y que jure que nunca subió al lecho de Briseida, ni yació con ella, como es costumbre entre hombres y mujeres. Y tú, Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo benigno". Agamenón estuvo de acuerdo y añadió: "Estoy presto a ese juramento y no invocaré el nombre de la deidad con perjurio". A continuación, ordenó que se trajeran los presentes para Aquiles y que se inmolaran animales y un jabalí en honor de Zeus y del sol, siempre invocado en los juramentos por ser el que todo lo veía sobre la tierra. Aquiles pidió que se demoraran estas ceremonias para después del combate, pero Ulises insistió en su propuesta y Aquiles acabó por consentir, al ver que aquello era lo que sus compañeros y las tropas deseaban. Se entregaron los presentes, entre los que figuraban siete doncellas expertas en intachables labores, doce caballos, diez talentos de oro (unos trescientos kilos) y la joven Briseida. Después Agamenón hizo el juramento: "Sean testigos Zeus, la Tierra y el Sol y las Furias (Iras o Eriníes) que bajo tierra castigan a los muertos que fueron perjuros que jamás he puesto mano sobre Briseida". A continuación degolló el jabalí con el despiadado bronce y dijo: "Zeus padre, ¡Cómo llegas a confundir a los hombres!. Jamás, Aquiles, habría sido capaz de arrebatarme a Briseida contra mi voluntad. Pero, sin duda, querías la muerte de muchos aqueos. Ahora - dijo, dirigiéndose a los hombres - id a comer y luego trabaremos feroz lucha contra los teucros". La asamblea se disolvió y cada uno marchó a su nave. Los mirmidones de Aquiles se hicieron cargo de los regalos, portándolos al campamento. Briseida, semejante a la áurea Afrodita, se dirigió llorosa hacia el tálamo donde yacía Patroclo y entre sollozos exclamó: "¡Oh Patroclo, amigo carísimo de esta desventurada!, vivo te dejé al partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver. ¡Cómo me persigue la desgracia!. Muerto mi esposo por Aquiles y tomada de la ciudad de Mines (Lirneso), tu no me dejabas llorar diciendo que lograrías que fuera la mujer legítima del divino Aquiles y que entre los mirmidones, en su reino, celebraríamos el banquete nupcial. Ahora que has muerto, no me cansaré de llorar por ti que siempre fuiste dulce conmigo". Aquiles continuaba llorando a su amigo y sin probar bocado. Zeus se apiado de él y envió a Atenea, su protectora, para que le alimentara con néctar y ambrosía, para evitar que desfalleciera durante el combate. Atenea, semejante a un halcón de desplegadas alas, descendió del cielo, a través del éter y las nubes, y alimentó a su protegido, sin que él lo advirtiera, para evitar que flaquearan sus rodillas. Después, regresó al palacio del prepotente padre. Mientras, la riada de soldados se alejaba de las naves y el brillo de sus cascos asemejaba los copos de nieve que envía Zeus, en alado vuelo, bajo el impulso del frío Bóreas, nacido del éter. Así de grande era el número de hombres que abandonaban las naves dispuestos al combate, y refulgente el brillo de sus yelmos, armaduras, escudos y lanzas. El fulgor llegó al cielo y la tierra se mostraba risueña por los rayos que despedía el bronce. El gran ruido que surgía de los pies de los guerreros se alzaba hasta el cielo. Aquiles, lleno de furia, portaba la armadura forjada por Hefesto. Púsose en las piernas las grebas ajustada con hebillas de plata; protegió su pecho con la coraza, colgó del hombro la espada de bronce guarnecida con argénteos clavos, y se embrazó el grande y fuerte escudo, cuyo resplandor semejaba de lejos el resplandor de la Luna. Cubrió la cabeza con el fornido yelmo que brillaba como un astro y sobre él ondeaban las áureas y espesas crines de caballo que Hefesto colocara en la cimera. Sacó de su estuche la poderosa lanza que solo él podía manejar y alzándola y rugiendo como un león la agitó amenazante en el aire sobre su cabeza. En tanto, los aurigas se aprestaban a uncir los caballos a los carros, sujetándolos con hermosas correas de cuero brillante; empujaron los frenos entre las mandíbulas y tendieron las riendas hacia atrás, atándolas a la fuerte caja de los carros. El auriga Automedonte saltó al carro con el magnífico látigo y Aquiles, cuya armadura refulgía como el mismo Sol, subió tras él y con horribles gritos jaleó a los corceles: ¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo al campamento de los danaos al que hoy os guía; y no le dejéis muerto en la liza como a Patroclo". Janto, al que Hera dotó de voz, bajó la cabeza, sus ondeantes crines se desplazaron hasta el suelo, pasando sobre la extremidad del yugo, y respondió: "Aquiles, hoy te salvaremos, pero está cerca el día de tu muerte. Nosotros correríamos como soplo del Céfiro, que es tenido como el viento más rápido. Pero tú, como Patroclo, estás destinado a sucumbir a manos de un dios y de un mortal". Dichas estas palabras, las furias les cortaron la voz y Aquiles, indignado, le contestó así: "Janto, ¿Porqué vaticinas mi muerte? Ya sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre; mas, con todo eso, no he de descansar hasta que harte de combate a los teucros". Esto dijo; y dando voces, dirigió los solípedos caballos hacia las primeras filas del ejército.
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