No Digas Nada
Una vida de Charly García
Una vida de Charly García
Los textos fueron extraídos del libro No Digas Nada, de Sergio Marchi.
Escaneado 100 % por mi, exclusivo para T!
En total son 28 Capitulos
1. ANGELES Y PREDICADORES
"Simplemente llámame Lucifer, porque
ando necesitando cierto freno".
JAGGER - RICHARDS.
La sala de ensayo de Charly García queda allá donde
Palermo se hace más anciano que nunca. Todavía sobre-
vive la vieja fisonomía barrial en esas dos casas remo-
deladas y convertidas en una, que incluyen una pileta.
En algún momento fue un lugar coqueto en donde impe-
raba un cierto orden sobre los objetos. Después las cosas
le hicieron una toma de judo al orden y se acabó la paz.
Todo era diferente en 1993. En la sala de estar, los
visitantes aguardaban el pasaporte que les permitiera
ingresar al interior. Cecilia —que se iría poco después—
y Laura —que aguantaría hasta 1995—, secretarias de El
Artista, siempre estaban para recibir a la gente; eran
como una aduana femenina y gentil que oficiaba de filtro
para que García pudiera crear en paz. Se trataba de un
lugar sobrio, con un touch de elegancia que se reflejaba
en el marco y el vidrio que protegían el rostro de Miles
Davis, fotografiado por Antón Corbijn. Los dos ambien-
tes del frente eran sendas oficinas: la más chica estaba
ocupada por Laura y Cecilia y la que daba a la calle,
bastante amplia, era el despacho de Chariy. Bah, lo sigue
siendo, aunque al día de hoy no es mucho lo que la
ocupa. Antes sí: recuerdo que allí hacía los reportajes,
reuniones con sus músicos, y que nos hemos quedado en
ella conversando hasta cualquier hora sobre cualquier
cosa.
Una vez traspuestas las oficinas del frente, se llega a
un cuadrado que tiene tres salidas: la que corresponde a
una cocina que no se usa, salvo como improvisado bar;
la que da al baño y la que pasa a la sala propiamente
dicha. El baño supo ser una paquetería, iluminado con
unos tubos fluorescentes muy finitos que abrazaban el
contorno del espejo. Higiénico y funcional, estaba ocu-
pado por una pequeña población de frasquitos de sales
eternamente vacíos.
La sala misma era un lugar que parecía no terminar
nunca. Para tener una idea de su superficie, habrá que
pensar en las dimensiones de una pista de patinaje
estándar, pero siempre fue imposible deslizarse sobre
ruedas.
Ayer, la gravedad estaba perversamente alterada por
el sonido; hoy, la gobierna el caos y la eterna movilidad
de los objetos, en permanente rebeldía. En el fondo hay
una pileta de natación. Frente a ella surge un minúsculo
complejo edilicio que en realidad es como una casa
adicional de dos plantas, que sobrevivió la reforma y que
aún conserva la exacta arquitectura que un taño albañil
supo otorgarle al construirla.
Durante algunos años, La Bruja Suárez vivió en la
parte de abajo. Bruja es un armoniquista amigo de
Charly que se instaló allí, en una suerte de departamen-
tito con cocina, living, baño y habitación. El lugar pide a
gritos una mano de pintura. Arriba hay una habitación
amplia y actualmente vacía que podría haber sido ocu-
pada por Charly. Por lo menos, ésa fue una idea que
corrió por un tiempo: que Charly viviera allí, en su sala
de ensayo. Pero es prácticamente imposible que se deci-
da a abandonar su departamento de Coronel Díaz y
Santa Fe. "Me gusta el ruido y tener el shopping enfren-
te", diría a quien le propusiera mudarse.
De tanto vivir en esa esquina, su oído absoluto llegó a
la conclusión de que el 80% de las bocinas de los autos
están afinadas en si. García siempre estuvo intrigado por
el hecho. Debe ser difícil tener oído absoluto, andar por
la vida sabiendo qué nota es cada uno de los ruidos que
escuchamos, albergar esa sintonía finísima de significa-
dos ocultos para la mayoría de los mortales. A veces,
cuando el ruido y la vida lo superan, Charly se pone las
manos en los oídos, como buscando la salvación en el
silencio.
Pero fue en su sala de ensayo donde me citó por el
asunto del libro.
—Bienvenido a este trabajo, Sergio. Espero que no
sea muy sacrificado —fueron sus primeras palabras, se-
guidas de un fraternal abrazo.
Agradecí, le dije que lo del sacrificio lo veríamos con
el andar y me quedé por allí escuchando cómo fluía la
música. Charly tenía una remera con la cara del Gato
Félix, propiedad de su hijo Miguel. García llegó a un
insólito trato con su hijo: "Podes usar mis camisas, pero
no mires a las chicas", le propuso medio en broma,
medio en serio. Desde los teclados dirigía a su banda en
la que estaban Fabián Quintiero, Fernando Samalea,
Fernando Lupano y María Gabriela Epumer. En aquel
momento, se preparaban para salir a tocar por los ba-
rrios, aprovechando cines del conurbano bonaerense
que pudieran servir como teatros. El Zorrito Quintiero
oficiaba como eventual manager.
Si bien aquellos eran tiempos tranquilos, para Charly
se trataba de momentos decisivos: estaba cerrando una
época de su vida y de su carrera, para inaugurar un
nuevo capítulo. "La hija de la Lágrima", título para una
futura ópera-rock, ya rondaba por su cabeza y era una
promesa para su público. La reunión de Serú Giran en
River, a diez años de la separación original, no fue un
acontecimiento del todo feliz y en esa época era tan sólo
un recuerdo más. Ya era pasado al igual que 1992 y
aquel verano feroz de Punta del Este.
No era muy común que Donaid —el cantante, no el
pato—, estuviera en la calle a esas horas de la madruga-
da. Una de sus hijas había ido a un baile en la casa de
una amiga y como buen padre la fue a buscar. Ya esta-
ban por volver a casa, cuando distinguieron un tumulto,
que a lo lejos se confundía con las luces de Punta del
Este. Precavido, cerró las puertas. Y lo bien que hizo:
una turba se dirigía rumbo al automóvil. Donaid trató de
entender la situación: un tipo alto y flaco que corría
como loco era perseguido por una muchedumbre. Esta-
ba por arrancar e irse, cuando su hija le pegó el grito de
alerta.
—¡Charly! ¡Papá, es Charly! Abrile la puerta que lo
corren —gritó ella.
Efectivamente, era Charly que llegó muy agitado al
automóvil. Donaid le abrió las puertas, puso primera y
salieron carpiendo justo a tiempo para evitar el lincha-
miento. Atrás quedaron las furiosas bestias. La hija de
Donaid no lo podía creer, ni él tampoco. Trató de saber
qué era lo que había acontecido pero el relato de Charly
no le brindó demasiadas precisiones. Dejó a su hija en
casa y se ofreció a alcanzar a García hasta su lugar de
residencia.
—Donaid: canta Pinocho —le pidió Charly en el cami-
no de vuelta a su departamento.
Era una petición rara, ya que "Pinocho" fue el único
hit de los Maky Mak's, un efímero grupo de su hermano
Buddy Me Cluskey. Donaid tuvo varios éxitos como los
inolvidables "Tiritando", "Compañeros" y "Scababadí-
bidú", el primer reggae argentino, pero Charly lo asocia-
ba con el tema de Buddy. Tuvo que hacer un esfuerzo
para recordar la canción. Se puso a cantar y enseguida
García se animó con los coros. "No sabes las armonías
que hacía", me contó Donaid tiempo más tarde. Lo dejó
en su hogar, Charly agradeció, y al día siguiente fue a ver
el show de Donald. Lógicamente, terminaron tocando
juntos.
La persecución fue algo constante en aquel paso de
Charly por Punta del Este: lo persiguieron las chicas,
después los amigos de las chicas, los dealers, los dueños
de los pubs y los hoteles, los fotógrafos, los periodistas, y
finalmente la policía y las autoridades uruguayas. Fue
declarado "persona no grata" y casi deportado de Punta
del Este. Charly definió aquel veraneo como "la resaca
después de la borrachera de Serú Giran".
"Lo de Punta del Este fue todo un delirio —resume
Zoca, quien llegó a la ciudad balnearia alarmada por la
situación—. Charly me llamó para que viniera. Tenía un
departamento en José Ignacio, estaba con Miguel, su
hijo, y no andaba del todo bien. Se cortó la pierna con
una ventana y hubo que llamar a un médico. Fue al
hospital, le hicieron una curación y salió caminando.
Pero después Charly dijo que le habían dado morfina.
No sé de dónde lo sacó".
El que quiso llevárselo de Uruguay fue el pastor Car-
los Novelli. Pero García no quería ir a su granja de
rehabilitación en la localidad de Diego Gaynor. Charly
no tenía la menor intención de iniciar tratamiento algu-
no; sólo pretendía que lo dejaran tranquilo. Cuando las
papas quemaron accedió a ir a "Gloria Gaynor", tal su
bautismo del establecimiento, para escaparse de Uru-
guay y la prensa. Lo que siguió después fue un bochor-
no: Novelli fletó un micro especial para llevar a los perio-
distas a la granja, a visitar a la nueva atracción del lugar.
Charly, que se resistía a convertirse en punto de interés
turístico, se las tomó a los pocos días. No eran las vaca-
ciones que Novelli prometió y encima se sentía controla-
do. "Una noche me despierto y veo a un pelotudo que
me está vigilando en la oscuridad. Loco ¿qué soy? ¿Un
mono?". Llamó a su hijo, que lo rescató a bordo de un
remise.
El escándalo siguió en Buenos Aires. Novelli no se
daba por vencido y lo iba a buscar a su casa con un tal
Patino, psicólogo del establecimiento, para seguir con un
supuesto tratamiento que tuvo el peor de los comienzos.
Con el correr del tiempo y a medida que la situación
adquiría características patéticas, Novelli llegó a conven-
cerse de que Charly era el diablo y procedió a hacerle un
exorcismo. A él le pareció divertido y, no sin asombro, se
sometió a tal práctica. Novelli rezaba, mascullaba cosas
en latín y daba vueltas a su alrededor, invocando la
presencia del Maligno. García se hartó rápidamente.
—¿Quién eres? —le preguntó Novelli, completamente
en trance.
—¡Soy el diablo! —contestó Charly, impostando la
voz.
Novelli lo duchó en agua bendita hasta que García lo
sacó carpiendo de su departamento. Todo fue una locura
hasta que Charly se fue a Nueva York. No volvió a ver a
Carlos Novelli, que murió pocos meses después del en-
cuentro. Charly se sintió apenado cuando se enteró.
De esa clase de cosas se recuperaba Charly a fines de
1993. En la pierna le quedó una cicatriz, como recuerdo
de aquellos días estenos, pero pudo recobrar la tranqui-
lidad. Habiéndose sacado de encima el peso de la re-
unión de Serú Giran y los efectos colaterales posteriores,
García estaba listo para ponerle el punto final a toda esa
etapa. "Tiene que ver con una visión que tengo de mis
ciclos. Para mí, Filosofía barata y zapatos de goma se
acabó: agotó un ciclo que puede llegar a volver, pero es
como que hubo tantas cosas...", dijo Charly tratando de
definir aquel momento.
El cierre se iba a hacer oficial en diciembre de 1993 en
Ferro. Era un buen momento para hacerlo. Filosofía ba-
rata y zapatos de goma fue editado en 1990 y de alguna
manera marcó un punto de inflexión en la carrera de
Charly. Sus primeros tres discos como solista, Yendo de
la cama al living, Clics modernos y Piano Bar, fueron tres
obras maestras en las que Charly marcó rumbos que
después seguirían otros artistas, sin que ninguno pudiera
arrimársele de verdad. Aunque siempre tuvo tantos de-
tractores como fanáticos, Charly era inalcanzable en esa
época. Su música despedía luz, desparpajo, originalidad,
atrevimiento. No se cansaba de llenar estadios y de pre-
sentar espectáculos de vanguardia que elevarían el
estándar del resto de los músicos, actitud que se inició
con Serú Giran.
Después vino otra etapa iniciada en 1987 con Parte
de la religión, la que se prolongó a. través de Cómo
conseguir chicas, y Filosofía barata y zapatos de goma,
buenos discos que profundizaron un estilo maduro y
convenientemente asentado. Tras ellos, diversos proyec-
tos e inconvenientes ocuparon el tiempo de Charly y
agregaron un poco de confusión en una carrera, hasta
ese momento, inmaculada e imposible de pasar por alto.
En 1991, una internación de tres meses en una clínica
psiquiátrica, "para gente que está un poco nerviosa",
amenazó la concreción del segundo disco de Tango, su
grupo fantasma con Pedro Aznar que en esa ocasión
planeaba incluir a Gustavo Cerati. Se iba a llamar Tango
3, pero los proyectos de Soda Stéreo hicieron que Gus-
tavo no pudiera ser de la partida. Así las cosas, Charly y
Pedro cambiaron de número y compusieron Tango 4.
Más tarde apareció el proyecto de la reunión de Serú
Giran que ocupó todo 1992. Un disco en estudio, una
gira de cuatro shows, dos de ellos en River y un disco
doble en vivo que terminó de mezclarse en 1993. Los
conciertos dejaron mucho que desear; Charly parecía
haber perdido el interés sobre el escenario y saboteó,
quizá sin darse cuenta, el mágico momento del reen-
cuentro. La cara de culo de David Lebón mostraba su
mala onda con todo el asunto. Pedro Aznar cometió
errores infantiles, habló demasiado intentando explicar
lo inexplicable y no pudo sustraerse al caos que generó
Charly, quien arrastró a sus compañeros en su derrape.
Ni siquiera Osear Moro fue el mecanismo de relojería de
las épocas doradas. Las más de cien mil personas que
fueron a los shows en River sintieron que, esta vez en
serio, el sueño había terminado. La reunión se asemejó
peligrosamente a una pesadilla.
Una vez concluidos los compromisos de Serú Gi-
ran, Charly quedó libre para retomar su carrera solista,
pero para que ésta pudiera avanzar había que cerrar
un capítulo. Qué mejor que cerrarlo en Ferro, tocando
todos los temas para que la gente los recordara, los
disfrutara y los cantara y Charly pudiera ponerlos a un
costado para dedicarse a inaugurar una tercera etapa.
En ese momento tan particular estaba inmerso García
cuando nos juntamos en su sala a conversar de todo
esto.
—Se te ve en un momento intenso.
—Un momento intenso, y de llegar... Porque te dicen
que la Argentina tiene un techo. Bueno, ¡bang!, volemos
el techo a la mierda. Lo que hacemos no es para vendér-
selo a los americanos, aunque bien podríamos intentarlo.
Te doy un ejemplo. Tocamos la semana pasada en Los
Ángeles, y después del show, la gente salió a la calle, me
contaron, y empezó una pelea: los colombianos contra
los mexicanos, los mexicanos contra los argentinos. To-
dos adueñándose de mi persona como si fuera un parti-
do de fútbol. Y eso, justamente, es lo que yo no quiero
hacer. No es mi proyecto ser el padre del rock, ni de
nadie. Sé que durante épocas estuve tirando mi data
inconscientemente, jugándome las bolas, o delirante-
mente. Explicar eso me parece estúpido; me gusta mu-
cho más documentarlo para que la gente encuentre la
explicación.
—¿Cómo sería eso?
—Sería un anti-videoclip; en un clip se muestra la
canción, lo que le pasa al tipo y es un plomo, general-
mente es una redundancia de la canción que hace que el
tema sea peor. Es más piola tirar datos, señales, cañitas
voladoras, pálidas y que la gente en su mente, en su
racionalidad, en su espiritualidad, rellene lo que falta.
Quiero hacer un libro divertido y que también
desmitífique. Porque leí algunos reportajes viejos donde
yo tiraba ciertas pautas. Por ejemplo: "Si esta sociedad
no cambia, es imposible que la música cambie". Cosas
así, que tenían que ver con una ideología. Parece ser que
esas ideologías han pasado de moda, pero no han pasa-
do de moda para mí. Hay una cosa que tiene el artista,
o el artesano. De repente me decían: "está la dictadura,
no podes decir eso", y yo lo decía de alguna manera.
Ahora te dicen que se acabó el comunismo. ¿Y qué? Yo
puedo ser comunista si quiero. Que algo se haya termi-
nado en el mundo no quiere decir que se haya terminado
para mí. O que no haya elaborado mis ideas y que las
pueda tirar de alguna manera.
Entonces, como parece que respuestas no hay, todo el
mundo dice "bueno, pero yo hago preguntas". Eso es lo
corriente y es bastante certero también. Pero a mí me
gustaría poder dar algunas respuestas.
—¿A qué te referís cuando hablas de respuestas?
¿Cuáles son las preguntas?
—¿Puede un chico en Argentina dedicarse a lo que
quiere? ¿Tiene que echarle la culpa al establishment que
no lo deja? ¿Tiene que jugarse? ¿Hasta qué punto?
¿Hasta el punto de morirse por su ideal? Yo tengo algu-
nas respuestas para eso...
—Creo que la pregunta se resume en cuál es el límite.
¿Hay una frontera? ¿Cuál es?
—Según algunos hay una frontera, según otros no hay
fronteras. Yo creo en la frontera: es la imaginación de
uno, la propia inteligencia para plantear una respuesta
de un modo que pueda ser entendida por gente que a
uno le interesa, y no entendida por gente que a uno no
le interesa y que puede llegar al punto de matarte. Eso
yo nunca lo tuve conscientemente, siempre fue una
mano medio intuitiva. ¿Por qué García zafó? Ésa sería
otra pregunta. Porque puede hacer lo que quiere, su-
puestamente, y también no tan supuestamente. Porque si
yo quisiera tener un ejército, bueno, eso sería una supo-
sición... pero dentro de lo poco que yo hago, que son
canciones, shows o simplemente tocar...
—Sin embargo, eso que vos llamas poco te cuesta
bastante. Quizás no ahora, pero en la época del Proce-
so... era arriesgado.
—Ahora soy consciente de lo que me puede llegar a
pasar. En un momento no lo era, porque ante tanta
negrura nosotros estábamos en otra. Digo estábamos y
en esto lo incluyo a Spinetta, Nito Mestre y algunos
más... No era que no nos dábamos cuenta, pero era tal
el opuesto... Se dijo tanto que nosotros éramos la resis-
tencia. Eso surgió más de la gente que de nosotros.
Nuestra resistencia era vestirnos de mujer. Elaborándolo
ahora, fue como que los tipos se despistaron, no nos
pudieron agarrar. No nos pudieron poner una etiqueta
de comunista o de cualquier cosa.
—En todo caso, üos tenías una etiqueta de artista.
—Sí, pero esa etiqueta siempre es jodida, en cualquier
momento.
—¿Por qué?
_Tener la etiqueta de artista es como si tuvieras una
marca que te descalificara.
—Al contrario: es una marca que te enaltece.
—Bueno, pero el artista es tan culposo, sensible y
vulnerable... En la época progresiva, Charly García hacía
música comercial. En ese entonces me hacían unas pre-
guntas terribles; cosas con otros músicos (esa supuesta
rivalidad con Spinetta), como si a mí me hubieran inven-
tado. Tener éxito te trae culpa. Yo tuve mucho éxito en
algún momento y se me denigró por eso. Yo lo siento y lo
sentí. Cuando hice Clics modernos, me dijeron que me
había vendido a Fiorucci; no entendieron la ironía. Co-
sas así, me han pasado miles.
Algunos rockeros son como viejas que se escandalizan
por cualquier cosa. Charly, un humorista nato, ha tenido
que salir a explicar millones de veces varias de sus mejo-
res bromas. Él no fue ni el primero ni el último músico de
rock en aceptar la ayuda de un sponsor para alivianar los
costos de sus recitales. En todo caso, fue el primero en
hacerlo abiertamente cuando los jeans Fiorucci auspicia-
ron su primer show en Ferro, el 25 de diciembre de 1982.
Un espectáculo costoso y sin precedentes en nuestro
país, con una escenografía diseñada por Renata
Schussheim que, al fin del concierto, se destruía mientras
Charly tocaba "No bombardeen Buenos Aires".
Se lo criticó ferozmente por el hecho de aceptar un
sponsor al igual que por cantar "no bombardeen Barrio
Norte", sin entender la ironía de la situación ni la repre-
sentación de un personaje, lo que equivale a no com-
prender el arte. Se dijo, una vez más, que Charly García
se había vendido al establishment al aceptar la publici-
dad en su concierto, afirmación ridicula por donde se la
mire ya que la mera utilización del dinero es, de por sí,
una transa con un sistema cuya máxima autoridad está
representada por un papel verde con la cara de George
Washington. O de José de San Martín, para el caso.
No era nada nuevo: desde que Sui Generis editó Vida
en 1972, Charly tuvo que vérselas con los dinosaurios.
2. OJOS DE VIDEOTAPE
"Hay un lugar al que puedo ir/ cuando estoy bajoneado,
cuando estoy triste/ y es mi mente/ y allí no hay tiempo/
cuando estoy solo".
THE BEATLES (LENNON-MC CARTNEY), "HAY UN LUGAR".
Carlos Alberto García nació el 23 de octubre de 1951.
Fue anotado como García Moreno, pero en 1995 decidió
cambiar el García Moreno por el García Lange, tomado
de su abuela Maurine (Mauricia) Lange, por el cual se
identifica con una prosapia familiar que tiene una tradi-
ción de genialidad. Charly siempre menciona que su
abuelo paterno hizo el puerto de la ciudad de Buenos
Aires y el torreón de Mar del Plata y que su padre era
físico y matemático. Lejos de la exageración, la historia
es verídica y la teoría genética parecería encontrar una
ratificación en sus cualidades musicales, propias de un
genio, y en la inteligencia de su hijo Miguel Ángel, un
bocho de la computación con una marcada sensibilidad
artística.
Charly siempre dice que Carmen, su madre, no re-
cuerda a qué hora nació. "No sé —suele comentar
ácidamente—, creo que estaba muy ocupada con otras
cosas". Pero Carmen sí que se acuerda, o por lo menos
otorga un dato preciso: Carlitos nació a las 12.50. Su
signo astrológico es Escorpio, aunque su carta natal indi-
ca que todos los planetas estaban, a la hora exacta de su
nacimiento, alineados en Libra. Por lo tanto, García tiene
características de ambos signos, y a veces dice que es de
Libra, simplemente porque su máximo ídolo, John
Lennon, también lo era. Gente que sabe asegura que
Charly es de Libra.
Sin embargo, a la hora de la verdad, Charly García
está amparado por la fortaleza de los escorpiones, un
signo que provee de una protección especial a los naci-
dos en él. Una de sus mayores características es la resu-
rrección; cuando parece que el escorpión está definitiva-
mente abatido, ése es el momento en que se recupera.
Esto lo he presenciado en Charly no una sino decenas de
veces. En varios momentos de su vida, Charly corrió
riesgos mortales. Al día siguiente, inevitablemente, uno
contemplaba atónito la recuperación. En este preciso
instante no sé por cuánto tiempo más vivirá García pero
—y deseo estar en lo cierto—creo que él es del tipo que
nos va a enterrar a todos los saludables del planeta.
Carlitas García era un niño hermosísimo. Distintas fotos
familiares nos lo muestran como un bebé robusto y con una
simpática serenidad en su rostro. Primogénito, gozó de la
exclusividad de los mimos paternos hasta que llegó su her-
mano Enrique, a los dos años. Después arribarían a la familia
Daniel y Josi.
Por no ir a la exposición "Rock Nacional: 30 años",
Charly se perdió de ver una fotografía suya en una ba-
lanza con su madre que asombró a todos los que se
pararon a darle un vistazo. Parece que hay gente que no
cree que Charly García haya sido niño alguna vez.
Carlos Jaime García Lange, papá de Charly o
Garlitos, venía de una familia adinerada, por lo que sus
hijos estaban destinados a crecer en un hogar donde los
problemas económicos no existían. Es más: cada uno
llegó a tener su propia habitación, su niñera personal, un
cuarto de juegos y otro de costura para Carmen. Sin
embargo, en ese hogar no había una ostentación de
dinero ni pretensiones de realeza, aunque don Carlos
Jaime portara sangre azul: Lange Van Domcelar.
Premonitoriamente quizá, sus padres le hicieron un
regalo a Carlitas cuando aún no había cumplido los tres
años: un pianito de juguete. Como todo niño, lo inspec-
cionó, lo aporreó y finalmente comenzó a jugar con él.
Un buen día Carmen escuchó una melodía, como de
cajita de música. Fue a averiguar el origen del ruido y se
encontró con que Charly iba tocando una por una las
teclitas, creando una cancioncita.
Entonces, un pensamiento se instaló en la mente de
sus padres: quizás el chico tuviera alguna clase de talento
musical, una predisposición natural para la música. Car-
men estaba segura y su marido trataba de no darle de-
masiado vuelo a su locura, propensa a cobrar alas ante el
menor estímulo. Finalmente decidieron hacer una prue-
ba con el piano de un vecino. Llevaron a su hijo y lo
sentaron enfrente del instrumento. Charly se quedó quie-
to un rato, pero pronto descubrió que esa cosa enfrente
de él funcionaba igual que su juguete a pesar de su
enorme escala. Naturalmente, comenzó a tocar como si
no hubiera hecho otra cosa en su vida.
Sus padres no podían creerlo, ni mucho menos el
vecino. Charly era un niño prodigio de casi tres años, con
un instintivo conocimiento musical que le venía desde
algún lugar imposible de detectar. Era un milagro o algo
que se le parecía muchísimo. Pronto comenzarían sus
clases de piano. A los milagros había que ayudarlos.
Garlitos García comenzó sus estudios de música en el
Conservatorio Thibaud Piazzini en el año 1956 con la
profesora Julieta Sandoval. Había entre sus compañeros
más niñas que niños, cada uno con cierto grado de
aptitud y algunos troncos de esos a los que las madres los
envían a estudiar piano porque era algo bien visto en esa
época. La primera actuación de Charly García en públi-
co de la que existe testimonio data del sábado 6 de
octubre de 1956, a las seis de la tarde. Como se puede
ver en el programa, Carlitas Alberto García Moreno in-
terpretó dos piezas, una de ellas anónima y la otra una
canción de su profesora. Todo parecía ir muy bien y
Charly progresó rápidamente. No fue el único de esos
conciertos. En alguno de ellos ya se vería su propia
impronta: en el medio de interpretaciones de Chopm, el
compositor clásico favorito de Charly, el niño comenzó a
tocar sus melodías propias. Nadie se dio cuenta, salvo su
profesora. Repetiría el truco varias veces a lo largo de su
corta carrera como músico clásico. Julieta Sandoval era
una profesora de las de antes. Amorosa, pero sumamen-
te estricta a la hora de los deberes y la educación que
según ella debía tener todo futuro concertista. Charly
recuerda muy bien esos tiempos.
"Yo tocaba música clásica todo el tiempo, y la música
popular me daba asco, no entendía nada. Tocaba
Chopin, Bach y hasta prendía las velas. Venían los veci-
nos, y me querían cortar los brazos. Comencé a compo-
ner cuando cumplí los nueve años; ahí salieron las pri-
meras cosas que tenían que ver con lo que yo escuchaba
en ese momento, y obviamente era muy derivativo. Más
tarde quise componer en serio pero mi maestra, que era
una divina aunque muy aferrada al catolicismo y a la
música clásica, me hizo sentir que no había lugar para mí
en eso (lo clásico). Que podía, sí, ser un buen concertis-
ta, pero no un creador. Y ahí es cuando llegan Los
Beatles".
Pero mucho antes del arribo de Los Beatles, en el
hogar de Charly pasaron cosas que habrían de marcarlo
de por vida.
A mediados de la década del '50, viajar a Europa era
casi una utopía. No eran tan habituales los viajes en avión
como ahora, y era mucho más económico hacer la trave-
sía en barco. Los padres de Charly decidieron realizarlo
antes de tener más hijos. Ya había nacido Enrique, el
hermano de Charly. Era una buena oportunidad, Carmen
consiguió los pasajes, la situación económica de la familia
era aún muy sólida y había con quien dejar a los chicos.
Charly no había cumplido aún los 5 cuando sus pa-
dres viajaron. Las distintas versiones familiares disienten
acerca de si los chicos se quedaron con su abuela, con
una tía poco paciente y propensa a la paliza, o con sus
respectivas niñeras. Lo cierto es que Charly sintió muy
dolorosa y negativamente la ausencia de sus padres.
Incluso en momentos en que está mal, Charly recuerda
esa época angustiante de su vida. "Me dejaron con dos
boludas y el piano", supo decir más de una vez. Fue el
piano lo que lo salvó, a esa edad en que las heridas
marcan para siempre a un niño que después, de adulto,
podrá o no resolver esas cuestiones que quedan en su
inconsciente.
Charly encontró dos cosas: el clavo y la cruz. Por un
lado, se aferró al piano con todas sus fuerzas, y gracias a
él pudo soportar el estar tanto tiempo alejado de sus
padres. Pero su cuerpo acusó el efecto desarrollando
vitíligo, una enfermedad de la piel que se origina, entre
otras cosas, a raíz de trastornos nerviosos. A Charly le
dejó la mitad de la cara blanca. La crisis actual de Charly
García no se inició por la fama, las presiones del éxito y la
vida disipada, aunque todo esto la haya profundizado
terriblemente. Su origen debemos buscarlo en ese mo-
mento de su vida en que se sintió como Cristo en la cruz,
preguntándose por qué sus padres lo habían abandonado.
En "Say No More" hay pistas que conducen inevitable-
mente a aquellos momentos.
Por el cariño inmenso que aún hoy siente por su padre
(y por su madre, aunque no lo reconozca), intenta creer
que la culpa es de otra gente. El día en que Clarín
publicó la crónica de su recital del 23 de octubre de
1996, con el que festejó su cumpleaños número 45,
Charly se puso completamente furioso. Dejó un mensaje
urgente en mi contestador en el que hablaba de Merce-
des Sosa, de que el show no debía seguir. Me pedía que,
si yo estaba allí, fuera para su casa o le mandara una
señal.
Cuando llegué, Charly estaba enardecido. La palabra
"patético", referida a su show, lo sacó de quicio. Aceptó
que le pusiera una mano en el hombro y lo llevara a su
habitación para conversar. Utilicé la táctica del grabador,
al que le habló gritando, como si tuviera vida propia y
fuera su peor enemigo. De repente paraba, y volvía a
comenzar. Estuvimos unas tres horas y Charly se fue
calmando paulatinamente. Él quería que yo publicara
esas barbaridades en el diario; yo le dije que lo iba a
intentar, pese a que sabía que tal cosa era imposible.
Días más tarde, me agradeció que no lo hubiera hecho.
Las barbaridades no eran, para nada, mentira: mu-
chas de las cosas que Charly dijo ese día tenían un
sentido real y la fuerza de la verdad desnudando la
hipocresía. Alguien de afuera hubiera pensado en llamar
al manicomio. Pero una de las tantas cosas que dijo
aquella tarde, fue referida a su problema de la cara
blanca. Fue pura asociación libre.
"Por ejemplo, que todos los que vinieron al Ópera se
pongan en la puerta del teatro. Algo lindo tengo que
mostrar, loco. Me quedan dos: o irme porque esto es una
locura, y uno que trata de hacer las cosas bien está
impedidísimo porque todavía se creyeron a los peronis-
tas y todas esas pelotudeces. ¿Entendés loco? Empece-
mos por ahí. Evita, todo eso, ¿están locos o qué? ¿Por
qué no se hacen comunistas o algo? ¿Vos entendés cuál
es? Son mentiras, loco. Yo tengo la mitad de la cara
blanca ¿sabes por qué? Porque cuando se murió Evita,
mi viejo no tenía un catzo que ver con nada. No puso un
cordoncito en la fábrica, y por ese detalle a mí se me
volvió la mitad de la cara blanca. Mi viejo y yo ¿qué
carajo tenemos que ver con Perón y todo eso? Y yo la
defiendo a Evita, porque cuando vino Madonna a casa,
yo le dije 'Get a real job'. Los diarios no sirven para
nada".
La verdad es que, cuando volvieron sus padres, se en-
contraron con que su hijo Carlitas tenía la mitad decolora-
da. Lo del cordoncito fue anterior.
El papá de Charly era uno de los dueños de la primera
fábrica de fórmica del país. Cuando murió Evita, él no
puso el crespón negro de rigor con que los trabajadores
despedían a la venerada dirigente política. En épocas del
peronismo, ese detalle era obligatorio y a partir de esa
omisión, Carlos Jaime comenzó a ser perseguido por las
autoridades justicialistas. Ésa es una de las explicaciones
que surgen acerca de lo que motivó aquel viaje a Euro-
pa: persecución política. Ese crespón negro fue como
una señal ominosa que marcaría el rumbo de la situación
familiar de los García.
Cuando Josi, la hermana menor de Charly, habla de
su padre, lo hace con el mismo respeto y admiración con
que Charly y mucha otra gente lo recuerda. "Mi viejo era
un tipo con un humor tremendo. Siempre muy sobrio,
nunca un mocasín, pero dentro de esa estructura tenía
un vuelo tremendo. Era muy inteligente y muy sensible
Aparentemente era el más cuerdo de la tierra, pero si
profundizabas un poco estaba loco como un tomate. Fue
un tipo que nació en la opulencia, en una casa que era
un delirio, súper gigante, con mucha herencia de familia,
y hermanos y hermanas como la tía Carmelucha, que es
una diosa. El tío Chucho era pintor e hizo todos los
cuadros del puerto de la ciudad de Buenos Aires. Mi
viejo era como un dandi de Caballito, muy pintón, onda
David Niven.
"Papá era daltónico, confundía los colores, y a lo
mejor salía a la calle vestido de verde, creyendo que era
marrón. Un día salió y le gritaron loro! El se dio cuenta
de que el gris y el azul eran lo seguro. El era un tipo al
que vos le dabas un disco de tango, la posibilidad de
cantarlo, un vaso de vino, un partido de truco, y era feliz;
no necesitaba nada más.
"Escribió libros de física y química. Arreglaba todo;
una vez reparó el auto cambiando la correa del motor y
reemplazándola con un cinturón. Dejó trunca la carrera
de Ingeniería, y después hizo todo lo posible: tuvo la
fábrica de fórmica, una de camisetas, hizo libretos de
radio, hasta que mis viejos se gastaron toda la plata.
Viajaron a Europa, compraron mil cosas, acciones
que después no valían nada: lo estafaron. A partir de
ahí llegó a una gran depresión y comenzó a dar clases
de física y matemática arengado por sus amigos, a los
que conocía de primer grado y siguió viendo hasta su
muerte".
La relación entre Charly y su padre es crucial para
entender por qué hoy pasan algunas de las cosas que
pasan. El asunto es que desde la vuelta de los padres de
Europa, las cosas comenzaron a empeorar notoriamente.
Inés Raimondo, viuda de Enrique, hermano de Charly,
me contó una tarde que la fábrica de fórmica tuvo que
cerrar porque uno de los socios de Carlos Jaime García
Lange se mandó una cagada y se vino a pique el nego-
cio. Tuvieron que vender una propiedad en Paso del Rey
y Carmen debió salir a trabajar para sostener a su fa-
milia.
La infancia de Charly transcurrió entre la escuela pri-
maria, las clases de piano y los ejercicios correspondien-
tes. Un señor llamado Guillermo Otero, que dijo ser
vecino suyo en esos tiempos, aseguró que cuando él
practicaba "se caían los cuadros de mi casa". Charly
afirma que jamás durmió de chico, y que nadie se con-
vierte en profesor de piano a los doce años si duerme.
Tal vez fuera porque tenía sueños espantosos de los que
se despertaba con la culpa de quien comete un crimen.
Carlitos no había hecho nada, pero no podía evitar esa
sensación horrorosa.
Lo que sucedía era simple: se sentía reprimido por
una educación que tenía como base la culpa y el castigo.
La prédica católica de Julieta Sandoval se hacía sentir.
Por suerte, Carlitas era un chico inquieto y tenaz lector
desde los cinco años. Su madre, incluso, se sorprendía
con los razonamientos de su hijo mayor que parecían los
de un grande. "De chico —recuerda Charly—, me gusta-
ban, principalmente, tres temas: los dinosaurios, los pla-
netas y los mitos griegos". Un poco más tarde se interesó
por los mitos de la religión católica, y después fue un
apasionado lector de Hornero, devorándose La lUada y
La Odisea. Esos libros lo llevaron por otros mundos,
menos angustiantes para un niño.
Le costaba conciliar la noción del sacrificio que le
imponía su profesora, la rigidez del cristianismo y otros
dogmas, con la libertad de los sonidos musicales. Esas
contradicciones se hicieron carne en la mente de
Carlitos, que creció sintiendo que tenía dentro de sí un
ángel y un demonio. Suponer por eso que Charly García
es un esquizofrénico es equivocarse por completo. Pero
es verdad que le resultó un proceso difícil el comprender
cómo suceden las cosas en el mundo y lo distinto que es
lo ideal de lo real.
Carmen Moreno comenzó a trabajar fuerte en radio,
como productora de "Folklorísimo", un programa muy
exitoso en donde distintas estrellas de la canción telúrica
se convirtieron en invitados estables. Carmen les habló a
todos de su hijo, y no exageraba cuando decía que era
un Mozart de nuestros tiempos. Eso lo comprobó Merce-
des Sosa, un día en la casa de los García Moreno, al
escuchar tocar a Carlitas y comentarle por lo bajo a Ariel
Ramírez: "Este chico es como Chopin".
Otro de los que se sorprendieron fue Eduardo Falú,
quien descubrió que lo de Carlitos iba más allá de un
talento natural para la música. Una noche, en un show
producido por Carmen, se puso a ejecutar la guitarra
para probar sonido. A poco de tocar se escucha una
vocecita:
—El maestro tiene una cuerda desafinada —le dice
Carlitos a su madre, que no pudo evitar que Falú escu-
chara.
—A ver ¿qué es lo que dice el chango? —se acerca
Falú, divertido.
—Nada, Eduardo. Le pareció que había una cuerda
desafinada —intentó zafar Carmen.
—óAh sí? ¿Cuál es? —insiste Falú.
—Ésta —le responde Charly señalando la quinta cuer-
da.
El maestro hace vibrar el la y comprueba que, efecti-
vamente, está desafinada. Así todos descubren que
Carlitos tenía oído absoluto, una capacidad con la que
nace solamente una persona entre cada millón.
Carlitos creció tratando de conciliar el mundo ideal
del arte elevado que él aprendía en piano, con lo que
veía todos los días. A los doce años se recibió de profesor
de teoría y solfeo. Pero poco tiempo antes había encon-
trado la válvula liberadora más importante de su corta
existencia. Fue una canción, un sonido, un llamado de la
sangre.
Corría el año 1964, el sonido de Los Beatles comen-
zaba a llegar a la Argentina, y había captado el oído
inquieto de Carlitos. Allí acabaron los sueños de sus
padres, de tener un concertista en la familia. En ese
instante terminó aquel futuro de un auditorio en el que
señores de sonrisa y frac aplauden un concierto de mú-
sica clásica. Fue como si el mundo comenzara a rotar al
revés, como si todas las certezas de su educación volaran
por los aires en una explosión de sonido.
"Cuando escuché a Los Beatles —evoca entusiasma-
do—, me volví loco: pensaba que era música marciana.
Música clásica de Marte. Enseguida comprendí el mensa-
je: 'tocamos nuestros instrumentos, hacemos nuestras
canciones y somos jóvenes'. Para mi época y mi forma-
ción, eso era muy raro. No se suponía que los jóvenes
hicieran canciones y cantaran. Lo primero que escuché
de ellos fue There's a place'. Me di cuenta de lo que
pasaba con las cuartas y un par de cosas interesantes
más. Y ahí, ¡kaboooom!, acabó mi carrera de músico
clásico".
Muere un concertista de piano. Nace una estrella de
rock and roll.
3. NO SOY UN EXTRAÑO
"¿Te gustaría saber cuál es el gran drama de mi vida? Que he
puesto mi genio en vivir y en mis obras sólo el talento."
ÓSCAR W1LDE.
Sui Generis iba a ser el grupo que, en 1972, patearía
el tablero del rock nacional. Ni Charly García ni Nito
Mestre tenían la menor idea de que el éxito los esperaba
a la vuelta de la esquina. Lo cierto es que su disco debut,
Vida, vendió la friolera de 80 mil unidades (cifra impre-
sionante para el mercado de aquellos tiempos), produ-
ciendo un cisma.
En primer lugar, no se parecían a nada de lo que
había habido hasta aquel entonces. No encajaban en
ninguno de los nichos en los que el rock se había
encorsetado. Eran jóvenes, no muy agraciados, frescos y
ligeramente ingenuos. Tuvieron un suceso fulminante^
pronto se consagraron como uno de los grupos más
populares en la historia del rock nacional en una meteó-
rica carrera que apenas duró tres años en su etapa pro-
fesional. Lo que llevó a pensar que si tenía cuatro patas,
ladraba y movía la cola, debía ser un perro: rápidamente
se los etiquetó como comerciales. Esa prematura conde-
na produjo en Charly una herida que aún hoy le causa
algunas molestias.
¿Qué fue lo que provocó esta reacción antediluviana
ante un recién llegado que debería haber sido recibido con
todos los honores? Básicamente, celos y envidia. Había
que ser muy ciego para no darse cuenta de que Sui
Generis tenía un talento verdadero y de que Charly García
estaba destinado a ser un compositor importante, no sólo
del rock sino de la historia de la música argentina. Era,
además, un pianista que cualquiera de los músicos que lo
verduguearon al límite de la ofensa hubiera deseado tener
en su banda. Sui Generis poseía un carisma peculiar; se
los veía como desvalidos, pero con la gente de su lado
eran imbatibles. Habría que hablar con Pierre Bayona
("¡el auténtico Broadway Danny Rose!", como lo llama
Charly), que fue el primero en darse cuenta y se convirtió
en el manager de Sui Generis.
No por nada, Billy Bond, hoy un productor en San
Pablo, declaró para MTV a fines de 1996; " Charly García
es un músico de la puta madre". El Bondo comprendió
rápidamente, en 1972, quién era Charly García y lo hizo
tocar en La Pesada del Rock and Roll, cagándose en los
prejuicios de mucha gente de su sector que tuvo que
hacer caso a lo obvio: tenían ante sus narices a un
pianista único que tocaba rock and roll como los dioses.
García era como un Jerry Lee Lewis, o un Littie Richard,
pero componía canciones adolescentes y elaboradas con
delicadeza que esos retrógrados, en su pretendida dure-
za, rechazaban. Bond se iba a encargar de que el pibe
curtiera y aprendiera. "Blanditos, pero decentes", sen-
tenció Bond. Charly pensaba diferente.
—Eso de "blando" era un prejuicio estúpido. En esa
época estaban James Taylor y Elton John y decir que eso
era blando... no sé. Yo tenía esa información. James
Taylor no era blando: un drogadicto que hace canciones
melódicas no es blando. O Elton John. En cuanto lo
escuché me dije: ah, entonces puedo tocar el piano yo
también. Yo, hasta entonces, para tocar rock usaba la
guitarra eléctrica y ahí vi que en el piano también se
puede hacer rock. Uno puede tocar con diez Marshall y
ser un blando, o tocar con una guitarra acústica y ser re-
duro.
En otra noche, en otro lugar y en otro tiempo (Palais
Rosso, 1985) Lúea Prodan hablaba de Sid Vicious que,
según él, era un tarado al que hubiéramos echado a los
diez minutos. "Man, yo te doy una guitarrita y vos solo,
con tu voz y eso, haceme latir acá" —dijo golpeándose el
pecho a la altura del corazón. En distintas épocas,
Prodan y García pensaban lo mismo a pesar de ser tan
diferentes.
"Yo lo adoro a Charly", asegura Litio Nebbia. Lo
respeto mucho porque es un tipo completamente original.
Cuando debutaron con Sui Generis, fue como teloneros
en un recital con mi grupo Huinca. En esa época eran
cinco Después lo invité a Charly a un programa de radio
que yo tenía y tocamos los dos juntos al aire. Cuando bul
Generis editó Con/esiones de invierno, me acercaron dos
temas para que yo tocara el piano y arreglara otro; no se
hizo porque con el tipo de la compañía en donde ellos
qrababan nos odiamos y prácticamente les prohibió que
qrabaran conmigo. Conocí la carrera de Sui Generis por
los discos. Cuando lo conocí a Charly, él vino a mi casa de
Olivos Estaba por firmar el contrato. Era muy flaquito,
muy sano, ingenuo. Y yo, que siempre fui muy peleador, le
di mucha máquina".
Luis Alberto Spinetta siempre fue muy prudente con
respecto a sus declaraciones sobre Charly García . Tal vez
por esa característica suya, no quiso hablar para este
libro Hubiera sido interesante saber qué le paso a el por
la cabeza cuando en 1972 apareció Sui Generis. En ese
momento, Luis estaba en su etapa de rock pesado con
Pescado Rabioso y supongo que le debe haber causado
una extraña sensación descubrir a Nito y Charly tocando
con el pianito y la flauta y causando tanto escombro.
Pero Luis no es fanático ni tonto y se debe haber dado
cuenta de que algo acontecía allí. Según le comento a
Eduardo Berti para su libro "Crónicas e iluminaciones:
"La música de Sui Generis nunca me gustó. Me pareció
siempre una música carente de swing. Al lado de la de
Almendra me parecía algo tipo María Elena Waish pero
a partir de 'Tango en segunda' y de la propuesta de La
Máquina de Hacer Pájaros y Serú Giran me fui acercan-
do me empezó a gustar cada vez más su música y hoy
pienso que (Charly) es un verdadero monstruo de la
canción de acá y de todos lados. Un compositor increí-
ble".
Otro que no duda sobre lo que representa Charly
García es Fito Páez. " Charly García es uno de los compo-
sitores del siglo —asegura el rosarino—. La música más
importante que atravesó este siglo en Argentina fue el
tango, el folklore en otra instancia, y la otra música fue el
rock. En este punto, Charly inventa una nueva manera
de contar el mundo pop, renovándolo, refrescándolo y
dándole gravedad y gracia. Antes estuvieron Manal, Los
Gatos, Almendra, pero es Charly el que instala la idea
pop en la gente. Esto es innegable. Lo ha hecho con una
gracia muy divina y con una originalidad única. Tiene
años de su vida componiendo canciones a lo Dylan, a lo
Lennon, a la altura de los grandes del pop que él admira
mucho. Y todo eso con un color local que es muy lindo.
Charly es un tipo que ha mirado este lugar del mundo
como nadie. Ha sacado unas fotos de los argentinos que
son increíbles. No hay estrategia en esto: él es un artista.
Esto se puede decir de muy poca gente". Por muchas
otras conversaciones off the record que hemos tenido
sobre el tema a lo largo de los años, me consta que Páez
no dice esto para quedar bien. "Odio de mi parte hacia
él, no hay, ni público ni privado —aclara—. Es un tipo
que está siempre en mi boca y en la de nuestros amigos,
pero bien. Para quererlo, alabarlo, mimarlo y abrazarlo.
Charly es un personaje muy especial. Yo ni siquiera creo
que él tenga una cosa de odio para conmigo, a pesar de
que hace cuatro años que no nos vemos. De verdad, te
lo digo. Mucha gente que está a nuestro alrededor arma
este tipo de tensiones. Pero no hay conflicto ni enfrenta-
miento. Eso es el afuera, un afuera dañino y muy hijo de
puta".
León Gieco fue otro de los que se dio cuenta al toque
de quién era Charly García y enseguida lo reconoció
como a uno de su mismo palo. Un agitado mediodía de
1996, García me comentó que él consideraba a León
como un amigo del alma. Sabe positivamente que Gieco
va a estar siempre a su lado y en cualquier circunstancia
en que él solicite su presencia. También advirtió esa
lealtad desde el primer momento: entre tantos cuchillos
que pasaban como salutación al recién llegado al rock,
Charly pudo percibir la mirada alentadora de León.
—León, ¿cómo conociste a Charly?
—Lo vi por primera vez en el estudio de Pepe Netto.
Con Miguel y Eugenio organizábamos recitales en dife-
rentes teatros y hacíamos canjes con músicos de otros
lados. Un día organizamos un concierto en el teatro Luz
y Fuerza y contratamos a Sui Generis para que fueran
soportes. Primero tocaban ellos y después nosotros, que
éramos los auténticos dueños de la pelota. Aparecieron
todos los Sui Generis —eran como seis— con el gordo
Fierre, personaje mítico, que me dijo que no podían
empezar ellos porque les faltaba el tecladista y no sabían
dónde estaba. Entonces tuvimos que salir a tocar prime-
ro, con Miguel y Eugenio y, al toque que terminamos,
apareció Charly. Cazamos enseguida que se había escon-
dido para asegurarse la actuación central. Con el tiempo,
llego a la conclusión de que Charly siempre hizo lo mis-
mo: él siempre cerró los espectáculos todas las veces que
nos fuimos de gira. Maneja esa actitud desde el vamos.
—Tu primera impresión de Charly, entonces, no debe
haber sido del todo favorable.
_No, sí que fue favorable. En esa actuación, los Sui
Generis'eran una banda: Nito, Charly y cuatro más. Lo
escuché tocar a García e inmediatamente pensé que ese
tipo era un genio. Y eran chicos todavía. En un rock,
Charly comenzó a tocar con las manos y con las patas:
con el talón tocaba las partes agudas del piano. El direc-
tor del teatro me vino a buscar a la butaca y me quería
matar.
"Sácame a este hijo de puta de acá, porque yo sus-
pendo todo", me encaró muy enfurecido. "Lo voy a
matar, me está arruinando el piano."
"No te lo está rompiendo" quise calmarlo. "¿No te das
cuenta de que este tipo es un genio? ¡Mira cómo está
tocando! Además, yo no me puedo subir al escenario: en
estos momentos es de ellos. Anda vos y enfrenta a la
gente, a ver qué te dicen".
"No, el que lo tiene que sacar del escenario sos vos".
"Discúlpame, flaco: yo soy músico, no policía."
Ahí pensé lo bueno que sería armar una banda y que el
tecladista fuera Chariy. Súper iluso, yo. De todos modos,
me terminé dando el gusto: mi tercer disco, El fantasma de
Canterville, lo presentamos en el teatro Odeón con Chariy
en teclados, Nito en voces y flauta, Alfredo Toth en bajo,
Osear Moro en batería y Rodolfo Gorosito en guitarra. Yo
era del campo, pero no pelotudo.
Sui Generis entró al circuito del rock nacional de la
mano de Fierre Bayona, quien se encargó de apretar los
botones exactos. Primero convenció a Jorge Álvarez, que
había fundado junto con otros jóvenes el legendario sello
Mandioca y que en 1972 era el director de Talent, etique-
ta rockera de Microfón. Álvarez tardó en asimilar el con-
cepto de Sui Generis, pero mientras el hombre captaba,
Fierre ayudaba a que Nito y Charly comenzaran a co-
dearse con el ambiente.
Es así como Charly realiza su primera grabación para
Cristo Rock, el disco debut de un pibe de Mercedes: Raúl
Porchetto. Charly tocaba muy bien piano y órgano. A raíz
de esa grabación, Billy Bond lo convocó para La Pesada
del Rock and Roll, grupo con el que hizo una gira por el
interior. Según lo recuerdan algunos memoriosos, duran-
te un show en Tucumán había un hombre vestido de
mujer en el camarín, que pasaba con una bandejita llena
de ácidos, convidando a los músicos que, viendo luceci-
tas de colores, subían al escenario felices y contentos.
Pero más allá de la aventura, Charly tuvo que bancarse
muchas gastadas de sus compañeros.
"Yo toqué con La Pesada —recordó Charly en 1993—,
todos se burlaban de mí, y yo seguía tocando: cling,
cling, cling, cling. Me pongo un yeso en la mano y toco
las octavas del rock and roll, ése era mi lema. Cuando
quería hacer algo distinto me batían Chopin. Yo me la
bancaba. Dentro de la música clásica, en ese momento,
yo era un capo. Después vinieron Los Beatles y todo al
demonio, pero tenía la info de la clásica. En La Pesada,
yo podía tocar en una mano Procol Harum porque sabía
cosas que ellos no. Cuando hicimos Vida, se pasaban dos
días sacando los temas, porque tenían más de tres tonos.
Me verdugueaban, pero a la vez había un aguante. Yo
para ellos era un blandengue y ellos eran duros".
Más allá de las diferencias estilísticas, lo que más les
molestó a algunos músicos y a un sector intolerante del
público rockero, fue que Sui Generis con su éxito le abrie-
ra las puertas del rock a un montón de pibes que, hasta
ese momento, no habían conectado con nadie. Los
rockeros que fueron a los primeros festivales B.A. Rock,
tenían veintipico de años y estaban consustanciados con
la mística de la movida. Cuando Sui Generis atrajo a los
adolescentes, ellos lo sintieron como una invasión que iba
a desvirtuar las estrictas bases sobre las cuales el rock
había construido su fortaleza. En realidad, lo que Sui
Generis hizo fue ampliar esas bases y aumentar la canti-
dad de gente en la historia, la misma que después descu-
briría a otras bandas.
Sui Generis tuvo un éxito fulminante. Vida, su primer
disco, tenía canciones simples, accesibles y con letras
que hablaban el lenguaje de la adolescencia. Charly
acertó sin proponérselo: Sui Generis les enseñó a cantar
a esos adolescentes, a partir de las propias dudas hechas
canciones. Además, éstas podían ser tocadas con una
guitarra criolla, por lo que el repertorio de Vida comenzó
a animar fogones de campamento, aumentando la felici-
dad de muchos jóvenes que lograban su primer éxito con
la viola a partir de una canción de Sui Generis.
Pero, a la distancia, lo que tal vez haya constituido la
gran fortaleza del dúo era su facilidad para denunciar la
hipocresía, la doble moral y el doble discurso de la socie-
dad argentina, en un lenguaje que cualquier adolescente
podía entender. Fue como una clarificación de los códi-
gos herméticos que hasta ese entonces manejó el rock,
pero sin caer en la protesta desembozada o en una cosa
panfletaria.
Vida se grabó casi a escondidas con la complicidad de
Billy Bond, ya que Jorge Álvarez no estaba totalmente
convencido y él, a su vez, tenía que hacer que Mario
Kaminski, dueño de Microfón, diera el OK definitivo. El
registro se inició después que Porchetto completó Cristo
Rock, en donde Charly tocó algunos teclados.
"El primer tema que grabamos —recuerda Nito
Mestre— fue 'Amigo, vuelve a casa pronto', y Charly le
puso al piano unas tachuelas para que sonara como un
clavicordio. Yo no quise cantar Toma dos blues', porque
me daba la impresión de que estaba fuera de lugar den-
tro del concepto del disco, entonces lo cantó Charly.
Cuando puse la voz de 'Canción para mi muerte', a las
nueve de la mañana en Phonalex, me mandé tal gallo
que nunca lo voy a olvidar en mi vida. Todos los de La
Pesada estaban detrás del vidrio y se cagaban de la risa.
La grabación fue un garrón: teníamos que ir a la mañana
bien temprano y en colectivo. La foto de tapa la sacamos
en una obra de la calle Medrano. La otra la hicimos en la
calle Vidt, donde vivía Charly en aquel momento".
Cuando Nito y Charly viajaban en un micro, rumbo a
un show en Castelar en 1973, García le dijo a su compa-
ñero que tenía un tema nuevo.
—Pero lo quiero cantar yo solo, con la guitarra
—recalcó.
—No hay problema, hacelo —fue la contestación de
Nito. Ese tema era nada menos que "Confesiones de
invierno".
"Con Charly jamás tuvimos problemas de cartel o de
ubicación. Nunca discutíamos las voces, ni qué iba a
cantar cada uno. Era una cosa obvia para nosotros",
contó Mestre.
La alianza entre Sui y el público se consolidó en 1973,
cuando el dúo editó su segundo disco. En Confesiones
de invierno los progresos fueron evidentes: las letras
mejoraron y la participación de una orquesta en algunas
canciones clave como "Rasguña las piedras" y "Tribula-
ciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario o
no", contribuyó a dotar al dúo de un acompañamiento
más sólido, sin desvirtuar un estilo directo y simple.
Charly ganó en confianza y se lanzó a hablar de sí mismo
con un tono más personal en "Cuando ya me empiece a
quedar solo" (en donde la música de Charly inicia su
contacto con el tango) y "Confesiones de invierno". Las
críticas a la sociedad se agudizaron en "Lunes otra vez"
y "Aprendizaje", desarrollando códigos nuevos en "Bien-
venidos al tren" y "Mr. Jones", un tema que García
compuso para mostrarles a los pesados que, si él quería,
Sui Generis podía hacer rock and roll sin envidiarle nada
a nadie.
Para Nito Mestre "Confesiones... fue un disco mucho
más pulido, al que llegamos más preparados. Lo graba-
mos en ocho canales, en los estudios de RCA. La cosa
fue más hilvanada porque éramos más profesionales. La
producción fue más ambiciosa: llamamos a Eduardo
Zvetelman para que hiciera los arreglos de orquesta y
Juan José Mossalini hizo el bandoneón en 'Cuando ya
me empiece a quedar solo'. El disco tuvo una venta
brutal". Recién cuando esa ratificación llegó y sólo en-
tonces, García dejó atrás uno de los fantasmas que le
estaba comiendo la cabeza: ¿y si la música no daba,
qué? Los que vieron la llegada de Sui Generis al rock con
celos y envidia, no tenían la menor idea de todo lo que
García y Mestre habían batallado para llegar, ni