Libia
: el fin de todos los medios - Sandino Núñez
Por fin apareció el pretexto. La ausencia de componente fundamentalista en las revueltas árabes había complicado las cosas para las potencias occidentales. Un malestar provocado por insurrecciones típicamente civiles en regiones en las que no conviene que haya insurrecciones civiles, sino más bien loquitos fanáticos enojados con algún hereje o algún blasfemo, que justificaran a su vez, oportunamente, una nueva intervención, un golpe monárquico autoritario, una mano dura contra la inmadurez política endémica de ese pueblo. De ahí que la intervención de la ONU-OTAN para impedir la generalización del conflicto (supongo que el mayor peligro es el contagio de Arabia Saudita) haya ocurrido en Libia : un viejo régimen personalista que pocos recordaban ya, con un caudillo carismático poco verosímil como una especie de Ricardo Fort, ya totalmente inocuo cuando no funcional a los intereses de Occidente. Gadafi fue maestro de terroristas en la era Reagan. Seguramente había sido parte invisible del Eje del Mal de aquel exceso penoso llamado Bush. Y ahora, en estos otros tiempos, luego de una conmovedora reconciliación, era reflotado como una "locura asesina" y un peligro para la vida de sus compatriotas civiles.
Pues hay que considerar que en la Casa Blanca ya no hay un magnate petrolero educado por Disney, sino un presidente alternativo, tolerante, conversador, sofisticado y utópico. Digamos que ya no está Homero Simpson en el poder, sino su hija Lisa. Del fundamentalismo de Bush y sus rudimentos de religión holywoodense, a la laicidad democrática de Obama y su retórica cívica tolerante y constitucionalista. A Obama le ha tocado ahora mover en Libia al artefacto militar, así como a otro demócrata famoso, Bill Clinton, le tocó hacer exactamente la misma fealdad en Yugoslavia a fines de siglo pasado. Es que son los demócratas educados los que hacen las guerras feas, sucias, asordinadas. Los Bush lanzan el artefacto militar en cruzadas frontales devastadoras con coartadas elementales y paranoicas. Ellos invaden, bombardean e incendian para borrar al mal de la tierra. Son operaciones de cirugía grosera: la invasión a Panamá para llevar a Noriega a la justicia americana, la devastación de Afganistán para neutralizar el peligro Talibán, la destrucción de Irak para derrocar a Saddam. Operaciones completamente inverosímiles cuya verdad es precisamente la inconguencia, la exhibición inmotivada de un poder mecánico absoluto: lo Real. Como Jason Voorhees, el machetero enmascarado de Viernes 13. Detrás no hay nada, ninguna ideología, ninguna justificación, ninguna compleja operación de inteligencia militar o de diplomacia. Sólo hay, vagamente, el eco de un mandato simple y psicótico: un empuje ciego, la voz en la cabeza del psychokiller.
Los Clinton-Obama en cambio se condenan a hacer guerras retorcidas, perversas e hipócritas. Procederán constitucionalmente, nunca irán solos, ni en alianzas que no tengan cierta legitimidad previa, reunirán al Consejo de Seguridad de la ONU, operarán en bloque con la OTAN y otros artefactos, apelarán a coartadas legislativas o humanitarias. Hablarán de zonas de exclusión, de intervenciones de seguridad, de protección de las poblaciones civiles, como cuando el terremoto de Haití. No hablarán nunca de guerras justas ni de cruzadas contra el mal: darán la sensación de intervenir a desgano en zonas ya revueltas —como medida extrema para proteger al desamparado.
¿Pero por qué todavía (o por qué otra vez) esta escrupulosa observación de la formalidad en un mundo en el que la obscenidad, la sobreexposición y el empuje ya parecían haberlo tapizado todo, globalmente? ¿Por qué, si seguramente ya nadie hay a quien convencer, ya no hay nadie que crea en los territorios de exclusión, en la neutralidad asegurada militarmente, en las misiones de paz, en las zonas de protección aérea, en el bombardeo a objetivos militares cuya existencia representaba un peligro para los civiles desamparados, en fin? ¿A qué este simulacro de sentido político allí donde lo real es el aparato militar-industrial: las armas asegurando la hegemonía de los grandes artefactos industriales ante el petróleo que se agota? ¿A qué este simulacro de sentido político, doblemente hueco por otra parte, ya que lo que se está combatiendo es, en última instancia, la aparición del sentido político mismo —encarnado para el caso en revueltas civiles por trabajo, libertad, bienestar, etc.?
La solicitud moral de Bernard-Henri-Lévy a Francia de no dejar sola a la rebelión libia (ya que a diferencia de los líderes de Egipto y Túnez, Gaddafi iba a resultar un dictador mucho más duro) es cínica, tonta y ridícula. Así se lograba, paradójicamente, con el pretexto de intervenir para defender la revuelta libertaria, que su Francia y el Occidente armado y en crisis crearan no una zona de exclusión de Gadafi, sino un muro de contención de la rebelión en el mundo árabe. La guerra no es la continuación de la política por otros medios, como decía Clausewitz: es su clausura, el fin sin medios.
Conviene no olvidar que mientras Obama ocupa cada vez con mayor dificultad el lugar del buen multiculturalista, demócrata y piola, Sarkozy, excitadísimo con su pequeño protagonismo, es un tránsfuga reaccionario y agresivo cuya campaña electoral otro tránsfuga llamado Gadafi dice haber financiado. Y así como David Cameron se suma al ataque, Merkel se abstiene o Zapatero izquierdista colabora. El Primer Mundo ya no muestra, como quieren tantos utopistas liberales, ni izquierdas ni derechas. Pero este nuevo mundo posconciliar no está unido por el pacífico imaginario democrático tolerante radical que todavía quiere encarnar Obama, y del que el propio Gadafi fue un signo en la década pasada, sino por lo real violento de los recursos energéticos privados y de las armas que arrebatan o defienden.
Fuente: http://sandinonunez.blogspot.com/2011/03/libia-el-fin-de-todos-los-medios.html
Por fin apareció el pretexto. La ausencia de componente fundamentalista en las revueltas árabes había complicado las cosas para las potencias occidentales. Un malestar provocado por insurrecciones típicamente civiles en regiones en las que no conviene que haya insurrecciones civiles, sino más bien loquitos fanáticos enojados con algún hereje o algún blasfemo, que justificaran a su vez, oportunamente, una nueva intervención, un golpe monárquico autoritario, una mano dura contra la inmadurez política endémica de ese pueblo. De ahí que la intervención de la ONU-OTAN para impedir la generalización del conflicto (supongo que el mayor peligro es el contagio de Arabia Saudita) haya ocurrido en Libia : un viejo régimen personalista que pocos recordaban ya, con un caudillo carismático poco verosímil como una especie de Ricardo Fort, ya totalmente inocuo cuando no funcional a los intereses de Occidente. Gadafi fue maestro de terroristas en la era Reagan. Seguramente había sido parte invisible del Eje del Mal de aquel exceso penoso llamado Bush. Y ahora, en estos otros tiempos, luego de una conmovedora reconciliación, era reflotado como una "locura asesina" y un peligro para la vida de sus compatriotas civiles.
Pues hay que considerar que en la Casa Blanca ya no hay un magnate petrolero educado por Disney, sino un presidente alternativo, tolerante, conversador, sofisticado y utópico. Digamos que ya no está Homero Simpson en el poder, sino su hija Lisa. Del fundamentalismo de Bush y sus rudimentos de religión holywoodense, a la laicidad democrática de Obama y su retórica cívica tolerante y constitucionalista. A Obama le ha tocado ahora mover en Libia al artefacto militar, así como a otro demócrata famoso, Bill Clinton, le tocó hacer exactamente la misma fealdad en Yugoslavia a fines de siglo pasado. Es que son los demócratas educados los que hacen las guerras feas, sucias, asordinadas. Los Bush lanzan el artefacto militar en cruzadas frontales devastadoras con coartadas elementales y paranoicas. Ellos invaden, bombardean e incendian para borrar al mal de la tierra. Son operaciones de cirugía grosera: la invasión a Panamá para llevar a Noriega a la justicia americana, la devastación de Afganistán para neutralizar el peligro Talibán, la destrucción de Irak para derrocar a Saddam. Operaciones completamente inverosímiles cuya verdad es precisamente la inconguencia, la exhibición inmotivada de un poder mecánico absoluto: lo Real. Como Jason Voorhees, el machetero enmascarado de Viernes 13. Detrás no hay nada, ninguna ideología, ninguna justificación, ninguna compleja operación de inteligencia militar o de diplomacia. Sólo hay, vagamente, el eco de un mandato simple y psicótico: un empuje ciego, la voz en la cabeza del psychokiller.
Los Clinton-Obama en cambio se condenan a hacer guerras retorcidas, perversas e hipócritas. Procederán constitucionalmente, nunca irán solos, ni en alianzas que no tengan cierta legitimidad previa, reunirán al Consejo de Seguridad de la ONU, operarán en bloque con la OTAN y otros artefactos, apelarán a coartadas legislativas o humanitarias. Hablarán de zonas de exclusión, de intervenciones de seguridad, de protección de las poblaciones civiles, como cuando el terremoto de Haití. No hablarán nunca de guerras justas ni de cruzadas contra el mal: darán la sensación de intervenir a desgano en zonas ya revueltas —como medida extrema para proteger al desamparado.
¿Pero por qué todavía (o por qué otra vez) esta escrupulosa observación de la formalidad en un mundo en el que la obscenidad, la sobreexposición y el empuje ya parecían haberlo tapizado todo, globalmente? ¿Por qué, si seguramente ya nadie hay a quien convencer, ya no hay nadie que crea en los territorios de exclusión, en la neutralidad asegurada militarmente, en las misiones de paz, en las zonas de protección aérea, en el bombardeo a objetivos militares cuya existencia representaba un peligro para los civiles desamparados, en fin? ¿A qué este simulacro de sentido político allí donde lo real es el aparato militar-industrial: las armas asegurando la hegemonía de los grandes artefactos industriales ante el petróleo que se agota? ¿A qué este simulacro de sentido político, doblemente hueco por otra parte, ya que lo que se está combatiendo es, en última instancia, la aparición del sentido político mismo —encarnado para el caso en revueltas civiles por trabajo, libertad, bienestar, etc.?
La solicitud moral de Bernard-Henri-Lévy a Francia de no dejar sola a la rebelión libia (ya que a diferencia de los líderes de Egipto y Túnez, Gaddafi iba a resultar un dictador mucho más duro) es cínica, tonta y ridícula. Así se lograba, paradójicamente, con el pretexto de intervenir para defender la revuelta libertaria, que su Francia y el Occidente armado y en crisis crearan no una zona de exclusión de Gadafi, sino un muro de contención de la rebelión en el mundo árabe. La guerra no es la continuación de la política por otros medios, como decía Clausewitz: es su clausura, el fin sin medios.
Conviene no olvidar que mientras Obama ocupa cada vez con mayor dificultad el lugar del buen multiculturalista, demócrata y piola, Sarkozy, excitadísimo con su pequeño protagonismo, es un tránsfuga reaccionario y agresivo cuya campaña electoral otro tránsfuga llamado Gadafi dice haber financiado. Y así como David Cameron se suma al ataque, Merkel se abstiene o Zapatero izquierdista colabora. El Primer Mundo ya no muestra, como quieren tantos utopistas liberales, ni izquierdas ni derechas. Pero este nuevo mundo posconciliar no está unido por el pacífico imaginario democrático tolerante radical que todavía quiere encarnar Obama, y del que el propio Gadafi fue un signo en la década pasada, sino por lo real violento de los recursos energéticos privados y de las armas que arrebatan o defienden.
Fuente: http://sandinonunez.blogspot.com/2011/03/libia-el-fin-de-todos-los-medios.html