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Un mensajero en la noche

Info1/30/2011
Para aquellos que ya no creen, para aquellos que han perdido la esperanza... Vallejo-Nágera recoge en su libro el testimonio «absolutamente real» de un converso.

De terrible criminal a místico benedictino. De drogadicto cruel a testigo del Evangelio. De esclavo de Satanás a siervo de Cristo.

Éste es el retrato a grandes rasgos de Albert Wensbourgh, un inglés cuya vida parece una película de ficción, pero que es tan auténtica como todos los expedientes médicos que acreditan su cordura. La escritora María Vallejo-Nágera recoge en su último libro, «Un mensajero en la noche» el testimonio asombroso de este místico del siglo XXI y describe, bajo el seudónimo de «Clara», punto por punto las entrevistas que mantuvieron.

«He asaltado a mano armada, he engañado, estafado, robado en casas privadas, almacenes y grandes fábricas. También he robado coches...». Por todos estos delitos, Albert Michael Wensbourgh fue condenado a 25 años en las peores prisiones de Inglaterra. Una vida marcada por la delincuencia, la droga, el alcohol, la violencia, la pornografía, los abusos sexuales que sufrió en su infancia y una familia rota en mil pedazos. Una vida de odio y sufrimiento.

Sin embargo, en la madrugada del 1 de enero de 1997, Albert Wensbourgh experimentó una vivencia increíble pero auténtica, según demuestran los informes médicos que certifican que no sólo no mentía, sino que era inteligente, cuerdo y equilibrado. Una experiencia mística que le hizo volver sus ojos a Dios y convertirse en monje benedictino dedicado por entero a una misión santa. Este relato, propio de cualquier película de ciencia ficción aunque totalmente real, es el que recoge el último libro de María Vallejo-Nágera, «Un mensajero en la noche». Una obra escalofriante por su veracidad, capaz de remover la conciencia del lector más frío e insensible.

El texto intercala el estilo literario de la novela con la agilidad de la entrevista, y destapa, poco a poco, los secretos de una vida apasionante.

EL OLOR DEL INFIERNO

Violado repetidas veces en su juventud, Albert Wensbourgh pronto se convirtió en un asiduo del crimen y de la extorsión. Marihuana, crack, alcohol, pornografía... cualquier tipo de vicio era válido si con eso podía afrontar la crueldad de su vida. Las visitas a los juzgados se sucedían, aunque no con la misma frecuencia que los delitos. Un intento de robo con arma de fuego y rehenes incluidos fue la puntilla de su carrera criminal y el que movió a un juez inflexible e inmisericorde ¬y, a todas luces, justo¬ a condenarle a 25 años de prisión. De la sentencia sólo cumpliría 14, aunque en las cárceles más temidas de Inglaterra, encerrado junto a violadores, maníacos sexuales y asesinos, entre el «pestilente y familiar olor a cañería podrida y a heces mal recogidas, a esperma seco en las paredes y a alimañas putrefactas. El olor del infierno».

Las prisiones de Durham, Everthorpe o la celda número ocho del ala C de Wakefield, una cárcel altamente peligrosa, fueron su hogar durante más de una década, y en ellas se granjeó el respeto de los presos, primero infligiendo miedo y después sirviéndoles de consuelo y consejero espiritual.

Tal y como señala el libro, la noche del 1 de enero de 1997 vivió una experiencia que cambiaría su vida de forma radical y sorprendente. Albert Michael Wensbourgh fue visitado por «un ángel real». No una confusión fruto de las drogas ni una enajenación mental. Así consta en todos los informes clínicos que voluntariamente solicitó y que acreditan una total lucidez y sinceridad. «Me di cuenta de que algo sobrenatural y fuera de mi entendimiento estaba produciéndose ante mis propios ojos. Me atemoricé terriblemente y recuerdo que, en mi miedo, me levanté de un brinco y corrí a acurrucarme en una esquina de mi celda, intentando protegerme la cabeza con ambas manos». Era una luz tan potente como para despertar a los presos de las celdas contiguas, entre las que se dibujaba la presencia física de una figura humana. Albert asegura haberlo visto con una total nitidez, y sus descripciones resultan abrumadoramente precisas, muy lejos de tópicos. Eso sí, «no tenía alas. Yo no las percibí. Pero sí muchos rayos de luz que parecían salir disparados de su espalda».

Su vida cambió totalmente, y tras reconocerse a sí mismo la veracidad de tal experiencia, emprendió un camino de santidad desde su condición de presidiario hasta convertirse en monje benedictino del monasterio inglés María, Reina de la Paz.

En septiembre del año 2001, cuando las torres gemelas de Nueva York eran aún un amasijo de hierros, muerte y confusión, María Vallejo-Nágera tuvo la posibilidad de entrevistar a Albert y recoger sus conversaciones para escribir un artículo en el rotativo británico «Sunday Express».

UN MÍSTICO DE CARNE Y HUESO

En septiembre de 2003, Vallejo-Nágera publicó el relato completo en este libro lleno de sorpresas, un texto que ya va por la quinta edición. Su testimonio es un signo de esperanza para quienes lo creen todo perdido y supone un motivo de reflexión para los partidarios de la pena de muerte. Podrá convencer o no la veracidad de esta «aparición», pero es indudable que el enorme sentido religioso de sus páginas gira en torno a un hombre que se acostó siendo un criminal y amaneció convertido en místico.

Después de muchas gestiones, problemas de publicación y cambios de editorial, María Vallejo-Nágera ha sacado a la luz el apasionante relato de un místico de hoy en día. Sin embargo, los escépticos encuentran un problema en el ejemplo de conversión real que supone el caso de Albert Wensbourgh. Para muchos, la riqueza de este libro está en que, a pesar de que cambie ciertos nombres para preservar la intimidad de los monjes, a diferencia de otros como «El Codigo da Vinci» o «Caballo de Troya», presenta una imagen de Dios basada en un hecho real, apoyada en una vida coherente y avalada por documentos científicos. La polémica está servida.










«ME FIÉ DE ÉL PORQUE ORABA»

Ante un testimonio como el que narra, la duda surge inevitablemente: ¿Es realmente cierto lo que contó Albert? La sombra de una alucinación o de una locura transitoria planea sobre cada página del libro, sin embargo, María Vallejo-Nágera, la autora del libro, que convivió con él durante casi un año, lo tiene muy claro: «Estudié todos los exámenes clínicos que él había solicitado de forma voluntaria. Albert temió haberse vuelto loco, pero absolutamente todos acreditan su cordura y su sinceridad. Además, el abad del monasterio, un hombre muy culto que hablaba 5 idiomas, era también psiquiatra. Al principio sentí incredulidad, incluso miedo, pero luego fue surgiendo una amistad muy fuerte. Me fie de él porque vi que oraba. Era un ser bondadoso, que trabajaba para la gente más pobre. Él se preocupó mucho de que su historia se conociese entre los estratos más bajos de la sociedad, especialmente entre los presos», confirma.

“UN MENSAJERO EN LA NOCHE”

La autora nos comparte su experiencia Dña. María Vallejo-Nágera Pedagoga y escritora Vitoria, 30 de septiembre de 2003 La verdad es que me apetece muchísimo estar hoy con ustedes, porque son la primera audiencia que tengo fuera de Madrid y quiero comprobar su reacción ante la presentación de mi novela. Desde luego, la presenté hace una semana escasa y desde ese día he sido bombardeada por todo tipo de periodismo: llamadas de la radio, de la prensa, etc. Por eso quiero saber ahora qué opinan ustedes al respecto. Y para empezar les cuento que Un mensajero en la noche es un caso real. Además de que soy una persona muy, muy creyente, soy católica, yo he vivido en Londres estos últimos ocho años, y en el año 1994, más concretamente, colaboré con la Iglesia en la guerra de Bosnia, trabajando en un campo de refugiados, por lo que tengo muchísimos amigos sacerdotes católicos de allí.

El caso es que, un buen día, uno de esos sacerdotes llamó a mi residencia londinense y me preguntó si estaba trabajando en mi tercera novela, a lo que yo contesté que ciertamente no sabía qué me pasaba, que me sentaba delante del ordenador y no me funcionaba la cabeza (a pesar de la imaginación que suelo tener), que no lograba arrancar, en definitiva. Entonces, muy decidido, me dijo: "Tengo una historia para ti. Ayer conocí en un monasterio benedictino, en un pueblecito -cuyo nombre no puedo facilitarles porque el abad me pidió que lo guardara totalmente en el anonimato para que nadie moleste a los monjes-, a una persona muy famosa en los ambientes de Scotland Yard porque ha dado una guerra tremenda". Y, efectivamente, esta persona estaba muy perseguida por la ley.

Había pertenecido a una banda de mafiosos, una familia inglesa al modo siciliano que, si bien a ustedes no les sonará de nada, desgraciadamente en Inglaterra han sido un gran problema. Pues bien, el protagonista de mi novela, al que he llamado Albert para proteger su intimidad y su anonimato, no era sino uno de los matones de esta banda. Desde luego, el personaje real del que les hablo y que he reflejado en Un mensajero en la noche fue un gran delincuente, un hombre muy agresivo y peligroso. Scotland Yard estuvo años y años buscándole, y cada vez que le cogían se salvaba por aquello de que, en el ámbito de la justicia, siempre hay grandes abogados que trabajan precisamente para los mafiosos, ya que éstos cuentan con ingentes sumas de dinero para pagarles. No obstante, un día, durante un atraco a mano armada en un gran banco al sur de Londres, la policía pudo atraparle (de hecho fue filmado por las cámaras) y le cayeron veinticinco años de cárcel. Y a pesar de que nuevamente un gran abogado apeló la sentencia, tan sólo consiguió rebajar la pena a catorce años de prisión. Así comenzó, entonces, su vida como recluso, tan problemática o más como la que tuvo en libertad. Y aquí comienza también el relato del protagonista del libro.

Lo cierto es que daba muchísima guerra, como les comentaba al principio. Era traficante de tabaco, alcohol y, en fin, todo tipo de droga dentro de la cárcel, y aunque la policía era conocedora de sus trapicheos, era sumamente inteligente y escurridizo (no en vano, era líder de todas y cada una de las cárceles por las que pasó, que, si no me equivoco, fueron diez). Claro que no siempre se salía con la suya, y por tanto no es de extrañar que fueran muchas las veces en las que acababa en celdas de castigo dentro de la propia prisión. Dichas celdas suelen ser muy pequeñas, y si el resto tiene muebles muy precarios, éstas tan sólo cuentan con un pequeño camastro o letrina y unos ventanucos muy pequeños que generalmente dan a patios cerrados. Esto es, nada de vistas al jardín, como de hecho tuvo en otras celdas de las muchas otras cárceles en las que fue recluido el mafioso del que les hablo. Así que ahí fue encerrado en muchísimas ocasiones en las que tan sólo contaba con una pequeña lucecita que le dejaban encender a determinadas horas del día por si quería leer.

Y he aquí que a las dos de la mañana del 1 de enero de 1997, estando en una de estas celdas de castigo, en una prisión muy conocida y muy peligrosa que se llama Wakefield, al norte de Inglaterra, para ser más concretos, nuestro protagonista dormía profundamente en su camastro cuando, según relata, le despertó un gran puñetazo en el pecho que le hizo caerse de la cama. Inmediatamente pensó que alguno de sus compañeros de pasillo, igual de peligrosos que él, había conseguido entrar en la celda y atacarle. No obstante, acto seguido consiguió despabilarse un poco mientras preguntaba quién había entrado. Y cuál no fue su sorpresa cuando vio una figura humana llena de luz que le estiraba una mano y se le acercaba a la boca haciéndole sentir un inmenso calor en el cuerpo (y les recuerdo que era enero, que nevaba fuera de la cárcel y que, normalmente, allí ponen la calefacción a ciertas horas del día y a muy pocas horas de la noche, por lo que, como mucho, disponen de alguna que otra manta gruesa, pero nada más). Entonces, comenzó a sudar, y de repente, de nuevo según su propio relato, algo, un empuje, le obligó a caer de rodillas sin por ello enterarse aún muy bien de qué sucedía. Fue en ese preciso momento cuando ese ser, esa luminosa aparición, le dijo que era un ángel del Señor y que había llegado hasta él para darle un mensaje que, por cierto, es un secreto que solamente saben el abad y el arzobispo que años más tarde le ordenó monje benedictino.

De dicho mensaje lo único que él nos transmitió a mí y a todos los demás fue que ese ángel le dijo que tenía que cambiar. "Albert, deja de correr -fueron sus primeras palabras-. El Señor te ha escogido y vas a trabajar para él. A partir de ahora nunca más podrás volver a ofender a tu Señor, y acabarás tus días en una casa de Cristo".

Lo demás es, como les digo, un secreto que únicamente contó a las dos personas arriba citadas. Después, esa figura angelical desapareció dejándole inmerso en una enorme confusión, en un enorme miedo, ya que no sabía lo que eran los ángeles. Debemos comprender que era una persona que nunca había creído, que ni siquiera estaba bautizada, así que no entendía lo que era la religión. Y, por si fuera poco, toda su vida, desde niño, había sido muy traumática: fue abandonado, siendo bebé, en un orfanato, por lo que pasó su infancia de uno en otro centro de acogida de niños huérfanos, y su adolescencia también resultó atroz, pues fue violado por otro marinero adulto en el barco donde faenaba como pescador.

A raíz de aquello empezaron las violaciones, la droga, la delincuencia adolescente y, por último, los actos mafiosos. Por tanto, no resulta raro que se quedara totalmente bloqueado y pensara, como él mismo confesaba, que se había vuelto loco. De su éxtasis le despertaron los gritos del resto de los presos, que no vieron al ángel pero sí que sintieron su luz. Sea como fuere, el caso es que este episodio fue sumamente importante para él, porque supuso adoptar una seguridad tremenda en sí mismo. Y no es para menos. Como les acabo de comentar, en un primer momento pensó que tantos años abusando del alcohol y las drogas habían hecho mella en él hasta el punto de que su adicción le estaba pasando factura con una locura de semejante tamaño, y para hacerle frente reaccionó de una manera muy humana y muy curiosa, esto es, decidiendo fumarse un porro, puesto que, por supuesto, guardaba droga bajo su colchón. Sin embargo, en su cabeza seguía repiqueteando la frase del ángel, "nunca más podrás volver a ofender a tu Señor", y nada más acercarse el porro a la boca notó una enorme arcada y empezó a devolver, a temblar y a tener convulsiones. Y posteriormente, una vez calmado, miró a las paredes de su celda, que, como las de los otros compañeros, estaban cubiertas de pornografía, y notó una inmensa tristeza. Ni asco, ni rabia, sino una inexplicable e inmensa tristeza. Entonces, no pudo frenarse y empezó a arañar las paredes para quitar todas aquellas fotos que le rodeaban. Así, ése fue el verdadero momento en el que, tal y como el ángel le había indicado, Albert cambió absolutamente de personalidad. No en vano, pasó unos diez días muy confuso, sin querer hablar con sus amigos.

Anteriormente había sido el líder dentro de la cárcel porque sin duda era el más conflictivo, pero algo había sucedido, algo iba a ser distinto en él a partir de aquel episodio. Por tanto, no es de extrañar que los primeros sorprendidos fueran sus compañeros, que comenzaron a atosigarle preguntándole cómo había conseguido ese foco de luz tan increíblemente potente, cuando él no tenía ningún foco.

En fin. Para no destriparles toda la novela, porque todo su relato lo encontrarán en ella, resumiré el asunto comentándoles que, poco a poco, se atrevió a hablar y relatar su experiencia. Había un monje que solía visitar a los presos de la cárcel, y si al principio Albert pasaba muchísima vergüenza y ni siquiera se atrevía a acercarse a él y contarle lo que le había sucedido, un día, por fin, logró vencer su timidez y explicarle su curiosísimo caso. Entonces, este monje le regaló su primera Biblia, lo que dio lugar a la verdadera transformación de Albert, hasta el punto de que empezaron a ocurrirle muchísimos fenómenos extraños y místicos dentro de la cárcel. Como, por ejemplo, cuando aprobaba con matrícula todos los exámenes de Teología, materia que pidió estudiar, sin apenas tener tiempo para prepararlos. Él lo explicaba argumentando que notaba un calor alrededor de él al sentarse delante del examen. Un calor que le permitía adquirir un entendimiento tan claro de lo que le preguntaban y un conocimiento bíblico y teológico tan profundo que no acertaba a comprender el porqué de su situación.

Así las cosas, acabó cumpliendo su condena y posteriormente dedicó su vida a orar y ayudar al prójimo a través del sacerdocio. Su intención fue, desde el primer momento, trabajar en un monasterio como monje benedictino, y, de todos los monasterios ingleses en los que intentó entrar sin éxito, pues era rechazado por su pasado, sólo hubo uno que quiso acogerle: Nuestra Señora María de la Paz.

Claro que este nombre también me lo he inventado para proteger a los monjes de allí, aunque la historia siga siendo real. Pero, sea como fuere, el caso es que ahí acaba su vida. Yo le conocí recién ordenado. Recuerdo que, cuando fui a verle, me encontré con la desagradable sorpresa de que había diez periodistas ingleses de renombre haciendo cola delante de mí para saber la historia de quien, para entonces, ya era una persona muy conocida en el mundo de Scotland Yard, como les decía al comienzo de la conferencia.

Lo cierto es que la noticia había volado dentro de las cárceles y había llegado al mundo periodístico de Londres rápidamente, por lo que pensé que iba a rechazar entrevistarse conmigo. El abad me dijo: "No sé qué pasara, porque usted es la única mujer, la única extranjera y la única católica". Así que, como se pueden imaginar, parecía tener todas las de perder ante tanto periodista anglicano (aunque Albert fuera católico). No obstante, me escogió, y todavía estoy agradeciendo al Señor que tuviera yo esa inmensa fortuna. He estado un año y medio trabajando junto a él en el monasterio.

Le he entrevistado muy a fondo, me he estudiado todos los tests psiquiátricos que le hicieron tanto en la cárcel como a la entrada del monasterio (porque también tuvo la enorme suerte de que el abad que le admitió fuera psiquiatra, lo que permitió que su caso fuera estudiado muy a fondo), y, puesto que estaba claro que no se trataba de una esquizofrenia, una psicosis o cualquier otro tipo de trastorno debido a las drogas, esto es, que estaba totalmente sano cuando entró, experimenté muchísima seguridad como entrevistadora.

Por tanto, ésta es la historia que relato en Un mensajero en la noche. Digamos que puede haber un 85% de verdad y un 15% ficticio, que es mi personaje. Yo lo he querido disfrazar de periodista inglesa, porque yo no soy periodista, soy pedagoga. Además, soy madre de familia y la entrevistadora es soltera, aunque realmente éstos sean pequeños detalles sin importancia.

Entonces, yendo a lo verdaderamente significativo de todo esto y por concluir el tema, quisiera leerles un fragmentito de una de las grabaciones de mis charlas con Albert, porque creo que sus palabras les pueden hacer comprender sus sentimientos, su necesidad de contar al mundo su historia con esa enorme alegría y ese enorme entusiasmo que le caracterizaban.

Albert murió jurándome que todo era cierto, que jamás me había mentido y que su fe se basaba en un hecho místico inexplicable que él todavía no había conseguido entender con claridad. "Porque yo, María -me repetía una y mil veces-, no era digno de recibir un regalo así. No lo soy aún. Muero sin ser digno. Pero cuéntaselo al mundo, María, tanto a la gente normal como a los presos, las prostitutas, los mendigos, los desolados. A todos. Todos deben conocer mi historia, porque Él, en su infinita misericordia, me salvó. Que mi testimonio sirva, a través de tu novela, para que muchos crean". Y ahora quiero compartirte un hermoso tema dedicado a nuestro Ángel de la Guarda. Se un niño, reza como niño y veras a Dios como Padre.
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