Ascenso, apogeo y caída de YPF En 1907 saltó el primer chorro de petróleo en Argentina. De allí en más hubo sueños de autonomía y desarrollo, y períodos de franca desnacionalización. Ahora el Estado se desprende por completo de YPF. Con ello termina un modelo de país. Olía mal. Era un olor oscuro y pegajoso, el aliento viscoso de una borrachera de siglos que la tierra dejaba escapar por una abertura ancha y profunda de donde se esperaba que surgiera agua clara y cristalina para calmar la sed de Comodoro Rivadavia. Los dos técnicos, Humberto Beghin y José Fuchs, comprendieron de inmediato. Y a los apurones garabatearon, también ellos borrachos de excitación, un telegrama destinado a la lejana Buenos Aires. Decía: Diciembre 11 de 1907. Geminas. Buenos Aires. Comunícole señor jefe que se cree haber dado con una napa de querosén, aumento en la inyección no se nota aún, pero sube toda mezclada con globitos y se siente un fuerte olor a querosén. Irá cada dos horas el estado de la perforación; se esperan instrucciones. Se continúa la perforación. Beghin y Fuchs.Era petróleo. Y aquello que la tierra vomitaba toda mezclada con globitos, iniciaba una larga y tormentosa relación entre la Argentina, una de sus riquezas y la empresa creada para administrarla: Yacimientos Petrolíferos Fiscales, la legendaria YPF. Casi un siglo de vínculos tempestuosos que desató pasiones, provocó golpes de Estado, puso en crisis la noción de patria y corrió como una ráfaga helada por esa concepto indescifrable que suele llamarse identidad nacional, terminó en una ruptura impiadosa de amantes despechados decididos a no reconciliarse jamás.A noventa y un años de aquella mañana del telegrama de urgencia de Beghin y Fuchs, el Estado nacional está a punto de entregar a manos de la empresa española Repsol el control total de YPF; ha renunciado hace tiempo a la exploración afanosa de petróleo en el país; arriesga sus reservas, que se calculan que alcanzarán a hacer marchar los engranajes argentinos por sólo diez años y echó al canasto el concepto de bien estratégico. Sólo como símbolo pueril de esas relaciones, la fecha oficial del nacimiento del petróleo en el país no es la real. La primera bocanada petrolera fue registrada en Mendoza en 1886, sólo que los gobiernos de entonces no quisieron, no supieron o no pudieron explotarlo.El petróleo siempre fue considerado más que una riqueza natural. El lugar común que lo definía como oro negro sabía de qué hablaba. Se lo juzgó vital para el desarrollo industrial de un país en tiempo de paz y más vital aún si el horizonte estaba ensombrecido por la amenaza de una guerra. Por eso nació YPF en 1922, de la mano del primer gobierno democrático argentino elegido por voto secreto y obligatorio, el de Hipólito Yrigoyen, y por eso estuvo a su frente un general, Enrique Mosconi. Cuando Mosconi llegó a YPF encontró un surtidor de nafta al frente del edificio central. Era el único surtidor de YPF en todo el país. Los demás, tenían el logo de empresas extranjeras. En ocho años Mosconi abrió la destilería de La Plata, lanzó al mercado la nafta YPF, capitalizó la empresa, instaló en todo el país 2.300 surtidores más y redujo el precio del combustible. Después se tuvo que ir, echado a empujones por el gobierno militar de su colega José Félix Uriburu, que encabezó el primero de los golpes militares en el país. Un golpe que, como le soplaron a Yrigoyen, olía a petróleo.Cuatro años después del golpe, la producción privada superaba a la del Estado en un treinta por ciento. Se dictó entonces la ley 12.161 que imponía algunas restricciones a la importación y dejó en manos de YPF la exploración y producción que creció sin llegar a igualar el ritmo de consumo. La Segunda Guerra Mundial impuso a la Argentina una estricta veda petrolera y una virtual imposibilidad de importación. En los años 50, cuando el consumo se hizo mayor, el país gastaba en importar petróleo casi un tercio del total de dinero que invertía en importaciones.Para entonces, y no sólo en las postrimerías de su gobierno, como se sostiene, Juan Perón había intentado firmar con la filial local de la Standard Oil de Nueva Jersey una serie de convenios para explotación del petróleo argentino. El historiador estadounidense Robert Potash, en su libro El ejército y la política en la Argentina - 1945-1962 revela que apenas a cuatro meses de asumir el poder, en octubre de 1946, Perón mantuvo una serie de entrevistas secretas con el embajador de los Estados Unidos en Buenos Aires, George Messersmith y con el titular de Standard Oil Argentina, Herman Metzger. El -dice en referencia a Perón un informe de Messersmith al Departamento de Estado que cita Potash- advirtió que el Estado no tenía suficiente dinero, aun bajo las mejores circunstancias, para ayudar adecuadamente a YPF en un programa amplio. Había llegado a la conclusión de que era preciso dar toda clase de aliento a las compañías petrolíferas foráneas parar que expandieran aquí sus programas. Después me preguntó si yo pensaba que las compañías norteamericanas estarían interesadas en integrar una sociedad mixta.Perón se topó con la oposición de ministros de su gobierno y legisladores de su partido que veían poco menos que una traición la decisión de quitarle a YPF el papel dominante que tenía en la producción petrolera argentina para compartirla con las empresas extranjeras: Standard Oil, Ultramar y Shell. Casi nueve años después, en 1955 y con su gobierno ya desgastado, Perón anunció un acuerdo con la Standard Oil Company de California por el que se le asignaba a la empresa extranjera un área de cincuenta mil kilómetros cuadrados en el sur del país. El petróleo y los hidrocarburos que se extrajeran -cuenta Potash- debían ser entregados a YPF hasta cubrir la demanda interna; recién después se permitiría la exportación. YPF pagaría a Standard Oil, en pesos argentinos, un cinco por ciento menos que la suma fijada por la East Texas por entregas equivalentes. YPF recibiría el cincuenta por ciento de las ganancias obtenidas por la compañía durante los cuarenta años de vigencia del contrato.Perón no sólo encontró la misma férrea oposición que casi una década atrás, sino que el contrato sirvió para que sus enemigos atacaran con mayor fuerza a su gobierno. El derrocamiento de Perón terminó con el contrato con la California, como se lo llamó entonces, pero el petróleo había adquirido, a su pesar, una nueva veta en su riqueza: la de la presión política. El siguiente presidente argentino que lo padeció en carne propia fue Arturo Frondizi. Fue Frondizi quien abrió los ojos de los argentinos sobre las posibilidades de desarrollo del país y la importancia del petróleo. A lo largo de los años, en la Patagonia olvidada, habían nacido pueblos y ciudades cobijadas por el milagro petrolero y amparadas por la empresa madre, YPF. Previo a su triunfo electoral de febrero de 1958, Frondizi había escrito un libro, Petróleo y política, en el que fijó las pautas de la que sería su política de gobierno. Sostenía la independencia del país en la explotación de sus recursos pero cuando llegó al poder, firmó contratos de explotación con compañías extranjeras.Aquellos eran otros tiempos. Y los presidentes que no cumplían con sus promesas electorales eran denostados. Los ataques que recibió por la firma de los ya también legendarios contratos petroleros fueron terribles. En 1961, el propio Frondizi, explicó aquel giro: No vacilo en reconocer que la doctrina de dicho libro no corresponde enteramente a la política practicada por mi gobierno. En el libro sostuve la necesidad de alcanzar el autoabastecimiento de petróleo a través del monopolio estatal. Era una tesis ideal y sincera. Cuando llegué al gobierno me enfrenté a una realidad que no correspondía a esa postura teóricaJorge Carrettoni, uno de los entonces diputados de la UCRI que defendió en el Congreso los contratos petroleros, recuerda hoy: Los yacimientos se dieron en explotación por locación de obra: para extraer el petróleo y llevarlo a la puerta de las refinerías de YPF. El Estado conservaba la soberanía del suelo y de los recursos. YPF pagaba doce pesos el metro cúbico de petróleo que se extraía: ocho pesos en moneda argentina y los otros cuatro en dólares. Eso era un ahorro significativo. Pero todo lo que se hizo contra Frondizi fue irracional, salvaje: lo que se mintió entonces sólo fue reconocido y por unos pocos, muchos años después.En un año y medio de gobierno frondicista, la perforación de pozos se incrementó el 41 por ciento, la producción diaria trepó de 12.482 metros cúbicos a 17.533 y para 1961 el país había alcanzado el tan ansiado autoabastecimiento. Fue un breve momento de esplendor. Frondizi fue derrocado en 1962 y el siguiente gobierno democrático, el del radical Arturo Illia, anuló los contratos de Frondizi.Para hacerlo, Illia se enfrentó en los inicios de su gobierno, en 1963, al entonces embajador de Estados Unidos en Buenos Aires, Robert McClintock, un duro del Departamento de Estado a quien expulsó de la quinta de Olivos un sábado en el que el embajador lo visitó para invitarlo a que no anulara los contratos. El ministro de Economía de Illia, Eugenio Blanco, también se enfrentó a Averel Harriman, el negociador que el presidente John Kennedy envió a Buenos Aires. La historia recoge un diálogo significativo: Señor -quiso saber Blanco después de una áspera disputa con Harriman-: ¿Usted a quién representa? ¿Al presidente Kennedy o a las compañías de petróleo? Harriman contestó: Mire, en realidad es difícil decirlo, puesto que las empresas son norteamericanas...Illia fue derrocado dos años y medio después, en otro golpe militar que también olió a petróleo, entre otras cosas. Las dictaduras militares que sacudieron al país entre 1966 y 1973 y entre 1976 y 1983 intentaron desnacionalizar la producción petrolera y llegaron incluso a plantear la privatización del subsuelo argentino.El gobierno de Raúl Alfonsín firmó contratos de asociación con empresas extranjeras para explorar el subsuelo. Se lo conoció como Plan Houston. Jorge Lapeña, secretario de Energía en aquellos años, recuerda: Era un plan racional: si las empresas encontraban petróleo, hacían negocio. Y si no encontraban, se iban. La exploración es la inversión más cara y menos rentable en la aventura del petróleo. Los más importantes yacimientos del país fueron descubiertos por YPF.En una crítica abierta a la política del gobierno de Carlos Menem de privatizar primero YPF y de cederla ahora a Repsol, Lapeña explica: El Estado sólo se queda hoy con lo que se llama la acción de oro. Es un poder de veto fijado por el estatuto de YPF. Permite sólo que la empresa no cambie de país y pague impuestos en otro. O que no cambie de nombre. Y también para autorizar o no la compra de la mitad más uno de las acciones por parte de un solo propietario.No parece mucho control sobre una empresa que cobijó a más de sesenta mil familias y para una actividad que fue símbolo del progreso en la Argentina. Para el economista Jorge Schvarzer, la venta de YPF es un retorno a la economía de un país exportador de materias primas, casi todas naturales (agricultura, ganadería, minería, petróleo y pesca) y agotables en el corto plazo: YPF ya no hacía exploración petrolera en el país desde su privatización: no era rentable. Fueron a Ecuador, donde sí estaban seguros de extraer petróleo. Eso lleva a abandonar la búsqueda de reservas naturales en el país. Y no quedan ya más reservas sino para nueve o diez años.Para los antropólogos del futuro, ya bien entrado el año 3000 quedará develar el misterio de cómo y por qué un país peleó por su quimera, alcanzó a acariciarla, y de cómo y por qué eligió el pretencioso lujo de hundirla en lo imposible. Pero para entonces, todos nosotros seremos petróleo.
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