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Hola amigos de taringa, en esta ocacion les traigo un post bastante curioso, que trata de la fasinacion y el uso de la magia por parte de los nazis.

Nazismo esotérico

Las obsesiones secretas del III Reich:

1) El auge del III Reich no es fácil de explicar sin hablar de un grupo secreto llamado
“La sociedad de Thule”. Diversos estudiosos opinan que esta sociedad de carácter
germano y ario era el verdadero poder oculto que se escondía tras el Partido
Nacionalsocialista.
2) Hitler tenía una profunda y secreta obsesión por el ocultismo, que determinó en
gran medida la historia del nazismo y el curso de la Segunda Guerra Mundial.
3) El dictador alemán creía ser la reencarnación de un cruel príncipe medieval,
Landolfo II de Capua, conocido practicante de la magia negra.
4) Los nazis llegaron a crear una oficina gubernamental, la Ahnenerbe, especializada
en ocultismo, encargada entre otras cosas de organizar costosas expediciones por todo
el mundo en busca de artefactos con presuntos poderes místicos.
5) No sólo Hitler tenía este tipo de inquietudes. Rudolph Hess, Himmler y otros líderes
del nacionalsocialismo alemán eran ocultistas practicantes y estaban iniciados en los
ritos de diversas sociedades secretas.

La lanza del destino.

Una historia de magia y sangre, de política y poder, en la que intervienen por partes
iguales una reliquia sólo comparable al Santo Grial y el hombre que estuvo a un paso
de aplastar el mundo bajo la bota de su inhumana ambición. Pocos son los que saben
que la infinita sucesión de tragedias personales que trajo como consecuencia el
ascenso y la caída del III Reich tuvo uno de sus orígenes en 1912, en una fría sala de
museo en la que un mísero pintor de acuarelas creyó descubrir que había sido tocado
por los dioses.
En el último capítulo del Evangelio de San Juan se narra la historia de Gayo
Casio, el soldado romano que según la tradición atravesó el costado de Cristo con una
lanza. Aparte del innegable simbolismo que emana este relato, existen ciertos
elementos que lo hacen particularmente interesante. Aquélla no era un arma corriente.
Se trataba de la lanza del propio rey Herodes que, mandada forjar por el profeta
Fineas como símbolo de los poderes mágicos inherentes a la sangre de los elegidos de
Dios, había sido empuñada por todos los monarcas de Israel.
Jesús agonizaba en la cruz, y la antigua profecía afirmaba que aquel que fuera el
Mesías moriría sin que le fuera quebrado un solo hueso. Así pues, y para no dejar duda
de la falsedad de las pretensiones del nazareno, una delegación del templo se dirigió al
Gólgota para romper sus huesos antes de que exhalara el último aliento. A cargo de la
custodia del lugar de la ejecución estaba el centurión Gayo Casio. Oficialmente, tenía
órdenes expresas de no interferir en las cuestiones religiosas de los judíos, y por tanto
no tenía atribuciones para impedir el cometido de la siniestra delegación que, a modo
de estandarte y como símbolo de autoridad, iba encabezada por un heraldo que
portaba la lanza real. Sin embargo, asqueado ante el sadismo de la acción que estaba
a punto de ser perpetrada por los sacerdotes hebreos, el militar romano arrebató la
lanza de la mano del emisario y, haciendo gala de la destreza propia de un veterano de
las legiones, la utilizó para proporcionar una muerte rápida y piadosa al crucificado.
Cuenta la leyenda que en ese mismo instante, en el templo de Salomón, donde Caifás
y Anás esperaban el regreso de la delegación, el velo del sanctasanctórum se rasgó de arriba abajo poniendo al descubierto el cubo negro que contenía el Antiguo
Testamento, cuyos lados se agrietaron apareciendo en ellos la forma de una cruz.
Aquel día comenzó a forjarse la fábula de Longinos, el hombre de la lanza, que
durante un instante tuvo en sus manos el destino de la humanidad. Un arquetipo que
encontró campo abonado para florecer en la espiritualidad ascética y guerrera de los
caballeros cristianos del medievo. Lo que nadie podía suponer es que dos mil años
después, ya en pleno siglo XX, esta leyenda casi olvidada estaba llamada a influir
decisivamente en millones de vidas.

El secreto del doctor Stein

La historia de la íntima relación de Hitler y el III Reich con la denominada
“lanza del Destino” nunca habría sido conocida por nosotros de no mediar la
intervención de Walter Johannes Stein. Stein formó parte del equipo de asesores de
Winston Churchill en lo referente a la psicología y motivaciones de Adolf Hitler durante
la Segunda Guerra Mundial. Stein era uno de los mejores conocedores del entramado
mágico y ocultista que se escondía tras la fachada aparente del III Reich. Él sabía muy
bien que la cúpula dirigente del partido Nacionalsocialista, procedente en su mayoría
de exclusivas sociedades secretas de
corte marcadamente esotérico,
tenía
motivaciones muy diferentes de las que anunciaba públicamente en sus discursos,
cosas que el racionalismo propio de la era industrial no podía aceptar que tuvieran aún
influencia alguna en la vida social y política de Europa: ciencias ocultas, magia negra,
paganismo...
La cruz cristiana fue sustituida en toda Alemania por la esvástica de la misma
forma que en el partido nazi la religión había sido reemplazada por la magia. Por su
configuración geográfica y su propia identidad antropológica, Alemania era un país de
sueños oscuros nunca apagados. Allí, los años treinta supusieron una época dorada
para el ocultismo. Fruto de ello es que el propio Adolf Hitler fue un verdadero fanático
de las ciencias ocultas y un profundo conocedor de las más antiguas tradiciones
germánicas. El doctor Stein, un judío austríaco emigrado al Reino Unido en 1933, fue
elegido por Churchill como asesor por varias razones. Para empezar, era uno de los
más notables medievalistas de su época y una auténtica autoridad en lo referente a las
leyendas griálicas, simbolismo y alquimia, siendo autor además de varios libros sobre
estas materias que gozaron de gran prestigio en círculos académicos. Aparte de esto,
aunque tenía buen cuidado de no reconocerlo en público, era poseedor de una extensa
cultura esotérica que tuvo que adquirir como herramienta imprescindible para una
comprensión adecuada de multitud de textos medievales, en los que el significado
aparente (exotérico) es una mera fachada de un mensaje oculto (esotérico), que es el
que realmente trata de transmitir el autor. Estas cualidades lo convertían en un
profundo conocedor de la leyenda de la lanza, lo que unido al hecho de haber
mantenido una relación personal con Hitler en su juventud lo transformaban en el
candidato perfecto para interpretar los propósitos ocultos del dictador.

El mundo en sus manos

Desde que tenía apenas quince años, Hitler desarrolló el convencimiento
mesiánico de que algún día el destino del mundo recaería en sus manos: “Aquel que se
una a mí es elegido, por haberse unido y por la calidad de la ayuda que me preste. El
gran significado revolucionario de nuestra larga y tenaz lucha por el poder es la de
provocar el nacimiento de una nueva clase de jefes, llamados a dirigir no sólo el
destino del pueblo alemán sino también el del mundo entero”. Años después, siendo poco más que un bohemio medio indigente que malvivía en Viena, donde había
fracasado en su propósito de ingresar en la escuela de Bellas Artes, esas visiones de
adolescente parecían muy lejos de haberse cumplido. Subsistía precariamente pintando
acuarelas que vendía a los turistas para tener algo que comer y, no siempre, un techo
donde cobijarse. Los que lo conocieron en aquella época destacan cómo su existencia
miserable contrastaba con su apariencia altiva y sus modales cultos y educados. Tal
era la fuerza de su convencimiento en lo tocante a su destino que lo adverso de sus
circunstancias no hacía mella alguna en su ánimo.
No tenía amigos. Todo su tiempo lo empleaba en estudiar incansablemente
gruesos volúmenes de ocultismo, mitología nórdica y germana, filosofía y política, que
sacaba en préstamo de la Biblioteca Imperial. Su pasión llegaba a tal extremo que su
evidente malnutrición de aquella época se debía no tanto a la falta de recursos
económicos como a las veces que, embebido en sus estudios, se olvidaba incluso de
comer. La culminación de este proceso llegó cierto día que se encontraba haciendo
bocetos en el Museo del Hofburg, la casa del tesoro de los Habsburgo. Recorría el
palacio con evidente mal humor, ya que odiaba profundamente a aquella dinastía que
mostraba públicamente unas riquezas que el espartano Hitler consideraba decadentes
y antigermánicas. Los cetros y coronas enjoyados despertaban en él una confesada
repugnancia y desprecio.
Deambulando por las salas, su atención fue a fijarse en una antigua punta de
lanza que se exhibía en una vitrina. Según rezaba el cartel explicativo, era la misma
que el centurión romano había clavado en el costado de Cristo y a la que las antiguas
leyendas atribuían el poder de influir en el destino histórico del mundo. Importantes
emperadores, como Constantino y Otón el Grande, creyeron en los atributos místicos
del arma y la empuñaron en sus conquistas. Casi sin darse cuenta, Hitler se sintió
fascinado por el objeto. Era una punta de lanza de hierro oxidado que reposaba sobre
un lecho de terciopelo dentro de una modesta caja. Sin embargo, para aquel joven
obsesionado con el ocultismo y las leyendas medievales era mucho más que eso:
“Supe de inmediato que aquél era el momento más importante de mi vida... Me sentí
como un sonámbulo cuyos actos están dictados por la providencia”, explicaba años
después. “Sin embargo, no podía adivinar por qué un símbolo cristiano me causaba
semejante impresión. Me quedé muy quieto durante unos minutos contemplando la
lanza, y me olvidé del lugar en que me encontraba. Parecía poseer cierto significado
oculto que se me escapaba, un significado que de algún modo ya conocía... Me sentía
como si la hubiese sostenido en mis manos en algún siglo anterior, como si yo mismo
la hubiera reclamado para mí como talismán de poder y hubiera tenido el destino del
mundo en mis manos. ¿Cómo era posible aquello?. ¿Qué clase de locura se estaba
apoderando de mi mente y estaba creando tal tumulto en mi pecho?” .
Hitler permaneció largo rato ante aquella vitrina, hasta que un sereno del
museo le llamó la atención pues se acercaba la hora de cerrar. Al día siguiente, el
joven Adolf se levantó transformado, presa de una nueva y poderosa obsesión. Día y
noche estudió toda la información disponible sobre la misteriosa lanza. Parecía
poseído. El doctor Walter Stein fue testigo de una de las innumerables visitas al
Hofburg que Hitler realizó aquel mes de Septiembre de 1912: “Cuando lo vi frente a la
lanza del Destino me pareció que Hitler caía en un profundo estado de trance, aislado
sensorialmente del mundo exterior, sin tener siquiera conciencia de sí mismo”.
En aquellas ocasiones, Hitler experimentaba visiones místicas en las que se veía
a sí mismo reclamando la lanza y dominando con ella el mundo. El objeto que tal
fascinación había despertado en él tenía una leyenda, y el joven Hitler quería formar parte de ella. Los reyes y emperadores que la habían empuñado salieron victoriosos de
sus batallas. Él no sería menos.
Según la leyenda, en la lanza se encuentran encerrados los espíritus del bien y
del mal. De hecho, el príncipe hechicero Landolfo II de Capua vivió obsesionado con el
potencial de esta reliquia en oscuros rituales de magia negra. Este sanguinario príncipe
lombardo del siglo IX tiene su importancia en esta historia, pues Hitler terminó sus días
convencido de que se trataba de una reencarnación anterior suya .
Influido por la filosofía de Nietzsche y Schopenhauer eligió conscientemente el
camino del mal, renegando de la moral judeocristiana para emular al Superhombre
anunciado por estos filósofos. Con tan sólo veintiún años, el joven Adolf había tocado
fondo en su vida y se disponía a renacer de sus cenizas para conquistar el mundo.

El libro del doctor Stein

Por aquella misma época, Walter Johannes Stein estudiaba su doctorado en
Ciencias en la Universidad de Viena. Al igual que Hitler, también él era un entusiasta
de la leyenda griálica y se encontraba fascinado por el mágico objeto custodiado en la
Weltliche Schatzkammer (Casa del Tesoro). Sin embargo, estaba muy lejos de suponer
que aquella fascinación le valdría algún día una orden de arresto dictada
personalmente por el jefe de las SS, Heinrich Himmler, así como la confiscación de sus
documentos personales para engrosar el archivo de la Ahnenerbe, el departamento
nazi especializado en ocultismo.
Todo comenzó un día de 1912 cuando Stein visitaba, como solía hacer con
cierta periodicidad, la librería de viejo regentada por Ernst Pretzsche, uno de los locales
más apreciados por los estudiantes vieneses .
Buscando material para sus investigaciones dio con una pila de manoseados
libros sobre los temas que le interesaban. Sus páginas estaban repletas de anotaciones
al margen que le impresionaron por el nivel intelectual y académico que mostraba la
persona que las había garabateado, en especial cuando al ir avanzando en la lectura
comprobó que se trataba de apuntes realizados por alguien que había alcanzado un
grado poco común de conocimientos de ocultismo . Un somero interrogatorio al
librero le hizo averiguar que el primer propietario de aquellos volúmenes había sido un
joven pintor sin suerte llamado Adolf Hitler. Esperando compartir conocimientos y
amistad con la que intuía un alma gemela, Stein buscó a Hitler y entabló con él una
corta e infructuosa relación que terminó tan bruscamente como había comenzado, y en
la que la condición de judío de Stein resultó un aspecto decisivo. A pesar de lo fugaz
de aquella relación, dio tiempo a que Hitler compartiera alguno de sus secretos con su
nuevo amigo .
En los años siguientes, Stein siguió cuidadosamente la trayectoria de su antiguo
amigo y su meteórico ascenso al poder.
En 1938 se produce el Anschluss, la anexión de Austria por parte de
Alemania, y Hitler, convertido con apenas 50 años en Führer del Reich alemán, tiene
por fin ocasión de cumplir su sueño de juventud y alzar en sus manos la mítica lanza.
Hitler llegó a Viena el 14 de Marzo y su marcha triunfal por la ciudad fue acompañada
por el repicar de las campanas de las iglesias. El Neue Basler Zeitung describió en su
edición de aquel día “las escenas de entusiasmo ante la llegada de Hitler”. Hitler
permaneció en una habitación del hotel imperial. A las siete de la tarde, los gritos del
populacho presa del éxtasis no cesaban, Hitler salió al balcón del hotel y pronunció el
siguiente discurso: “¡Camaradas, damas y caballeros alemanes!. Sé lo que sentís, pues
yo mismo lo he experimentado profundamente en estos cinco días. Un gran cambio
histórico ha llegado a nuestro pueblo alemán. Lo que ustedes experimentan en este
momento, el otro pueblo alemán también lo experimenta con ustedes: ¡No sólo los dos
millones de personas en esta ciudad, sino 65 millones de nuestro pueblo en todo el
Reich!. Este cambio histórico me oprime y me conmueve. Y ante ustedes pronuncio
este juramento: en el porvenir, nadie romperá y rasgará el imperio alemán como lo ha
estado hasta hoy”.
Terminadas las celebraciones, y de forma mucho más discreta, Hitler se dirige
al Hofburg al que accedió como visitante en sus años de miseria. Una vez allí, se
acerca directamente hacia la vitrina de la lanza y, extrayéndola de su estuche, se
encierra con ella ordenando que nadie lo moleste. Tras unas horas de soledad, el
Führer emerge de su encierro y ordena que la reliquia sea trasladada a un búnker
antiaéreo en Nuremberg, la capital espiritual del movimiento nazi.

El retorno de los brujos

No sólo Hitler tenía este tipo de inquietudes. Rudolph Hess, Himmler y otros
líderes del nacionalsocialismo alemán eran ocultistas practicantes y estaban iniciados
en los ritos de diversas sociedades secretas. En 1935 el gobierno del III Reich prohibió
oficialmente las sectas religiosas en su territorio, pero desde el mismo momento en
que se produjo el ascenso de Hitler al poder y hasta la caída de Berlín a manos de las
tropas soviéticas las ciencias ocultas guiaron las decisiones de Hitler. En la fase previa
a la Segunda Guerra Mundial Alemania llevó a cabo solapadamente una extravagante
campaña de reclutamiento de toda clase de magos y brujos. El propio doctor Stein fue
invitado a formar parte de este grupo y su negativa provocó que en 1933 fuera
arrestado por el que más tarde se convertiría en reichführer de las SS, Heinrich
Himmler. En los calabozos de la Orden Negra se intentó coaccionarlo de todas las
maneras posibles para que accediera a formar parte del buró ocultista de las SS. Por
fortuna, pudo huir a Inglaterra y, finalmente, convertirse durante la guerra en asesor
de Churchill y encargado de la “guerra mágica” que los ingleses dirigieron contra Hitler.

El mago de los guantes verdes

Jan Eric Hanussen, conocido como “el mago de los guantes verdes”, es uno de
los mejores ejemplos de la influencia del mundo oculto en el nazismo alemán. De
rostro cetrino y poco agraciado, y vientre muy prominente, cuentan los que lo
conocieron que de su personalidad emanaba un encanto tenebroso que lo hacía
irresistible. Dirigía la segunda parte del espectáculo del elegante Scala de Berlín, y sus
exhibiciones paranormales eran tema habitual en las tertulias de los cafés. Toda clase
de rumores surgían respecto a él: que si había sido tragasables en un circo, que si en Praga ejercía como vidente para la alta sociedad, que si era nazi incondicional y el
astrólogo particular de Hitler... De esta presunta vinculación con los jerarcas
nacionalsocialistas obtuvo protección y prestigio.
En las semanas previas al ascenso de Adolf Hitler al puesto de reichschancellor
no había nada que presagiara como inevitable la ascensión del cabo austríaco al poder.
Los resultados de las elecciones al Reichstag en Noviembre de 1932 fueron
decepcionantes para el partido Nacionalsocialista, que sólo pudo conservar un tercio de
los asientos del Parlamento alemán.
Las arcas nazis se encontraban exhaustas por la campaña electoral. Hitler había
tenido que soportar defecciones significativas entre los dirigentes de su movimiento y,
presa de uno de sus ataques de histeria, había llegado a amenazar con el suicidio. En
voz baja, algunos nazis comenzaban a plantearse si realmente aquel hombre tenía lo
que había que tener para ser su Führer.
Por enésima vez en su vida Hitler había tocado fondo, y echó mano de su
creencia en lo oculto llamando a consulta para una sesión privada en su cuartel
general en el hotel Kaiserhof de Berlín, a Hanussen, el vidente más prestigioso de la
época. Aquél fue el comienzo de una curiosa relación de dependencia mutua entre
vidente y visionario en la que Hanussen, judío y homosexual, utilizaba a Hitler como
escudo, que le proporcionó una insólita impunidad en aquel período histórico.
El 24 de Febrero de 1933, en el transcurso de una sesión privada, Hanussen
cayó en un trance particularmente violento: “La multitud (…), una gran multitud en las
calles. (…) Todo un pueblo aclamando los desfiles de nuestros SS. (…) Es de noche,
desgarrada de fuego. (…) Veo los reverberos iluminados, las luces de la alegría, la cruz
en su vorágine de fuego. (…) Es la llama de la liberación alemana, el fuego sobre las
viejas servidumbres, el fuego que canta la gran victoria del partido. (…) Ahora alcanza
una gran casa. (…) ¡Un palacio!. Las llamas salen por las ventanas (…), se extienden.
(…) Una cúpula pronto va a derrumbarse. (…) ¡Es la cúpula del Reichstag que flamea
en la noche!”
Efectivamente, el Parlamento alemán fue incendiado sólo tres días
más tarde. Se intentó acusar del hecho a los comunistas pero pocos dudaban de que
los nazis se encontraban detrás de todo.
A partir de ese momento, ciertos jerarcas nazis, en particular Goebbels,
comenzaron a considerar que las cosas habían ido demasiado lejos con el vidente, no
sólo por la predicción de lo ocurrido en el Reichstag sino por la tremenda influencia
que ejercía sobre notables militantes del partido y sobre el propio Hitler. El 7 de Abril
de 1933 Hanussen fue ejecutado en las afueras de Berlín por tres pistoleros de las SA.
Nadie llegó a saber nunca quién dio la orden.

Guerra mágica

La obsesión de Hitler por las ciencias ocultas era de tal calibre que decretó una
ley que prohibía expresamente, con durísimas sentencias, la práctica de cualquier
forma de adivinación. Se organizaron requisas a gran escala, confiscándose
prácticamente la totalidad de libros y documentos que versaran sobre estos temas.
Como última medida, todos aquellos considerados como una “amenaza mágica” para el
régimen fueron eliminados o tuvieron que huir precipitadamente de Alemania.
Refiriéndose a la masonería, el propio Hitler escribió: “Su organización jerárquica y la
iniciación a través de ritos simbólicos, es decir sin molestar las inteligencias pero trabajando con la imaginación a través de la magia y los símbolos de culto, son
elementos peligrosos. (…) ¿No ven que nuestro partido debe participar de este
carácter?. Una orden (…) eso es lo que tiene que ser; una orden, la Orden jerárquica
de un sacerdocio secular”
Gracias al asesoramiento de Stein, los británicos estaban al corriente de estas
peculiaridades de la cúpula nazi y no dudaron en trazar diversos planes encaminados a
sacar partido de esta debilidad. La magia podía ser el talón de Aquiles del Führer, algo
que consideraba su gran arma secreta y que, por el contrario, podía convertirse en el
motivo de su perdición. Llama la atención cómo en algunos momentos de la guerra los
aliados decidieron combatir a Hitler en su propio terreno y recurrieron a notables
ocultistas británicos para que emplearan su talento en una especie de guerra mágica
paralela a la carnicería que se desarrollaba en los frentes. El caso más notable entre
éstos es el de Aleister Crowley. Considerado como el mago negro más importante del
siglo XX, era un peculiar personaje que se definía a sí mismo como “la bestia del
Apocalipsis”, pero demostró, a pesar de su impopularidad y mala prensa, ser también
un gran patriota que sirvió a su país con lo mejor que tenía: sus conocimientos de
ocultismo. Lo cierto es que Crowley ya había actuado como agente doble durante la
Primera Guerra Mundial, y al comenzar la segunda propuso al alto mando británico
distribuir entre el enemigo panfletos con falsa información ocultista, una táctica que
fue utilizada de diversas formas, como la impresión de ediciones sutilmente retocadas
de las profecías de Nostradamus, o emisiones de radio en alemán que incluían
predicciones astrológicas desfavorables para los nazis y supuestos mensajes de
soldados alemanes muertos recibidos a través de una falsa médium. Existe la anécdota
de una emisión en inglés de Radio Berlín en la que los alemanes mostraban su
desagrado por estos hechos: “Aunque Crowley celebre una misa negra en la catedral
de Westminster eso no salvará a Inglaterra”, declaraba el airado locutor. No consta
que tal ceremonia ocurriese nunca, pero, a la luz de los acontecimientos, parece que
los británicos tuvieron más acierto que los nazis a la hora de poner de su lado las
fuerzas ocultas.

El imperio de la locura

Por su parte, Hitler continuaba con su obsesión mágica recurriendo a todos los
medios que tenía a su alcance. Lo que empezó siendo un estudio erudito y metódico se
había transformado en una loca carrera sin orden ni meta en la que ya no sólo corrían
peligro su vida y su cordura, sino las de todo el país que lo seguía ciegamente como
líder indiscutible.
Uno de los métodos a los que recurría era el empleo de drogas para adquirir
estados alterados de conciencia. Lo que empleado con mesura y en el marco de
determinadas tradiciones religiosas es un medio válido y ampliamente utilizado de
introspección mística, en las manos de Hitler se convirtió en algo fuera de control. El
caudillo alemán terminó convertido en un adicto al peyote, por medio del cual entraba
en frecuentes e intensos trances plagados de inquietantes alucinaciones, en las que
decía comunicarse con unos misteriosos seres a los que denominaba “superiores
desconocidos”
Pocos se salvaban en la cúpula de la organización nazi de caer en estas
veleidades esotéricas. Son numerosos los expertos en ocultismo que han aportado
pruebas de cómo tanto Hitler como sus más allegados colaboradores estudiaron
concienzudamente oscuras técnicas y ceremonias ocultistas con la pretensión de aplicarlas a sus fines políticos y militares. Incluso el ministro de propaganda Goebbels,
que con tanto ahínco se opuso a la influencia del psíquico Hanussen, se animaba a
citar fragmentos de las cuartetas de Nostradamus durante sus mítines.
La que en su momento fue la cabeza del desarrollo y la civilización europea se
precipitaba sin remedio hacia un abismo oscurantista, empujada por la locura de sus
dirigentes. La irracionalidad y la magia se habían apoderado de la nación a través de
sus líderes y de las sociedades secretas que los apoyaban. El Führer, convertido en el
ídolo de la población alemana, fue elevado a la categoría de una nueva divinidad
germánica, encarnada y enraizada en el oscuro simbolismo del mito wagneriano.
Durante la época nazi Alemania se convirtió en una isla en el aspecto
intelectual. Teorías heterodoxas desechadas por la ciencia occidental, como la
existencia de la Atlántida, considerada cuna ancestral de la raza aria, se convirtieron en
dogma, favorecidas por aquel extraño caldo de cultivo. La religión, la Historia, la
psicología, incluso las ciencias físicas, se transformaban distorsionadas por el
extravagante prisma del régimen nazi. La cosmología oficial dictaba que la Tierra era
hueca y que los seres humanos habitamos en su interior. La dinámica del cosmos se
explicaba como una perpetua lucha entre el fuego y el hielo. La nueva ciencia nazi se
desarrollaba al margen de los límites impuestos por el modelo cartesiano. La psicología
era sustituida por una mezcolanza del misticismo de Gurdijeff, la teosofía de Madame
Blavatsky y los arquetipos de la mitología nórdica. El lugar de la física newtoniana era
ocupado impunemente por una misteriosa fuerza llamada vril, extravagantes doctrinas
geológicas que afirmaban que la Tierra está hueca y la fría cosmología de Hans
Horbiger, la doctrina del hielo eterno, se enseñaban en las escuelas a pesar de ser una
completa superchería.
Estas extravagantes hipótesis eran creídas con tal convicción, que las
trayectorias de los misiles V1 y V2 se trazaban teniendo en cuenta tales principios, a
pesar de lo cual algunos incluso llegaban a alcanzar milagrosamente sus objetivos.

La sociedad de Thule

El auge del III Reich no es fácil de explicar sin hablar de un grupo secreto
llamado la “Sociedad de Thule”. Diversos estudiosos opinan que esta sociedad secreta
de carácter germano y ario era el verdadero poder oculto que se escondía tras el
Partido Nacionalsocialista. Su ideario propugnaba un regreso a la magia y la
irracionalidad que dominaban el mundo durante la Edad Media. El bagaje doctrinal de
la orden estaba formado por una extraña fusión de pangermanismo, antimaterialismo,
espíritu medieval, aspectos del pensamiento rosacruz, enseñanzas alquímicas y, en
general, todo aquello relacionado con la tradición esotérica occidental
Ellos fueron quienes se encargaron de alentar las más descabelladas aventuras
de Hitler, desde la captura de la Lanza del Destino a las búsquedas del Santo Grial o el
Arca de la Alianza, que tan buen juego han dado en el cine de aventuras. Tal vez un
ejemplo nos ayude a mostrar hasta qué punto era influyente este grupo en la vida
alemana. El 6 de Abril de 1919 hubo en Baviera una verdadera revolución en la que
socialistas y anarquistas tomaron las calles y proclamaron la República Soviética de
Baviera. Sin saber cómo ni de dónde, surgió un grupo de resistencia, “los blancos”,
compuesto por soldados desmovilizados conocidos como Frei Corps, equipados,
entrenados y financiados por la Sociedad de Thule. Gracias a este misterioso ejército,
la revolución bávara fue aplastada en pocas semanas sin necesidad de intervención gubernamental. En palabras de un periodista francés de la época: “La hipótesis de una
comunidad secreta en la base del nacionalsocialismo se ha ido imponiendo poco a
poco. Una comunidad demoníaca, regida por dogmas ocultos mucho más complicados
que las doctrinas elementales expresadas en el Mein Kampf y servida por ritos de los
que no se advierten huellas, aislados, pero cuya existencia parece indudable a los
analistas de la patología nazi”.
Quizá el mejor ejemplo de esto sean las temidas SS, el cuerpo de élite de la
maquinaria nazi. Élite de la guardia personal de Adolf Hitler que se transforma poco a
poco en una orden religiosa-militar basada en doctrinas ocultistas. Su credo racista y
excluyente los condujo a intentar cumplir todas las extrañas y terroríficas doctrinas del
nacionalsocialismo. Básicamente, se trataba de una poderosa herramienta diseñada
para subyugar a las consideradas “razas inferiores” y conseguir la máxima purificación
de la estirpe aria a través de la selección y eliminación racial. Su amenazadora estética
fue concebida para personificar la imagen de la raza aria como clase dominante.
Organizados como una orden de caballería a la antigua usanza, en sus ritos siempre
estaban presentes elementos tomados del paganismo germano y otras corrientes
ocultistas. No debe extrañarnos entonces que uno de los requisitos para formar parte
de esta élite del nazismo fuera renegar de manera categórica de la religión cristiana, a
la que se consideraba fuente de todos los males de la raza aria.

Paranoia colectiva

Fue una época de paranoia colectiva en la que oficiales de las SS afirmaban sin
rubor que, según la doctrina nacionalsocialista, el Canal de la Mancha es mucho menos
ancho de lo que dicen los mapas. Muchos de los jerarcas nazis eran hombres que
creían en la magia, para los que el universo no era más que una ilusión, algo cuya
estructura podía ser modificada, doblegada por la voluntad de los iniciados. Tal fue la
motivación que llevó a Hitler a enviar sus tropas a Rusia sin equipo invernal. “Yo me
encargaré del invierno”, dijo a sus generales, convencido de que los fuegos arios
harían retroceder a los hielos eslavos.
El imperio de la magia había alzado su fantasmal trono en Alemania. ¿Qué
misterioso poder provocaba la fascinación que Hitler ejercía sobre su pueblo?. Hubo
quien vio en su potente y demencial oratoria a un hombre poseído por alguna suerte
de espíritu maligno. La respuesta es mucho más sencilla. A través de sus estudios,
Hitler había aprendido el inmenso poder que ejercen los símbolos sobre las masas y
emprendió la tarea de dar vida a los mitos que, si bien ignorados, seguían siendo
poderosos en lo más profundo del inconsciente colectivo del pueblo alemán.
El entramado ocultista del régimen nazi sigue siendo una de las asignaturas
pendientes de la Historia contemporánea. Por desgracia, lo publicado hasta la fecha no
ha contribuido en absoluto a levantar este velo. Hay probablemente mucha más
mitología sobre el ocultismo nazi que sobre otros temas aparentemente más sabrosos
para la especulación, como la vida sexual de Hitler o su presunta huida a la Argentina
o al Polo Sur. Han sido demasiados los autores que se han dedicado a repetir “hechos”
que han leído en otros libros, cuyos autores, a su vez, hicieron lo mismo, haciendo
prácticamente imposible remontarse a la fuente original de la información.
Afortunadamente, existen estudiosos serios de esta materia, como Nicholas
Goodrick-Clarke, cuyo libro
es con toda seguridad el mejor existente en la actualidad sobre la materia. Este doctor en Filosofía por la Universidad de Oxford nos presenta
una estremecedora galería de antecedentes mágicos del nazismo cuya extensión nos
da una idea de lo poco que sabemos de sus orígenes: ariosofía, wotanismo, la
Armanenschaft, la Orden de los Nuevos Templarios, la Germanenorden, la Sociedad
Edda, la Sociedad de Thule, la Orden Vril... Gracias a este trabajo comprendemos que
lo que sucedió en la Alemania de Hitler no fue sino la terrible culminación de un
proyecto que estas organizaciones fueron desarrollando con precisión y disciplina
germánicas durante todo el siglo XIX.
Son múltiples los enigmas que quedan por desvelar respecto al esoterismo nazi.
Pongamos un ejemplo: cuando las tropas soviéticas entraron en Berlín se encontraron con un grupo de soldados de las SS que se habían suicidado en el cuartel general de la
orden utilizando unas extrañas dagas rituales. Pero lo que realmente llamó la atención
de los soldados que realizaron el macabro hallazgo fue que todos los cadáveres eran
de raza tibetana. ¿De dónde habían salido aquellos hombres?. Nadie supo contestar
a esta pregunta. Los soldados no llevaban consigo documentos ni insignias y sus
nombres no figuraban en ningún registro. Nada se sabe de su origen, pero este hecho
sugiere que Hitler consiguió culminar otra de sus ambiciones ocultistas: mantener un
“intercambio místico” con grupos de iniciados del Tíbet.

Conclusión

Para finalizar nuestra historia sobre la obsesión de Hitler con la mitología y el
ocultismo aportaremos un epílogo tan poético como real. El 20 de Abril de 1945, el
mismo día en que Hitler cumplía 56 años, la compañía C del Tercer regimiento
norteamericano ocupa tras duros combates la ciudad de Nuremberg. Diez días
después, el 30 de Abril, el teniente William Horn consigue abrirse paso hasta el búnker
secreto donde la Lanza del Destino era custodiada como uno de los mayores tesoros
del III Reich. En ese mismo instante, a muchos kilómetros de allí, en otro refugio
subterráneo situado en el corazón de Berlín, Adolf Hitler se suicidaba disparándose una
bala en la cabeza. Quién sabe si el dictador tenía razón y su destino estaba unido
realmente al de aquella lanza que le hizo soñar con la conquista del mundo.

Imagenes

La lanza del destino.


Simbolos ocultistas del nazismo.



La sociedad de Thule



Sol negro



Y por ultimo el ideologo de todas estas mentiras




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