LA DECADA QUE NO FUE
Balance de década 2000-2009: El indie que no fue, el rock de estadio que no fue, el rock barrial que no fue, la tendencia que no fue, la electrónica que no fue, la Internet que no fue, el hardware que no fue, el socialismo que no fue, la paranoia que no fue, los festivales que no fueron, y las reuniones que ya fueron. La década pintaba para una cosa, pero fue otra. No fue la década perdida, fue la década que NO fue. O que ya fue.
LOS FESTIVALES QUE NO FUERON
Carnaval karaoke
En la década de los grandes festivales, algunas incómodas excepciones se convirtieron en regla. ¿Qué pasó con el BUE, el Buenos Aires Hot Festival, el Oye Reggae, el Indie Rock Fest, con el sonido del Pepsi Music
Por Luis Paz
Difícilmente se encuentren argumentos para discutir el hecho de que el clímax festivalero se alcanzó en los ‘00 o que esta década del par de huevos que ya despedimos con esperanza, un dejo de nostalgia y la triste sensación de que todo sigue igual –para mal– Sí Fue la de los megaeventos zoológicos aplicados a la música joven. Pero No Fue todo lo festivalera que pudo (por suerte para el bolsillo). Pepsi Music, Quilmes Rock, Personal Fest, Creamfields, son todos nombres (y marcas, ¡qué carajo!) que quedan en el recuerdo cuando uno hace el balance recitalero de estos diez años del siglo XXI, cambalache que también supo cobijar los Cosquín Rock, los Ciudad Abierta, los Buenos Aires Vivo (que en la suma de sus ciclos acabó siendo un festival por entregas). Si hasta hubo un BabaFest. Si también hubo un nuevo lugar para los indiegenas en el Festipulenta y hasta en Lomas de Zamora, una simple localidad del sur conurbano, hubieron este año dos festivales usuales como el TurderaFest y el FestiLomas. Si hasta las bandas metieron la tendencia en sus nombres propios y apareció El Festival de Los Viajes. Si hasta hubo FacebookFests y FloggerFests con flequillos, chupines, cámaras digitales y nada de música en vivo.
Aunque la festivalitis crónica que se extendió viralmente durante esta década no deja de ser resabio de las pretensiones megalómanas, masivas y topísimas de importar, desde los ‘90, el modelo foráneo de festivales de gran talla como Coachella, Glastonbury, Roskilde y hasta la propia Creamfields sajona, también es resabio de la doble crisis que afectó a la música en esta década: primero, la social-económica de 2001, y luego, la social-cultural de la noche espesa de Cromañón. Con escasez de recursos y el cierre de tantos locales luego de diciembre de 2005, una alternativa probable y probada fue la reunión all-in-one.
Pero, ¿qué pasó después con algunas iniciativas como el BUE que trajo a Daft Punk al Club Ciudad en ‘06? ¿O por qué parece ahora tan lejano aquel Buenos Aires Hot Festival de ‘01 que trajo al viejito piola de Neil Young al Campo de Polo? ¿Alguien sabe dónde quedó el humo del Oye Reggae? ¿O, con menores pretensiones, quién supo del Indie Rock Fest en el que, en 2005, El Mató A Un Policía Motorizado tocó en Cemento para un par de locos, meses antes de las noches callejeras? ¿Alguien sabe si en esta década hubo un Rock & Horses metalero como los de los ‘90, cuando la plata dulce del trago amargo que fue el menemato dejaba al Rock in Río a la vuelta de la esquina? Todas esas movidas se esfumaron, vaya ironía, como ahora los taxistas que deambulan por la Avenida del Libertador se esfuman cuando termina un recital cercano.
Desde las irregularidades en la habilitación por las que se suspendió el Summer Fest de ‘07, con Matisyahu y UB40 hasta las reconfiguraciones de las productoras en festivales con nuevos conceptos (del BUE al Personal Fest, por ejemplo), pasando por las dificultades de proponer carteles de interés en el entretiempo de la década, el cambio en las tendencias del público, los músicos y el andar fluctuante del dólar, las causas pueden rastrearse por todos lados. Incluso acá cerquita en el tiempo: los problemas de la organización de Creamfields con su última edición –para los colgados: supuestamente no tenían los papeles en regla y los mudaron de GEBA al Parque Roca y los patearon un mes– y la fiesta karaoke en que se convirtió el último Pepsi Music a 95 decibeles.
Lo bueno, a esta altura, es que mientras los comerciantes de la comuna de San Roque ya se relamen por anticipado pensando en las ventas de fernet, puchos y patysbajón para el próximo Cosquín Rock, en el alba de la década, la festivalitis seguirá extendiéndose de manera viral por el territorio federal. ¿Quién dijo que todo está perdido?
EL INDIE QUE NO FUE
Eterno recambio
De los indies de los ’90, sólo Babasónicos quedó en pie. Massacre se hizo popular y la generación recambio todavía no atacó: Bicicletas, El Mató, Señor Tomate, Norma, Fantasmagoria, Banda de Turistas van por más.
Por Julia González
Por más que se bucee, la conclusión es la misma: el indie local no consigue ser masivo. Quizás ni siquiera sea buscado. Ni en la década que está terminando ni en la anterior, cuando aún se lo calificaba de alternativo. Sea como fuere, esta música no ofrecía una alternativa amable para cualquier tipo de oído, discográfica, radio o publicidad. De todo el nuevo rock que supo arrasar con el sonido ochentoso a comienzos de los ‘90, como una seca de aire novedoso, no quedó nadie en pie.
Salvo Babasónicos, que venía cosechando leves pero interesantes triunfos, apadrinado por Cerati y Melero, pero que a fines de los ‘90 con su sexto disco Miami llamó completamente la atención. Con Jessico en 2001 (elegido como el disco argentino de la década la semana pasada en la Encuesta del NO), terminaron de concretar su ascenso cual globo de helio. Y allí se quedaron, con la dosis justa de rock y electrónica, calentitos en el sillón del mainstream, editando discos, firmando contratos, cerrando festivales y sonando en las radios y en los canales de televisión. Para comienzos del 2000, El Otro Yo ya estaba afianzado con Abrecaminos editado en 1999, aunque con su peculiar elección de seguir siendo independientes. Para ese entonces, Los Brujos, Martes Menta, Peligrosos Gorriones (¡Ojo! posible revival sobre el final) y un puñado de otras bandas con peinados más raros que los nuevos, habían flameado la bandera blanca de la derrota.
El camino estaba algo desierto y pedregoso como para ser surcado. Sin embargo, apareció la novedad. Doris, Bicicletas, Los Alamos, El Mató a un Policía Motorizado, Señor Tomate, Norma, Fantasmagoria, Fútbol, Les Mentettes, Prietto viaja al cosmos con Mariano, Banda de Turistas, Go-Neko, Humo del Cairo, Utopians, La Patrulla Espacial, Mi Pequeña Muerte y tantos otros empezaron a defender este asunto ideológico de ser indie. Porque ninguna de estas bandas suena igual que la otra, sino que las equipara su filosofía de ser independientes. Con una ayudita de algunos amigos (el sello Estamos Felices, Laptra Discos, radio Kabul, La Tribu, los sitios Zona Indie y Global-art, los Festivales Nuevo y Buen Día) comenzaron a moverse en un mismo circuito. Pero en esta década, la movida se quedó ahí.
En el 2000, los abanderados del indie, Jaime Sin Tierra editaron Autochocador, el disco más representativo de la banda, pero a los tres años ya se habían separado. Tiempo después hubo una reunión, pero no más que eso. Hoy son una banda de culto. Pez, que musicalmente nada tiene que ver con JST, editó en el 2000 Frágilinvencible. Y ellos mostraron que se puede ser independiente, tener su propio sello (Azione Artigianale), sacar discos casi todos los años (1995) y, a la vez, tener un público fiel que no se pierde una. Pero sin dudas el coletazo lo dio Massacre cuando apareció hace casi tres años con El Mamut y todo el mundo se enteró de quiénes eran y del bagaje que traían desde finales de los ‘80. Catupecu Machu fue un caso aparte, ya que les costó sólo dos discos salir del under con el impecable Cuentos Decapitados (‘00).
Allá por el 2007, el NO publicaba una nota alertando sobre el posible recambio generacional. Esta cronista escribía entonces sobre la belleza maligna del under: la de ser marginal y vivir abajo y a la sombra. En aquel artículo participaban la desaparecida Doris, Bicicletas, Norma, El Mató a un Policía Motorizado y Los Alamos. “La renovación musical está llegando. Yo creo que es una gran sala de espera (...). Si una banda empieza a llevar mil personas, de pronto el monstruo monopólico que elige lo que escucha la gente dice ‘me conviene, me va a dar dinero’. Pero hay un estancamiento constante”, decía hace dos años Marcelo Blanco, quien luego fundaría Onda Vaga, acaso la banda más popular del 2009 (junto con El Mató) que el NO supo advertir cuando aún tocaban sin amplificar.
La primigenia apuesta de Onda Vaga era tocar en fiestas, con guitarras criollas y cajón peruano, para no tener que estar pendientes del sonido y las implicancias negativas del post Cromañón. Doña María, con apenas un disco editado, linda con la misma influencia latina que Onda Vaga y no deja de llamar la atención. Este sexteto de músicos rescata canciones populares y de cumbia reavivando las raíces folclóricas, con remixes y hip hop. A estas bandas también se le suman un manojo de cantautores que desempolvaron sus guitarras y salieron con sensibilidad a los escenarios tras la tragedia de Cromañón. Coiffeur, Juan Ravioli, Pablo Dacal, Alvy Singer, Tomy Lebrero, Lisandro Aristimuño, Gabo y Juanito el Cantor, entre otros, aportan con buen gusto una música luminosa a las huestes del indie folk. Tal vez por las mismas dificultades de tocar enchufados fue que comenzaron a deambular solos por la escena.
LA TENDENCIA QUE NO FUE
Generación F
De la lucha de clases a la guerra de almohadas. Los flashmobs aparentaban con ser la gran cosa de los fenómenos sociales y no pasó –al menos en Argentina– de un encuentro hypeado en el Planetario.
Por Federico Lisica
“Muy pronto, más novedades sobre el próximo flashmob.” El último post en la página web Flashmob Buenos Aires data del 7 de enero de 2007. Tres días antes de esa fecha, este suplemento se hacía eco y desmenuzaba a través de su artículo de tapa (“La rebelión sin sentido”) las manifestaciones de orden global que volvían lo lúdico, lo masivo, el encuentro urbano y la acción fugaz (antes que espontánea), una puesta a punto 2.0 del happening y las teorías del situacionista Guy Debord. “Si los flashmobs son ‘la movida del verano’ o manifiestan en la urbe los rizomas organizativos propios de las nuevas tecnologías aún está por verse”, decíamos y curioseábamos sobre la significación –latente y/o explícita– en los lanzamientos de burbujas, los bailes, la calle y la variante vernácula más exitosa: la batalla de almohadas.
“Preguntarse si los flashmobs son inteligentes es como preguntarse si el surrealismo o la patafísica lo eran. Se intenta, eso sí, realizar una acción que contraste con la actividad corriente del sitio elegido”, aseguraban desde Madrid mobs. “Sé que me gustaría hacer algo que trascienda, que no se quede en tal acción y se disuelva. El potencial está”, señaló Marina Ponzi, la entonces estudiante de comunicación (hoy caza tendencias y organizadora de eventos), fogoneó desde un blog la idea de intercambiar por algunos minutos cojines y golpes. Tenía la esperanza de juntar cien personas en El Planetario. El día pautado: 18 de noviembre de 2006. Resultaron ser miles de jóvenes y por varias horas. Si bien se puso en duda la pureza del evento por la presencia de periodistas (una de las prioridades de los flashmobs es mantener la sorpresa en la forma de interacción), Marina resaltaba “el hecho social de juntarse en la calle a hacer algo distinto”. En esa línea, Howard Rheingold, creador del término de “comunidades virtuales”, dijo en entrevista exclusiva con el NO: “El divertimento autoorganizado –más que el entretenimiento masivo tipo packaging– es otro canal de expresión de los smartmobs”. La inteligencia –¡y el flash!– de estas multitudes, explicaba el gurú techie, tenía su plus en “la utilización de los medios de comunicación móviles e Internet para informarse y coordinar acciones”.
Echale a la propuesta papas fritas, una consigna retro (“Que vuelvan los lentos”), el ABC del marketing en búsqueda del preciado target “joven”, y tendrás “el flashmob más grande de Latinoamérica”. Así lo evidencia en You Tube el clip de la campaña de Doritos creada por la agencia BBDO. Una marca de snacks como “referente generacional” que apela “al estado de ánimo colectivo apropiándose de un sueño”, un research para saber que el deseo de los “millenials” es “acercarse físicamente a la persona que les gusta”, “consumidores proactivos”, una campaña transformada en “movimiento cultural”. Todo eso afirma el brief audiovisual sobre la acción que tuvo su epicentro en “la bola de boliche más grande de Buenos Aires”: ¡El Planetario! Allí, el 7 de marzo de 2008, 7 mil asistentes bailaron canciones de amor, un tanto más tarde de lo previsto porque no contaban con el permiso municipal. No es cuestión de mascar con bronca la papa frita. “Un spot publicitario filmado en la estación de Retiro para la consola de juegos Xbox 360 relanzó el furor mobber. En el comercial, que nunca fue emitido al aire (You Tube hizo lo suyo), unos simples transeúntes se apuntan con los dedos generando un flashmob espontáneo. Pasó de la estación de trenes a los campus norteamericanos”, comentábamos entonces.
Con shows (megafestivales o intimistas) craneados para asociar el valor de marca a un grupo y hasta lo un-cool como etiqueta vendible, nada más ideal para el entramado publicitario que el envoltorio de una práctica festiva, efímera y de utilidad incierta. Así brotan virales como el que muestra a cientos de sujetos en una oda a un celular –el T mobile dance– o el de los Black Eyed Peas aprovechando el síntoma para lanzar “I gotta feeling” en el show de Oprah Winfrey. ¿Celebrando qué? ¿Acaso importa? Para algunos sí.
“Generación Precaria”, un colectivo francés que alterna el mitin político por el papel picado (buscan concientizar sobre las condiciones laborales de los sub 30), concibe al flashmob como “un arma muy bella (...). Los nuestros son un mix de lucidez, información mediática, pedagogía y acción concreta. Es una instancia. Un instante. Pueden ser graciosos, son visibles, y simulan no reproducirse jamás”, confesaron. Sin darle importancia a las críticas de “activismo de robot” o puro esnobismo, desde la web de guerrilla urbana Improve everywhere, una porteña invita a un flashmob con un post de reciente publicación. Si ves por la calle a una masa uniforme, todos ellos con bolsas de polietileno en la cabeza pidiendo por la prohibición de las mismas, habrá tenido éxito.
LA INTERNET QUE NO FUE
El “one hit wonder” tecno
Los emprendimientos conocidos como start-up que no funcionaron en esta década, pero abrieron caminos a otros proyectos. Los curiosos casos de ICQ, Geocities, El Sitio, Audiogalaxy, Second Life, entre otros.
Por Mariano Blejman
En los albores de la década, cuando este país todavía era convertible, ocurrió la primera gran burbuja económico-financiera digital del milenio. En 2000, el futuro había llegado. El futuro era hacer click. Este país se subió al tren puntocom, y desde entonces fue llevado por la ciberósfera con la esperanza de que el mundo sería más feliz con el copy & paste. Pero, ¿qué fue de la vida de ICQ? ¿Qué pasó con Geocities? ¿A dónde fue a parar el Fotolog, Napster y Audiogalaxy, El Sitio, Second Life y el buscador Ubbi? Como sea, en esta década, las segundas versiones del futuro funcionaron mejor que las primeras.
En 1996, la empresa israelí Mirábilis lanzó el ICQ (“I seek you” o “te encuentro”) y, para 1998, AOL había comprado la florcita que cambiaba del rojo al verde en 400 millones de dólares. El elefantito que llamaba a otro usuario con un sonido gutural, era una referencia ineludible en el mundo del mensaje instantáneo. Pero el futuro duró poco: en julio de 1999, el gigante Microsoft lanzó al mercado el MSN Messenger, ahora conocido como Windows Live Messenger y, con la integración que hizo junto a Hotmail (270 millones de usuarios), logró desplazarlo. Es duro el mundo start-up cuando el start-up deja de serlo. El otro día entré a icq.com, bajé la última versión del software, y escribí mi número: #20343812, recordé la clave, y ahí estaban mis contactos, ausentes –alguno muerto incluso, otros exiliados económicos de 2001–, y traté de hacer sonar el elefantito inútilmente. Nadie contestó. Estaban todos posteando en Facebook, o hablando por Gmail o Skype.
¿A dónde van los usuarios de servicios que ya no existen? ¿A dónde irán los usuarios de Facebook desaparecidos? ¿Quién va a quedarse con nuestros posts cuando ya no estemos? ¿Cuántos usuario/claves nos llevaremos a la tumba? Si algo ha demostrado esta década es que, ante el nuevo paradigma digital, ningún soporte es standard demasiado tiempo. Durante más de mil años, la información se ha guardado en libros de papel y en los últimos diez hay una extraña tendencia a dejar todo en lugares digitales que parecen eternos, pero un día pueden desaparecer... o borrarse.
Geocities, por ejemplo, es el ejemplo más claro del peligro que puede traer la computación en las nubes (algo que hoy se vende como el futuro). En 1994, David Bonhett y John Rezner crearon Geocities, un espacio gratuito para alojar páginas web, organizadas por barrios, como “Silicon Valley” (para tecnología), “Hollywood” (para el espectáculo), “College Park” (para sitios universitarios). Diez años después, Yahoo! compró Geocities; y cinco años más tarde, hace no mucho bah, el 27 de octubre de 2009, cerca de 38 millones de páginas creadas por usuarios fueron “apagadas” y millones de cuentas de correo dadas de baja (las que terminaban con @geocities.com). Sólo está disponible el servicio para la versión japonesa, y una invitación a revisar archive.org, a ver si queda algo, como para subir a Blogspot.
Si hay un proyecto que alguna vez encarnó el futuro digital en este país es sin duda ElSitio.com, presidido por Roberto Cibrián Campoy, alguna vez retratado por los medios locales como la gran esperanza de la nueva cultura empresaria. El sitio intentó contratar a profesionales de medios de comunicación con “espíritu marketinero”, mientras captaba gente del ambiente corporativo. Llegaron a tener más de 200 empleados en un edificio ubicado frente a Puerto Madero, abrieron oficinas en varios países de América latina (como también hizo Starmedia) y vendieron una parte por 44 millones de dólares. Pero la nueva cultura corporativa no fue más que otro bluff, un gran fiasco que pretendía llamar a los editores “gerentes de producto” y pensaban que podían competir con los diarios, generando comunidad.
Final cerrado –palo y a la bolsa– tuvo Yeyeye, que todavía puede visitarse on line, como todos los sitios start-ups aquí mencionados, especies de marquesinas vintage antropológicamente cuidadas. El futuro de la música era el portal de Charly Alberti, que acababa de dejar Soda Stereo y proponía un espacio para concentrar el negocio digital. No sabemos qué pasó con Yeyeye (todavía alguien paga el servidor, el sitio está disponible), y no sabemos cuántas veces se compró y se vendió, pero Alberti volvió a tocar con Soda Stereo (en otra clase de burbuja) y ahora es una figura que habla en nombre de Apple, mientras la comunidad musical se trasladó a MySpace.
Y hablando de MySpace, que vino a ocupar un lugar que pretendía Pure Volume, pero que está estancado por la aparición de Facebook (‘04), que, junto a Twitter (‘07) explotaron el año pasado el mundo de las redes sociales y barrieron con otro tipo de one hit wonders de Internet: el Fotolog, que incluso acuñó aquí una nueva tribu urbana y un icono cultural de sexo andrógino: Cumbio, por un momento a la altura de grandes estrellas del rock, auspiciada por Nike, explotada por Chiche Gelblung, detestada por los “cumbieros”, qué ironía. L@s floggers se fueron todos a Facebook, aunque la comunidad se sigue juntando en el shopping del Abasto. Facebook también se quedó con lo que intentaba armar Second Life (proyecto demasiado pretencioso, prácticamente discontinuado) y pretende construir una gran barrera para el contenido on line, y así desplazar a Google, YouTube, LastFM y quedarse con la publicidad on line.
Aunque no son exactamente start-ups, Napster y AudioGalaxy tuvieron sus momentos de gloria, e incluso el Kazaa llegó a ser dignamente utilizable hasta que llegaron las corporaciones discográficas a poner orden. Sobreviven todavía el E-mule y el Bittorrent como espacio de p2p. Y, aunque todavía pueden visitarse, los buscadores como Ubbi (comprado por Clarín), Altavista, Lycos y Yahoo, parecen haber sido fagocitados por el gran monstruo Google, que pretende quedarse hasta con las nubes, aunque Bing! intente hacerle sombra. Como sea, por cualquier cosa que llegue a pasar con nuestros usuarios/claves, nos encontramos esta noche en Taringa!, qué tanto, es la verdadera inteligencia colectiva para festejar el fin de año.
EL HARDWARE QUE NO FUE
Garbage electrónico
Los aparatos que inicialmente aparecen como el formato del futuro son rápidamente reemplazados por otros mucho más cómodos. ¿Cuándo llega el formato standard?
Por Javier Aguirre
Algunos de los sofisticadísimos logros de la tecnología parecen haber llegado para quedarse. Son objetos elegidos, perdurables, indestructibles, imposibles de ser perfeccionados. Como el tenedor o la pelota, dos evidentes hits de la manufactura humana y tienen bien ganado el status de clásicos de todas las generaciones.
Sin embargo, los artefactos cotidianos devenidos del boom digital no parecen capaces de conservarse vigentes. Por más costosos que salgan, por más chiquititos y lindos que sean, por más resistentes que resulten, por mejor diseñados que estén y por mayor capacidad de almacenamiento que tengan, quedan obsoletos y fuera de circulación en poco tiempo. Y los ciclos parecen ser cada vez más cortos. Los saltos de formato en formato prometen, pero con los dedos cruzados.
En el campeonato de los soportes de música, así como en el Mundial del almacenamiento de información, hoy cualquiera le gana a cualquiera: el casete y el disquete entregaron el rosquete al filoso, cual machete, poderío del CD. Pero –unos billones de dólares después– el formato digital MP3 se llevó puestos a los CDs (y, ya que estaba, a buena parte de la enorme osamenta transnacional de la industria discográfica). El DVD –que ya se había volteado de parado al VHS– pisoteó rápidamente al CD y de repente, en un abrir y cerrar de negocios multimillonarios, todo lo que no entra por vía USB no existe: ahí están las netbooks, que ya ni traen bandeja lectora/grabadora de CD/DVD. Tanta sigla tecnológica y tanta adaptación forzosa de formatos dejaron en la última década un tendal de modernísimas víctimas vetustas. Como pocas veces en la historia, se registró una especie de genocidio de aparatitos, esos que el consumidor con buena capacidad de pago compró con gran excitación quizás en 2004, pero que ya para 2006 se habían vuelto una anticualla incompatible con softwares y hardwares. Uno de los más recientes caídos de esa batalla ha sido, sin ir más lejos, el reproductor de MP3, cuyas virtudes fueron absorbidas por el teléfono celular, acaso el último gran cuco fagocitador de tecnologías.
Fotos, videos, palabras, canciones; o sea, la información, eso que supuestamente es lo importante, el “contenido” ante tanta mera “forma” para almacenar y administrar, se mueve de lugar muuuy seguido. Ahora dicen que va a estar en Internet, que ya está en Internet, que es lo mismo que decir que está en todos lados, y en ninguno. ¿Hay tiempo para la paranoia? No para quien está hace tres horas armando un back-up y todavía no terminó. Es que, al igual que las personas, también los aparatitos están sólo de paso en este planeta. ¿Y dónde nos ponemos nuestro back-up con disquetes de 5 1/4?
EL SOCIALISMO QUE NO FUE
Paraíso perdido
En los albores de la post-crisis de 2001, las asambleas barriales, el club del trueque y los cacerolazos
aparecían como la avanzada de la inminente llegada del socialismo a la Argentina. Pero, bueno, llegó K.
Por Facundo García
Luis Zamora gobierna la Argentina, la deuda externa dejó de pagarse y Pino Solanas hace películas con Francella porque los recursos naturales están socializados hace rato. En ese país de hoces y martillos, algún periodista escribe lo que habría pasado si en vez de triunfar el comunismo, el viejo sistema político —aparato del PJ, los gordos de la CGT, la UCR— hubiera logrado recomponerse con ayuda de los grandes medios y el empresariado. “¿Dónde se bifurcaron los caminos?”, se pregunta desde la tribuna de doctrina.
“Ohh... que se vayan todos...” Con ese canto echó a correr una década que transpiró al ritmo de reclamos por más justicia social. La historia —lo demostraron aquellas movilizaciones del 19 y 20 de diciembre de 2001— no se había detenido. Detenido las pelotas: cuando el neoliberalismo la conducía al precipicio, miles salieron a la calle, inaugurando un verano tan asombroso como inolvidable. La rebelión encontraba una síntesis de sus contradicciones en las bombas Molotov hechas con botellas de Gatorade, o en la cara llorosa de aquel chino al que le saquearon hasta el arbolito de Navidad.
Del hambre se pasó a la bronca. Se quemaron McDonald’s como si ese rito construyera soberanía, mientras la cana se cargaba —de entrada— más de treinta vidas. “Piquete y cacerola, la lucha es una sola”, gritaba la multitud. Y aunque los otrora “negros de mierda” no tuvieran cuentas bancarias, igual se integraron al coro. Carrió se reconoció progresista (¡!), y a diestra y siniestra de su amplia circunferencia asomaban otras “opciones”. Zamora, por ejemplo, se presentaba como candidato a presidente, al tiempo que diversos figurines pataleaban para caer parados, completando una terna de personajes tan insulsos que de haber estado en una película catástrofe hubieran tirado la pata en la primera media hora. En tanto, el Café de las Madres se convirtió en la Meca, y Sergio Schoklender en monocromático ídolo de la izquierda. La revolución estaba a la vuelta de la esquina, pero la curva era cerrada.
Por la calesita de Casa Rosada pasaban gobernantes, sin que ninguno manoteara la sortija. Entonces las asambleas llamaron a “construir poder”. Y cómo no, si estaba el Gran Soviet de Parque Centenario (

). Cada votación sufría el embate de cláusulas sobre “la lucha obrera en Polonia” o “los tractores en el norte de Canadá”. No obstante, palabras como “compañero” o “coordinar” entraron por primera vez en el circuito verbal de gente que había crecido agobiada por Tinelli. Así llegó el día en que la clase media pro Sarmiento compró Hecho en Buenos Aires, y escuchó a los laburantes de las recuperadas Brukman, Zanon, IMPA o a los movimientos de desocupados, en un acercamiento que tuvo en la idealización la base de su inestabilidad.
“Que se vayan todos, ¿y después qué?” Los vecinos tomaron espacios, inspirados por la necesidad y por un programa de tele que dirigía Bruno Stagnaro y se llamaba Okupas. La consigna, a ver si se entiende, era salvar al pueblo; pero cuando había que ir a limpiar los baños de los comedores comunitarios, el compromiso se arrugaba tanto como las narices. A los que tenían fe en el futuro, como Kosteki y Santillán, les cobraron bien cara la inocencia. De fondo se escuchaba la banda sonora de la insurrección que no sería: Santa Revuelta, La Bersuit, Las Manos de Filippi. Más tarde, Hernán “El Cabra” De Vega, vocalista y líder de Las Manos, llegaría a presentarse como candidato a legislador porteño.
Y cómo olvidar al club del trueque, la esperanza de que esas viejas intercambiando bizcochuelo representaran al sujeto histórico que eliminara de una vez la explotación del hombre por el hombre. Hay casos documentados de peluqueros amateur que canjeaban servicios de coiffeur al aire libre por vasos de birra (y de verdad que convenía engancharlos temprano). Encima surgieron avivados que falsificaron los cupones de canje. Lo cierto es que, lentamente, la sociedad iba haciendo su propio cambiazo. Entregaba las aspiraciones de máxima si le ofrecían más laburo, juicio a los represores de la dictadura —aunque hubo puntos oscuros, como la desaparición de Julio López— y cierto discurso relacionado con el pluralismo. Ahí es donde el periodista de este universo paralelo detiene su descripción, perplejo.
De este lado de la realidad se puede tomar la posta, y comprobar que entre tantas utopías hubo una que sí se cumplió: la de los banqueros y sojeros, que terminaron forjando una década a su medida. ¿Y nosotros? El otro día una amiga tiró una clave. “Por algo —dijo— la serie de tele que marcó a nuestra generación se llama Lost. ‘Perdidos’.” ¡Pero moción de orden, compañeros! En la aparente derrota, muchos aprendieron por qué hay que llevar limón para cuando reprime la yuta, o cómo se coordina una asamblea, o por qué no hay que dejarse tentar por la ingenuidad. No es poco. Faltaron, es cierto, referentes que encarnaran lo nuevo. Unos treinta mil, más o menos.
LA PARANOIA QUE NO FUE
Operación barbijo
En la década de la caída de las Torres Gemelas llegó el dengue, más tarde la gripe A, ahora de nuevo el dengue y en el medio la inseguridad. De cómo vivir con miedo o con el rating minuto a minuto en el videograph de tu canal preferido.
Por Mario Yannoulas
“Invasión de mosquitos en Buenos Aires. Atención: dicen que en enero va a ser peor, algo que preocupa si se tiene en cuenta el avance del dengue.” Una cosa más o menos así difundía un canal de noticias, o uno de esos envíos de aire nocturnos, lo mismo da. Lo que importa es la lógica que permite, sobre la base de una no-noticia (¿quién no supone que en enero habrá más mosquitos?, ¿no es lo habitual, por el calor?), dar una alarma más, sin importar que no todos los mosquitos son el Aedes aegypti. Desatendiendo la idea de que la cantidad de afectados por el dengue no es necesariamente proporcional a la población general de mosquitos. Descartando que mucha gente sólo se informa a través de la televisión, el cierre de la década no puede, en este sentido, dejar de ser perfecto. Y triste, por cierto. Porque los casos de gripe A N1H1 y dengue existieron, algunos seguidos de muerte (rondan los seiscientos en total). Eso reviste de densidad la situación y podría impugnar cualquier intento de parodia. Pero hubo algo que no provino de ningún humorista de profesión, ni siquiera del más excéntrico creativo publicitario, cuando una franja de medios masivos de comunicación se encomendó la sátira sin decir una sola palabra graciosa, sin hacer reír a nadie, sino más bien lo contrario. De seguir sus observaciones como reales, nadie podía apostar que la población argentina seguiría en pie a esta altura de las circunstancias.
La prensa carroñera en sus diferentes formatos puso ladrillos en el ministerio de la persecuta. Sin embargo, para estos fines, la usina por definición siempre son los noticieros televisivos, donde una simple edición permite crear ciudades atestadas de hombres y mujeres con barbijos. Donde pisar la calle sin llevar uno puesto podía ser garantía de que cuatro hombres armados le dispararan a uno desde terrazas diferentes, aun cuando no hubiera que usarlo. Donde el fin de la vida en sociedad se reducía a un estornudo en el subte. Donde el aire estaría revestido por una masa fétida de enjundias patógenas que convierten al de al lado en un posible colectivo a la muerte. Ir a un recital sí que era rockero. Entre todo esto, uno salía a la calle y no entendía bien si el que llevaba barbijo lo hacía por estar infectado, por confusión, o simplemente como un golpe de efecto, como quien piensa “¡Por fin llegó el futuro que los yanquis promocionan en sus películas!”.
En los shows de noticias de la tele, las notas centrales son todas aquellas que casi cualquier medio gráfico usa para llenar espacios vacíos. Ese es el corazón de su información: pilas y pilas de material descartable puesto a la venta. Esa capacidad de pasar de la compunción social al culo que tanto se le achaca a Tinelli no alcanza en él su máxima expresión sino en la cara de los presentadores de los noticieros, que al precio de un sueldo se visten de bufones de un soberano triste y amargado, que aun los elige porque no encuentra nada peor en lo que creer. A esta altura, el Blues del Noticiero de los Redondos huele naïf.
Las escenas así pintadas podrían haber salido de la imaginación de William Burroughs, con la diferencia de que sus emisores jamás probarán sustancias tan raras. Farmacéuticas gordas colocando carteles de escasez para cerrar la farmacia e inyectarse el nunca tan preciado alcohol en gel. Batallas interraciales hasta la muerte por la última tableta de Tamiflú, mientras un cuerpo de funcionarios facinerosos aspira dosis del medicamento en un despacho enlatado. Todo eso podía pasar en Interzonas, ese no-lugar totalizante colmado de cochinadas que tan bien describió ese autor en El almuerzo desnudo.
Pero tal vez adornar a las bestias comparándolas con el buen William sea otorgarles demasiado. El panorama que ofrecían era más bien una versión dislocada de alguna película de Roland Emmerich, ese director que siempre hace sucumbir al mundo (ejem, a los Estados Unidos) de alguna manera, como lo hizo ahora al valerse de una profecía maya y antes con Día de la Independencia o El día después de mañana. Aunque al alemán la Argentina no le valga más que un parpadeo o seis centímetros de celuloide, los cerebros de los noticieros serían felices si Godzilla finalmente existiera, demoliera edificios públicos e incubara en el Luna Park.
Habría más auspiciantes de puertas blindadas y repelentes para insectos.
A todo esto, recientemente un equipo de investigación del Comfer publicó un informe referido a los dos noticieros más vistos que causó cierto revuelo (el lector imaginará qué medios lo obviaron: casi todos). Entre otras cosas, revela que apenas un 16,8 por ciento de las veces que se hablaba de dengue o gripe A se difundía información útil para evitar el contagio o saber qué hacer en caso de sentirse uno infectado, mientras que el porcentaje de mensajes acompañados por palabras como “alerta”, “miedo” o “colapso” era significativamente mayor. Alerta: la paranoia sí fue. La total catástrofe, no. Eso sí que no lo dicen.
BONUS TRACK: LAS REUNIONES QUE YA FUERON
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Tanto local como internacionalmente, ésta fue la década marcada por las reuniones de bandas que se separaron durante los ’70, ’80, ’90. La unión hace la fuerza marketinera y monetaria.
Por Luis Paz
Si históricamente se ha creído que la unión hace la fuerza, esta década demostró que la reunión engorda la cuenta. O, en el caso de ciertos exponentes locales, la mística. Pero unos volvieron, otros no y otros ni.
Que sí: “Ahora sí, después de 20 años podemos decir que el alma de Luca descansa por primera vez en paz. Fue una noche mágica e inigualable”, dijo Germán Daffunchio cuando por el instante que duraron Crua-chan, Divididos por la felicidad y De be de interpretadas en el Quilmes Rock de 2007 por Mollo, Arnedo, Daffunchio, Pettinato y Superman Troglio, Sumo volvió a existir. Fue el anticipo de una seguidilla que hizo retornar a escena, a los pocos meses, a Soda Stereo, que recorrió Latinoamérica, superó el record de los Stones al llenar seis River y logró el disco más vendido de su carrera con Me verás volver (hits & +). Vicentico, el Sr. Flavio y Sergio Rotman se avivaron y revivieron al Genio del Dub en el Planetario, ocuparon River y se fueron a hacer la América ellos también, cerrando el ciclo en el último Pepsi con otro Chau, ocho años después. Este año, Pity y Fachi quisieron volver a poner al rock & roll “en el lugar que merece” y el fiestone acabó en fiesta negra por culpa de la organización, la policía y la barra brava de Vélez. Y los regresos tuvieron punto final (y eterno) en la cancha del club de Liniers, con el Flaco que más lugar ocupa en el rock argentino, en compañía de Jade, Almendra, Invisible, Pescado Rabioso y Los Socios del Desierto. Una vuelta olímpica de cinco horas y cuarto.
Que no: Aunque las minitas amen cada vez más a los payasos y menos la pasta de campeón, ningún ex Redondos piensa en regresar para resolverlo. Los lectores más férreos de este suplemento recordarán, con una mezcla de bronca, desazón y sonrisas, la tapa del NO del Día de los Inocentes de 2006 que anunciaba: “¡Vuelven los Redondos!”. La inocencia les valió, pero no así las nuevas solicitudes multiplicadas en foros, medios y Facebook para que Patricio volviera a ser Rey. “Le habrá roto las pelotas a alguien que se habrá ilusionado”, interpretó sobre aquella portada el Indio Solari en la entrevista exclusiva aquí publicada el 6 de diciembre de 2007. En octubre de 2008, el NO intentó reunir a sus ex compañeros para hablar de todo y de nada, con la intención de tantear el regreso, ya con las versiones 2.0 de Soda y Cadillacs en marcha. Skay fue el más categórico: “Los Redondos fue mientras fue”. Semilla se calentó de nuevo: “No me gustó una mierda cómo terminó todo”. Sidotti se desentendió: “Hubo un problema en la cúpula, nosotros no teníamos decisión”. Y tras el conflicto epistolar y mediático entre Skay y el Indio, parece que no habrá nuevas canciones para el carioca.
Que nunca se deciden: Fun People e Illya Kuryaki & The Valderramas, héroes de culto en los ‘90 y desaparecidos en acción de los ‘00. Dante y Horvilleur se reencontraron en camarines de festivales múltiples, pero no hubo lugar para hacerlo sobre un escenario argentino, un placer que sí tuvieron los mexicanos en el Vive Latino de 2008, cuando Dante subió en el show de Horvilleur para tocar Jugo. En cuanto a Fun People, ni un tema: Gori en Fastamagoria, Nekro devenido en Boom Boom Kid y entregado a su carrera solista, Lucas en Cucsifae. Fun People is dead.