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Susa-no-o (Mitologia Japonesa)

Info•6/20/2010
AMATERASU Y SUSA-NO-O Al oír aquellos horribles sonidos que también subían hasta el Cielo, Amaterasu se preparó con su arco tenso y mil flechas en su carcaj, para recibir como se merecía aquella desconocida visita que se anunciaba de tal manera. Cuando vio que el temido visitante no era otro sino su hermano, la diosa desconfió de los motivos que le llevaran hasta su reino, pues recelaba que él quisiera hacerse con él. Susa-no-o hizo protestas de su buena voluntad y explicó que lo único que deseaba era llegar hasta las profundidades de la tierra, para ver a su difunta madre, y que sólo quería despedirse de su hermana querida antes de partir. Tras aquellas palabras, los hermanos hicieron un juramento y, de los trozos de la espada de Susa-no-o, Amaterasu forjó tres diosas; por su parte, Susa-no-o tomó los prendedores de las trenzas de Amaterasu y con ellos dio forma a cinco dioses. Fue así como nacieron los ocho dioses fundadores de las grandes familias, siendo la imperial una de ellas, precisamente la única salida del ceñidor de la trenza izquierda de Amaterasu. Pero Susa-no-o se sintió embriagado por el orgullo de haber sido capaz de crear más dioses que su hermana, entregándose a una loca destrucción del reino de Amaterasu, hasta el punto de que ella corrió a esconderse atemorizada, refugiándose en una cueva del cielo, tapando la entrada con una gran roca. Al desaparecer el Sol, el Japón se oscureció y los dioses celestes se alarmaron. Así que se reunieron en asamblea las ochenta mil divinidades, tratando de solucionar la espantosa negrura, y encontraron la forma de hacer salir a Amaterasu de la cueva, disponiendo que la diosa Amanouzume, divinidad del baile, se pusiera a danzar estruendosamente, mientras todos los dioses hablaban a voces y reían alborozados, Amaterasu, desde su escondite, no pudo evitar oír la alegra de aquella fiesta, y quiso saber la causa de tal algarabía. Entonces le dijeron que lo hacían porque habían encontrado a una nueva y mejor diosa que cualquiera de las conocidas. Curiosa, Amaterasu se asomó para ver a ese maravilloso ser, quedando deslumbrada por su reflejo en un espejo que habían apuntado hacia la entrada de la cueva sus compañeros divinos, entonces Tajikarao, dios de la fuerza, la asió por el brazo mientras Futotama colocaba en la entrada de la cueva la red de soga de paja de arroz, el shimenawa que había tejido previsoramente, para impedir cualquier intento de regreso al refugio. Con Amaterasu fuera de la cueva rocosa del cielo, volvió la luz al Japón y la paz a los dioses. SUSA-NO-O EN LA TIERRA Paralelamente al rescate de Amaterasu, la asamblea de los ochenta mil dioses decidió dar un castigo ejemplar al blasfemo Susa-no-o, arrojándolo del cielo, no sin antes haberle cortado de ras pelo y uñas. El casti gado descendió a la tierra, cayendo en el monte Torikami, en Izumo, donde se halla la puerta del infierno. Después se puso en marcha hacia un poblado y se encontró con que una pareja de ancianos, que estaba con una hija de corta edad, lloraba desconsoladamente. Susa-no-o les preguntó la razón de aquella pena y los ancianos le explicaron que ellos, Ashinazuchi y Tenazuchi, sufrían desconsoladamente porque esa niña era la última con vida de ocho hermanas; que las siete anteriores habían sido devoradas por el dragón de Koshi año tras año y que, ahora, volvería el dragón rojo de las ocho cabezas y las ocho colas, del tamaño de ocho montañas y ocho valles, a exigir a la octava y última de sus hijas. El arrepentido Susa-no-o sintió piedad por aquellos ancianos y pensó un plan. Así que les pidió la niña por esposa, afirmando que él era nada menos que el recién llegado celeste hermano de Amaterasu. Los padres consintieron en darle a la hija por esposa, viendo después cómo el dios transformaba a la niña en peine y la enredaba en su peinado. Pidió sake en cantidad al matrimonio, al tiempo que él hacía un cercado en rededor de los pozos en donde se colocarían ocho barriles de ese licor. Llegado el dragón, y atraído por el olor del sake, se fue directamente al cercado, bebiéndoselo todo de un solo trago. Naturalmente, el dragón rojo quedó dormido por la embriaguez y Susa-no-o no tuvo que hacer nada más que acercarse al inerte monstruo y cortar sus ocho cabezas con ocho tajos de su espada; luego, al cortar la cola, su espada tropezó con algo, que era otra espada de gran filo. Ese arma magnífica, la espada Kusanagi, fue la ofrenda del vencedor a su hermana Amaterasu; es una de las tres joyas imperiales y se venera en el templo de Atsuta, tras haber sido una santa reliquia en el templo de Ise; las otras dos joyas imperiales, el espejo Yata-no-kagami que deslumbró a Amaterasu, y el invisible collar Yasakani-no-magatama, que lucía Amaterasu cuando fue visitada por Susa-no-o, están en el templo de Ise el uno, y en el palacio imperial el otro, donde nadie, ni los sacerdotes que las cuidan, puede jamás verlas fuera de sus envolturas, a no ser que quiera perder su vida. LA DESCENDENCIA DE SUSA-NO-O Tras derrotar al dragón rojo, Susa-no-o se instaló en Izumo, encontrando en Suga el sitio ideal para establecerse y fundar su familia. Una vez construido el palacio, Susa-no-o llamó venir a su suegro, el anciano Ashinazuchi, hijo de O-yama-tsumi, dios de las montañas engendrado por Izanagi e Izanami. Con su joven esposa tuvo un varón, Yashima; después tomó como nueva esposa a una hermana de su suegro, con la que tuvo a O-toshi y a Uka-no-Mitama; mientras Yashima casaba con una hija de su abuelo O-yama-tsumi y seguía la estirpe de su padre que llegaría, en la séptima generación, a O-Kuni-nushi y sus ochenta malvados hermanos, de quien se afirma que fue quien consiguió la mano de la deseada princesa Yakami de Inaba por su bondad, ya que, aunque sus ochenta hermanos pretendían desposarse con ella, Yakami dejó bien claro que sólo se casaría con O-kuni-nushi. Los malvados trataron de quitarse el rival de en medio abrasándole con una piedra al rojo vivo, aplastándole entre dos mitades de un árbol, disparándole ochenta flechas, pero cada vez que moría, los dioses le otorgaban nueva vida. Y así continuaban las persecuciones, hasta que O-Kuni-nushi se refugio en el infierno, en el reino de su antepasado Susa-no-o, siguiendo el consejo de su madre, quien creía que su antepasado le ayudaría a escapar de aquella interminable persecución. Mas no fue así, ya que en el reino del infierno fue donde el joven estuvo en mayor peligro, estando a punto de ser muerto en multitud de ocasiones, la primera vez por las serpientes, pero la hija de Susa-no-o, la princesa Suseri, también enamorada del atribulado O-Kuni-nushi, le supo librar de su veneno; después Susa-no-o, que no demostraba más que sus peores sentimientos hacia el joven, trató de darle muerte entre escorpiones, avispas, escolopendras, pero siempre Suseri le protegía con un amuleto apropiado del mortal veneno. Cuando terminaron las intrigas de Susa-no, O-Kuni-nushi tomó las armas sagradas de su antepasado y se lanzó triunfal en pos de sus ochenta hermanos. Vencedor y dueño de la tierra de Izumo, se desposó con su salvadora Suseri, no sin antes haber tenido un hijo con la amada princesa Yakami, quien tras concebirlo, temiendo los celos de la poderosa Suseri, dejó al hijo de ambos en tierras de Izumo y regresó sola a su país. Fuente
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