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Con motivo del Bicentenario, un buen artículo que encontré en un diario de por aquí

1945: el año del mejor invento argentino




Que nadie ose hablar de biromes y colectivos, y que nadie insinúe mirarse los dedos llenos de huellas digitales colonizadas por Vucetich!

Que nadie nos invite a cerrar los ojos en la calle para escuchar el tac-tac del semáforo para ciegos creado por Mario Dávila en 1983, y que ninguna glucemia alta venga a hablar acá del dulce de leche.

¡Afuera, chiquitaje! ¡Abran cancha al gran invento argentino!

El invento de 1945.

Porque hay hombres que nacen para cambiar la historia de una patria, y por qué no, de la humanidad. ¡Y eso es lo que hizo un gran hombre ese año!

Efectivamente, en 1945 Jorge Luis Borges publicó en la revista Sur el cuento donde presenta por primera vez ese artefacto que revolucionó el mundo: El Aleph, "el punto que contiene todos los puntos del universo". "Ese lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos."

Sí. Borges inventó Internet.

El Aleph, esa pequeña pantalla esférica de vidrio donde podían verse todas las imágenes del universo y responderse todas las preguntas, fue la Internet de Borges. La suma del conocimiento estaba allí, escondida debajo de una escalera, en el sótano de una casa de la calle Garay, en Constitución.

"El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí."

Como todo alephnauta, pasaba horas y horas desafiando al aparato: "No importa qué obsesión tenga uno, si no el número de clics que lo separan", nunca dijo.

Pero la Buenos Aires de mediados del 1900, como la de hoy, no tuvo un solo Aleph. Casi para el mismo año en que Borges adoraba religiosamente un vidrio en Constitución, Enrique Santos Discépolo ponía la ñata contra otro vidrio.
Un vidrio también omnisciente: el del cafetín de Buenos Aires. Otra vez, repetida, la fantasía que despierta Internet: no hay pregunta cuya respuesta no esté ahí nomás, del otro lado del vidrio. ¿De cuántas pulgadas era esa pantalla de cristal no líquido llamado vidriera de café? Ese otro Aleph, decididamente más popular que el primero, era ilustrado en filosofía, dados, timba y la poesía cruel. Es cierto. Los bares también fueron Internet. ¿De qué materia, arte o ciencia no podía hablar un parroquiano en la segunda Hesperidina? ¿No fue acaso pionero el boliche, en eso de la red social?

Uno de los primeros bares de Buenos Aires fue el Café de Marco, emplazado en lo que hoy sería Bolívar y Alsina. Hacia 1810, en la red social que ahí se tejió, se formó un grupo que, de haber existido Facebook entonces, bien podría haberse llamado "Yo también quiero hacer la Revolución y sacarme a los gaitas de encima".

Si bien faltaba mucho para el descubrimiento borgiano de 1945, ese bar era sin dudas el "Sitio" más visitado. El "Sitio" donde los patriotas construyeron, bebiendo sangría y golpeando la mesa de entusiasmo, una Argentina virtual con el sueño de hacerla real...

Pero en ese tránsito entre el país virtual y el país real, algo falló. Argentina, que hasta 1930 parecía correr con el caballo del comisario, pasó a correr con el caballo del botellero. Hay una fija: primeros, ya no más.

¿Dónde fue que mancamos?

Al Cabildo le achican tres arcos en 1894. Y otros tres en 1931. Los optimistas dicen que es porque Argentina crece y necesita abrir avenidas. Los pesimistas dicen que hubo que cortarlo para que se mantenga en escala con el tamaño real de la independencia que se iría conquistando...

Pasan los años. Argentina crece como un adolescente. Feo, desparejo. Pero crece.

Y otra vez estamos en 1945, ¡el año del mayor invento argentino!

Ahí se lo ve a nuestro protagonista, obnubilado, incrédulo, frente a la imagen que le devuelve otra vez esa pantalla redonda...

¿Es Borges?

No. Es un obrero del 17 de octubre. Y el Aleph al que le pide respuestas, es la fuente de Plaza de Mayo.

Para el mismo año en que el obrero ponía sus pies en la fuente, la clase media hija de inmigrantes empezaba a poner los suyos en la Universidad. Ya en los años 50, el redondo Aleph colgaba del cuello de "mi hijo el dotor" y se llamaba estetoscopio. Para aquel que lo supiera auscultar, el estetoscopio parecía tener reservadas todas las respuestas para una única pregunta: ¿Cómo se progresa en la vida?

¿Y en los 60? ¿Dónde buscar nuestro Aleph? ¿Dónde estaba en esos años la fuente de la sabiduría? ¿En las infinitas librerías de la ciudad, cuando la Argentina se había convertido en la usina edi torial más vital del continente? ¿En los pletóricos cines y teatros de la Avenida Corrientes ? ¿En los claustros universitarios? Probablemente.

Pero los 60 fueron también la década en que Argentina se puso por fin los pantalones largos. A no ilusionarse. Hablamos de los pantalones de jean, que a los argentinos nos hizo más vaqueros y menos gauchos. El jean americano trae una novedad: sirve para trabajar y para el tiempo libre. Para jóvenes, adolescentes y adultos. Para hombres y mujeres. Para ricos y pobres. El jean nos iguala a todos. Es como la Revolución socialista, pero sólo para piernas y nalgas...

Y sí, los años 60 bifurcaron a los argentinos en al menos dos "dispositivos omniscientes". Algunos se encandilaron con la Revolución, y otros con esa "proto-globalización" que trajo jeans, a los Beatles, las minifaldas y los pelos batidos.

Para entonces, desde España, Perón mandaba en forma de casettes lo que para algunos fueron pedacitos de Aleph clandestinos. Esas esquirlas de Aleph debían ser escuchadas en escondites, tal vez en sótanos, aunque no en aquel de la calle Garay, el que había inventado Borges. Más tarde, en los setenta, se sumaron los múltiples alephs revolucionarios de la época que, cargados de consignas, banderas y protesta, marcaron las calles y el clima de la ciudad.

Después.... Después nada. ¿Quién quiere buscar un aleph en siete años de dictadura?

"Duró la tormenta, hasta entrados los años ochenta", cantaba Sabina. ¿Cuál es, desde 1983, el Aleph redondo y mágico que creíamos nos daría todas las respuestas? La cúpula del Congreso . Desde ahí se proyectarían imágenes de una república no perdida y de una ciudad que volvía a vivir: un recital al aire libre, una opinión al aire libre, un beso al aire libre.

En lo años 90 también una cúpula se propuso como aleph de aquellos tiempos. ¿La cúpula del Congreso? No, la cúpula del Shoping Galerías Pacífico. Con "Tarjeta Menem, ¡los muchachos hedonistas todos unidos gastaremos". Los noventa le imprimieron su sello a la ciudad, desde los shoppings hasta Puerto Madero y las topadoras en la villa 31...

También llegando al nuevo milenio el Aleph que nos dará las respuestas fue redondo, como el original. La cacerola. Si la política era el camino, nos creímos que el cacerolazo era el atajo. Con la crisis de 2001 el país total, la ciudad total estuvo en las calles de Buenos Aires.

Y así pasan las décadas, con nosotros los argentinos buscando siempre un omnisciente, sea objeto, persona o modelo, que nos diga para dónde queda la gloria...

Cada crisis, desde la de 1930 hasta la de 2001, nos encontró en alguna vereda preguntando atribulados: "¿Dónde hay un Aleph, viejo Gómez?"

Pero, dicen que de las crisis se aprende. Y fue así que aprendimos que la suma del conocimiento no está bajo la escalera de un solo sótano, ni en un solo café, ni en una sola provincia panzona, ni en un solo hombre, ni en un solo discurso, ni en una sola épica...

Aprendimos a escuchar, a integrar, y a entender que para que haya país, no debe haber "el" Aleph. Si no "los" Aleph.

Mentira. No aprendimos nada.
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