Resulta risueño, no? bueno.... quizás no tanto después de leer esto.
¿Al fotografiar a una persona se le roba el alma?
En ciertas comunidades tribales esta es una arraigada creencia, de hecho muchos americanos nativos consideran que las fotografías capturan las almas de los vivos y las encarcela en la imagen.
Ahora bajo esta premisa si al tomar fotos se roba el alma, qué sucede si se fotografía algo muerto o inanimado. ¿La muerte o cosas sin vida tienen alma? De ser positiva la respuesta, pueden las almas de los seres inertes ser robadas al ser fotografiadas.
Para dar respuesta a estos interrogantes el centro de las artes Black Rock en Germantown, Maryland, presentó la exposición “Robando almas muertas” del experimentado fotógrafo de Mississippi, James W. Bailey. Bailey explora el concepto de la fotografía y su habilidad mística de robar la vida de lo no viviente.
A través de sus fotografías, Bailey explica las bases culturales de sus creeencias espirituales sobre el poder de la fotografía de robar las almas de la vida y de las cosas inertes.
“Tengo una creencia religiosa heredada de mi abuela por parte paterna, quien era descendiente de los indios Choctaw y quien fue extremadamente desconfiada frente a las cámaras fotográficas. La fotografía tiene el mágico poder de capturar un elemento vivo de vida, un ‘flash’ del alma si se quiere”, señala James W. Bailey.
El fotógrafo cuenta que el haber vivido en Nueva Orleans durante gran parte de su vida adulta le ha servido para creer en la vida de la muerte. La muerte tiene vida, sentimientos y emociones, puede experimentar dolor y tener remembranzas. Al mismo tiempo entiende que debe ser muy difícil para los paparazzi mantener un equilibrio entre lo que fotografía y su moral como fotógrafo.
Bailey es un autodidacta como artista fotográfico y un escritor experimental. El foco de su trabajo artístico incluye proyectos de arte que explora los momentos pasajeros que forman parte de la comunicación y las relaciones culturales.
No me crees?
"No me gusta posar porque las fotos te roban el alma"
A la fotógrafa libanesa Dalia Khamissy no le gusta que le hagan fotos. Nada raro entre los de su 'tribu', pero la diferencia es que Dalia cree que (y jura que no es broma) que las fotografías te roban el alma. «Si la gente que se pone delante del objetivo supiera todo lo que puede verse con una foto, no posarían tan tranquilos», dice tras la entrevista.
Khamissy sabe de lo que habla. Ha estado en todas las trincheras del fotoperiodismo: en la de las agencias, que mantienen una lucha diaria por ocupar las portadas de los periódicos, y en la del reportaje pausado, en el que primero hay que ganarse la confianza de aquel al que vas a retratar y después, sólo después, 'robarle el alma'.
Ha sido testigo de muchas cosas. Ha visto un hombre con un cráter en el pecho y ha disparado su cámara. Pero también ha ha visto mujeres desesperadas, gritando, niños destrozados, cadáveres esparcidos y ha preferido bajar el objetivo.
Tras la última guerra que cubrió como editora fotográfica (aquella en la que le dieron el World Press a Spencer Platt, de Reuter, por su foto de la indiferencia, con polémica incluida), Khamissy dejó su agencia, Associated Press, para dedicarse a hacer sus trabajos como 'free lance'. Aunque todavía fresco el conflicto, tuvo tiempo para tomar las imágenes que ahora trae al castillo de Santa Catalina reunidas en una exposición. Son fotos de casas libanesas destruidas en las que no se ve un alma y en las que los restos de lo que un día fue el salón de una casa, hablan sin necesidad de ver sangre, lágrimas o metralletas. «Me parecían lugares tristes y silenciosos», resume.
Para hacer las fotos de 'Espacios abandonados', Dalia tuvo que pedir permiso a Hizbolá. ¿Por qué salones y no dormitorios? «Eso fue lo que vi; había también cocinas, pero no me decían nada, pero los salones me decían mucho de cómo vivía esa gente. Esa ausencia que a la vez es presencia de seres humanos fue lo que me impactó».
Ahora se siente más libre. Hace los trabajos que quiere y está experimentando con el mundo multimedia. Y es optimista: «Todavía hay muchas cosas que documentar». Cree que ahora «hay demasiados fotógrafos» pero también considera que «los buenos siempre tendrán trabajo. Siempre habrá guerras y desastres». Para ella hay cosas más importantes, como que un refugiado iraquí, ya a salvo en Suecia, tenga una niña y decida llamarla Dalia. «Intenté explicarle eso a mi jefe», confiesa.
F! 1
F! 2
Adiosito.
no te gustó? perdon, tengo sueño