El autor de “El enigma de París” se ha encargado en pleno siglo XXI, de continuar una de las tradiciones literarias más exigentes posibles: la novela policíaca o detectivesca. En su última obra, “Los anticuarios”, amplía su capacidad de absorber el mundo para ficcionalizarlo. Aquí, una entrevista exclusiva.
Con su última novela: Los Anticuarios (Planeta), De Santis amplía su capacidad de absorber el mundo para ficcionalizarlo. La vida monótona de su joven protagonista, el periodista Santiago Lebrón, se ve interrumpida por una serie de percances que lo lanzarán a una carrera sesgada hacia lo inesperado.
Hay lugar para extrañas circunstancias: viejas redacciones, muertes, vampiros, todo un mundo ficcional que ha creado sus propios paradigmas. A través de una prosa depurada y precisa, su trama se encauza hacia el milagro, ese espacio que se gesta en el límite entre lo real y lo imposible.
Sin fisuras, su historia progresa a través de capítulos en los que el tejido narrativo cobra vigor hacia un desenlace contundente. Asimismo, el libro puede leerse como una indagación sobre los enigmas de épocas convulsas, de personajes oscuros.
-La novela transcurre en dos ambientes disímiles. El ambiente de las grandes redacciones, donde están presentes las máquinas de escribir, y el de las librerías de viejo, de los coleccionistas. ¿Por qué se centró en ellos para la escritura de Los anticuarios?
-Son dos ambientes muy familiares para mí. En el ambiente de Últimas Noticias transcribí mis experiencias de la editorial Abril, una gran editorial en la que trabajé a mediados de los años ochenta y que editaba revistas como Vosotras, Siete Días, Radiolandia, Antena, Claudia… Era el mundo del periodismo anterior a las computadoras, cuando Google no existía y para saber de alguien había que ir a "hacer archivo" y enfrentarse con recortes amarillentos. No había quien jerarquizara los materiales por uno; era uno mismo el qué resolvía qué era lo importante y qué no.
Por otra parte, las librerías de viejo son un ambiente familiar para mí desde el momento en que terminé el primario y empecé a ir solo al centro, en el subte A (el de los vagones de madera y los espejos biselados) para buscar en las librerías de viejo. En ese época abundaban los libros de la editorial Tor, ediciones tan baratas que se vendía de a diez. Los vagones de madera del subte fueron durante muchos años mi lugar de lectura favorito. Y vivo a una cuadra del enorme galpón donde los guardan, junto a los "tranvías históricos" que son un pequeño paseo turístico.
-Por cierto, ¿de qué modo su experiencia en la revista Fierro y su paso por ella lo consolidaron a la hora de narrar historias como ésta?
-En Fierro aprendí a no distinguir entre alta y baja cultura. Eso se lo debo sobre todo a Juan Sasturain. ¿Por qué un poema a secas es mejor que una letra de tango? ¿Por qué una novela a secas va a ser mejor que una novela policial o que la historieta Mort Cinder? En las páginas de Fierro uno aprendía a valorar el género policial, el cine de horror, y la historieta, por supuesto.
En la redacción de Fierro hice grandes amigos como Marcelo Birmajer, Juan Sasturain, Juan Lima, Max Cachimba. Fue un lugar de pertenencia muy fuerte; a mí me marcaron mucho las notas que aparecían en la revista, como las de Angel Faretta, Rodrigo Tarruella o Elvio Gandolfo, por ejemplo.
Gracias a Fierro conocí personalmente escritores como Ricardo Piglia o Mario Levrero, que colaboraban con la revista. Yo iba a la universidad, pero para mí Fierro fue mi otra universidad, mucho más poderosa, fuerte y libre de prejuicios. O mejor dicho, donde los prejuicios tenían su justificación en el mundo de las pasiones.
-Si bien se trata de una novela fantástica, el policial está presente en Los anticuarios, aunque de un modo atenuado. Tal vez sea esta una de sus mayores virtudes, al igual que la legibilidad. ¿Corrige mucho lo que escribe?
-Corrijo mucho, y esta novela en particular tiene varias reescrituras, ya que las primeras páginas son de al menos diez años atrás. Hay un momento de la corrección en que uno aspira a una autoconciencia total; y otro momento en que uno trata de que todo resulte natural, "hablado". Creo que es importante en la corrección olvidarse de la idea de lo perfecto para llegar a la idea de lo vivo.
-Los diálogos llevan una carga de oralidad debido a la naturaleza verosímil de su tono. ¿Qué importancia le otorga a la definición de sus personajes?
-En una novela los personajes son fundamentales. Es esencial que al lector le importe el destino de los personajes. Pasa como con el cine: el que sirve más no es el mejor actor, sino aquel que logra arrancar al espectador de su neutralidad. La vida de un personaje es una ilusión que se consigue con palabras. No se trata de reproducir los diálogos de la realidad, sino de construir un verosímil en el que la ilusión sea tan perfecta como sea posible.
-Asimismo, lo esotérico vertebra la narración. Lo fantástico, como acontece en El teatro de la memoria y Filosofía y letras, se deja filtrar.
-Sí, es una novela que retoma uno de los temas más viejos del género, la relación con lo muerto. En la novela aparece a través de la noción de una sobrevida y de los vampiros, pero también de la presencia del carmen, el poder que tienen los personajes de proyectar para los demás la imagen de alguien que ha muerto.
Es como si tuvieran un pacto con todo lo que ya pasó, lo que no existe, lo que está en el fondo de la memoria. Y el esoterismo siempre me interesó como narrador, porque escritores y ocultistas tenemos metas parecidas: vincular lo grande con lo pequeño, lo particular con lo universal.
-La política aquí se asoma de modo solapado. La historia transcurre durante la segunda presidencia de Perón.
-Quise que fuera un telón de fondo, pero que de alguna manera explique ciertos hechos de la novela. Los personajes quieren distanciarse de los hechos de su época; confían en que hay otra historia distinta, que es la de ellos. Siempre existe en lo fantástico la idea de la "historia secreta del mundo", es decir, lo fundamental no es lo que en los libros aparece como fundamental, sino otra cosa escondida.
-¿Es metódico cuando escribe?, ¿desarrolló la novela programáticamente?
-Escribo varias cosas a la vez, y de pronto me engancho con una y la sigo hasta el final. No soy metódico, sino impulsivo. Ese impulso que me lleva a escribir una cosa u otra es lo único que puedo interpretar como disciplina.
-¿A la hora de escribir utiliza sus recuerdos y vivencias o recurre más a la imaginación?
-Cuando recordamos, imaginamos; y cuando imaginamos, recordamos.
-¿Qué importancia le da al desarrollo de la intriga?
-La intriga es el corazón mismo de la escritura, lo que sostiene las palabras. La intriga es la literatura puesta a soñar. Cuando soñamos, ¿qué otra cosas soñamos mas que argumentos?, ¿alguien soñó alguna vez sólo con una palabra, o con una silla en una habitación vacía?
-Llegamos al quid de su narrativa. ¿En su caso particular, le resulta arduo crear el enigma, el misterio central de sus libros, aquello que sustenta la estructura misma de la narración?, ¿cómo se decide por cuál optar?, ¿por descarte ante otros menos inverosímiles?
-Sí, me cuesta mucho resolver el enigma o el centro de una novela. Si una novela tiene una intriga de tipo policial, el peligro está en resolver mal el misterio y echar abajo toda la trama. Si la novela es fantástica, el peligro está en inventar algo que resulte inverosímil para el escritor. Borges decía que no tenía poética, que tenía algunas "astucias" de narrador; yo creo que con los años uno va aprendiendo algunas astucias a las que sería un error poner en lugar de leyes universales.
-De Santis, al escribir, y llegado al caso, ¿preferiría sacrificar el estilo en que narra la historia, o el argumento de la misma?, ¿por qué?
-Inventar un argumento es inventar el modo como se va a contar ese argumento; la separación entre forma y contenido es irrelevante para la literatura o sólo aparece cuando una de las dos falla. Los neurólogos sólo pueden estudiar las funciones normales del cerebro a través de personas que han recibido algún daño.
-¿Qué opinión le merece la obra de Marco Denevi, un autor que supo -como Lem y M. John Harrison-, cruzar el policial con lo fantástico?
-Denevi es un escritor que me encanta, sobre todo Falsificaciones y Rosaura a las diez. Denevi y Mujica Lainez fueron olvidados por los críticos y por toda una generación de escritores, pero no por los lectores, que los siguieron leyendo.
-Desde La sexta lámpara, pasando por El enigma de París, sus novelas resultan progresivamente más ambiciosas. No tanto en su extensión sino por el modo de formalizarlas. La manera de regular la acción, el desarrollo verosímil de sus personajes, se mueven dentro de las formas clásicas. Hay una mayor apuesta por armonizar, que recuerda a la transparencia de Bioy. La voz omnisciente y segura del autor.
-Guillermo Martínez habla de la "autoridad narrativa" que tienen ciertos escritores y que es el modo de interesar de inmediato. Pero esa autoridad no tiene nada que ver con la seguridad personal del personaje (en general, conviene a la narración un narrador lleno de dudas, Watson y no Holmes). Yo soy un lector un poco difícil, me aburro fácil, me quedo dormido, no sé lo que es el insomnio, por eso muchas de mis estrategias apuntan a un lector que tiene fallas semejantes. ¿Por qué voy a describir unas cortinas si yo como lector paso por encima las descripciones de las cortinas?
-¿Aún le sigue resultando fundamental que sus libros puedan ser leídos en el plano del entretenimiento?
-Un libro es o debe ser, muchas cosas a la vez; no sé si creo en la obligación del entretenimiento, pero creo menos en la obligación del aburrimiento.
-Hay una idea recurrente en su propuesta estética. Me refiero a que considera a la restricción formal como punto de partida para la libertad de escribir. No le interesa el deslímite de los géneros, sino todo lo contrario, la infinidad que esconde un sistema cerrado; la autoconciencia de los propios límites. ¿Por qué?
-Los géneros plantean desde el vamos una serie de dificultades; no hay nada más difícil que escribir que una novela policial, aunque sea fácil de leer. Lo mismo ocurre con la literatura fantástica. Para mí esta manía de estructurar el relato en torno a un misterio, tiene una relación atávica con nuestra idea misma de lo que es un cuento: un secreto, una pregunta, algo por descubrir.
¿Por qué leemos? ¿Por qué nos interesa la suerte de seres que no existen? Los géneros nos responden: leemos para sentir que en cada momento se abren posibilidades infinitas como versiones posibles de un crimen; leemos para recordar que el pasado pesa sobre el presente, como nos susurran los cuentos de fantasmas o las historias de vampiros. Para decirlo mejor, con palabras de Chesterton, "No leemos cuentos de hadas porque creamos en dragones; leemos cuentos de hadas para saber que los dragones pueden ser vencidos".
-En Los anticuarios, como en La traducción, su protagonista se ve movido por una cuestión sentimental: Luisa. Una de las bases del policial: la ingenuidad del narrador.
-Me parece fundamental que el narrador no sepa todo, que aprenda a lo largo de las páginas; el que sabe todo no puede contar una historia. Sólo se puede narrar a través de las dudas y los fracasos.
-También en esta novela, como en las anteriores, hay una insistente preocupación por la espacialidad. La acción sucede en espacios por lo general cerrados, lo que ayuda a incrementar el grado de claustrofobia. ¿Siente así un mayor control a la hora de escribir?
-El espacio irrespirable de toda gran novela, escribió Calvino. En la ficción en general el espacio es esencial, porque es una concentración del mundo. Pensemos en la novela policial, donde el espacio reúne a los personajes. Siegfried Kracauer, el primer crítico que escribió sobre el género, allá por los años veinte, señaló que el hall del gran hotel era la catedral del género, donde el detective, ese sacerdote laico, desarrollaba su sermón.
No unía a Dios con la comunidad, sino a la razón con los hombres. Y en la literatura gótica los espacios son también fundamentales: castillos, laboratorios, catacumbas. Creo que hace bien a la narración que todo transcurra en espacios sugestivos, expresivos, que no sean menciones al pasar, que estén "escritos", marcados.
-¿En una novela de misterio siempre debe haber una solución del enigma? Parece una pregunta trivial pero está considerada sobre todo teniendo en cuenta los desenlaces rebuscados de los que muchos escritores cultores del género suelen abusar.
-El desenlace es el gran problema de la novela policial. En los años sesenta hubo una moda de eludir el final y decir: en la sociedad no se resuelven los crímenes, porque existe el capitalismo, entonces no voy a resolver el crimen de esta novela. Esa moda ya pasó, afortunadamente. Juan José Saer, por ejemplo, escribió una novela genial como La pesquisa, pero la arruinó en parte al poner un doble final, que echaba sombra sobre el anterior.
Por otra parte, en muchos relatos, y sobre todo en muchas películas, vemos que la necesidad de sorprender lleva a la inverosimilitud y al engaño. No deja de maravillarme el teniente Columbo, cuyas historias cuentan al principio lo que debe decirse al final, y que a pesar de eso mantiene una absoluta eficacia narrativa.
-A pesar de haber vivido toda su vida en Caballito, ¿a qué se debe la escasa mención de esta localidad en sus libros?
-Es cierto, el barrio aparece sólo en algunas novelas juveniles, La sombra del dinosaurio, Pesadilla para hackers. Pero la ventaja de la literatura es visitar otros barrios, ¿no? aunque estén en la Luna.
-¿Qué postura conserva respecto a los géneros literarios? ¿Hay que leer desprejuiciadamente, sin creer en la jerarquización de autores y criterios canónicos?
-El que habló de canon fue sobre todo Harold Bloom, una autoridad en materia de tonterías, errores y prejuicios. Creo que los lectores debemos descreer de esas cosas, porque muy a menudo el tiempo les ha dado la razón a los lectores más que a los críticos. Por ejemplo a Kipling, Chesterton, Somerset Maugham, nadie los tomó en serio. Hoy Stephen King está considerado como un mero autor de best sellers, pero sus mejores libros son extraordinarios.
-¿Qué autores lee y le interesan como referente?, ¿por qué?
-Para no irme por las ramas en una enumeración de autores, diré que he estado leyendo últimamente al cordobés Sergio Aguirre, que publicó sólo cuatro novelas, y las cuatro estupendas.
-Por último, ¿cree que la novela sea un género cargado de futuro?
-La novela va a seguir porque es sobre todo un modo de leer: es las ganas de entrar en una historia y permanecer un tiempo allí y ver cómo un personaje se transforma. La novela va a seguir mientras existan las esperas y los viajes.
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