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No dispares al aire

Info12/30/2009


Los diarios de los días posteriores a las fiestas de fin de año son previsibles: tragedia luego de manejar alcoholizados, quemados por al pirotecnia y heridos por balas lanzadas al aire.

Aunque parezca irreal, esto último sucede aquí, aunque pocas veces suele dimensionarse el fenómeno. Es producto de una tradición tan vieja como absurda que une tras de sí al hampa y a las fuerzas de seguridad.


Sólo basta tener un arma de fuego al alcance de la mano, ya sea “para defenderse de la inseguridad” o bien para ser parte de ella. Cuando la radio a todo volumen lanza la sirena que notifica que “ya son las doce”, la empuñan y, sumergidos en los vahos del último choque de copas, arremeter a tiros contra el cielo.

La venganza superior es dramática, pero casi nunca vuelve contra quien dispara. Cuando una bala sale con toda su fuerza contra las nubes, baja, vuelve –maldita ley de la gravedad- y con más velocidad e imprevisibilidad.

En el mundo, para estas fechas, se cuentan por miles las personas que las recordarán como el momento más trágico de su vida. Ya sea por un choque, una quemadura, un balazo.

Cada vez con mayor contundencia, los expertos en accidentología cuestionan la “accidentabilidad” de estos hechos. La cuestión es así: ¿realmente puede considerarse un accidente, una casualidad, una eventualidad un hecho cuya letalidad es machacada constantemente por los medios?

En el caso de las balas tiradas al aire que se pierde y hacen que algún anónimo vecino resulte víctima del “fuego amigo” navideño, el tema empieza a cobrar espacio en las agendas de Latinoamérica.

En Centroamérica, por ejemplo, la incidencia de las balas perdidas en la pérdida de vidas para Navidad y Año Nuevo es tan grande, que los hospitales deben prepararse especialmente para esta ocasión.

Pero en Colombia, en donde el problema se hace extensivo a lo largo del año por la permanencia del conflicto armado y por la disponibilidad de armas de fuego existente, ya se habla de que debe investigarse y judicializarse quién originó el disparo que terminó o bien truncó alguna vida.

Hay buenas noticias para este boletín: un informe del Instituto de Seguridad Pública (ISP), señaló en Río de Janeiro que este año cayó en 25,3 por ciento la cifra de víctimas de balas perdidas, lo que representa 35 menos que en 2008. Pero eso se logra con una interacción de cosas que no siempre se hacen en la Argentina.

Por ejemplo, registrar en los hospitales el presunto motivo, calibre, circunstancia del balazo; plasmarlo en estadísticas que, compartidas con la justicia, permitan dimensionar e investigar este tipo de hechos que, por lo general, son tomados como fortuitos. Y hasta allí se llega.

Los efectos no son cuantificables en frías estadísticas. El impacto en las personas que son lesionadas y en sus familias, es atroz y resulta un fuerte condicionante para su futuro. La psicóloga venezolana Adriana Gioni lo explica con mejores palabras: "Las lesiones por armas de fuego son eventos extraordinarios rápidos y dramáticos, que perturban la vida cotidiana de quien lo recibe, por eso originan consecuencias negativas como pérdida de vidas humanas, lesiones físicas o daño moral que provocan sufrimiento. Las consecuencias psicológicas suelen permanecer en muchos de los casos como huellas permanentes en la mente de quien lo vivió".

Hoy, el desafío está planteado y es desterrar una práctica tan irresponsable como inconducente, como lo es disparar al aire para festejar.


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