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Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí

Info10/15/2010



¿Cómo es la vida de un Sebastián Apesteguía, un paleontólogo que vive en el pasado?

Sebastián Apesteguía se obsesiona con el pasado, incluso se podría decir que con la muerte, con los muertos. El hombre se mueve entre huesos, los levanta con cuidado reverencial, los posa sobre la mesa y sonríe casi conmovido, aunque con aquella suficiencia científica. El laboratorio hoy está sumido en un silencio mineral, bastante acorde al osario jurásico que se arruma en las estanterías. Apesteguía se pasa la mano y se alborota más su pelo ya alborotado, luego clava los ojos en una lupa que sale de la mesa como una pata de araña metálica y comienza a cincelar una piedra ocre. "Es un esfenodonte", dice el paleontólogo argentino como si soltara una epifanía. La roca bajo la lente contiene una especie de lagarto que falleció hace 90 millones de años.

Es la mañana de un frío jueves en el laboratorio de la Universidad de Maimónides, en Buenos Aires. El paleontólogo comienza el día con un mate y revisando las propuestas para la exposición de dinosaurios a realizarse en Colombia, una muestra enorme que llegará al país el próximo 7 de diciembre. Apesteguía es el curador y el responsable de la exactitud, por eso corrige los bocetos, fiscaliza los escenarios, revisa fósiles, dice qué debe ir y cómo debe ir. Su misión es hacer que la puesta en escena sea lo más fiel posible al contexto en el que vivió cada dinosaurio. Por eso, mientras mira las imágenes de las distintas reconstrucciones que se elaboran en China, dice que algo anda mal.

Ese "algo anda mal", hace que los organizadores de la exposición pongan expresión de acontecimiento y les suden las manos. El paleontólogo declara con firmeza que las plantas del fondo, esas que apenas se ven (a recordar: el protagonista es el dinosaurio), no corresponden al periodo geológico. Dicho y ya se entiende: hay que hacer cambios. Las observaciones de Apesteguía llegarán a China, a la ciudad de Shenzhen, donde se fabrican los escenarios y los dinosaurios animatrónicos. Y todos a trabajar una vez más.

***

Para tener el trabajo de Sebastián aparentemente se debe ser un poco obsesivo y, se sabe, la obsesión anida en los detalles: En la puerta de la mínima oficina hay un Apesteguía de caricatura enmarcado entre fémures; en la mesa y al lado del computador, una marioneta de espuma de un colorido carnosaurio; abajo, aparcada en la calle, su vieja camioneta negra (que bien pudo prestar su servicio en la Segunda guerra mundial) con la cara de un raptor tatuada en la puerta del conductor y un pequeño dinosaurio colgado del retrovisor.

Sebastián siempre está mirando hacia atrás. Eso es lo que él hace: escarba en el pasado. Ahora saca del subsuelo de su memoria los recuerdos de una pasión que comenzó en la niñez, cuando pintaba feroces batallas de dinosaurios sobre una hoja. Luego cuenta que en su adolescencia se ofreció para trabajar gratis en un museo, donde su labor era enderezar clavos y limpiar réplicas de huesos, y a los 18 años participó en la primera expedición a la Patagonia para buscar fósiles. Comenzó a estudiar biología en la Universidad de Buenos Aires, pero culminó su carrera con orientación en paleontología en la Universidad de la Plata, donde más tarde hizo su doctorado.

Su prontuario incluye: varias publicaciones en revistas científicas, la más destacada en la prestigiosa Nature (donde publicó, antes de graduarse, sus hallazgos sobre los esfenodontes), varios libros de su autoría y, por supuesto, descubrimientos de nuevas especies de dinosaurios. También ha participado en excavaciones en Argentina, Bolivia, Ecuador, Hungría y Francia.

Apesteguía llena de nuevo su matero, bebe y, enseguida, como si de repente recordara algo urgente, saca de un archivador una pieza oscura, diminuta y rugosa, que se antoja como un trozo de madera. Es un fósil, un pedazo de lo que fue un animal. El hombre lo toma entre los dedos y dice que "la paleontología es un juego de descifrar". Todo lo que hay aquí son piezas, fragmentos, pistas que el paleontólogo sigue y compara, para intentar la reconstrucción de una vida que se convirtió en piedra.

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Hace 230 millones de años aparecieron los primeros dinosaurios. Eran animales pequeños, que con el tiempo comenzaron a diversificarse en formas y tamaños y se adaptaron a la mayoría de ecosistemas. Durante 165 millones de años fueron el grupo dominante y, según la teoría más aceptada, un asteroide, con una fuerza mil millones de veces superior a la bomba de Hiroshima (según un estudio del Imperial College de Londres, publicado en la revista Science), terminó con su reinado un día cualquiera en el cretácico.

Se calcula que hace 65 millones de años se extinguieron (dejando solo a las aves como únicos descendientes). A lo largo del planeta se han descubierto sus rastros, pero la Patagonia argentina ha sido uno de los lugares en los que los paleontólogos han hecho grandes descubrimientos.

Desde 1999, en La Buitrera (Patagonia), un grupo de investigadores de la Fundación Azara, dirigidos por Apesteguía, comenzó a trabajar en un yacimiento y logró hallazgos que maravillaron al mundo científico. En este lugar, el paleontólogo y sus colaboradores, encontraron un pequeño dinosaurio carnívoro de la familia de los raptores, al que Sebastián bautizó Buitrerraptor gonzalezorum (Buitrerraptor por el lugar en que fue descubierto y gonzalezorum como dedicatoria a los hermanos González, dos pequeños que ayudaron al grupo de científicos a llegar hasta el lugar). En la misma zona también hallaron al Cathartesaura anaerobica, un saurópodo (dinosaurio de cuello largo) de tamaño medio del que no se conocía mucho y del que pocas evidencias había sobre su existencia en América del sur. De la misma manera encontraron una serpiente con patas, a la que denominaron Najash rionegrina, que resultó ser la serpiente más primitiva conocida hasta hoy.

Cada hallazgo se constituyó en una revelación y abrió el camino para nuevas teorías. Cada fósil contradijo una vetusta visión de aquel mundo perdido y reformuló las suposiciones de lo que fue, de dónde y cómo vivía esta fauna que captura la imaginación de los legos en el tema y las conjeturas de los expertos.

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Sebastián Apesteguía mira para atrás, una vez más. Ve a sus nuevos discípulos que trabajan en una oficina frente a la suya, en la que se clavan de cabeza sobre libros y fósiles. Es "la banda de facinerosos", como les dice en broma. El paleontólogo es un hombre que se ríe bastante, que habla con orgullo de sus camaradas nuevos y viejos, de sus maestros José Bonaparte y Fernando Novas, que se convirtieron en sus compañeros. Es un hombre que tiene dos perros beagle que pasea cada mañana sin falta y que está enamorado de una ecóloga que no comparte su gusto por los 'dinos'.

El relato más corto de la literatura le pertenece a Augusto Monterroso, que escribió: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Sebastián no conoce el cuento, pero cuando lo escuchó soltó una pequeña carcajada. Quizás un poco identificado porque en medio del absurdo de la mínima ficción está su realidad: Cada vez que despierta el dinosaurio (los dinosaurios) continúan allí. De eso se trata la obsesión.

Era de dinosaurios

Este es el nombre de la exposición que llegará al país el próximo 7 de diciembre y que abrirá sus puertas inicialmente en Medellín, en Plaza Mayor, y que luego irá a Bogotá en la última semana de enero del 2011. En ella se mostrarán 31 dinosaurios animatrónicos (con movimiento y sonido), que se construyeron en China con tecnología japonesa, y que se exhibirán en escenarios fieles al contexto real en el que vivieron. Todo con la asesoría y curaduría del paleontólogo Sebastián Apesteguía. La exposición la trae a Colombia la empresa Coolture Marketing (la misma que trajo las de Da Vinci y Bodies) y será la primera de estas características en el país. Además, tendrá un componente social, pues sus creadores pretenden que los niños de bajos recursos puedan acceder a ella gratuitamente, para que el fascinante mundo de los dinosaurios esté disponible para todos, sobre todo, para los más pequeños.

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