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Ecuador: 10 años de dolarización

Info1/11/2010


Hace 10 años, en enero del año 2000, ningún ecuatoriano estaba al margen del peor drama monetario de la historia del país. Macrodevaluación, quiebra masiva de empresas, desempleo, salarios pulverizados, emigración forzosa, todo parecía indicar que el estallido sería devastador. El presidente Jamil Mahuad sorprendió al mundo con una medida que era un secreto a voces y que recibió la luz verde de Estados Unidos: dolarizar la economía y destrozar al Sucre, la moneda nacional. El cambio benefició a los especuladores pero sumió al país en un shock colectivo del que fue muy difícil despertar.


La noche del 9 de enero de 2000, el Palacio de Carondelet en Quito, histórica sede del Gobierno ecuatoriano, era un sepulcro, a pesar de que en el lugar -epicentro del poder político local- había gente trabajando, subiendo y bajando gradas, entrando y saliendo de las oficinas, haciendo o terminando llamadas telefónicas, gritando o bajando la voz...

Fue un domingo de alta tensión no solo para los periodistas ecuatorianos y extranjeros que seguíamos muy de cerca el “crack” financiero que azotaba al Ecuador, y sus derivaciones políticas. También fue un día que, una década después, seguramente no se desvanece de la memoria de quienes tomaron la más importante decisión de política económica que se haya adoptado durante la vida republicana del Ecuador, la muerte de la moneda nacional. Ahí estaban los señores de levita cara, mirada inquieta, nervios de quinceañera, algunos de los cuales, incluso hoy, son respetables por sus opiniones y más respetados por sus fortunas…

La tensión colectiva en la sede del Ejecutivo ecuatoriano, esa noche del 9 de enero, fue excepcional, por muchas razones, entre ellas:

Uno: tres días antes del anuncio del entonces Presidente de Ecuador, Jamil Mahuad, aún no estaba asegurada la mayoría de votos del Directorio del Banco Central del Ecuador (BCE), necesarios para dar luz verde a la dolarización. La legislación de la época obligaba al BCE a aprobar el pedido del Ejecutivo y sin ese requisito el Presidente no podía hacer nada.

Dos: hasta el 6 de enero, al propio Mahuad todavía le quedaban dudas sobre la pertinencia y oportunidad políticas –ya no económica ni técnica- de la medida más radical que habría de tomar durante su vida pública.“Yo no seré el Presidente que divida en dos a este país: los que están a favor y los que están en contra de la dolarización”. Esta frase suya retumbaba en los oídos de sus más cercanos colaboradores, como muestra del encarcelamiento en el que el propio Mahuad se había metido.

Tres: aquel directorio del BCE tenía cinco miembros, en donde Pablo Better, quien fungía como su Presidente, se había convertido en opositor público de la dolarización y defensor de la moneda nacional. En otras palabras, mientras al Presidente del Ecuador le urgía dolarizar la economía, al presidente del Banco Central le urgía salvar al sucre. Mahuad actuaba con un pragmatismo de última hora –dando manotazos en la mesa y amenazando, según cuentan algunos colaboradores suyos de esos días- pues sabía que sus tiempos políticos se agotaban. Mientras tanto, Pablo Better, dada su formación socialdemócrata, veía en el sucre un componente no solo monetario sino de soberanía. Mahuad buscaba la llave del candado político que le atenazaba; Better no estuvo dispuesto a dársela.

Cuatro: la cifra impar del directorio del BCE se había convertido en quebradero de cabeza para Mahuad ya que el BCE oscilaba entre las fórmulas 3-2 y 2-3. Es decir, a ratos había 3 votos por el no y 2 por el sí a la dolarización… y viceversa. Eso tenía con los nervios de punta a Mahuad, al Superintendente de Bancos, a todos. Este juego aritmético, elemental en su forma, escondía algo complejo, opaco y difuso, el juego perverso de las fuerzas políticas actuantes, las cuales sumaban y restaban –es decir, calculaban según sus intereses- antes de decidir su posición, y con ello, el destino del Presidente y de la economía ecuatoriana a través de la más radical de las recetas monetarias, la dolarización. El derechista Partido Social Cristiano (PSC), como de costumbre, estaba en la línea de partida al momento de exhibir la técnica depurada de jugar con el voto dirimente, a través de un vocal que cumplió a cabalidad dentro del Directorio del BCE; su nombre: Modesto Correa.

Al cierre de la primera semana de enero, el viernes 7 para ser exactos, el sucre había descendido al peor nivel de su historia (a mediodía rozó los 32 mil sucres por dólar). Ante semejante evidencia, en el Palacio de Gobierno quedaban pocas dudas: si se abre el mercado de cambios el lunes 10 de enero -se decía- el desplome del sucre será total y no habrá fuerza económica -ni reserva monetaria- que pueda sostenerle. Ese entorno desolador se complementaba con los cantos de mal agüero de los operadores cambiarios, tiburones del mercado, en ese momento convertidos en “palabra de Dios”, quienes vociferaban sin empacho que si el Gobierno autorizaba la apertura del mercado de divisas, el lunes 10 de enero, “fácil la cotización se trepará a 100 mil sucres por dólar”.

En las embajadas de los países influyentes tampoco hubo calma durante esos días. A Estados Unidos, que había apoyado políticamente un crédito puente del FMI a favor del Gobierno ecuatoriano, concedido tres meses antes para paliar la crisis, le preocupaba la inestabilidad económica ecuatoriana y la enorme fragilidad política de Mahuad, no solo por el tema monetario, sino por el grave deterioro de su imagen, dadas las denuncias de corrupción y su entrega a intereses financieros que habían creado, justamente, la crisis que él debía resolver políticamente. La frustración estadounidense se expresaba en los contactos de la Embajada en Quito con los medios de prensa locales, con líderes empresariales, gremiales, de opinión, etc. Y cuando llegó la hora cero, es decir, cuando el colapso del sucre era un hecho del mercado, vale decir, cuando la moneda ecuatoriana llegó al matadero cambiario de esa forma, Estados Unidos hizo saber al Gobierno de Quito que apoyaba la dolarización, a pesar de las reservas técnicas y económicas que tenía. Lo importante en su agenda era evitar un desequilibrio mayor si no se controlaba la economía. A Washington le preocupaba que el estallido de la crisis económica ecuatoriana derivase en un reventón social incontrolable y que ese hecho contaminara a la región, particularmente a países con mayor peso económico (Argentina estaba primera en la lista al mostrar sus cifras macroeconómicas en luz amarilla). En tal sentido, aceptar la dolarización ecuatoriana fue el mal menor ante semejante expectativa latinoamericana.

¡25.000 SUCRES POR UN DÓLAR!

A mediados de 1999, el Gobierno de Jamil Mahuad ya manejaba la hipótesis de dolarizar la economía ecuatoriana, como salida a la crisis financiera que azotaba al país. Grupos de trabajo se habían creado en el Banco Central del Ecuador y en la Superintendencia de Bancos (el Ministerio de Finanzas seguía el proceso pero, curiosamente, tenía un papel menos protagónico) para dar forma conceptual y técnica a la idea. El tema no fue discutido ni admitido públicamente, por eso nunca salieron a la luz las posiciones encontradas que el tema generaba entre los técnicos de las instituciones estatales. Todos hablaban de la dolarización pero nadie lo hacía públicamente. La tesis de la dolarización se convirtió en el secreto peor guardado del Gobierno...

En septiembre de 1999, cuando la crisis entró en un callejón sin retorno y nadie frenaba la especulación financiera, empezaron a circular borradores con la propuesta de dolarizar la economía. Eran documentos no extensos y algunos gráficos. Nada del otro mundo, pese a que lo que estaba en juego era, ni más ni menos, el cambio de piel de la economía. Pero también aparecieron los "papers" con las tesis que defendían el sucre, para lo cual, incluso, se planteaba imponer un sistema de incautación de divisas; se hablaba incluso de nacionalizar el comercio exterior para no dejar morir al sucre. En todo caso, la correlación de fuerzas no favorecía a los "sucristas", como se demostró días más tarde. Jamil Mahuad decidió jugarse por la dolarización, como receta monetaria del momento, pero también como fórmula política para evitar su caída. (Sin embargo, su tardía convicción no funcionó, como se vio 12 días después de decretar la vigencia de la dolarización; fue derrocado el 21 de enero de 2000).

Colocadas las cosas en ese extremo, el resto se volvía relativo: el costo social de la medida; su costo económico; la forma en que se adoptaría la dolarización... Si alguien pregunta -incluso hoy- dónde está el estudio exhaustivo y pormenorizado que justifique por qué la economía ecuatoriana se dolarizó a una cotización de 25.000 sucres por dólar, es difícil que encuentre una respuesta. Un alto funcionario del Ministerio de Finanzas le dijo por aquel entonces a quien escribe estas líneas que el cambio correcto era de 18000 sucres por dólar. Otro funcionario del mismo Ministerio, de muy alto rango, reveló que la decisión final del Gobierno era cerrar en 20000 sucres por dólar, cifra "más que suficiente para que se calmen los que presionan por más dinero". Sin embargo, una semana más tarde, Mahuad fijó el cambio en 25000 sucres por cada dólar estadounidense. ¿Qué pasó? Transmito la respuesta del mismo funcionario (a quien no cito por no estar autorizado), que juró que 20.000 sucres por dólar era lo acordado con los sectores involucrados: "Creo que al final Jamil Mahuad les dio a los especuladores todo, hasta la yapa"...

Un cambio hasta la médula



El 21 de enero de 2000, 12 días después de decretar la dolarización, el presidente ecuatoriano Jamil Mahuad fue derrocado.


Los días que precedieron al 9 de enero de 2000 fueron muy difíciles; los posteriores también, aunque el “shock colectivo” al que fue sometido Ecuador fue tan profundo que tuvo efecto retardado. Ningún ecuatoriano estuvo al margen del peor drama monetario jamás vivido por el país hasta ese momento. La evidencia empírica era abrumadora: caída del PIB en 10% en un solo año, macrodevaluación del sucre, que solo en 1999 quedó reducido al 15% de su valor de inicios de año; quiebra masiva de empresas, desempleo y salarios pulverizados, emigración forzosa de cientos de miles de ecuatorianos, etc.

La gente de empresa estuvo afectada por un estado de ánimo que se resume en una palabra: desconcierto. La gente de a pie, menos enterada y menos diestra con las faenas anexas al manejo especulativo del dinero, recurría a su instinto de supervivencia. Esa reacción no solucionó el problema pero era el analgésico social para mitigar parte del drama colectivo. Es más, la respuesta instintiva de la población abonó un terreno por entonces fértil, preparado por pelotones de especuladores de oficio, bien adiestrados, mejor pagados y perfectamente dispuestos en las lucrativas áreas cambiarias de las entidades financieras. Entidades, por cierto, rectoras de la economía de papel, pontificales emblemas de la usura y el lucro desaforado, portadoras de un enorme poder económico, mediático y social, todo eso acumulado en los tres lustros precedentes.

En la última semana de diciembre de 1999, cuando el dique monetario se desmoronaba, todo el mundo buscaba algún dato en medio de la zozobra colectiva; se buscaban referentes precisos, cifras creíbles, pistas para tomar un derrotero. Al margen de las derivaciones sicológicas y emocionales del "crack”, las preguntas no eran acertijos fáciles. Todos clamaban por información certera, confiable, efectiva para decidir. Nadie estaba quieto. Por contagio o por intuición, en los días previos al estallido total, todo el mundo adoptó una conducta hiperactiva; imaginaban que la inacción sería fatal, que sería la peor receta cuando los demás corrían de un lado a otro... ¡sin saber qué camino tomar!

Los gerentes financieros de las empresas ecuatorianas ya se habían convertido en expertos operadores cambiarios y dominaban las técnicas de la especulación usurera. En ese sentido, cada quien aportó su kilogramo de arena para la rápida sepultura del sucre. Visto a la distancia, ese fue una ruta relativamente inevitable, dado el modelo monetario de la época precedente, que había legalizado un único patrón económico: la ganancia financiera que pronto terminó en usura institucional, gracias al “know how” de los banqueros de la época (algunos de ellos siguen vivitos y ganando). Y como todo el mundo debía enfrentar la caída del sucre frente al dólar, la situación de "preguerra financiera" dio espacio a licencias de las cuales se aprovecharon miles de empresas y menos personas. En ese momento, una gripe usurera afectó al país. Unos tuvieron la precaución de tener la canasta lista para agarrar su parte (los bancos y, en general, personas y empresas con liquidez monetaria para comprar-vender los sucres-dólares). Otros, la mayoría del país, quedaron pulverizados en la mitad del camino, con sus sucres, mientras los tenedores de dólares se abrían paso a empujones...

En el caso de las empresas, por ejemplo, para evitar la pérdida de su patrimonio y eludir la posible quiebra, incluso compañías serias y directivos honestos (muchos de ellos críticos del modelo monetarista) sucumbieron en el torbellino de la lógica usurera. En diciembre de 1999 el modelo apalancado en la renta financiera, que era el mayor generador de ganancia, mientras la producción manufacturera se convertía en actividad subordinada, colapsó ante la mirada atónita de un país saqueado, que ignoraba la esencia del fenómeno. Este círculo vicioso del juego monetario tuvo un gran perdedor el 9 de enero del 2000: el sucre, y un gran ganador: el dólar.

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