Toda historia es contemporánea
Apuntes sobre los historiadores argentinos y el Bicentenario de la Revolución de Mayo
El 25 de mayo de 2010, se cumplieron 200 años de la llamada Revolución de Mayo en Argentina. El país "festejo" el Bicentenario de aquel momento en que se constituyó en Buenos Aires una junta de gobierno local integrada por las élites criollas. Esta junta fue la que desconoció la autoridad del virrey del Río de la Plata y, en consecuencia, del gobierno español (que en mayo de 1810 no era otra cosa que el Consejo de Regencia de España e Indias, instalado en la isla de León ante la invasión napoleónica de la Península). De este modo, se daba comienzo al proceso conocido como "de la independencia". En este sentido, los historiadores (profesionales y amateurs), así como no pocos periodistas y escritores, están embarcados ya desde 2009 en una oleada de publicaciones, discusiones y otras actividades vinculadas con la historia argentina y, en particular, con la historia de los acontecimientos de mayo de 1810. Este hecho nos llama la atención sobre cuál es la utilidad que tiene la historia en la construcción del presente, de qué modo se la utiliza actualmente por los grupos que aparecen en escena, y de qué modo se la puede utilizar por parte de aquellos que aspiramos al cambio social y a la construcción de una sociedad libre.
Partimos de la base de que toda historia es historia contemporánea, en el doble sentido que le daba el intelectual italiano Benedetto Croce al establecer que la historia se realiza desde un presente (el presente del investigador), y por lo tanto lo que hace el historiador es establecer una interpretación del pasado (y no una "reconstrucción" fiel y objetiva del pasado, cosa por demás imposible), y que además es una historia que "siempre" se construye a partir de los presupuestos y de las inquietudes que tiene el investigador en el contexto social e histórico en el que escribe (como diría Walter Benjamin, toda historia es "anacrónica", porque es "producción" desde el presente y no "reproducción" del pasado). Se deduce de esto, y dado que todo hombre está inmerso en una situación social y política determinada, que toda historia parte de un compromiso social y político, ya sea consciente o inconsciente, implícito o explícito. Este compromiso puede estar del lado de la preservación de un orden determinado (desde un conservadurismo duro a un reformismo disfrazado), o de la subversión de dicho orden.
La historia argentina y la educación patriótica
En Argentina, la historia como disciplina nace en la segunda mitad del siglo XIX de la mano de dos personajes de destacada actividad pública: Bartolomé Mitre, político y militar de tradición "liberal", y Vicente Fidel López, político perteneciente a una familia patricia e hijo del autor del himno nacional argentino. Ambos construyeron una historia ético-política, cada uno privilegiando distintos métodos, pero siempre haciendo hincapié en el desarrollo de los acontecimientos (particularmente la historia de la independencia) como producto de las decisiones de una serie de grandes hombres, y explicando en este sentido la existencia de una "nación argentina", siempre mirando los procesos desde las élites y nunca desde la sociedad en su conjunto y desde sus conflictos. Ambos escribieron lo más destacado de su obra histórica en el momento de la llamada "organización nacional", es decir, a la hora de establecer un orden estatal determinado y de construir una idea de unidad nacional con un claro objetivo político y económico: la legitimación histórica del Estado nacional. Es comprensible,
pues, que su historia tuviera más de acción política que de trabajo erudito. Aun cuando el gesto fuera el de construir una historia despojada de las determinaciones políticas, el compromiso político estaba bien presente, lo cual confirma aquello que decíamos anteriormente de que toda historia es historia contemporánea.
Esta historia se cristaliza con las lecturas de los personajes y sucesos de la llamada historia argentina, con especial énfasis en las invasiones inglesas de 1806-1807, la revolución de Mayo de 1810 y el proceso de independencia subsiguiente, que formarán parte de la educación patriótica instaurada durante las primeras décadas del siglo XX. En efecto, en pleno clima de inmigración masiva europea y de particular polarización social, el surgimiento de amplios movimientos de protesta protagonizados por los obreros y otros sectores subalternos , fundamentalmente aquellos instalados en las grandes ciudades (Buenos Aires, Rosario, entre otras), y la formación de agrupaciones sociales y políticas (anarquistas, socialistas, sindicalistas revolucionarias), obtuvieron como respuesta primordial por parte del gobierno y de las clases dominantes, la represión más feroz y leyes excluyentes como la ley de residencia de 1902 (que habilitaba la deportación de inmigrantes a sus países de origen sin juicio previo). Sin embargo, ante semejante panorama, otra arma empleada por las élites para garantizar la dominación social y política y mantener tanto el orden estatal como el sistema de acumulación imperante, fue la construcción de la "nacionalidad" a través de la llamada "educación patriótica".
Uno de los principales impulsores de dicha educación fue José María Ramos Mejía, quien sostenía que una de las tareas de las élites argentinas era "civilizar" a los inmigrantes "primitivos", "argentinizar" a aquellos que traían costumbres, ideas y lealtades extranjeras que corromperían el orden político nacional (es decir, neutralizar el peligro que suponían para las élites explotadoras argentinas, los contingentes de trabajadores que, procedentes de Europa, no sentían una filiación nacional, sino filiaciones de ideas, de clase y por región de origen, y que se mostraban poco proclives a dejarse dominar y en cambio proponían la asociación como método de lucha en contra de las injusticias de la sociedad establecida). En tal sentido, fue Ramos Mejía quien, a cargo del Consejo Nacional de Educación (1908-1912), impulsó toda una serie de ceremonias, fechas y símbolos "patrios" que se buscaría implantar en los hijos de los inmigrantes a través de la escuela primaria, y que también atravesaría a la sociedad en su conjunto, para fomentar una lealtad "nacional" y así disminuir los riesgos de protesta social.
En esta construcción de la "argentinidad", la enseñanza de la historia ocupó un lugar de importancia. El panteón liberal y militar, las fechas conmemorativas de los acontecimientos de la Revolución de Mayo y de la Independencia, los cantos patrióticos y toda una narración lineal y simplista (a menudo binaria: buenos contra malos, patriotas contra realistas), sin consideración por las conflictividades de clase o por el papel de los sectores subalternos a lo largo de la historia, se instituyeron oficialmente como "la historia argentina", en la búsqueda por crear una identidad y una lealtad que aseguraran la dominación de los grupos dominantes y anular las ideas radicales que apuntaban al cambio social.
1910: el año del Centenario
Los hechos en torno al Centenario de la Revolución de Mayo son ilustrativos de lo que acabamos de decir. En 1910, en efecto, el gobierno nacional organizó una serie de festejos que buscaban alimentar el "furor patriótico" en contra de la avanzada de la lucha obrera, luego de un año (1909) de notable movilización obrera y de feroz represión. La actitud del gobierno apuntaba tanto a anular las ideas radicales como a exasperar la lealtad a la nación de los jóvenes afines al "orden" y al "progreso" pertenecientes a la oligarquía (que se organizaban como fuerzas de choque del nacionalismo más xenófobo). Como sostenía el periódico Tierra y Libertad de España: "los hijos de los burgueses de aquella república, se dan cuenta de que la capacidad intelectual del proletariado, pone en peligro los intereses conquistados por sus padres a costa de la miseria y hasta de la vida de los trabajadores, y ya no confían ni en la policía ni en el ejército, sino que ellos mismos acuden a apagar la llama revolucionaria" (19 mayo 1910).
La movilización obrera se manifestó en el mismo año 1910, contraponiendo a las ideas de una Argentina "moderna" y democrática, la realidad de una situación social sumamente injusta, fuertemente polarizada, en la cual los trabajadores no sólo no tenían garantías laborales, sino que eran perseguidos y reprimidos, y en la cual la libertad era privilegio de unos pocos. Claramente, la lucha obrera no apuntaba solamente a una lucha por el salario y por la jornada laboral, sino a una crítica integral del sistema, lo cual explica que el movimiento anarquista (sobre todo, pero no exclusivamente, nucleado en la FORA, Federación Obrera Regional Argentina) tuviera el mayor peso entre los sectores movilizados.
El desafío de los trabajadores anarquistas fue convocar para mayo a una movilización frente a la Penitenciaría Nacional y adherir a la huelga general convocada por la CORA (Confederación Obrera Regional Argentina), solicitando la abolición de la ley de residencia, la libertad a los presos por cuestiones sociales y la amnistía para los infractores de la ley militar. La Protesta, periódico anarquista de Buenos Aires, ya en marzo sostenía que "Los que gobiernan en 1910 no pueden conmemorar dignamente el hecho de 1810 (…). Protestamos contra la conmemoración del centenario de la Revolución de Mayo, que es conmemoración de libertades, porque la ley de residencia es la negación de esa libertad que se conmemora" (16 marzo 1910). Además, anarquistas, socialistas y sindicalistas denunciaban el derroche del dinero público para la celebración del Centenario, en una Argentina colmada de trabajadores pobres.
La respuesta del Estado y de los grupos de civiles nacionalistas fue la misma de siempre: la represión, el decreto del estado de sitio ( en rigor, el "estado de guerra" ) por tiempo indeterminado, sumado a persecuciones políticas y al accionar violento de los grupos civiles contra los locales de los sindicatos y contra las redacciones de los periódicos anarquistas y socialistas.
Como escribiera Diego Abad de Santillán: "No deja de ser una mácula (…) para la 'democracia' argentina el hecho de haberse visto obligada a festejar el Centenario de su independencia bajo la férula del estado de guerra, convirtiendo a Buenos Aires en un campamento armado" (El movimiento anarquista en la Argentina. Desde sus comienzos hasta el año 1910, Argonauta, Buenos Aires 1930, p.183).
A fuerza de represión, de cooptación (sufragio, prensa, industria cultural) y de educación patriótica, y luego de al menos una década más de lucha, se fue cimentando una nueva forma de dominación centrada en la imposición de los "valores patrióticos". Esta estrategia tomó como base la construcción y la enseñanza de la "historia nacional", desde las décadas de 1920-1930 a cargo de la llamada Nueva Escuela Histórica, fundadora de la historia profesional (en un sentido más institucional que metodológico) en Argentina. Uno de sus principales exponentes, Ricardo Levene, compiló incluso una Historia de la Nación Argentina, émula de la Historia de Francia de valor "patriótico" de Ernest Lavisse, en plena década del treinta y con el financiamiento del Estado nacional, cuyo presidente conservador, general Agustín P. Justo, era íntimo de Levene. El objetivo de la Historia de la Nación Argentina de Levene era consagrar una "memoria nacional" anterior a la inmigración masiva, motivo por el cual dicha historia llegaba sólo hasta el año 1862. La Nueva Escuela Histórica recuperaba, en términos generales, la tradición mitrista de la historia, centrada en los valores liberales y en el panteón de las figuras tradicionalmente seleccionadas como "heroicas" en la historia de la independencia. Los manuales de historia de las escuelas primarias y secundarias, las notas periodísticas, los libros de síntesis y la enseñanza universitaria, estaban a cargo de los miembros de dicha escuela, quienes además ocupaban las dos instituciones de historia argentina y americana más relevantes en el país: el Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y la Junta de Historia y Numismática Americana fundada por Mitre en el siglo XIX y convertida en Academia Nacional de la Historia en 1938 por decreto del presidente Justo.
Más allá de la idea de un discurso histórico "neutral", estos historiadores reconocían un valor "patriótico" y en algunos casos "democrático" a la obra histórica; lo cual no es extraño, considerando que todos los miembros de esta escuela tenían una destacada participación política en el seno del Estado nacional, ya fuera por vínculos estrechos con las personalidades del gobierno (como es el caso de Levene), u ocupando ellos mismos cargos públicos. Esto también se notará en la otra escuela histórica que surge por aquel entonces, el llamado "revisionismo histórico", que desde el principio no hará otra cosa que expresar desde el discurso histórico los intereses políticos de los grupos más extremos del nacionalismo local, incluyendo a sectores vinculados al fascismo, contraponiéndose a la Nueva Escuela Histórica sólo en su crítica al imperialismo desde una posición ultranacionalista y en su recuperación de la figura de Juan Manuel de Rosas, gobernador autócrata de la provincia de Buenos Aires durante buena parte de la primera mitad del siglo XIX.
Pero fue la Nueva Escuela Histórica la que, a través de sus propios exponentes, y luego a través de sus discípulos, dominó la explicación histórica a lo largo del siglo XX. Fue su interpretación políticamente determinada de la historia la que se impuso a los jóvenes a través de la enseñanza y la que nos fue legada a través de los manuales y revistas escolares. En dicha interpretación, los hechos de mayo de 1810 representaban la épica de la libertad sin contradicciones, la gesta de los grandes hombres (políticos y militares) que sólo aspiraban a la grandeza de la patria, sin entrar en detalles sobre los conflictos sociales, sobre las distintas aspiraciones de los miembros de las élites (incluyendo la lealtad al rey Fernando VII, las mezquindades de aquellos que sólo buscaban proteger sus propios negocios, o incluso el hecho mismo de que la "revolución" no significó más que la sustitución de una élite gobernante por otra, sin que se produjera un verdadero cambio social). Por otro lado, las lecturas sobre el Centenario de 1910 sólo referían una Argentina moderna en vías de progreso, construida mediante la "conquista del desierto" del siglo XIX (reduciendo a mero paisaje inhóspito a los habitantes originales de estas tierras que fueron masacrados por las campañas del general Roca), y en la cual la economía pujante era síntoma de una nación grande, dejando en la oscuridad el conflicto social que estaba en la base misma de esa supuesta "grandeza".
Significativamente, aquellos que veían (y ven) en la reforma electoral de 1912 (sufragio obligatorio y secreto) y en el radicalismo de tinte populista que llegaría al poder por primera vez en 1916, una ampliación de la participación política, lo harían sepultando la realidad de un movimiento obrero reprimido por la fuerza y cooptado mediante la ficción de la participación democrática, realidad que se manifestaría en los hechos de la Semana Trágica de 1919 y en la masacre de los trabajadores de la Patagonia en 1921 (en ambos casos, fue el mismo radicalismo el encargado de reprimir a los trabajadores, con la complicidad de la Liga Patriótica Argentina, organismo paramilitar de extrema derecha).
El año del Bicentenario: la complicidad o la denuncia
Llegamos al año 2010. El mercado se abre a las mercancías vinculadas con el Bicentenario; también el Estado aprovecha la ocasión para vestirse de fiesta, desconociendo interesadamente la miseria que abunda en las calles y desentendiéndose de la represión que él mismo protagoniza contra los trabajadores y luchadores sociales. Los historiadores argentinos tienen su momento, como los historiadores franceses en el año 1989, cumpliéndose doscientos años del inicio de la llamada Revolución francesa. Pero aquí hay sólo dos caminos posibles: la complicidad o la denuncia.
En el camino de la complicidad estarán quienes sólo busquen lucrar con el Bicentenario, ya sea por ingresos monetarios o por obtención de prestigio. Quienes aprovechen las posibilidades ofrecidas por el mercado para escribir y vender libros a las masas consumidoras, o para renovar sus contratos editoriales con los grandes multimedios que editan fascículos o reproducciones en vídeo sobre historia argentina, sin cuestionar los esquemas tradicionales de la lectura de la historia, o invirtiendo simplemente el orden de los "buenos" y los "malos" con el argumento de la supuesta "desmitificación" de los hechos y personajes históricos, pero enmarcándose siempre en una historia "patriótica".
En este camino de la complicidad, también estarán aquellos que apoyen la celebración del Bicentenario a cargo del gobierno nacional. Aquellos que festejen el "triunfo de la democracia", haciendo ver el presente como el producto lógico del proceso de "independencia" iniciado en 1810, como si el Estado nacional no estuviera sometido a los dictados de los organismos internacionales de crédito, y como si su propia lógica de funcionamiento no se sostuviera en la represión sistemática de las luchas de los trabajadores y desocupados y en la miseria de la mayor parte de la población. Incluso, no faltarán (como de hecho no faltan) quienes festejen un "gobierno del pueblo", desconociendo que el actual gobierno no es otra cosa que el nuevo color del Estado burgués que funciona de acuerdo a la lógica de la acumulación capitalista.
¿Cuál es, entonces, el otro camino posible en el momento del Bicentenario? Básicamente, aquel que adoptara Diego Abad de Santillán hacia la primera mitad del siglo XX, es decir, en lugar de celebrar la grandeza (pasada o presente) de las élites políticas y económicas y de esconder bajo la alfombra de la complicidad los conflictos sociales producto de la explotación y de la opresión, en lugar de ello, dejar al descubierto la cara más cruda del fundamento coactivo del Estado y narrar la historia de aquellos que se enfrentaron al orden imperante en vistas de construir una sociedad justa y libre. Esto es lo que hizo Abad de Santillán a partir de la década de 1920, cuando decidió historiar sobre el movimiento obrero y sobre la lucha anarquista en Argentina a fines del siglo XIX y comienzos del XX, abriendo las necesarias grietas en el seno del relato clásico sobre la Argentina del "progreso" que miraba a 1910 como el año de la fiesta del Centenario. Abad de Santillán presentó a 1910 como el año del enfrentamiento, de particular intensidad desde la década anterior, entre las fuerzas del orden y los trabajadores, grupos e individualidades que aspiraban a una sociedad basada en el principio de la libertad. A su vez, presentó los festejos del Centenario como el intento desesperado del Estado y las capas dominantes de la sociedad por disimular la polaridad social, ocultar la lucha obrera (a fuerza de propaganda, pero también de la más cruenta represión), y difundir un "sentir patriótico" que sacrificara los intereses de los trabajadores a la "grandeza de la patria", que no era otra cosa que el enriquecimiento de unos pocos. En síntesis, la historia (la actividad de los historiadores) puesta al servicio de la dominación, por un lado, denunciada por la historia al servicio de liberación (Abad de Santillán y otros que transitaron el mismo camino), por el otro.
En la actualidad, el panorama es similar, aunque presenta otra complejidad. Los estudios sobre las luchas obreras en torno al Centenario son hoy una disciplina de importancia, pero en su mayor parte hegemonizada por estudiosos que sostienen una mirada entre institucionalista y paternalista, cuando no abiertamente autoritaria y evolucionista. Los historiadores conservadores presentan las luchas anarquistas que predominaron en el cambio de siglo, como el signo de lo criminal o lo equivocado en un contexto de evolución institucional, los investigadores de la "renovación" democrática de los años ochenta presentan a los anarquistas como a "rebeldes primitivos" caracterizados por alguna incapacidad por adaptarse a la "beneficiosa" evolución democrática de la sociedad y la política, y desde las izquierdas marxistas y peronistas se los presenta como niños indisciplinados o extremistas irracionales cuyo error fue no dejarse someter por los dictados de un partido autoritario o que, con suerte, formaron parte del escalón más bajo de la escalera evolutiva hacia la madurez (marxista o peronista) de la clase obrera. Como está de más señalar a esta altura, cada una de estas interpretaciones de las luchas anarquistas y de las luchas obreras en general, responde a los intereses políticos actuales de aquellos que las formulan. Por más riguroso que sea el método empleado, la intencionalidad (consciente o inconsciente) impregna la lectura histórica en su conjunto. Ninguna obra histórica es inocente.
Entre aquellos que estudian la lucha obrera en torno al Centenario, muchos reproducirán el mismo esquema que ya mencionáramos de la búsqueda de beneficios monetarios o de prestigio (capital simbólico) a través de la venta de libros u otras actividades similares como fin en sí mismo, y también estarán quienes lo hagan en el marco de las celebraciones del gobierno nacional y por lo tanto legitimando el actual cercenamiento de las luchas de los trabajadores. Y por otro lado, estarán quienes busquen demostrar con sus estudios y discusiones que la razón está del lado del propio partido (izquierdas marxistas), y que la solución a todos los problemas está en afiliarse bajo su bandera. La historia, por lo tanto, se presenta como campo de batalla.
Reflexiones finales
A lo largo del siglo XX, el anarquismo ha contado con destacados historiadores entre sus filas. Esta situación se percibe también en lo que va del siglo XXI, en un momento de particular recuperación del movimiento anarquista a nivel mundial. Es claro que en el seno de la historiografía, el anarquismo no es, ni está cerca de serlo, dominante; sin embargo, su presencia es indiscutible y, por otro lado, diversos estudios dentro del campo de la antropología y de la sociología han demostrado ampliamente la utilidad del empleo de los conceptos y principios del anarquismo para comprender, y también para proyectar, formas alternativas de vida social. Ciertamente, un historiador anarquista no es necesariamente un historiador "del movimiento anarquista", aun cuando, ante los embates de las interpretaciones hegemónicas sobre el movimiento (por ejemplo, en torno al anarquismo en la Argentina del Centenario), los anarquistas tenemos una obligación ética con aquellos que nos precedieron, y también una obligación crítica para no cometer los mismos errores ni dejarnos traicionar como lo fuimos en el pasado ( he aquí el sentido de las palabras de Abad de Santillán cuando enunciaba hacia 1937 que "es mejor vivir de realidades que de fantasías" ).
Por lo tanto, reflexionar sobre el papel del historiador, y en particular del historiador anarquista, no implica circunscribirnos al estudio histórico de los periodos que hemos visto hasta ahora. Reflexionar sobre el papel de los historiadores en el momento del Bicentenario, implica ir mucho más allá en la reflexión del historiador en tanto aquel que hace, en todo momento, historia contemporánea. Así como enseñar una cierta interpretación de los hechos de 1810 tiene una consecuencia política inmediata, en pleno año 2010, también la investigación y divulgación de la historia de cualquier parte del mundo y de cualquier momento de la historia, tiene una incidencia concreta. Comprender esto es de una importancia capital, en un contexto en el cual los estudios de pensadores afines a tendencias liberales, conservadoras o marxistas hegemonizan el espacio. Esto no quiere decir que no se deba actuar por fuera de la disciplina, pero sí deja en claro que uno de los frentes está en el seno mismo de la historiografía, del mismo modo que en la antropología y en la sociología. Esto no quiere decir que se deba forzar a las fuentes o evidencias históricas para que revelen lo que uno quiere decir de antemano; muy por el contrario, se trata de hacer una historia rigurosa, que se enriquecerá con la perspectiva libertaria del investigador, y que abrirá grietas en las historias tradicionales construidas en base a preconceptos y a justificaciones. Debemos separar el discurso histórico del discurso político, para no caer en una historia que por militante olvide la rigurosidad en la búsqueda de la comprensión y la explicación, pero no podemos obviar ni subestimar las consecuencias políticas de toda investigación y divulgación histórica, sociológica o antropológica. Lo que el investigador (historiador, sociólogo, antropólogo) anarquista debe hacer, es transmitir el hábito de cuestionamiento a la sociedad, paso indispensable para llegar a la revolución social, y para que dicha revolución sea una construcción colectiva y no la obra de una élite iluminada. Ése es el desafío.
Augusto Gayubas
Apuntes sobre los historiadores argentinos y el Bicentenario de la Revolución de Mayo
El 25 de mayo de 2010, se cumplieron 200 años de la llamada Revolución de Mayo en Argentina. El país "festejo" el Bicentenario de aquel momento en que se constituyó en Buenos Aires una junta de gobierno local integrada por las élites criollas. Esta junta fue la que desconoció la autoridad del virrey del Río de la Plata y, en consecuencia, del gobierno español (que en mayo de 1810 no era otra cosa que el Consejo de Regencia de España e Indias, instalado en la isla de León ante la invasión napoleónica de la Península). De este modo, se daba comienzo al proceso conocido como "de la independencia". En este sentido, los historiadores (profesionales y amateurs), así como no pocos periodistas y escritores, están embarcados ya desde 2009 en una oleada de publicaciones, discusiones y otras actividades vinculadas con la historia argentina y, en particular, con la historia de los acontecimientos de mayo de 1810. Este hecho nos llama la atención sobre cuál es la utilidad que tiene la historia en la construcción del presente, de qué modo se la utiliza actualmente por los grupos que aparecen en escena, y de qué modo se la puede utilizar por parte de aquellos que aspiramos al cambio social y a la construcción de una sociedad libre.
Partimos de la base de que toda historia es historia contemporánea, en el doble sentido que le daba el intelectual italiano Benedetto Croce al establecer que la historia se realiza desde un presente (el presente del investigador), y por lo tanto lo que hace el historiador es establecer una interpretación del pasado (y no una "reconstrucción" fiel y objetiva del pasado, cosa por demás imposible), y que además es una historia que "siempre" se construye a partir de los presupuestos y de las inquietudes que tiene el investigador en el contexto social e histórico en el que escribe (como diría Walter Benjamin, toda historia es "anacrónica", porque es "producción" desde el presente y no "reproducción" del pasado). Se deduce de esto, y dado que todo hombre está inmerso en una situación social y política determinada, que toda historia parte de un compromiso social y político, ya sea consciente o inconsciente, implícito o explícito. Este compromiso puede estar del lado de la preservación de un orden determinado (desde un conservadurismo duro a un reformismo disfrazado), o de la subversión de dicho orden.
La historia argentina y la educación patriótica
En Argentina, la historia como disciplina nace en la segunda mitad del siglo XIX de la mano de dos personajes de destacada actividad pública: Bartolomé Mitre, político y militar de tradición "liberal", y Vicente Fidel López, político perteneciente a una familia patricia e hijo del autor del himno nacional argentino. Ambos construyeron una historia ético-política, cada uno privilegiando distintos métodos, pero siempre haciendo hincapié en el desarrollo de los acontecimientos (particularmente la historia de la independencia) como producto de las decisiones de una serie de grandes hombres, y explicando en este sentido la existencia de una "nación argentina", siempre mirando los procesos desde las élites y nunca desde la sociedad en su conjunto y desde sus conflictos. Ambos escribieron lo más destacado de su obra histórica en el momento de la llamada "organización nacional", es decir, a la hora de establecer un orden estatal determinado y de construir una idea de unidad nacional con un claro objetivo político y económico: la legitimación histórica del Estado nacional. Es comprensible,
pues, que su historia tuviera más de acción política que de trabajo erudito. Aun cuando el gesto fuera el de construir una historia despojada de las determinaciones políticas, el compromiso político estaba bien presente, lo cual confirma aquello que decíamos anteriormente de que toda historia es historia contemporánea.
Esta historia se cristaliza con las lecturas de los personajes y sucesos de la llamada historia argentina, con especial énfasis en las invasiones inglesas de 1806-1807, la revolución de Mayo de 1810 y el proceso de independencia subsiguiente, que formarán parte de la educación patriótica instaurada durante las primeras décadas del siglo XX. En efecto, en pleno clima de inmigración masiva europea y de particular polarización social, el surgimiento de amplios movimientos de protesta protagonizados por los obreros y otros sectores subalternos , fundamentalmente aquellos instalados en las grandes ciudades (Buenos Aires, Rosario, entre otras), y la formación de agrupaciones sociales y políticas (anarquistas, socialistas, sindicalistas revolucionarias), obtuvieron como respuesta primordial por parte del gobierno y de las clases dominantes, la represión más feroz y leyes excluyentes como la ley de residencia de 1902 (que habilitaba la deportación de inmigrantes a sus países de origen sin juicio previo). Sin embargo, ante semejante panorama, otra arma empleada por las élites para garantizar la dominación social y política y mantener tanto el orden estatal como el sistema de acumulación imperante, fue la construcción de la "nacionalidad" a través de la llamada "educación patriótica".
Uno de los principales impulsores de dicha educación fue José María Ramos Mejía, quien sostenía que una de las tareas de las élites argentinas era "civilizar" a los inmigrantes "primitivos", "argentinizar" a aquellos que traían costumbres, ideas y lealtades extranjeras que corromperían el orden político nacional (es decir, neutralizar el peligro que suponían para las élites explotadoras argentinas, los contingentes de trabajadores que, procedentes de Europa, no sentían una filiación nacional, sino filiaciones de ideas, de clase y por región de origen, y que se mostraban poco proclives a dejarse dominar y en cambio proponían la asociación como método de lucha en contra de las injusticias de la sociedad establecida). En tal sentido, fue Ramos Mejía quien, a cargo del Consejo Nacional de Educación (1908-1912), impulsó toda una serie de ceremonias, fechas y símbolos "patrios" que se buscaría implantar en los hijos de los inmigrantes a través de la escuela primaria, y que también atravesaría a la sociedad en su conjunto, para fomentar una lealtad "nacional" y así disminuir los riesgos de protesta social.
En esta construcción de la "argentinidad", la enseñanza de la historia ocupó un lugar de importancia. El panteón liberal y militar, las fechas conmemorativas de los acontecimientos de la Revolución de Mayo y de la Independencia, los cantos patrióticos y toda una narración lineal y simplista (a menudo binaria: buenos contra malos, patriotas contra realistas), sin consideración por las conflictividades de clase o por el papel de los sectores subalternos a lo largo de la historia, se instituyeron oficialmente como "la historia argentina", en la búsqueda por crear una identidad y una lealtad que aseguraran la dominación de los grupos dominantes y anular las ideas radicales que apuntaban al cambio social.
1910: el año del Centenario
Los hechos en torno al Centenario de la Revolución de Mayo son ilustrativos de lo que acabamos de decir. En 1910, en efecto, el gobierno nacional organizó una serie de festejos que buscaban alimentar el "furor patriótico" en contra de la avanzada de la lucha obrera, luego de un año (1909) de notable movilización obrera y de feroz represión. La actitud del gobierno apuntaba tanto a anular las ideas radicales como a exasperar la lealtad a la nación de los jóvenes afines al "orden" y al "progreso" pertenecientes a la oligarquía (que se organizaban como fuerzas de choque del nacionalismo más xenófobo). Como sostenía el periódico Tierra y Libertad de España: "los hijos de los burgueses de aquella república, se dan cuenta de que la capacidad intelectual del proletariado, pone en peligro los intereses conquistados por sus padres a costa de la miseria y hasta de la vida de los trabajadores, y ya no confían ni en la policía ni en el ejército, sino que ellos mismos acuden a apagar la llama revolucionaria" (19 mayo 1910).
La movilización obrera se manifestó en el mismo año 1910, contraponiendo a las ideas de una Argentina "moderna" y democrática, la realidad de una situación social sumamente injusta, fuertemente polarizada, en la cual los trabajadores no sólo no tenían garantías laborales, sino que eran perseguidos y reprimidos, y en la cual la libertad era privilegio de unos pocos. Claramente, la lucha obrera no apuntaba solamente a una lucha por el salario y por la jornada laboral, sino a una crítica integral del sistema, lo cual explica que el movimiento anarquista (sobre todo, pero no exclusivamente, nucleado en la FORA, Federación Obrera Regional Argentina) tuviera el mayor peso entre los sectores movilizados.
El desafío de los trabajadores anarquistas fue convocar para mayo a una movilización frente a la Penitenciaría Nacional y adherir a la huelga general convocada por la CORA (Confederación Obrera Regional Argentina), solicitando la abolición de la ley de residencia, la libertad a los presos por cuestiones sociales y la amnistía para los infractores de la ley militar. La Protesta, periódico anarquista de Buenos Aires, ya en marzo sostenía que "Los que gobiernan en 1910 no pueden conmemorar dignamente el hecho de 1810 (…). Protestamos contra la conmemoración del centenario de la Revolución de Mayo, que es conmemoración de libertades, porque la ley de residencia es la negación de esa libertad que se conmemora" (16 marzo 1910). Además, anarquistas, socialistas y sindicalistas denunciaban el derroche del dinero público para la celebración del Centenario, en una Argentina colmada de trabajadores pobres.
La respuesta del Estado y de los grupos de civiles nacionalistas fue la misma de siempre: la represión, el decreto del estado de sitio ( en rigor, el "estado de guerra" ) por tiempo indeterminado, sumado a persecuciones políticas y al accionar violento de los grupos civiles contra los locales de los sindicatos y contra las redacciones de los periódicos anarquistas y socialistas.
Como escribiera Diego Abad de Santillán: "No deja de ser una mácula (…) para la 'democracia' argentina el hecho de haberse visto obligada a festejar el Centenario de su independencia bajo la férula del estado de guerra, convirtiendo a Buenos Aires en un campamento armado" (El movimiento anarquista en la Argentina. Desde sus comienzos hasta el año 1910, Argonauta, Buenos Aires 1930, p.183).
A fuerza de represión, de cooptación (sufragio, prensa, industria cultural) y de educación patriótica, y luego de al menos una década más de lucha, se fue cimentando una nueva forma de dominación centrada en la imposición de los "valores patrióticos". Esta estrategia tomó como base la construcción y la enseñanza de la "historia nacional", desde las décadas de 1920-1930 a cargo de la llamada Nueva Escuela Histórica, fundadora de la historia profesional (en un sentido más institucional que metodológico) en Argentina. Uno de sus principales exponentes, Ricardo Levene, compiló incluso una Historia de la Nación Argentina, émula de la Historia de Francia de valor "patriótico" de Ernest Lavisse, en plena década del treinta y con el financiamiento del Estado nacional, cuyo presidente conservador, general Agustín P. Justo, era íntimo de Levene. El objetivo de la Historia de la Nación Argentina de Levene era consagrar una "memoria nacional" anterior a la inmigración masiva, motivo por el cual dicha historia llegaba sólo hasta el año 1862. La Nueva Escuela Histórica recuperaba, en términos generales, la tradición mitrista de la historia, centrada en los valores liberales y en el panteón de las figuras tradicionalmente seleccionadas como "heroicas" en la historia de la independencia. Los manuales de historia de las escuelas primarias y secundarias, las notas periodísticas, los libros de síntesis y la enseñanza universitaria, estaban a cargo de los miembros de dicha escuela, quienes además ocupaban las dos instituciones de historia argentina y americana más relevantes en el país: el Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y la Junta de Historia y Numismática Americana fundada por Mitre en el siglo XIX y convertida en Academia Nacional de la Historia en 1938 por decreto del presidente Justo.
Más allá de la idea de un discurso histórico "neutral", estos historiadores reconocían un valor "patriótico" y en algunos casos "democrático" a la obra histórica; lo cual no es extraño, considerando que todos los miembros de esta escuela tenían una destacada participación política en el seno del Estado nacional, ya fuera por vínculos estrechos con las personalidades del gobierno (como es el caso de Levene), u ocupando ellos mismos cargos públicos. Esto también se notará en la otra escuela histórica que surge por aquel entonces, el llamado "revisionismo histórico", que desde el principio no hará otra cosa que expresar desde el discurso histórico los intereses políticos de los grupos más extremos del nacionalismo local, incluyendo a sectores vinculados al fascismo, contraponiéndose a la Nueva Escuela Histórica sólo en su crítica al imperialismo desde una posición ultranacionalista y en su recuperación de la figura de Juan Manuel de Rosas, gobernador autócrata de la provincia de Buenos Aires durante buena parte de la primera mitad del siglo XIX.
Pero fue la Nueva Escuela Histórica la que, a través de sus propios exponentes, y luego a través de sus discípulos, dominó la explicación histórica a lo largo del siglo XX. Fue su interpretación políticamente determinada de la historia la que se impuso a los jóvenes a través de la enseñanza y la que nos fue legada a través de los manuales y revistas escolares. En dicha interpretación, los hechos de mayo de 1810 representaban la épica de la libertad sin contradicciones, la gesta de los grandes hombres (políticos y militares) que sólo aspiraban a la grandeza de la patria, sin entrar en detalles sobre los conflictos sociales, sobre las distintas aspiraciones de los miembros de las élites (incluyendo la lealtad al rey Fernando VII, las mezquindades de aquellos que sólo buscaban proteger sus propios negocios, o incluso el hecho mismo de que la "revolución" no significó más que la sustitución de una élite gobernante por otra, sin que se produjera un verdadero cambio social). Por otro lado, las lecturas sobre el Centenario de 1910 sólo referían una Argentina moderna en vías de progreso, construida mediante la "conquista del desierto" del siglo XIX (reduciendo a mero paisaje inhóspito a los habitantes originales de estas tierras que fueron masacrados por las campañas del general Roca), y en la cual la economía pujante era síntoma de una nación grande, dejando en la oscuridad el conflicto social que estaba en la base misma de esa supuesta "grandeza".
Significativamente, aquellos que veían (y ven) en la reforma electoral de 1912 (sufragio obligatorio y secreto) y en el radicalismo de tinte populista que llegaría al poder por primera vez en 1916, una ampliación de la participación política, lo harían sepultando la realidad de un movimiento obrero reprimido por la fuerza y cooptado mediante la ficción de la participación democrática, realidad que se manifestaría en los hechos de la Semana Trágica de 1919 y en la masacre de los trabajadores de la Patagonia en 1921 (en ambos casos, fue el mismo radicalismo el encargado de reprimir a los trabajadores, con la complicidad de la Liga Patriótica Argentina, organismo paramilitar de extrema derecha).
El año del Bicentenario: la complicidad o la denuncia
Llegamos al año 2010. El mercado se abre a las mercancías vinculadas con el Bicentenario; también el Estado aprovecha la ocasión para vestirse de fiesta, desconociendo interesadamente la miseria que abunda en las calles y desentendiéndose de la represión que él mismo protagoniza contra los trabajadores y luchadores sociales. Los historiadores argentinos tienen su momento, como los historiadores franceses en el año 1989, cumpliéndose doscientos años del inicio de la llamada Revolución francesa. Pero aquí hay sólo dos caminos posibles: la complicidad o la denuncia.
En el camino de la complicidad estarán quienes sólo busquen lucrar con el Bicentenario, ya sea por ingresos monetarios o por obtención de prestigio. Quienes aprovechen las posibilidades ofrecidas por el mercado para escribir y vender libros a las masas consumidoras, o para renovar sus contratos editoriales con los grandes multimedios que editan fascículos o reproducciones en vídeo sobre historia argentina, sin cuestionar los esquemas tradicionales de la lectura de la historia, o invirtiendo simplemente el orden de los "buenos" y los "malos" con el argumento de la supuesta "desmitificación" de los hechos y personajes históricos, pero enmarcándose siempre en una historia "patriótica".
En este camino de la complicidad, también estarán aquellos que apoyen la celebración del Bicentenario a cargo del gobierno nacional. Aquellos que festejen el "triunfo de la democracia", haciendo ver el presente como el producto lógico del proceso de "independencia" iniciado en 1810, como si el Estado nacional no estuviera sometido a los dictados de los organismos internacionales de crédito, y como si su propia lógica de funcionamiento no se sostuviera en la represión sistemática de las luchas de los trabajadores y desocupados y en la miseria de la mayor parte de la población. Incluso, no faltarán (como de hecho no faltan) quienes festejen un "gobierno del pueblo", desconociendo que el actual gobierno no es otra cosa que el nuevo color del Estado burgués que funciona de acuerdo a la lógica de la acumulación capitalista.
¿Cuál es, entonces, el otro camino posible en el momento del Bicentenario? Básicamente, aquel que adoptara Diego Abad de Santillán hacia la primera mitad del siglo XX, es decir, en lugar de celebrar la grandeza (pasada o presente) de las élites políticas y económicas y de esconder bajo la alfombra de la complicidad los conflictos sociales producto de la explotación y de la opresión, en lugar de ello, dejar al descubierto la cara más cruda del fundamento coactivo del Estado y narrar la historia de aquellos que se enfrentaron al orden imperante en vistas de construir una sociedad justa y libre. Esto es lo que hizo Abad de Santillán a partir de la década de 1920, cuando decidió historiar sobre el movimiento obrero y sobre la lucha anarquista en Argentina a fines del siglo XIX y comienzos del XX, abriendo las necesarias grietas en el seno del relato clásico sobre la Argentina del "progreso" que miraba a 1910 como el año de la fiesta del Centenario. Abad de Santillán presentó a 1910 como el año del enfrentamiento, de particular intensidad desde la década anterior, entre las fuerzas del orden y los trabajadores, grupos e individualidades que aspiraban a una sociedad basada en el principio de la libertad. A su vez, presentó los festejos del Centenario como el intento desesperado del Estado y las capas dominantes de la sociedad por disimular la polaridad social, ocultar la lucha obrera (a fuerza de propaganda, pero también de la más cruenta represión), y difundir un "sentir patriótico" que sacrificara los intereses de los trabajadores a la "grandeza de la patria", que no era otra cosa que el enriquecimiento de unos pocos. En síntesis, la historia (la actividad de los historiadores) puesta al servicio de la dominación, por un lado, denunciada por la historia al servicio de liberación (Abad de Santillán y otros que transitaron el mismo camino), por el otro.
En la actualidad, el panorama es similar, aunque presenta otra complejidad. Los estudios sobre las luchas obreras en torno al Centenario son hoy una disciplina de importancia, pero en su mayor parte hegemonizada por estudiosos que sostienen una mirada entre institucionalista y paternalista, cuando no abiertamente autoritaria y evolucionista. Los historiadores conservadores presentan las luchas anarquistas que predominaron en el cambio de siglo, como el signo de lo criminal o lo equivocado en un contexto de evolución institucional, los investigadores de la "renovación" democrática de los años ochenta presentan a los anarquistas como a "rebeldes primitivos" caracterizados por alguna incapacidad por adaptarse a la "beneficiosa" evolución democrática de la sociedad y la política, y desde las izquierdas marxistas y peronistas se los presenta como niños indisciplinados o extremistas irracionales cuyo error fue no dejarse someter por los dictados de un partido autoritario o que, con suerte, formaron parte del escalón más bajo de la escalera evolutiva hacia la madurez (marxista o peronista) de la clase obrera. Como está de más señalar a esta altura, cada una de estas interpretaciones de las luchas anarquistas y de las luchas obreras en general, responde a los intereses políticos actuales de aquellos que las formulan. Por más riguroso que sea el método empleado, la intencionalidad (consciente o inconsciente) impregna la lectura histórica en su conjunto. Ninguna obra histórica es inocente.
Entre aquellos que estudian la lucha obrera en torno al Centenario, muchos reproducirán el mismo esquema que ya mencionáramos de la búsqueda de beneficios monetarios o de prestigio (capital simbólico) a través de la venta de libros u otras actividades similares como fin en sí mismo, y también estarán quienes lo hagan en el marco de las celebraciones del gobierno nacional y por lo tanto legitimando el actual cercenamiento de las luchas de los trabajadores. Y por otro lado, estarán quienes busquen demostrar con sus estudios y discusiones que la razón está del lado del propio partido (izquierdas marxistas), y que la solución a todos los problemas está en afiliarse bajo su bandera. La historia, por lo tanto, se presenta como campo de batalla.
Reflexiones finales
A lo largo del siglo XX, el anarquismo ha contado con destacados historiadores entre sus filas. Esta situación se percibe también en lo que va del siglo XXI, en un momento de particular recuperación del movimiento anarquista a nivel mundial. Es claro que en el seno de la historiografía, el anarquismo no es, ni está cerca de serlo, dominante; sin embargo, su presencia es indiscutible y, por otro lado, diversos estudios dentro del campo de la antropología y de la sociología han demostrado ampliamente la utilidad del empleo de los conceptos y principios del anarquismo para comprender, y también para proyectar, formas alternativas de vida social. Ciertamente, un historiador anarquista no es necesariamente un historiador "del movimiento anarquista", aun cuando, ante los embates de las interpretaciones hegemónicas sobre el movimiento (por ejemplo, en torno al anarquismo en la Argentina del Centenario), los anarquistas tenemos una obligación ética con aquellos que nos precedieron, y también una obligación crítica para no cometer los mismos errores ni dejarnos traicionar como lo fuimos en el pasado ( he aquí el sentido de las palabras de Abad de Santillán cuando enunciaba hacia 1937 que "es mejor vivir de realidades que de fantasías" ).
Por lo tanto, reflexionar sobre el papel del historiador, y en particular del historiador anarquista, no implica circunscribirnos al estudio histórico de los periodos que hemos visto hasta ahora. Reflexionar sobre el papel de los historiadores en el momento del Bicentenario, implica ir mucho más allá en la reflexión del historiador en tanto aquel que hace, en todo momento, historia contemporánea. Así como enseñar una cierta interpretación de los hechos de 1810 tiene una consecuencia política inmediata, en pleno año 2010, también la investigación y divulgación de la historia de cualquier parte del mundo y de cualquier momento de la historia, tiene una incidencia concreta. Comprender esto es de una importancia capital, en un contexto en el cual los estudios de pensadores afines a tendencias liberales, conservadoras o marxistas hegemonizan el espacio. Esto no quiere decir que no se deba actuar por fuera de la disciplina, pero sí deja en claro que uno de los frentes está en el seno mismo de la historiografía, del mismo modo que en la antropología y en la sociología. Esto no quiere decir que se deba forzar a las fuentes o evidencias históricas para que revelen lo que uno quiere decir de antemano; muy por el contrario, se trata de hacer una historia rigurosa, que se enriquecerá con la perspectiva libertaria del investigador, y que abrirá grietas en las historias tradicionales construidas en base a preconceptos y a justificaciones. Debemos separar el discurso histórico del discurso político, para no caer en una historia que por militante olvide la rigurosidad en la búsqueda de la comprensión y la explicación, pero no podemos obviar ni subestimar las consecuencias políticas de toda investigación y divulgación histórica, sociológica o antropológica. Lo que el investigador (historiador, sociólogo, antropólogo) anarquista debe hacer, es transmitir el hábito de cuestionamiento a la sociedad, paso indispensable para llegar a la revolución social, y para que dicha revolución sea una construcción colectiva y no la obra de una élite iluminada. Ése es el desafío.
Augusto Gayubas