Antes que nada.. Les dejo un tema conocido para los que les gusta Piratas del Caribe..

El Holandés Errante (Piratas del Caribe)
El Holandés Errante es el barco que Jones tiene bajo su temible mando. Está basado en la leyenda anterior pero unido en suerte a Davy Jones quién está condenado a vagar por los 7 mares por toda la eternidad, pudiendo tocar puerto cada 10 años.
En la película, es un barco que puede ir por sobre y por debajo del mar, lo que explica que este cubierto de corales, algas podridas y diversos materiales de la misma densidad y origen, junto con las velas que parecen hechas de piel, dándole al navío un aspecto vivo (en este aspecto se parece más al Caleuche puesto que este barco supuestamente puede navegar bajo el mar).
El Holandés Errante tiene cuarenta y ocho cañones en sus costados, pero en su frente tiene dos cañones triples utilizados normalmente para persecuciones.
Posee un martillo giratorio capaz de invocar a la más terrible bestia al servicio de Davy Jones, el Kraken, una bestia proveniente de la mitología nórdica, comúnmente vista como un calamar o langosta de tamaño colosal capaz de llevarse cualquier navío o embarcación derecho al fondo del océano.
La proa de la nave tiene la apariencia de unos filosos colmillos y un esqueleto que sostiene en su mano derecha una hoz como la de la muerte.
Dentro de la cabina del capitán se encuentra un enorme órgano que Jones utiliza para tocar tristes y aterradoras melodías. También cuenta con un calabozo que puede albergar a muchos prisioneros.
El barco en sí, tiene una habilidad propia: cualquier juramento hecho en él obliga a cumplirlo, de manera ineludible.
Davy Jones (Piratas del Caribe)
Davy Jones fue, antes de su transformación, un pirata como otro cualquiera, cuyo dominio era el Océano Atlántico, pero se enamoró de una mujer que era como el mar, la diosa del mar Calipso. Ella le ordenó a Jones recorrer los mares ayudando a aquellas almas que morían en el mar a llegar al otro mundo por 10 años, luego de los cuales podrían reunirse otra vez. Davy Jones cumplió fielmente este encargo pero cuando volvió a buscarla, diez años después, ésta no acudió a su encuentro. Fue por esta traición que Jones votó en la primera asamblea de la Hermandad de los Piratas para enseñarles a los otros una forma de encerrar a Calipso en su forma humana, conocida después como Tía Dalma. El dolor que sintió Jones por esta traición fue terrible como para seguir viviendo, pero no el suficiente como para morir. Con sus propias manos se sacó el corazón del pecho y lo encerró en un cofre que luego ocultó de la faz de la Tierra junto con las cartas de Calipso, para así jamás volver a sentir algo parecido al amor o la compasión. Hecho esto Jones renunció a la tarea encomendada por Calipso y debido a ello se convirtió en el demonio de los mares, condenado a navegar eternamente en el Holandés, que vemos en la segunda y tercera entrega de la serie.
La llave del cofre la custodiaba bajo los tentáculos que simulan su barba, ya que aquel que obtenga el corazón podrá obligar a Davy Jones a seguir sus órdenes y así controlar los océanos e incluso matarle, ya que es su único punto vulnerable: si el corazón es dañado Jones morirá y aquel que lo maté tomará su lugar como capitán del Holandés Errante.
Davy Jones, como todo capitán de El Holandés Errante, no puede tocar tierra más que una vez cada 10 años, en ese lapso de tiempo está obligado a permanecer en el mar.
La Verdadera Historia
Cuentan en las costas holandesas que allá por el siglo XVII existió un marino de infame reputación que se atrevió a desafiar a la Divina Providencia. Nadie duda hoy de su existencia. Su nombre, Hendrik Van der Decken, es menos fiable, quizá más literario.
Tal vez fuera la envidia a tan hábil marinero, pero contaban de él que era un hombre alto, fuerte y tosco, de rostro fiero y sombrío, curtido por los años y las inclemencias del mar. Gozaba, eso sí es cierto, de muy pocos escrúpulos, y entre sus apetencias más recordadas, se encontraba la de infundir temor entre las tabernas y puertos que gustaba frecuentar, donde solía fanfarronear que era el mejor marino del lugar.
Su nave, la más veloz de su tiempo, era también famosa en los puertos donde anclaba. Siempre enhiestas, sus velas parecían aclamar, con insolente soberbia, que no existía embate en el mar lo suficientemente bravo para poderlas quebrar.
A Van der Decken le gustaba acometer las empresas más temerarias de cuantas le ofrecían por la siempre peligrosa ruta de las Indias Orientales. Y así, en 1680, aquél temido y admirado navío holandés, comandado por el más odiado de los capitanes, partió de Ámsterdam con dirección a Batavia, quebrando la festividad de Viernes Santo, en otro alegato más de su impía voluntad.
Pero aquella travesía no resultó ser una más de cuantas presumiera Van der Decken. Tras las primeras noches en calma, a la altura del cabo de Buena Esperanza, una terrible tormenta sorprendió al bergantín en lo más recóndito del océano. Durante tres días con sus noches, los vientos, las olas y la furia del mar lucharon contra aquél diestro marinero en una aterradora pelea.
Pero ninguna de las argucias del capitán consiguieron doblegar a los vientos del sudeste, que en una descontrolada zozobra empujaban a su barco como a una vulgar almadía hacia las enfiladas rocas de la costa. Incapaz de dominar aquél abrupto zarandeo, ciego de ira, Van der Decken se dirigió hacia la proa del navío desde donde empezó a proferir sacrílegos reniegos.
Su tripulación, aterrada por la tormenta y la provocación de su capitán, le rogó que se detuviera en su empeño en desafiar al Todopoderoso. Él, más soberbio que nunca, rió entonces con descaro de la temerosa superstición de sus hombres. Dióse ávido la vuelta y, mirando de frente a la tormenta, lanzó una espantosa blasfemia que sonó rotunda por todos los mares y continuó, desafiante, al frente de su timón.
Dicen que Dios le concedió una oportunidad para retractarse. Así, se abrió el negro cielo y bajó entonces una figura resplandeciente que se posó sobre la cubierta del barco, justo enfrente del capitán. De inmediato, la tripulación reconoció al ángel enviado por Dios y se arrodillaron, todos a la vez, agachando humildemente sus cabezas. Pero Van der Decken permaneció firme y con mirada fiera, sin respeto, sin miedo.
Fue entonces que la figura le habló, y le recriminó su herejía, y le instó a arrodillarse, a pedir perdón y dar media vuelta. Pero, furioso, el capitán apuntó con su pistola a la figura y disparó con saña. Trepó después corriendo a lo alto del mástil más firme y, sobre el estruendo de la tempestad, profirió su potente juramento:
''¡Desafío al poder de Dios a detener el curso de mi destino, y ha de saber que ni el mismo diablo despertará mi temor, aunque tenga que surcar los mares hasta el fin de mis días ! ''
El cielo tembló, y las olas cobraron más fuerza. Los rayos cayeron cercando el mástil desde dónde el infame holandés profirió su juramento. Y fue así que la figura habló por segunda vez, solemne, con arcanas palabras, y dirigiendo su dedo a Van der Decken le dijo:
''¡Vagarás sin cesar por todas las latitudes, y nunca hallarás reposo ni buen tiempo. Se te considerará un diablo del mar, y la sola visión de tu barco traerá la desgracia a quien lo vea. Será así hasta que las trompetas de Dios rasguen los cielos!''
Es desde entonces que el holandés navega sin rumbo ni consuelo por los mares. Dicen que su tripulación se salvó por su piedad, pero aquí se confunden las versiones.
Acaso sea por la imaginación -o por el miedo- popular, pero no faltan los que juran, aún hoy, haberlo visto. Refieren que es en las más perdidas aguas del océano, en muy diversas latitudes, cuando una niebla intensa sorprende al más sabio marinero.
Aparece entonces un navío antiguo con las velas henchidas, veloz, aún cuando no sopla el viento. Su quilla no roza el mar, y sobre la proa un capitán vestido con un antiguo uniforme mira fijamente al horizonte. Tras él, tres sombrías figuras de largas barbas le acompañan, vestidas con grises túnicas que se confunden con la niebla. Sus miradas, infunden pavor entre los marineros. Y es entonces cuando hasta el más valiente de los hombres retira su vista para no verse arrastrado por la maldición del holandés errante.
Numerosos son los testimonios, y algunos nos pueden resultar soprendentes. En 1881, el príncipe Jorge, que más tarde se convertiría en el rey Jorge I de Inglaterra, tenía 16 años y servía como cadete en el buque HMS Inconstant. El 11 de julio introdujo una curiosa anotación en el cuaderno de bitácora mientras navegaban cerca de la costa australiana: "A las 4 de la mañana el holandés errante cruza ante nuestra proa. Emite una extraña luz fosforescente (...) también ha sido visto por el oficial de guardia. Lo ha visto desde el puente, desde donde también lo ha visto el guardiamarina del alcazar (...) La noche es clara y el mar está calmo". En total, el barco fantasma del holandés errante fue visto por 13 hombres del HMS Inconstant y otros dos buques que formaban la escuadra.
Si bien las apariciones de este barco fantasma son relativamente frecuentes en las bitácoras de los buques que navegan por el Cabo de Buena Esperanza, tampoco son pocos los que lo han avistado desde tierra firme. En 1942 cuatro personas descansaban en la azotea de una casa de Ciudad del Cabo cuando de pronto avistaron un viejo y destartalado velero navegando hacia la bahía de Table. Puedieron seguirlo durante más de 15 minutos. En 1939 casi 100 personas pudieron ver desde una playa al sur de Ciudad del Cabo como un viejo velero atravesaba la bahía entre la neblina con todas sus velas desplegadas e hinchadas, a pesar de que no soplaba la más leve brisa. El barco desapareció tan misteriosamente como había aparecido. Durante la Segunda Guerra Mundial, Kart Dönitz, comandante en jefe de la flota alemana, aseguró haber visto a El Holandés Errante durante una misión al este del Canal de Suez, describiéndola como una nave espectral.
Posibles explicaciones
Los científicos insisten en que este tipo de avistamientos son simples espejismo de otros barcos que se encuentran mucho más lejos, hasta 300 millas mar adentro, aunque esto no explicaría la visión de naves con más de 200 años de antigüedad.
Otra explicación mucho más sencilla es que se trata de avistamientos de barcos que han sido abandonados tras creer su tripulación que iban a hundirse, sin que luego el desastre llegase a acontecer.
Cada uno es libre de creer o de no hacerlo y, mientras tanto, se puede seguir oteando el horizonte a la espera de lo que el mar nos depare.
IMAGENES
Holandés Errante
Cuadro Basado en el Holandés Errante
Hendrik Van der Decken
