InicioInfoCiencia versus religión


Lleva ya mucho tiempo desarrollándose una lucha implacable entre la ciencia y la religión en la que durante mucho tiempo, y aún en nuestros días en amplias zonas del globo, ha vencido esta última, ejerciendo con férrea tiranía su dominio sobre la humanidad. Pero llegará el día, no muy lejano, en que la razón vencerá y, por fin, "la verdad nos hará (un poco más) libres".
La religión es un magno poder que dispone de las más intensas emociones humanas. Sabido es que, en tiempos, abarcaba todo lo que en la vida humana era espiritualidad, que ocupaba el lugar de la ciencia cuando apenas existía una ciencia, y que ha creado una concepción del universo incomparablemente lógica y concreta, la cual, aunque resquebrajada ya, subsiste aún hoy en día.
Si queremos darnos cuenta exacta del poderío de la religión, deberemos hacernos presente todo lo que pretende procurar a los hombres. Les explica el origen y la génesis del universo, les asegura protección y dicha final en las vicisitudes de la vida y orienta sus opiniones y sus actos con prescripciones que apoya con toda su autoridad. Cumple, pues, tres funciones. Con la primera, satisface el ansia de saber de los hombres; hace lo mismo que la ciencia intenta con sus medios y entra así en rivalidad con ella. A su segunda función es quizá a la que debe la mayor parte de su influencia. En cuanto mitiga el miedo de los hombres a los peligros y vicisitudes de la vida, les asegura un desenlace venturoso y los consuela en la desgracia, no puede la ciencia competir con ella. La ciencia enseña, desde luego, cómo es posible evitar ciertos peligros y combatir con éxito ciertos padecimientos; sería injusto negar que auxilia poderosamente a los hombres; pero, en muchas situaciones, tiene que abandonarlos a sus cuitas y sólo resignación sabe aconsejarles. En su tercera función, cuando formula prescripciones, prohibiciones y restricciones, es en la que la religión se aleja más de la ciencia. Pues ésta se contenta con investigar y fijar. Aunque también de sus aplicaciones se deriven, ciertamente, reglas y consejos para la conducta en la vida. En ocasiones, las mismas prescritas por la religión, pero, entonces, con distinto fundamento.
La coincidencia de estos tres contenidos de la religión no es por completo transparente. ¿Qué puede tener que ver la explicación de la génesis del mundo con la imposición de determinados preceptos éticos? Las seguridades de protección y bienaventuranza aparecen más íntimamente enlazadas a las exigencias éticas. Son el premio al cumplimiento de tales mandamientos; sólo quien a ellos se somete puede contar con semejantes beneficios; los desobedientes son castigados. También en la ciencia hallamos algo análogo. Para ella, quienes desprecian sus aplicaciones se exponen a graves perjuicios.
Para mejor comprender esta singular coincidencia de instrucción, consuelo y exigencia en la religión, basta someterla a un análisis genésico. El cual debe partir del punto más impresionante del conjunto, de la explicación de la génesis del universo, pues ¿por qué todo sistema religioso ha de integrar forzosamente una cosmogonía? La doctrina general es que el mundo ha sido creado por un ser semejante al hombre, pero amplificado en todo, poder, sabiduría e intensidad de las pasiones; por un superhombre idealizado.
Es interesante comprobar que tal Creador es siempre uno solo, aun en aquellas religiones que admiten pluralidad de dioses. Y también que es casi siempre un hombre, aunque no falten casos de divinidades femeninas y algunas mitologías hagan empezar precisamente la creación del mundo con la muerte de una divinidad femenina rebajada a la categoría de monstruo, a manos de una divinidad masculina. Dicho dios creador es considerado como padre de los hombres. El hombre religioso se representa la creación del mundo a la manera de su propia génesis.
Ahora se explica ya, fácilmente, cómo las seguridades consoladoras y las severas exigencias éticas concurren con la cosmogonía. Pues la misma persona a la que el niño debe su existencia, el padre (o más exactamente, la instancia parental compuesta por el padre y la madre), ha protegido y vigilado al niño, débil e inerme, expuesto a todos los peligros acechantes en el mundo exterior; bajo su guarda se sintió seguro. Adulto ya, el hombre sabe poseer fuerzas mayores, pero también su conocimiento de los peligros de la vida se ha acrecentado, y deduce, con razón, que, en el fondo, continúa tan inerme y expuesto como en la infancia; sabe que frente al mundo sigue siendo un niño. Por lo tanto, no quiere renunciar tampoco entonces a la protección de que gozó en su infancia. Pero ha reconocido tiempo atrás que su padre es un ser de poderío muy limitado y en el que no concurren todas las excelencias. En consecuencia, recurre a la imagen mnémica del padre, tan sobreestimado por él, de su niñez; la eleva a la categoría de divinidad y la sitúa en el presente y en la realidad. La energía afectiva de esta imagen mnémica y la persistencia de necesidad de protección sustentan conjuntamente su fe en Dios.
También el tercer punto capital del programa religioso, la exigencia ética, se adapta sin violencia a esta situación de la infancia. El mismo padre (la instancia parental), que ha dado la vida la niño y le ha protegido de los peligros de la misma, le enseñó lo que debía hacer y lo que no debía, le indicó la necesidad de someterse a ciertas restricciones de sus deseos instintivos y le hizo saber qué consideraciones debía guardar a padres y hermanos si quería llegar a ser un miembro tolerado y bien visto del círculo familiar y luego de círculos más amplios.
Todas estas circunstancias las integra luego el hombre, sin modificaciones, en la religión. Las prohibiciones y las exigencias de los padres perviven como conciencia moral en su fuero interno. Del cumplimiento de las exigencias éticas depende qué medida de protección y de felicidad sea otorgada al individuo; en el amor a Dios y en la conciencia de ser amado por él se funda la seguridad con la que el individuo se acoraza contra los peligros que le amenazan por parte del mundo exterior y del de sus congéneres.
Expuesta así, a grandes rasgos, la prehistoria de la concepción religiosa del universo, atenderemos ahora a lo que ha sucedido desde entonces y sucede aún hoy ante nuestros ojos. El espíritu científico, robustecido con la observación de los procesos naturales, ha comenzado a considerar la religión como un asunto humano y a someterla a un examen crítico. Que la religión no ha podido resistir. Fueron primero sus relatos de milagros los que despertaron extrañeza e incredulidad, porque contradecían todo lo que la observación serena había enseñado y delataban manifiestamente la influencia de la fantasía de los hombres. Luego hubieron de encontrar repulsa sus doctrinas explicativas del mundo existente, pues testimoniaban de una ignorancia que llevaba impreso el sello de tiempos antiguos y a la que el hombre se sabía superior merced a su mayor familiaridad con las leyes naturales. La doctrina de que el mundo habría nacido de actos genitores o creadores, análogamente a la génesis del individuo humano, no parecía ya ser la hipótesis más inmediata y evidente.
También las afirmaciones religiosas que prometen al hombre protección y dicha, en cuanto cumpla determinados mandamientos éticos, se demostraban inverosímiles. Parece más bien que los destinos del hombre no son conciliables con la hipótesis de una bondad universal, ni con la de una justicia universal, que, en parte, contradiría aquélla.
La religión es una tentativa de dominar el mundo sensorial, en el que estamos situados, por medio del mundo optativo, que en nosotros hemos desarrollado a consecuencia de necesidades biológicas y psicológicas. Pero no lo consigue. Sus doctrinas llevan impreso el sello de los tiempos en los que surgieron, el sello de la infancia ignorante de la humanidad. Sus consuelos no merecen confianza. La experiencia nos enseña que el mundo no es una "nursery".
La lucha del espíritu científico contra la concepción religiosa del universo no ha llegado aún a su término y sigue desarrollándose ante nuestros ojos. El pensamiento científico no es, en su esencia, distinto de la actividad intelectual normal que nosotros todos, creyentes e incrédulos, utilizamos en el despacho de nuestros asuntos en la vida. Se esfuerza en mantener alejados los factores individuales y las influencias afectivas, examina severamente la garantía de las percepciones sensoriales en las que basa sus conclusiones, se procura nuevas percepciones imposibles de lograr con los medios cotidianos y aisla las condiciones de estas nuevas experiencias en experimentos intencionadamente variados. Su aspiración es alcanzar la coincidencia con la realidad. A esta coincidencia con el mundo exterior real es a lo que llamamos verdad. Ella es la meta de la labor científica, incluso cuando prescindimos de su valor práctico. Así, pues, si la religión afirma que puede sustituir a la ciencia y que, por ser benéfica y elevadora, tiene también que ser verdadera, ello constituye una intrusión que debe ser rechazada en nombre del interés general.
La prohibición de pensar que la religión decreta en servicio de su propia conservación, entraña también graves peligros, tanto para el individuo como para la comunidad humana. En las vidas de casi todos los individuos sobresalientes de tiempos pasados pueden señalarse los daños imputables a esta inhibición religiosa del pensamiento.
La esencia misma de la razón garantiza que nunca dejará de otorgar su debido puesto a los impulsos afectivos del hombre y a lo que por ellos es determinado. Pero la coerción común de un tal reinado de la razón resultará el más fuerte lazo de unión entre los hombres y procurará otras armonías. Aquello que, como la prohibición religiosa de pensar, se opone a una tal evolución, es un peligro para el porvenir de la humanidad.
Podemos ahora preguntar por qué la religión no pone término a esta pugna, tan sin esperanzas para ella, declarando franca y espontáneamente: "Es cierto que yo no puedo daros aquello que generalmente es llamado la verdad; para ello debéis ateneros a la ciencia. Pero lo que sí puedo procuraros es mucho más bello, consolador y elevador que todo lo que podéis recibir de la ciencia. Y por eso os digo que es también verdadero en un sentido distinto y más alto". La respuesta es fácil: la religión no puede hacer semejante confesión, porque perdería con ella toda influencia sobre la masa. El hombre común no conoce más que una verdad en el sentido común de la palabra. No puede representarse lo que pueda ser una verdad más alta o suprema.
Así, pues, la pugna no ha terminado. Los adeptos de la concepción religiosa del universo, obran conforme al antiguo principio de que la mejor defensa es el ataque. Preguntan: ¿qué es esa ciencia que se atreve a desvalorizar nuestra religión que ha otorgado salvación y consuelo a millones de hombres durante millares de años? ¿Qué ha hecho por su parte? ¿Y qué podemos esperar de ella? Se confiesa incapaz de procurar consuelo y elevación. ¿Y sus doctrinas? ¿Puede decirnos cuál ha sido el origen del mundo y cuáles han de ser sus destinos? ¿Puede trazarnos siquiera una imagen coherente del mundo y mostrarnos la condición de los fenómenos inexplicados de la vida y cómo actúan las fuerzas espirituales sobre la materia inerte? No ha resuelto aún ningún problema de este orden. Reúne observaciones de regularidades en el curso de los sucesos, a las que da el nombre de leyes y las somete a sus aventuradas interpretaciones. ¡Y qué mínimo grado de seguridad atribuye a sus resultados! Todo lo que enseña es tan sólo provisional; lo que hoy es ensalzado como máxima sabiduría es rechazado mañana y sustituído por otra provisionalidad. El último error es entonces la verdad. Y a esta verdad se pretende que sacrifiquemos nuestro mayor bien.
El camino de la ciencia es, en efecto, lento, penoso y vacilante. No es posible negarlo ni evitarlo. Y así, no es maravilla que disguste a los señores del otro lado, a quienes la revelación se lo ha dado todo hecho.
En la crítica antes expuesta de la ciencia hay también buena parte de exageración. No es verdad que vaya ciega de un experimento a otro, que trueque un error por otro. Y, además, por lo menos en las ciencias más maduras, hay ya actualmente un sólido núcleo central que sólo es ya modificado y perfeccionado, pero no cambiado. No todo son, pues, dificultades en la actividad científica.
Y por último, ¿qué se pretende lograr con tan apasionados ataques a la ciencia? A pesar de su incompletud actual y de las dificultades a ella inherentes, nos es indispensable y nada puede sustituirla. Es susceptible de insospechados perfeccionamientos, lo que no sucede con la concepción religiosa deI Universo. Esta última está ya acabada en todas sus partes; si fue un error, seguirá siéndolo siempre. Ningún empequeñecimiento de la ciencia puede modificar en nada el hecho de que intenta adaptarse a nuestra dependencia del mundo real, mientras que la religión es ilusión y extrae su fuerza de su adaptación a nuestros impulsos optativos instintivos.
El pensamiento científico es aún demasiado joven entre los hombres y no ha podido dominar todavía muchos de los grandes problemas. Una concepción del Universo fundada en la ciencia tiene, fuera de la acentuación del mundo exterior real, rasgos esencialmente negativos, como el sometimiento a la verdad y la repulsa de las ilusiones. Aquellos de nuestros semejantes a quienes no satisfaga este estado de cosas y demanden algo más para su satisfacción momentánea, pueden procurárselo donde lo encuentren. No se lo tomaremos a mal, pero tampoco podemos ayudarlos a ello, ni pensar, en su obsequio, de otro modo.

Sigmund Freud
(Una concepción del Universo, 1932)
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