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Historia de un anarquista. [ Tercera parte ]

Info7/16/2010
Tercera parte: El Vampiro

Justo cuando la negrura del olvido eterno se cernía sobre mi noté el sabor de la sangre en mi boca. Estaba bebiendo directamente de una herida que se había practicado Seguí. Bebí con ansiedad hasta que me apartó con un empujón que me derribó hasta el suelo. "Ahora tienes hambre, ¿verdad?, un hambre que nunca antes has conocido, un hambre que ya no te abandonará jamás". Iba hablando mientras se acercaba a la puerta y la habría. "Pero, tranquilo, yo te enseñaré que has de hacer, yo te daré la primera comida". Llamó a Pepe, el vigilante de turno que se hallaba debajo de las escaleras. "Ven, tu jefe se encuentra mal", dijo señalándome y apartándose de la puerta. El guardia subió rápidamente y, sin dejar de apuntar al desconocido se acercó hasta mi. "¿Quien es usted?, jefe, ¿qué le ha pasado?".Se acercó más y yo ya podía oler su sangre, oír el latido de su jugo en las venas, percibir su movimiento a golpes de corazón, pom pom, pom pom. "A que esperas", dijo Seguí, "la comida esta servida". Me abalancé al cuello de Pepe, el buen Pepe que había tenido la mala fortuna de estar de guardia justo en este momento. Le podía haber tocado a cualquiera. Y sorbí la sangre a borbotones, con ansiedad y precipitación, salvajemente, para saciar un hambre infinita. Hasta que no quedó nada y solté el cuerpo sin vida de lo que antaño había sido un fiel compañero y amigo.

"¿Porqué?", grité medio sollozando. "Ya te lo dije", replicó, "Para salvar a uno de los míos. Blanquet no es precisamente un amigo, ya sabes, pero es un miembro de mi clan, como tu ahora". Y me explicó a grandes rasgos que existían más vampiros agrupados en clanes que ahora estaban enfrentados. Los clanes Ventrue y Toreador
eran los que estaban detrás del bando nacional mientras que nosotros, los Brujah, estabamos en el bando republicano. Habían otros clanes pero ahora no tenían importancia. Solo uno, los Tremere, que se habían declarado neutrales y ofrecido sus servicios como mediadores entre ambos bandos. "Ahora me voy a llevar a Blanquet y tu vas a seguir con tu trabajo como hasta ahora", se despidió y se fue. Solo más tarde me di cuenta de que mis sentimientos hacia Blanquet, mi fidelidad, mi simpatía, etc. Habían desaparecido. Era como si un vínculo se hubiera roto y por primera vez vi la realidad de sus acciones, la forma como me había manipulado. Una furia fría se apoderó de mí pero ya era demasiado tarde. Ahora entendía el apresuramiento de Seguí en llevarse el cuerpo de Blanquet.

La guerra continuaba y parecía que duraría más de lo que al principio se podía suponer. Me centré en la consecución de la revolución colectivista que estaba al alcance de la mano dejando las estrategias militares para otros. Un día Seguí vino a verme de nuevo. Había una reunión en Francia entre las diferentes facciones Brujah y representantes Tremere a fin de plantear unos términos comunes de negociación frente a los Ventrue y Toreador. Era una buena oportunidad para presentarme formalmente al resto de Brujah y me comentó que estaba obligado en cierta manera a notificarme. Así que fuimos a esa reunión. En ella vi a mis odiados iguales que dominaban las facciones comunistas estalinistas y a los no tan odiados trotsquistas. También había algunos socialistas (despreciados por todos). Entre tanta "camaradería" no es de extrañar que la reunión fuera un fracaso. Los comunistas diciendo que lo primero era ganar la guerra y que todos nos habíamos de someter a su mandato, nosotros abogando por la revolución anarquista ¡ya! y los socialistas contemporizando. A los Tremere les dimos un penosos espectáculo. Se fueron diciendo aquello de que "Me parece que ya sabemos que bando va ha ganar, al menos los otros están unidos...". Que se vayan al cuerno, penosos burócratas, intrigantes del tres al cuarto, ¿quien los necesita?.

Después de esto se inició un periodo de tensiones entre las diferentes facciones izquierdistas. En concreto hubo una especie de guerra de guerrillas entre los comunistas y los anarquistas. Desde mi punto de vista era una guerra entre unos dictadores opresores, no muy diferentes de los del bando nacional, y los verdaderos luchadores por la libertad. El caso es que al final la cosa estalló de veras. En Mayo del 27 los comunistas organizaron un golpe de estado interno y masacraron a todos los anarquistas y trotsquistas (sus enemigos naturales) que pudieron encontrar. Desde mi refugio en las montañas conseguí salvaguardar las reservas y algunos recursos poco conocidos que trasladé rápidamente. Pero la situación estaba clara: los odiados comunistas estalinistas se habían apoderado del control de la ciudad y lo ejercían de la forma absolutista que les caracterizaba. Mis amigos y los pocos infiltrados que aún me quedaban me aconsejaron muy fervientemente que abandonara la ciudad cuanto antes, que la cosa estaba muy mal y no había nada que hacer.

Mientras tanto Jorge, el periodista, estaba en el frente, Jaime continuaba con su editorial y Juan, bueno, seguía con lo suyo y creo que estaba progresado mucho. Había conseguido desvincularlos de la organización ya que su único contacto era yo y nadie más sabía de su existencia. Les envié un mensaje comunicándoles que había de abandonar la ciudad y les di la orden de no hacer nada y esperar instrucciones.

Me trasladé a Francia donde contacté con mis camaradas en ese país. Organicé un sistema de fugas para nuestros colegas que aún estaban en España y empecé a contactar con gente cercena a nuestras ideas de otros países. Encontré en Méjico un lugar ideal para establecer un refugio donde esconder a los elementos más problemáticos. Así que me dediqué a esa actividad y comuniqué a mis amigos un lugar donde enviarme los mensajes (y el dinero) encargándoles la búsqueda de personas que necesitaran un escape. Para los camaradas anarquistas la cosa quedaba en un favor debido pero a los demás se les exigía una cierta suma de dinero (estas cosas son caras). O sea que, a medida que fueron pasando los años de guerra con la consecuente desestabilización de la situación, el número de "traslados" fue aumentando y, claro está, nuestros recursos económicos también.

Creo que fue por aquel entonces que empecé a preocuparme con seriedad sobre la salvaguarda de estos recursos y su permanencia en un sitio seguro durante períodos de tiempo prolongados. Al fin y al cabo, por lo que sabía podía vivir durante mucho tiempo. Ingresé parte del dinero en cuentas suizas y compré objetos de arte, joyas, oro, etc. almacenándolo en las cajas fuertes de los bancos más seguros que conocía (americanos, suizos, etc.) con la precaución extra de ir cambiándolos una vez cada dos o tres años. Todo ello a nombre de un tal Lluís Llobet Llop.

La guerra transcurría. Jorge murió en el frente y mi madre en casa sin que yo pudiera organizar las cosas para hacer una visita con tiempo de acudir a sus funerales. Al final todo se redujo a una nota, una corona y los gastos del entierro pagados. Jorge tenía un hijo de 18 años que quedaba solo así que me hice cargo de él. En realidad yo ya estaba pensando en que necesitaba a alguien de confianza a quien convertir en ghoul y este era el candidato adecuado. Así que le hice a él lo que antes me habían hecho a mi. Me presenté como amigo de su padre diciendo que éramos camaradas en la misma causa y pude comprobar con gran satisfacción que era muy receptivo a los ideales anarquistas. Buena materia para moldear, no me costó mucho introducirlo gradualmente en el secreto del vampirismo de la misma forma que había hecho conmigo Blanquet. Creo que eso hizo que perdonara a éste último en parte al comprender mejor su situación.

Llegó el final de la guerra y yo mismo tuve que trasladarme a Méjico. Por fortuna tenía la ayuda de Enric, mi nuevo ghoul. Gracias a él la cosa fue como la seda. Una vez en Méjico adquirí un enorme rancho desde donde pasé a controlar mis "negocios". Nominalmente era una empresa de transportes pero con la diferencia que nuestros transportes no eran del todo legales. Pero en un país como Méjico donde podíamos comprar a cualquier funcionario fácilmente la cosa no tenía mayor problema. De todas formas evité todo contacto posible con los vampiros gobernantes del lugar ya que, según me habían advertido mis camaradas franceses, eran de una especie de secta llamada Sabbat que no dudaría en matarme o convertirme en uno de los suyos si se enteraba de mi existencia. Debido a eso nuestra red se extendió utilizando sólo métodos convencionales con Enric como única cabeza visible y vi llegar la segunda guerra mundial como espectador de segunda fila. Pero era un espectador interesado, al fin y al cabo una guerra no tiene desperdicio en estos negocios.

Mantuve el contacto con mis amigos, recibía sus noticias y, como no, los envíos de dinero de Juan. No deja de sorprenderme lo que progresó ese chico (digo chico pero en ese entonces debía tener más de 50 años). Además tenía un motivo de diversión y tema de comentarios con ellos ya que se formó el Gobierno de la República en el exilio en Méjico. Formada por los ineficaces burgueses y socialistas de siempre. Aprovechaba para reírme a su costa leyendo sus inverosímiles declaraciones. Alguna vez escribí una carta a un diario, bajo el nombre supuesto de Antonio Adalid Anaya. En ellas me burlaba de lo esperpéntico de un parlamento sin país, de unos ministros sin ministerio y de un presidente sin estado.

En 1947 me había convertido en una persona importante en Méjico, alguien del que se hablaba en voz baja y con temor. Don Antonio (mi nombre en ese entonces) era un jerarca terrateniente con influencias en el gobierno y la mafia locales. Pero yo estaba hastiado, aburrido, sin motivos reales para vivir. Mi existencia era una prolongación debida a la inercia y la rutina de la persona que tiene una posición no discutida en lo alto de la cúspide del poder en una localidad reducida. También sentía haber traicionado mis convicciones anarquistas. Mi búsqueda y afán de poder para la causa había desembocado en un logro de riqueza e influencia personal.

El rancho donde vivía estaba aislado de la urbe y se encontraba altamente fortificado. El patio exterior estaba textualmente "tomado" por un ejército de guardaespaldas con perros y fuertemente armados. Al patio interior sólo tenían acceso contadas personas y a la casa, bueno, sólo yo y Enric. Así que la noche en que oí unos golpecitos llamando a la puerta de mi despacho, llamada totalmente distinta de la que solía hacer Enric, tendría que haberme sorprendido. Sin embargo solo pensé: "vaya, un vampiro viene a visitarme, espero que no sea del Sabbat", y dije: "pasa, la puerta no esta cerrada". Pero no pude evitar una cierta sorpresa (y alivio) cuando vi quién era mi visitante. Se trataba de Salvador Seguí, mi sire (que es como se denomina al que nos hizo vampiro). Hacía casi diez años que no lo veía y me preguntaba cuál sería el motivo de su visita.

Seguí me dijo que se me necesitaba en Argentina. La organización se había reconstituido después de la guerra y ahora se encargaba de toda el área de habla hispánica. Pero no tenían ningún representante allí. A mi me pareció perfecto pero tenía algunas dudas. "De acuerdo pero, y quien cuidará de esto", dije señalando a mi alrededor. "Oh, no es problema", respondió con una sonrisa pícara, "yo me estableceré aquí con tu nombre y tu identidad". Podía ver su juego pero no me importaba. Aún tenía algunas fuentes secretas de dinero y solo yo disponía de los depósitos que había acumulado durante todos estos años . Por otra parte tampoco tenía muchas opciones ya que él era un vampiro más antiguo y poderoso que yo. Además, ya estaba harto de tanta inactividad.

Historia de un anarquista. [ Tercera parte ]


Así que me dispuse ha realizar el largo viaje. Antes que nada me puse en contacto con algunas personas afines de ese país y, naturalmente, con los vampiros de mi clan allí, disponiendo las cosas para que cuando llegara tuviera un refugio adecuado a mis necesidades. Escribí a mis contactos para dar mi nueva dirección y conseguí un poco de metálico de los depósitos más accesibles. Cuando llegué fundé una empresa de transporte para que sirviera de tapadera y decidí hacer algo nuevo. Ingresé en las clases nocturnas universitarias. Con ello pretendía entrar en contacto con el mundo estudiantil y fomentar las actividades de rebeldía civil. Allí me encontré con un caldo de cultivo adecuado en facciones que no eran anarquistas propiamente dichas sino más bien sindicalistas. De hecho algunas de ellas se parecían un poco a los movimientos social sindicalistas de Europa (falange, nazis, etc.) pero con un toque típicamente sudamericano. Algo más cercano al bandolerismo civil y la violencia espontánea, difícil de controlar y organizar pero útil para causar el desorden y la inestabilidad social necesarias como paso previo a la revolución. Así que me integré en estos movimientos con el objetivo de causar la mayor inestabilidad posible luchando contra la excelente máquina de propaganda del régimen peronista encabezada por su esposa, la famosa "evita" (siempre pensé que se convirtió en vampiro después de su muerte, pero no pude averiguarlo)

Y la verdad es que nuestros esfuerzos por causar inestabilidad fueron grandemente recompensados. El nuevo movimiento integraba a un conjunto de personas con el denominador común del descontento favorecido por la censura y la precaria situación laboral del país bajo la férea dictadura de Perón y sus planes quinquenales. A pesar de ello tenía a su favor a buena parte de la masa obrera.

El pupurri de nuestra organización allí era impresionante, se podían encontrar desde anarquistas hasta fascistas pasando por obreros sindicalistas y demás movimientos de protesta. Colaboré para acabar con la dictadura de Perón para, acto seguido, pasar a desestabilizar el nuevo gobierno de Lonardi y luego al que le siguió de Aramburu (al fin y al cabo todos eran militares).

La verdad es que me lo pasé bien en esa época. Tenía la costumbre de ir en moto a todos sitios y mezclarme con la gente en actos de que estaba llegando al final de un período. Hasta ese momento aún había tenido contacto con la gente de mi época, de cuando era humano, pero poco a poco todos se habían ido muriendo. Aún cuando sus caras envejecieran, sus conductas cambiaran, tuvieran hijos, etc. Aún así eran como una especie de ancla hacia mi perdida humanidad que me daba "vida" y motivos para seguir existiendo. Para alguien como yo es importante tener la amistad de la gente que te conoció como humano e iba viendo como el paso del tiempo me robaba, migaja a migaja, los trozos de humanidad que me quedaban. Mi obsesión llegó a tal punto que indagué para conocer cómo iban evolucionando las familias de mis amigos. Iba coleccionando los árboles genealógicos que se formaban a medida que la gente se casaba tenían hijos, etc. ¿Así que éste es el nieto de aquel, verdad?, pensaba mientras lo colocaba en mi esquema.

No es de extrañar entonces que cuando me enteré, en 1956, que Jaime estaba fatalmente enfermo, a punto de morir, me entrara una ansiedad indescriptible. Él era uno de mis más antiguos amigos, de los primeros que tuve, que había luchado a mi lado, que se había mantenido fiel durante décadas sin haberme vuelto a ver desde hacía más de treinta años. Algo más fuerte que el ansia de sangre, de alguna manera cercano al alma que me pudiera quedar afloró en mi y tuve la necesidad imperiosa de ir a verle. De poder decirle unas cuantas palabras antes de la muerte y poder darle las gracias por una amistad eterna.

Organicé el viaje lo más rápidamente posible mientras me maldecía por los problemas que conlleva ser vampiro a la hora de trasladarse. Enric hizo todos los preparativos y fui trasladado en container por avión hacia España. Allí ya había alquilado un caserón con garaje donde se depositó el container. Esa misma noche fui hasta la casa de mi amigo. Había mucha gente allí pero inmediatamente reconocí a Juan, que ya tenía 62 años, y que me miró con insistencia, como si no comprendiera lo que veía. Estaba rodeado por sus hombres, saltaban a la vista por sus maneras y estilo de vestir que eran gente del hampa. "Buenas noches", dije dirigiéndome hacia él e intentando disimular mi voz, "soy el hijo de un viejo amigo suyo que me ha dado esta carta para usted". Cogió la carta de mis manos con pulso tembloroso, no se si por la edad o por la emoción, y leyó en voz baja. La carta decía simplemente: "Hola camarada, éste es mi hijo y te pido que le ayudes y hagas cuanto él te pida" y firmaba con el símbolo secreto. Se podía notar su emoción al mirarme mientras destruía la carta (las viejas y buenas costumbres nunca se pierden). "Pide lo que quieras", me dijo mirándome fijamente. "Solo quiero ver a Jaime a solas", respondí intentando evitar su escrutadora mirada.

Me hicieron pasar a la habitación de Jaime cerrando la puerta detrás mío. Estaba en la cama, se le veía muy débil y, como suponía, apenas podía ver. Me acerqué hasta la altura de su cara y le dije: "¿Como va viejo camarada?", "¿Creías que ya no volverías a verme?". La reacción fue instantánea, intentó incorporarse mientras mencionaba mi nombre con palabras llenas de emoción. No transcribiré lo que hablamos en esos breves momentos pero la emoción que sentí fue tal que se me soltaron las lágrimas, pero eran lágrimas de sangre dada mi naturaleza. Cuando le dejé su rostro esbozaba una sonrisa y reflejaba la paz de alguien que ha llegado al final del camino.

Había de abandonar la casa pero era consciente de que mi cara estaba llena de sangre así que decidí salir por el balcón de la misma habitación. Salté a la calle cubierta de nieve y me alejé rápidamente en la oscuridad de la noche. No me pude despedir de Juan pero era lo mejor. Creo que sospechaba algo. Me quedé en Barcelona hasta la muerte de Jaime y acudí por la noche al cementerio para depositar unas flores en su tumba, en el lazo había hecho grabar: "Por la causa" y firmaba con nuestro símbolo.

Estaba destrozado y no puse atención a los detalles del viaje de vuelta. Se utilizó el mismo método: container por avión, pero esta vez el trayecto tenía muchas escalas. España – Colombia – Perú – Chile y, finalmente Argentina. Cuando estábamos sobrevolando los Andes se desencadenó una gran tormenta que desestabilizó el avión. Nos estrellamos en algún Accidentelugar de las montañas y lo único que sé es que Enric, que supongo murió en el accidente, se las apañó para lanzar el container cuando estábamos a poca altura con la esperanza de que resistiera la caída encima de la nieve. Desperté por la noche en medio de la oscuridad más absoluta, notando cómo un frío mortal me iba congelando poco a poco hasta quedar sumido en un sueño helado y eterno.

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