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Historia de un anarquista. [ Primera parte ]

Info7/12/2010
Primera parte: El hombre



Nací en 1888 en Barcelona, en una de esas casas de pisos donde se hacinaban varias familias obreras para malvivir conjuntamente. Mi padre era un obrero textil de tendencias socialistas y mi madre era costurera, católica hasta la médula. No éramos pobres de los de pedir pero si de los que apenas pueden vivir. O sea, de la clase media baja, baja.

Teniendo en cuenta estas circunstancias aún ahora me sorprende que se preocuparan por mi educación, pero el caso es que lo hicieron. A los doce años saltaba a la vista que era un chico despierto, aunque algo despistado, siempre enfrascado en sus pensamientos y fantasías. Mi padre decidió que yo podía intentar salir de la miseria en la que vivían y se puso en contacto con el señor Ferrer y Guardia, el fundador de la escuela moderna, para ver que se podía hacer. Éste me puso a su servicio para limpiar y barrer la escuela, como chico de los recados, ayudante, etc. A cambio me enseñaba las cuatro reglas con severidad y abnegación pero también con algo de cariño que se adivinaba más que demostraba. Fue él quien me enseño las bases teóricas del anarquismo, él quien me quitó la venda de los ojos para que viera las injusticias sociales que nos rodeaban y lo que podría ser en realidad.



Pasó el tiempo, cumplí los 15 años y el señor Ferrer y Guardia decidió que estaba lo suficientemente capacitado para ingresar en los escolapios y adquirir una educación superior. Mi elección fue la química, la ciencia para manipular, transformar, sintetizar... aunque, bueno, supongo que al principio pensaba en ella más como algo alquímico que como la verdadera ciencia que es, pero eso nos ha pasado a todos. Así que pasé de mezclar potingues para ver que salía a calcular, ponderar, sistematizar, deducir, sintetizar y, en definitiva, formar un espíritu lógico, deductivo e inductivo al servicio de la ciencia.

Sí, la ciencia, en ella no caben los egoísmos y las mezquindades burguesas. Las ideas solas son puras pero absurdamente irrelevantes sin el apoyo del método experimental, del criterio científico. Aquí no valen las trampas, no tiene sentido falsear los resultados porque la finalidad última de toda investigación es la verdad, el conocimiento puro y duro. Cuando salí de los escolapios a los 18 años estaba lleno de ideales. Quería ser un científico de verdad, de los que sólo se dedican a la búsqueda del conocimiento. Y claro, me estrellé contra la cruda realidad material de mi falta absoluta de recursos.

Afortunadamente, mi dedicación y espíritu de trabajo habían impresionado favorablemente a mis maestros, que si bien eran curas y eclesiásticos no por ello eran menos científicos. Y es que hay que distinguir a un científico de un filósofo. Al menos el científico es sincero y lógico, consecuente por tanto con sus convicciones de una forma abierta y razonada. Muy distinto por tanto del clérigo de ideas cerradas y mente estrecha, incapaz de razonar, simple repetidor de frases y hechos de otros. Afortunadamente, decía, uno de mis profesores intercedió por mi con sus amigos capitalistas y entré a trabajar como químico en una industria textil.

No vayan a pensar que los químicos de entonces vivían y trabajaban como los de ahora. En realidad no eran más que un obrero cualificado, algo parecido a los contables, secretarios y demás chupatintas de la época. Su lugar de trabajo, el laboratorio, no era más que una habitación estrecha donde se acumulaban las retortas, matraces, probetas, tubos de ensayo, el armario con los cuatro productos químicos absolutamente indispensables y una poyata que más parecía un mostrador de una pollería que otra cosa. Y su trabajo, déjenme que me ría, no era más que una serie de pruebas repetitivas, siempre las mismas, que podría haber hecho cualquier mono con delantal. Y por si fuera poco, cuando alguna prueba salía negativa y se había de rechazar la producción de un día, pues nada, se hacía la vista gorda y se dejaba pasar. ¿Dónde estaba el científico?, ¿dónde la investigación puntera?, quien sabe, el caso es que no estaba donde yo trabajaba.

Quizás fue por eso por lo que comencé a rondar aquellas amistades tan inquietantes. Rondaba el año 1907 y la situación política era insostenible. La guerra entre la clase obrera y la patronal, entre la luz de la fuerza trabajadora y la oscuridad de los parásitos capitalistas estaba alcanzando su clímax. Me hundí en ese ambiente medio bohemio y conspirador, me sumergí en las conversaciones de café, donde pasábamos de las discusiones filosóficas a las más airadas arengas revolucionarias. Era una época en que la verdad se decía sin tapujos ni ambages, donde las cosas estaban claras, al pan, pan y al vino, vino. El sufrimiento y la injusticia eran tan grandes que no quedaban dudas acerca de la verdadera cara del prepotente empresario, del asesino militar o del intransigente y fanático cura.

No pasó mucho tiempo antes de que me integrara en un pequeño grupo de conspiradores anarquistas, con mucho espíritu pero algo inocentes. Ya os lo podéis imaginar, reuniones nocturnas en sótanos oscuros, pequeñas acciones clandestinas, el reparto de panfletos donde se abogaba por la revuelta anarquista, etc. Pero mi condición de químico me hacía especialmente útil para las organizaciones verdaderamente peligrosas. Algunas personas se pusieron en contacto conmigo para pedirme pequeños favores: algunos explosivos caseros de poca potencia, algunos productos químicos difíciles de conseguir, etc. Al final, poco a poco, me fui haciendo un experto en la fabricación de explosivos de forma que en no pocas ocasiones me veía a mi mismo sonriendo subrepticiamente ante la noticia voceada por los vendedores de periódicos, al reconocer el origen de algún explosivo. Sentía un extraño y sin duda malsano placer al saberme responsable de tal o cual estropicio acallando fácilmente a mi conciencia cuando habían víctimas inocentes pensando "es por la causa", o "no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos" y toda esa clase de cosas.



Y por fin llegó la tan esperada revolución. Era el año 1909 y la cosa estalló porque unas cuantas madres protestaran para intentar evitar que sus hijos fueran a la guerra de África. El motivo no es lo importante. El caso es que la gente se rebeló por fin contra toda la injusticia acumulada después de muchos años. Y nosotros, que tanto habíamos esperado ese momento, que propugnábamos cada día la revuelta armada, resulta que nos vimos totalmente propasados por la acción de la gente. Pero, esto ..., si claro, matar a los militares, este.., levantar barricadas, pero.., ¡Si ya lo está haciendo la gente normal!, la que se encuentra todos los días en las tiendas, la que lleva sus hijos al cole y todas esas cosas, la que nunca dice ni hace nada. Nos perdimos totalmente en discusiones acerca de lo que se había de hacer mientras las cosas sucedían atropelladamente a nuestro alrededor. Teníamos la revuelta armada montada y no supimos que hacer con ella.

Yo y algunos más nos unimos al montón desorganizado de la muchedumbre en lucha. Allí es donde, una noche de fuego y pólvora, vi por primera vez a Blanquet. Sin duda era de los revolucionarios de verdad, de los que actúan en primera línea y son capaces de dirigir a la gente. En el caos de la desorganización él nos guió con su fuerza y valentía suicida hasta el final. Porque claro, acabó llegando el ejército, con su artillería y sus maniobras organizadas y, a pesar de nuestra heroica y enconada resistencia en el barrio de Gracia, acabamos sucumbiendo. Entonces, cuando ya lo dábamos todo por perdido, apareció él la última noche antes del asalto final del ejército y nos dijo que todo se había acabado y que era hora de huir para poder luchar más adelante. Que sabía una forma de huir pero que sólo nos podía llevar a nosotros, además no podríamos decir a nadie cómo habíamos escapado. La verdad es que no estábamos nosotros para sutilezas. ¿escapar dices? Ya me tardas.

Nos llevó hasta una calle desierta y levantó una tapa de alcantarilla. Bajamos a ese submundo sucio, maloliente y asqueroso en el que él parecía moverse con toda soltura y rapidez, como si lo hubiera hecho en múltiples ocasiones. La verdad es que nos fue muy difícil seguir a su ritmo, de forma que tenía que esperarnos de tanto en tanto. Pero al final salimos por una calle más allá del cerco, se despidió de nosotros diciendo que algún día volvería para cobrarse el favor.

Y llegó la mañana siguiente. Todo había acabado y nos habíamos salvado aunque permanecimos ocultos en sitios seguros. Por la noche nos reunimos en un sitio acordado para comentar los sucesos del día. Así nos enteramos de que habían detenido a cientos de personas reuniéndolas delante del castillo de Montjuic, una de ellas mi padre que sabía seguro que no había participado en nada. Lo único que hizo de sospechoso en su vida fue pertenecer al partido socialista. Nos temíamos lo peor, creíamos que habría un fusilamiento en masa. Habíamos de hacer algo, grité... Me quedé mirando la cara de mis amigos, Juan, Jorge y Jaime. Aún recuerdo su expresión. ¡Estaban esperando que les dijera qué tenían que hacer!. De repente me di cuenta que éramos los únicos supervivientes del pequeño grupo anarquista y que me había convertido sin querer en su jefe. Pero no era momento de dudas, si querían un jefe tendrían un jefe. Lo que fuera con tal de actuar.

Rápidamente pensé en un plan. Sabíamos que los detenidos estaban en la explanada frente a la entrada del castillo, vigilados por algunos guardias armados. Si conseguíamos distraerles para que fueran al otro extremo quizás un pequeño grupo podría escapar aprovechando la confusión por la ladera de la montaña. Preparé una bomba de tiempo lo suficientemente potente para que el ruido hiciera temblar las paredes del castillo. Mientras yo colocaba la bomba para que estallase en el lado opuesto del castillo, mis amigos, armados con pequeñas bombas de humo arrojadizas, alentarían a los prisioneros para que aprovecharan la ocasión.

Y así lo hicimos. Preparé la bomba y la deposité con cuidado en el foso del castillo, justo en el lado opuesto donde estaban retenidos los prisioneros. Me alejé rápidamente y, cuando estalló yo ya estaba a unos doscientos metros de distancia. No sabía si el plan había funcionado, sólo oí la gran explosión, gritos, disparos, más explosiones... Me alejé por la noche y acudí al refugio preestablecido.

A la mañana siguiente me enteré del resultado de la operación. Lo oí de boca de mi madre, entre gritos y gemidos, maldiciendo a los criminales terroristas. Los soldados, asustados por la explosión, habían disparado sus armas contra la muchedumbre apelotonada enfrente. Sólo habían huido diez de los detenidos y, en cambio, habían muerto cincuenta, entre ellos mi padre. Además me enteré de que los prisioneros iban a ser liberados este mismo día, que sólo los habían retenido como medida preventiva. Mi primera operación como jefe del comando anarquista fue un absoluto desastre y yo me encontraba totalmente hundido y amargado. Decidí no volver a casa nunca más y me refugié en el sótano de un bar cuyo dueño era amigo de mi padre (evidentemente nadie sabía nada acerca de mi intervención en todo el asunto, mis amigos fueron discretos, más les valía).

Esa misma noche recibí la visita de Blanquet. No lo oí entrar, estaba durmiendo y de repente me desperté. Él estaba ahí, en la oscuridad. Sus ojos brillaban de forma especial y me dijo que ya era hora de que fuera reclutado por alguien competente. Que no se podía ir por ahí haciendo las cosas de cualquier forma. Había que seguir unas directrices, obedecer un plan, tener una organización detrás que pensara y meditara las acciones para darles la potencia y efecto deseado.

Inconscientemente agradecí todos esos reproches. Necesitaba que alguien me reprendiera, además su voz era muy convincente, me gustaba su forma de decir las cosas y le admiraba en silencio. Estuve de acuerdo en hacer todo lo que me pedía. Quedamos en que mis tres amigos y yo formaríamos una célula, conmigo como jefe y él como único contacto. Como miembro de un grupo de acción revolucionario y peligroso, me prohibió participar en acciones directas sin permiso específico. Ni tan siquiera podía relacionarme con los grupos sindicales de mi empresa. Así que comencé una doble vida, de día era un ciudadano ejemplar, buen cumplidor de las normativas y del que no salía ni una palabra de reprobación contra mis superiores y de noche era un conspirador más. Quedamos en que me reuniría con él a solas una vez al mes (él me encontraría) y que nuestras funciones de momento serían meramente informativas, aunque yo debía de tener dispuestas algunas bombas a punto por si se necesitaban.

No pasó mucho tiempo antes de que mi veneración por Blanquet desapareciera. Nuestro primer roce fue a causa de Ferrer i Guardia. Éste había sido acusado injustamente de los hechos de la semana trágica (me constaba de que no había participado para nada en la revuelta). Intenté convencer a Blanquet de que había que rescatarle, que el máximo teórico del anarquismo no podía ser llevado a la picota sin que sus seguidores hicieran nada. El fusilamiento de Ferrer i GuàrdiaPero él me dijo unas palabras que aún están marcadas con sangre en mi memoria, "¿Y porqué habríamos de hacerlo?, la causa necesita mártires ...". Creo que fue en ese momento la primera vez que vislumbré las intenciones reales de Blanquet. Era una persona sin escrúpulos que luchaba por lo que en su día fue un ideal pero que ahora no era más que una forma de vida. Discutí agriamente con él pero al final me convenció aduciendo que en realidad no teníamos manera de salvarle o ¿es que no recordaba mi anterior intento de salvación?. Fue el argumento definitivo. Deje de luchar y me plegué a su voluntad, como siempre... de momento.



Pasó el tiempo y nuestra relación se fue normalizando. Hicimos un buen trabajo a nivel informativo ya que Jaime había instalado una pequeña imprenta que nos hacía los "trabajitos" de propaganda clandestina, Jorge se estaba introduciendo en el mundo del periodismo (aunque desde abajo) y, finalmente, Juan se había hecho un pequeño lugar en los bajos fondos como "chapero". En esto último tuve unas palabritas con él ya que no me parecía un oficio adecuado, pero la verdad es que nos era muy útil tanto por la información que obtenía como por el dinero que nos suministraba. Además me consta que trataba muy bien a sus "empleadas", como el buen anarquista que era. O sea que, todo sea por la causa y a otra cosa. Yo seguía en la empresa textil, fabricando bombas a ratos libres.

Pasaron los meses y llegó el año 1910. Blanquet vino a verme para encomendarme un trabajo especial. Dentro de dos días llegaría a Barcelona un importante cargo del gobierno. Esa persona debía morir y no tenían a nadie disponible en ese momento para tal función. O sea que, es tu momento, me dijo mirándome con esa extraña mirada suya. Me inflamé de orgullo por haber sido escogido para tan importante y delicada misión y me puse a ello con toda mi alma. Blanquet me suministró todos los detalles del recorrido en coche hasta el Ayuntamiento. Entraría por la Gran Vía hacia las 8 de la tarde, custodiado de policía en moto. Además habría parejas de la guardia civil patrullando la ruta.

Decidí hacer el trabajo personalmente sin decir nada a mis compañeros de célula. Dos horas antes de la llegada del coche ministerial me desplacé a la zona disfrazado como pude de pocero del alcantarillado (con una gabardina y un gorro de pescador). Aún recuerdo aquella tarde, hacía fresco y el cielo estaba despejado y el aire era puro. Temblaba un poco bajo mi disfraz cuando bajé a la alcantarilla debajo de la Gran Vía, por donde había de pasar el coche. Allí coloqué un dispositivo explosivo de alta potencia (varios kilos de TNT) que explotarían por un percutor el cual se accionaría mediante una larga cuerda cuyo extremo sobresalía por la boca de alcantarilla de la acera. Me puse al lado de una farola para simular que estaba arreglando algo en ella mientras observaba cómo se acercaba la comitiva. Cuando calculé que habían llegado a la posición adecuada tiré de la cuerda con lo que se produjo una enorme explosión que dejó a todo el mundo medio sordo y algo atontado.

Ya lo había hecho, aunque el humo tapaba toda la visión del coche, estaba bastante seguro de que nadie habría sobrevivido. Así que intenté alejarme subrepticiamente. Y en eso estaba cuando un guardia me gritó "He usted, quieto ahí, que estaba haciendo". "Nada, solo arreglando la farola", grité simulando estar asustado por la explosión (en realidad lo estaba pero del guardia). "Bueno, vale pero quédese ahí, quieto". La situación era desesperada y no sabía que hacer. Entonces vi que el guardia se dirigía a otra persona conminándole a quedarse quieta, como había hecho conmigo, y aproveché su descuido para salir corriendo.

Corrí como alma que persigue el diablo, y de hecho creo que así era. Oí gritos detrás mío conminándome a que parara, pero yo los ignoré y seguí corriendo. Alcancé una calle lateral e intenté llegar hasta la próxima encrucijada y perderme. Todo parecía avanzar con demasiada lentitud. Delante tenía el final de la calle y yo avanzaba dando grandes zancadas pero no llegaba hasta mi meta. De repente oí un sonido sordo y seco y noté como un gran empujón en la espalda, justo en el centro. Caí como a cámara lenta y vi cómo el suelo se acercaba más y más. De repente, me sentí flotar, el suelo se alejaba de nuevo y yo volaba hacia atrás. Mientras la negrura se iba apoderando de mi, vi a los guardias en actitud de correr hacia el sitio donde estaba, pero parecían estatuas congeladas en su movimiento. Mientras, me iba alejando, cada vez más, flotando en el vacío, hasta que, al final, me envolvió la oscuridad...


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