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Historia de un anarquista. [ Segunda parte ]

Info7/13/2010
Segunda parte: El ghoul

Desperté en medio de una total oscuridad. Estaba tendido en una cama y me dolía terriblemente la espalda. Me llevé un brazo hacia la herida y pude comprobar que había una enorme cicatriz justo en el centro. Me levanté con esfuerzo e intenté orientarme tanteando frente a mí. En un estado de extrema debilidad avancé tropezando y me di cuenta de que estaba en una habitación sin ventanas con una única puerta. Probé el pomo y comprobé que estaba cerrada. Sin saber que hacer me tendí de nuevo en la cama dejando pasar el tiempo, intentando dormir un poco.

No sé cuanto tiempo transcurrió antes de que alguien pusiera la llave en la puerta y la abriera. A la tenue luz de una vela reconocí de inmediato la cara de mi salvador, Blanquet. En ese momento un repentino sentimiento de gratitud y admiración me poseyó con fuerza. Había arriesgado su vida para salvar la mía y me había mantenido oculto y a salvo durante ¿cuánto tiempo?. A mis débiles palabras el replicó con un sencillo "oh, eso, no es nada, no tiene importancia, por cierto, has estado tres días durmiendo". Pero yo sabía, notaba, que mi deuda con él era impagable. Me dijo que descansara y bebiera un vaso con la medicina que me traía. Era un líquido espeso y oscuro pero que tuvo sobre mi un efecto vigorizador. Al cabo de poco tiempo volví a dormirme.

Caí en un profundo sueño plagado de pesadillas. En ellas yo corría y corría en medio de un paisaje dantesco lleno de sangre, ríos de sangre que iban a parar a un mar de sangre. Rojo hasta el infinito bajo un cielo encapotado y, como una luna ensangrentada que asomaba en medio de nubes cargadas del oscuro líquido, veía la faz de Blanquet, con esa media sonrisa suya dominándolo todo mientras me hundía más y más en ese denso mar sin fondo.

Me despertaba brevemente, tan solo para tomar de nuevo un sorbo más de esa medicina. Pasaron los días mientras me recuperaba con rapidez. Después de una semana ya me podía valer por mi mismo. La herida había cicatrizado del todo y yo me encontraba mejor que nunca. A partir de ese momento empezó un nuevo período en mi vida. Después de la "prueba de fuego", como solía pensar en mi experiencia, Blanquet pasó a confiar mucho más en mi. Me dio cargos de mayor responsabilidad y, poco a poco, fui creando mis propias células que a su vez creaban las suyas en una estructura piramidal conmigo en la cúspide. Solo mucho más tarde comprendí el verdadero significado de la "confianza" de Blanquet en mí.

La lucha obreraFue un período de crecimiento y consolidación de la organización. Pasado el momento inicial de guerra abierta de los años 1901-1910, ahora se trataba de trabajar en la oscuridad, de adquirir mayores parcelas de influencia revolucionaria ya que no éramos los únicos que se disputaban la dirección del descontento de la gente. Las cosas iban bien. Los enemigos del trabajador estaban claros y sus acciones hacían que hubiera buen terreno que sembrar. Mis antiguos camaradas también habían progresado. Jaime tenía su propia editorial, pequeña pero eficiente, Jorge había llegado a ser un reportero mediocre pero que se defendía y, sobre todo, nos informaba. Y Juan, bueno, había conseguido que su, este..., negocio progresara. De hecho era el de más éxito de los tres y contribuía a la causa con interesantes sumas de dinero. Yo seguía con mi tapadera en la empresa textil y mis reuniones clandestinas con Blanquet, una vez al mes, en las que seguía suministrándome un vaso de esa extraña medicina.



Pasaron los años con esta rutina y todo parecía marchar bien, con los altibajos naturales debidos a las crisis políticas de la época, hasta que empecé a tener ciertas dudas. Me parecía evidente que me había vuelto adicto a la medicina de Blanquet. Quizás eso fuera inevitable para salvarme la vida pero, ¿porqué no me había dicho nada?. Yo lo hubiera entendido, de hecho lo consideraría lógico. Así que un día, bueno, mejor dicho, una noche (nuestras reuniones clandestinas siempre eran nocturnas) le pregunté al respecto. "¿Quieres saber que es esto?", me dijo señalándome el vaso relleno de ese líquido oscuro, "pues el mes que viene, en nuestra próxima reunión te lo mostraré".Y me dejó con esas crípticas palabras.

Supongo que entenderéis que en la siguiente reunión yo estuviera ansioso. Cuando llegó Blanquet lo primero que me extraño fue que no llevara la pequeña petaca en la que me traía la medicina. "¿Hoy no me la has traído?", pregunté algo angustiado, "Claro que si", respondió él con una sonrisa maliciosa, "La llevo conmigo".Y acto seguido se arremangó la camisa y, con una uña extraordinariamente larga y afilada, se hizo un tajo a lo largo del brazo del que empezó a manar sangre en abundancia. Llenó el vaso con su sangre y luego se lamió la herida que se cerró como por arte de magia. Me quedé estupefacto mirando con la boca abierta e intentando asimilar lo que había visto mientras él, con una sonrisa de total satisfacción, me puso el vaso enfrente diciendo: "Toma, bebe".

En esa ocasión me negué a beber, pero la necesidad era tan grande que en la próxima reunión me abalancé sobre el vaso lleno de sangre y apuré hasta la última gota sin importarme nada salvo saciar el ansia que sentía. Le pregunté el porqué de la adicción y me dijo: es muy sencillo, soy un vampiro y tú eres adicto a mi sangre que es la que te salvó la vida y la que te ha mantenido joven como el momento en que la probaste por primera vez, o ¿es que no te habías dado cuenta de que no envejecías?".Repliqué que todo eso era absurdo, que probablemente se había drogado con algo que pasó a su sangre y que por eso yo también era adicto y que tampoco había pasado tanto tiempo, que me conservaba en forma nada más. "Muy racional, como siempre, pero cómo explicas esto", añadió mientras veía cómo se alargaban sus dientes. La verdad se impuso a cualquier explicación lógica y acabé aceptando lo increíble cuando fue la única explicación posible.

Después de esta revelación nuestra relación se afianzó aún más. Comprendí la oportunidad que se me brindaba: podíamos vivir eternamente y hacer planes a largo plazo. No teníamos porqué limitar nuestra visión a la breve existencia humana. Pero había algo que me preocupaba. "¿Qué me pasará si algo impide que me sigas dando sangre?", pregunté un día. "Mala cosa para ti, amigo",replicó,"a nadie le gusta que el tiempo le cobre de repente la renta de todos los años que no ha pagado",añadió. Comprendí que mi suerte se hallaba ligada a la suya. Si a él le pasaba algo yo moriría. Quizás por eso tenía tanta confianza en mí.

El directorio militar de Primo de RiveraPasó el tiempo con un suave transcurrir del que había suprimido toda preocupación por la vejez y llegaron los años 20. Y con ellos la dictadura de Primo de Ribera y el consecuente recrudecimiento de la policía. Pero a nosotros, que movíamos los hilos en la oscuridad de la clandestinidad más absoluta poco o nada nos afectaba. De hecho esa época nos sirvió para plantar las semillas de una fuerza futura tan vigorosa que nada podría pararla.



En ese momento irrumpió en escena un abogado sindicalista cuya influencia, aunque había surgido del seno de nuestra organización, considerábamos desviada y nefasta. Se trataba de Salvador Seguí, "el noi del sucre". Blanquet estaba en contra de él aunque prefería no inmiscuirse. De todas formas dejó caer el comentario de que, o cambiaba de actitud o alguien se encargaría de él. Creí necesaria mi intervención así que decidí hacerle una visita. Tuvimos una larga conversación en la que él me expuso sus principios e ideas. Salvador Seguí, "El noi del sucre"La verdad es que me pareció bastante razonable y algo en mi interior simpatizaba con sus argumentos pero la realidad es que se estaba enfrentando a la organización y que la cosa no podía seguir así. Le advertí severamente que, por su propio bien, debía cambiar de actitud y me fui. Esa misma noche fue asesinado.



Esto despertó en mi algunas dudas. ¿Existían más vampiros?, y si existían, ¿Se conocían?. Ante mis preguntas Blanquet respondió de forma evasiva aunque acabó reconociendo de que quizás existieran más pero que eso era cosa suya. Cuando le comenté lo del "noi del sucre" se mostró algo irritado y puso en duda mis deducciones de que podría que ser que otro vampiro le hubiera hacho a él lo que me hicieron a mi. Lo único que dijo fue: "vaya, que fastidio, bueno es igual, tu deja ese tema".Y ya no volvimos a hablar del asunto.

En 1923, el paso del tiempo, pese a todo, sí que tuvo una consecuencia para mí. Debido a la ya evidente falta de envejecimiento hube de separarme de mis amigos y abandonar mi antigua tapadera. Les comenté que debido al recrudecimiento de la situación había de permanecer totalmente oculto. Sólo sabrían de mi por misivas firmadas por mi símbolo secreto que solo ellos tres conocían. Aún así era consciente de que había de mantenerme alejado de su círculo. Blanquet me sugirió que podía darme una personalidad falsa que sería muy conveniente para la organización y que, además, haría moverme en niveles tan diferentes a los anteriores que la posibilidad de un encontronazo sería mínima. Se trataba de simular a un miembro de la clase media alta catalana lo que era perfectamente viable teniendo en cuenta los recursos económicos de los que disponía gracias a la estructura piramidal de células en las que yo estaba en la cima. De la rica burguesía que yo tanto despreciaba para poder infiltrarme en los círculos internos de los independentistas catalanes que últimamente habían cobrado mucha fuerza. Así que desapareció mi antigua personalidad y surgió una nueva: Rafel Rovira i Rius, hijo de los Rovira y Rius, prestigiosa familia barcelonense de rancio abolengo entre la burguesía catalana. Afortunadamente la familia había muerto en el Titanic hacía más de diez años y sólo hubo que arreglar la historia de que el hijo (que también había muerto) se hubía salvado y criado en Londres desde su infancia hasta ahora.

El intento de golpe de MaciàCon la nueva personalidad vinieron nuevas maneras y amistades. Tuve que aprender las formas y estilos de la alta sociedad, el saber estar y comportarse. Compré una casa adecuada y me apunté a los clubes y organizaciones que se estilaban. Entre ellos el Centre Excursionista de Catalunya, del que tengo muy gratos recuerdos. Y pasé a llevar otra doble vida, culto y elegante miembro de la burguesía que se apuntaba a todas las fiestas y celebraciones de postín y miembro oscuro y secreto de una organización clandestina. Las historia de mi vida, lo de siempre, las dos caras de la misma moneda.



Mediante la faceta pública de mi personalidad logré obtener algunos cargos políticos interesantes dentro del Ayuntamiento y me aproximé, políticamente hablando, a la Esquerra Republicana. Mientras, en mi faceta secreta y clandestina ejercía el mando de una sección importante de la organización, concretamente la correspondiente a la ciudad de Barcelona. Así, conjuntando una cosa con la otra, mi influencia y poder aumentaron exponencialmente. Tenía en mi mano el poder eliminar a enemigos políticos mediante los recursos de mi otra personalidad. De todas formas todo esto se había de hacer de forma discreta y solapada, no fueran a ser evidentes mis movimientos. En ese momento no era consciente de que detrás de todas estas ideas y pensamientos se hallaba la mente y la voluntad de Blanquet, que se superponía a la mía reemplazándola en parte.

La firma del Estatut d'AutonomíaLlegó el año 1923. Yo ya me había aposentado en mis dos personalidades y me había acostumbrado al poder. Al final cayó la dictadura y los aires del cambio pronto volaron por el país. Los acontecimientos se precipitaron y al poco pasamos de ser monarquía a república. Y con la república nuevas oportunidades aunque habíamos de aprender a jugar en el nuevo sistema. Por de pronto y dentro de Esquerra Republicana pasé a formar parte activa en la consecución del Estatut Català y hasta estuve presente en la firma del mismo por Alcalá Zamora. Las cosas iban bien pero el avance inexorable del tiempo me hacía ver que faltaba poco para que tuviera que pasar de nuevo a la oscuridad. Mis amigos y conocidos ya empezaban a hacerme el tipo de comentarios peligrosos que ya conocía: "Oye, que bien te conservas, un día de estos me pasas la receta", o, "parece que fue ayer cuando te conocí aunque, la verdad, no has cambiado nada". Estaba llegando al límite de lo que se podía disimular. Ya hacía tiempo que había empezado a utilizar métodos de maquillaje a fin de parecer más viejo de lo que era y también para diferenciarme del aspecto de mi personalidad anterior, pero claro, todo tiene un límite.



Esta vez no habría segunda personalidad. Trabajaría totalmente en la clandestinidad aunque, eso sí, recompensaron mis esfuerzos anteriores nombrándome jefe de Catalunya de la organización. Un buen día Blanquet no apareció en la reunión mensual. Al principio no me preocupe demasiado pero cuando también faltó para la segunda reunión me espanté sintiendo la necesidad urgente e inmediata de satisfacer mi ansia de su sangre. Y en este estado de cosas me encontró la guerra civil. Yo no estaba para eso, solo pensaba en localizar a Blanquet, así que, en medio del caos y la confusión reinante, utilicé todos los recursos de que disponía para localizarle. Durante una semana, en lo mas crudo de los primeros días de revuelta, todas las organizaciones anarquistas clandestinas se movilizaron con un único objetivo: encontrar a un hombre del que sólo tenían la descripción. Mientras los acontecimientos hacían historia, mientras el pueblo libraba una lucha enconada contra los militares rebeldes, las organizaciones más letales y secretas al teórico servicio de la revolución total se dedicaron a otra cosa.

Al final de lo que fueron unos días angustiosos para mi, me comunicaron que habían encontrado a un hombre que correspondía con la descripción en una masía al norte del país, cerca de los Pirineos. Rápidamente me trasladé hasta allí para verificar que, efectivamente, se trataba de él. Pero se encontraba sumido en una especie de estado de sopor absoluto del que no se le podía despertar. A la vista de todo el mundo menos para mí se trataba de un cadáver. Pero yo sabía lo que era en realidad así que me aseguré de quedarme solo con él mientras los demás hacían guardia en el exterior.



Una vez a solas le hice un corte en el brazo con una navaja y empecé a chupar como un desesperado hasta que el apetito fue disminuyendo y la razón se impuso. Vendé su herida como pude y, ya restablecido, decidí hacer de aquel sitio, a todas luces abandonado, mi centro de operaciones. Empecé a organizar los movimientos bajo mi mando para la lucha contra los militares rebeldes y, lo que era más importante para mi, para fomentar la revolución total empezando por la colectivización del campo y de todos los recursos sociales. ¡Queríamos la revolución ya!.

Pero tenía un problema y lo sabía. De momento había conseguido sobrevivir a un seguro final pero éste solo había sido retrasado. A había comprobado que era imposible despertar a Blanquet así que tenía que encontrar otra solución. Quizás existían más vampiros, no me extrañaría que Blanquet me hubiera ocultado su existencia, así que pensé en cómo localizarles. Dediqué a los hombres más versados en los bajos fondos de la ciudad para que buscaran sitios adecuados para lo que yo pensaba que podían utilizar los vampiros. Mientras tanto iba subsistiendo con raciones "en conserva".

Una noche oí como se abría la puerta de mi habitación. Yo sabía que eso no era posible, nadie podría haber pasado por las líneas de vigilancia alrededor de la masía. Nadie a menos que... La persona avanzó por la habitación tranquilamente hasta llegar a la altura de mi cama y me saludó diciendo: "Cuanto tiempo hace ¿no?, ya te dije que no tenías razón". Me quedé de piedra al reconocerle, era Salvador Seguí, que supuestamente había muerto hacía más de diez años. "¿Porqué has venido hasta aquí?" dije con voz algo trémula. ¿No lo adivinas?replicó, "A los de nuestra especie no nos gusta que la gente meta sus narices en nuestros refugios, y tu tendrías que saberlo, pero no he venido sólo a por eso, he venido a salvar a uno de los míos". Y diciendo esto se inclinó sobre mi sujetándome con fuerza mientras sus dientes se clavaban con facilidad en mi garganta extrayéndome la sangre a grandes sorbos. Sentí cómo mis fuerzas me abandonaban cada vez más y más.

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