The Beatles;El mito de la eterna adolescencia
Acaso sea eso: verlos eternamente jóvenes. Alegres, despreocupados, ligeros. Como chicos que juegan en la plaza, a las escondidas, a la popa, al quemado, con todo el tiempo del mundo para hacer lo que quieran, lo que les venga en gana, lo primero que se les ocurra y lo último también. Sonrientes, pícaros, inquietos. Siempre listos. Para la travesura que viene, para la aventura, para la sorpresa.
Acaso sea eso lo que hace que los Beatles sigan estando ahí, cerca, vivos, llenos de energía. Como cuando eran jóvenes, cuando cantaban a los gritos y bailaban el twist. Cuando escapaban de las fans corriendo por las calles de Liverpool, de Londres, del mundo entero. Corrían sin mirar atrás, confiados, tranquilos, seguros de que, aunque les pisaran los talones, no los iban a alcanzar.
Son las imágenes de la beatlemanía. Esas que imaginó Richard Lester y que quedaron para siempre. En la página de un libro, en la tapa de un disco, en la publicidad de un videojuego. John, George, Ringo y Paul congelados en un salto a la posteridad. El bronce de las estatuas de los próceres, pero con estilo. Como las fotos de las vacaciones en Brasil, ésas que se perdieron en la mudanza.
Hay una nostalgia en esas fotos de fantasmas. Una cierta tristeza, por los que no están y por los que están también, acaso porque ahora son diferentes, vegetarianos, divorciados, padres, abuelos, retirados, activos. A veces artistas, a veces banqueros. A veces un sueño, a veces una pesadilla. Y aunque sea así, aunque ahora sonrían para la foto con Yoko, siempre seguirán siendo chiquilines.
Esa certeza que acompaña a los Beatles, como una bendición, también como una condena, es en buena medida el secreto de su éxito. Y es lógico que sea así: mientras ellos sean jóvenes, nosotros también lo seremos. Mientras ellos sean adolescentes, a nosotros también nos estará permitido abrir la puerta para ir a jugar. Vivir sin preocupaciones, sin responsabilidades, como cuando éramos unos chiquilines, como ellos.
Su eterna juventud, que es una foto y eso la hace más real, más creíble, parte de la religión, alienta nuestros esfuerzos por no envejecer. Más en enero, cuando la movida viaja a la costa, a las sierras, y en la televisión las chicas y las chicos toman cerveza, hablan por celular, fuman, mientras bailan toda la noche hasta que salga el sol esa canción que por obra y gracia de un gurú del marketing se ha consagrado como el hit del verano.
Es ahí, en ese Olimpo de vedettes arrugadas, cómicos sin humor y divas de televisión sin pantalla, donde el rey sin corona es un hombre que quiere a toda costa ser famoso, firmar autógrafos, que lo aplaudan. Aunque no sepa hacer otra cosa que dilapidar la fortuna que amasó su padre vendiendo chocolatines con sorpresitas y bombones para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero.
El también sonríe para la foto y, sin que se lo pidan, se quita la remera, la camisa, lo que sea que le cubra el torso, para mostrar sus bíceps, sus abdominales, esmeradamente trabajados en el gimnasio o en el quirófano, da igual, porque para vencer al tiempo, a su paso inexorable, ese que es más cruel que el rey de los hunos, vale todo. Hasta jugar a ser Peter Pan en Costa Pobre. Sin el humor del Negro Olmedo.
No es su culpa, claro, él no hace más que lo que le enseñaron, lo que vio hacer a sus ídolos, esos que hoy se mueren por ser amigos suyos, salir en la foto con él, o aunque más no sea, que los bendiga con una suculenta torta publicitaria en sus programas. Ricardo Fort quiere ser famoso, pero lo que más quiere es ser joven y eterno. Como los diamantes de James Bond. Como todo rico y famoso que se precie de serlo.
Mar del Plata, Carlos Paz, Punta del Este cada vez se parecen más a Neverland, pero no al País de Nunca Jamás de los cuentos que hacían las delicias de nuestra niñez sino al otro, al rancho gigante y siniestro donde escondía sus miserias Michael Jackson, cuando todavía no era un fantasma de verdad y ya daba miedo. Es ahí donde las estrellas, las de hoy, las de ayer, las de siempre, exhiben su verdad.
¿Viste con quién se puso de novia Susana? ¿Viste lo que se puso Mirtha? ¿Adónde va a ir esta noche Ricardito? Esas preguntas, las mismas que nos quitaban el sueño cuando íbamos a la secundaria, son las que dan vueltas y vueltas y vueltas en el aire, en la playa, en la sierra, en el shopping. Y es así porque la vida de los ricos y famosos ha alcanzado, merced a la magia de las revistas del corazón, el mito.
El mito de ser y, lo que es más importante aún, de parecer, eternamente jóvenes. Como los Beatles, que fueron, son y serán unos chiquilines que sacuden el flequillo cuando cantan canciones de amor. Que nunca, jamás, serán parte del mar, porque fueron, son y serán las nuevas olas. Es un engaño, una trampa perfectamente urdida por los mercaderes del éxito que saben mejor que nadie que, para vender, hay que ofrecer lo imposible.
El objeto del deseo con forma de botella de cerveza o de gaseosa o de mensaje de texto o de conexión omnisciente o de champú para la caspa o para la playa o de zapatillas con alas o con ruedas o con onda, que es difícil de creer pero no de querer, para los chicos de verdad, ésos que quieren ser grandes pero no tanto como para dejar la casa de los padres, y para los otros también, esos que son grandes pero que quieren ser chicos, y volver la casa de los padres.
Y ser eternamente jóvenes.
Ricardo Luque17-01-10-Diario la capital
Fuente aca!
thebeatles dijo:
Buenisimo ,ah y taringueros ¿quieren saber un secreto?¿me prometen no contarlo?
acercense , dejen decircelo al oido :
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