16 February 2006 @ 10:13 hrs.
ENTRADA 54
Nunca me ha gustado la lluvia, lo cual en Galicia, donde forma parte del
paisaje, es un sentimiento un tanto absurdo. Pero hoy, mientras contemplaba los
chaparrones cayendo sobre la pequeña villa marinera de Bueu, he pensado que
quizás, en el fondo, no esté tan mal. Incluso puede que me sea útil.
Está cayendo agua de forma torrencial desde hace casi doce horas. Una
tormenta de lluvia y viento está azotando en estos momentos todo este tramo de
costa. El mar, sacudido y revuelto, presenta un color gris acero ominoso, que
normalmente invitaría a la flota a quedarse amarrada a puerto y a sus marineros
a tomarse algo caliente en la taberna . Pero ahora no hay flota, ni marineros, por
lo menos vivos, que yo sepa.
El Corinto, pese a estar resguardado detrás del espigón del puerto de Bueu, se
balanceaba violentamente con los restos de la poderosa tormenta que, desde el
exterior llegaba hasta aquí. Las ráfagas de viento sacudían las jarcias y
arrastraban auténticas cortinas de lluvia. Los imbornales casi no daban abasto
para expulsar toda el agua que se iba acumulando en la cubierta, mientras en
tierra, la lluvia hacía que apenas se pudieran divisar los edificios de la orilla.
Estar cinco minutos a la intemperie suponía quedar absolutamente empapado.
Un tiempo de perros, en definitiva.
Y sin embargo este tiempo me favorecía. El sonido del viento, y de la lluvia
taparían cualquier posible ruido que pudiera hacer en tierra. La visibilidad era
realmente reducida, mientras esta tromba de agua se estaba desplomando desde
el cielo. Creo que en esta ocasión el clima podía ser mi aliado.
Y es que no me quedaba más remedio que bajar a tierra. Necesitaba con
urgencia unas cartas marinas. Los fugitivos que asaltaron el Corinto no fueron
capaces de llevarse el barco, pero lo registraron a fondo y se llevaron cualquier
cosa que encontraron útil , entre ellas las cartas náuticas, que deberían estar en
el cajón al lado de la mesa de navegación. Sin ellas, corría el riesgo de chocar
con algún bajío o escollera que pudiera haber en la Ría de Vigo. Además, en su
precipitada huida trataron de arrancar el GPS empotrado en la consola de
mando y lo único que consiguieron fue romper su pantalla de cristal líquido.
Ahora estaba absolutamente inservible y yo lo necesitaba. Aunque sólo tuviera
que ir costeando hasta Vigo la experiencia de Tambo me había enseñado la
lección de que no podía dar nada por seguro. Puede que de ese puerto tuviese
que seguir mi camino hacia cualquier otra parte y debía estar preparado para
eso.
Además, tenía que reponer las provisiones, en un nivel cada vez más bajo. Yo
podría soportar un par de días a media ración, pero Lúculo me miraba
indignado cada vez que olisqueaba las magras raciones que le sirvo de comida.
No sé qué pensará de todo esto, pero estoy seguro de que más que los sustos, las
sacudidas y las mojaduras lo que realmente le molesta a mi pequeño amigo es la
catastrófica situación de nuestra despensa. Y no me apetece tener un motín a
bordo, aunque sea gatuno.
La verdad sea dicha, está aguantando como un campeón. Y realmente, se lo
agradezco. Es la única compañía que tengo desde hace casi un mes y si no fuera
por él, con todas esas cosas pululando por todas partes, supongo que estaría a
medio camino de perder la cabeza.
Tomada la determinación, solo me quedaba trazar un plan, y la verdad, la
perspectiva era realmente aterradora. No conocía el estado de las calles más allá
de lo que podía ver desde cubierta. No sabía lo que me podría encontrar al
doblar la esquina. Así que el plan se reducía en llegar hasta la orilla, conseguir
lo que necesitaba montando el menor jaleo posible y salir de ahí cagando
hostias. El resto, habría que irlo improvisando sobre la marcha.
Me puse el neopreno, cogí la Glock con sus dos cargadores y el arpón con sus
cuatro virotes de acero. Vacié la mochila en el camarote y con ella colgada a la
espalda descendí hasta el chinchorro que se mecía amarrado al lado del Corinto.
Este estaba medio anegado con el agua de la lluvia y las salpicaduras de las
olas. Haciendo caso omiso a la sensación de frío que me subía por las piernas a
medida que me empapaba, empecé a remar cautelosamente hacia la desierta
orilla, hacia el muelle.
El agua del puerto, normalmente turbia y aceitosa, presentaba un aspecto
extrañamente limpio. Mientras remaba he pensado que es increíble como casi
un mes de ausencia humana puede cambiar el entorno. He observado que
apenas he podido ver animales estos días, excepto pájaros. Hay cientos de ellos,
sobre todo gaviotas. Con un estremecimiento he recordado que las gaviotas,
aparte de piscívoras, son carroñeras. Supongo que últimamente no les estará
faltando alimento, y sin necesidad de pescarlo. Tiempo de vacas gordas para
ellas. Joder.
Finalmente he llegado a los escalones del muelle. Dejando amarrado el
chinchorro a un estay he subido silenciosamente por los escalones. Con una
breve mirada he contemplado el muelle. Estaba desierto. La tormenta arreciaba
en esos momentos. El ruido de la lluvia y del viento silbando por las calles se
combinaba con el estruendo de los truenos, que cadenciosamente se marcaban
de fondo. Era una tormenta horrible. El viento azotaba mi cara, arrastrando la
lluvia a mis ojos. Resultaba imposible ver u oír nada a más de cinco metros. Era
perfecto.
Con cautela he cruzado el muelle hasta apoyar la espalda en la lonja del puerto
y he asomado la cabeza por la esquina. He visto a dos, un hombre joven y una
mujer de edad avanzada. Estaban inmóviles, en medio del paseo, con un
aspecto curiosamente desolado. La lluvia chorreaba sobre ellos y les pegaba las
ropas al cuerpo. He observado que después de casi un mes de uso y de estar a la
intemperie, muchas de las prendas de ropa de esas cosas están empezando a
desgastarse. Ahora, tienen un aspecto sumamente inquietante, como salidos de
una película de terror.
Como si no lo tuvieran antes. Es que hay que joderse.
Pegado al muro he comenzado a avanzar, con el arpón y la pistola listos. He
pasado al lado de ellos, a menos de cuatro metros Y NO ME HAN VISTO. La
tormenta, la oscuridad creciente y la lluvia me han ocultado pero sin embargo,
de alguna manera, me han sentido, estoy seguro de ello.
Mientras pasaba a su lado, con los nervios tensos como cuerdas de piano,
parecen haber salido de su trance. Han empezado a agitarse, inquietos,
girándose hacia todas partes, tratando de localizarme. Sus sentidos físicos, tras
haber cruzado el umbral de la muerte, parecen estar bastante disminuidos, pero
por otra parte parecen haber desarrollado una suerte de percepción propia que
les permite "sentir" a los seres vivos. Saben que estoy aquí. Cerca. Muy cerca.
Pero no saben exactamente dónde. Pero solo era cuestión de tiempo que me
localizasen. Tenía que darme prisa, mucha prisa. Joder.
Deslizándome pegado a las paredes y agachándome ocasionalmente entre los
vehículos abandonados en la calzada, he avanzado toda la calle hasta una tienda
de productos náuticos que sabía que estaba en la esquina. Ha sido al llegar a ella
cuando he sido consciente de dos cosas. La primera, que la tienda tenía la verja
echada. Mierda. Joder. Sería imbécil. No lo había pensado. ¿Como cojones iba
a subir la verja, sin electricidad y sin la llave?
La segunda cosa era que inadvertidamente, al menos una docena de esas cosas
se estaban acercando por la calle hacia mi posición, atraídas por la percepción,
de algún modo, de mi presencia.
Necesitaba una solución. Tenía que ser rápido. Súbitamente, lo he visto.
Estacionada contra la fachada de la tienda, ubicada en un bajo de una casa
cercana al puerto, estaba un furgón de reparto. Gateando por su capó me he
subido hasta el techo. Con la lluvia ha sido más difícil de lo que esperaba, y he
estado a punto de resbalar un par de veces. Me he puesto histérico, mientras
esas cosas que se acercaban. Tenía que trepar. Joder. Joder. ¡¡¡Joder!!!
Por fin he conseguido subir al techo del furgón. Desde ahí, a menos de un
metro, estaba el balcón del primer piso, justo encima de la tienda, Jadeando, he
cruzado de un salto. Casi resbalando en el musgo del borde, me he dejado caer
en su interior. La puerta, cerrada, estaba acristalada. Con la empuñadura de la
pistola he roto un vidrio. Me ha dado la sensación de que se oía en todas partes,
aunque ha quedado amortiguado por el ruido de la lluvia torrencial.
He entrado en la casa. Ahora estoy en la habitación de piso superior, solo
iluminado por la tenue luz que entra por la puertas del balcón.
He oído un ruido abajo. No estoy solo aquí dentro.
17 February 2006 @ 19:17 hrs.
ENTRADA 55
Desde que toda esta mierda se desató ha habido multitud de ocasiones en las
que he estado en una situación, digamos, comprometida. Pero casi siempre la
necesidad de moverme rápido para salvar mi vida ha tenido la virtud de no
dejarme pensar realmente lo que estaba pasando a mi alrededor. Sin embargo,
mientras estaba en la planta superior de esa casa, entre penumbras, oyendo el
sonido proveniente de la planta baja, por primera vez he de reconocer que
estaba cagado de miedo.
Respirando entrecortadamente me acerqué a la puerta de esa estancia, un
dormitorio con una cama antigua, monstruosamente grande, con dosel. Toda la
casa olía a cerrado y a humedad, pero de fondo podía sentir un leve aroma a
corrupción, a podrido. Supongo que ya me mentalicé para lo peor. Al llegar
junto a la puerta, estiré la mano hacia el elaborado pomo de cristal, y con una
profunda inspiración, abrí la puerta de un tirón, mientras saltaba hacia atrás.
Nada. Tan solo un cuarto a oscuras. Con manos torpes busqué en el fondo de la
mochila vacía y saqué una linterna. Alumbrando mi camino, me introduje en el
cuarto a oscuras. Podía oír el rumor de la lluvia y del agua cayendo por los
canalones mientras de fondo, de cuando en cuando, sonaban potentes truenos
que hacían retumbar toda la casa. La puta tormenta estaba encima de nosotros
en ese mismo momento. Para ser sincero conmigo mismo, he de reconocer que
estaba muerto de miedo.
La habitación contigua, un comedor, daba paso a una especie de distribuidor, un
zaguán de donde arrancaba una escalera que conducía a la planta baja. Supuse
que la casa y la tienda de productos náuticos de la planta inferior estaban
conectadas por dentro. Serían del mismo dueño. Yo que sé. Lo cierto es que
cuando tenía apoyado el pie en el primer escalón e iba a iniciar el descenso he
vuelto a oír el mismo puto ruido de antes. Era como una especie de golpeteo
rítmico, constante, acompañado como de… ¿Cascabeles?
Splam, splam, splam, splam, splam, ¡SPLAM!… Y de repente, paraba. Y de
nuevo otra vez, con esos puñeteros cascabeles de fondo. Era para volverse loco.
El ruido no venía de abajo. Estaba equivocado. Provenía de la misma planta
donde yo me encontraba. Justo del fondo de la casa. Podía haberlo ignorado y
simplemente limitarme a bajar las escaleras, saquear lo que me hiciera falta y
salir por donde había entrado, pero soy humano. Y los humanos, aparte de
irracionales, estúpidos e imprevisibles somos, sobre todo, curiosos. Quería
saber qué coño era ese ruido. NECESITABA saber qué demonios era eso. Así
que, cagado de miedo, empuñando la Glock en la mano derecha y la linterna
temblando en la izquierda me giré y empecé a caminar hacia el fondo de la
casa.
Atravesé una especie de salita, con un televisor a oscuras, un par de sofás,
algunas revistas de hacía más de un mes y una solitaria calceta abandonada
sobre una mesa camilla, que tenía otra puerta al fondo. El ruido sonaba aquí
más potente. Me estaba acercando. Al llegar a la puerta, acerqué el ojo a la
cerradura. No se veía absolutamente nada, pero el olor a descomposición era
más intenso aquí. Agarrando la linterna con la boca, abrí la puerta de un tirón,
sólo para encontrarme con un nuevo pasillo, más corto, con dos puertas.
¡SPLAM! El golpe sonó fuerte, claro, intenso, mientras una vaharada de aire
podrido asaltaba mis fosas nasales. ¡SPLAM! Dando un par de pasos, entré
cautelosamente en el pasillo, mientras trataba de aguantar las arcadas. El olor
era nauseabundo. ¡SPLAM! ¡SPLAM! Enfocando la linterna a todas partes,
comprobé que el pasillo estaba libre. Tan solo una serie de antiguas litografías
de estampas marineras y las dos puertas. Una de ellas, entreabierta, me permitía
adivinar un baño. Cuidadosamente, empujé la puerta, que se abrió con un
audible chirrido, mientras paseaba el halo de luz por toda la pieza. Vacía.
¡SPLAM! ¡SPLAM! ¡SPLAM! ¡SPLAM! El chirrido de la puerta del baño
había hecho que el cascabeleo y los golpes al otro lado de la puerta cerrada se
multiplicasen. No era algo producido mecánicamente. Fuera quien fuese, me
había oído. Conteniendo la respiración me planté delante de la puerta.
Aún estaba a tiempo. Aún podía dar la vuelta e irme. Fuera lo que fuese, sabía
que estaba aquí y aún no había salido. O no podía o no tenía interés en verme.
Y francamente, supongo que yo tampoco. Pero sin embargo TENÍA que saber
que coño era aquello. Así que agarré el pomo y con un fuerte tirón abrí aquella
maldita puerta.
Jesús. Buen Dios. Aún me estremezco. Aquella habitación condenada debía
haber sido en algún momento el dormitorio principal de la casa. Una colcha de
lino cubría una enorme cama, apenas iluminada por los relámpagos que se
colaban por la persiana a medio bajar. A los pies de la cama, desprendiendo un
olor infernal, yacía el cadáver de una mujer, de una edad indeterminada.
Enlazada en sus manos tenía una escopeta, apuntada hacia arriba. Se había
metido los cañones en la boca y había apretado el gatillo. De la mitad superior
de su cabeza no quedaba absolutamente nada. Debía llevar muerta por lo menos
tres semanas. Enfocando la luz hacia lo que un día fue su cara pude ver unos
gusanos blancos, enormes, asomando por los restos de su boca. Con una arcada
me incliné hacia una esquina y estuve vomitando lo que me pareció una
eternidad. Mi pequeña aportación a aquel paisaje del infierno.
¡SPLAM! Con un hilillo de bilis colgando de la boca me incorporé como un
rayo al oír aquel nuevo golpe. Enfocando mi linterna a una esquina lo vi. Joder.
Era un niño, de unos tres o cuatro años. Vestía un pequeño peto vaquero y
estaba descalzo. Estaba sentado en una trona, una silla infantil, fuertemente
sujeto a ella por sus correas.
Era uno de ellos.
Joder. Al enfocarlo con la linterna empezó a sacudirse en su sillita, produciendo
los golpes que había oído antes, al chocar con la pared. El cascabeleo era
producido por los sonajeros sujetos a la parte delantera de la silla, que se
agitaba violentamente mientras que con ojos vacíos y muertos estiraba sus
pequeños brazos hacia mí, intentando agarrarme. Era una estampa demencial.
Asqueado, me aparté a una esquina, mientras contemplaba a ese pequeño
monstruo. Si no me equivocaba, la mujer que yacía a mis pies debía ser su
madre. De alguna manera, su pequeño contrajo el virus y fue demasiado para
ella. Cuando vio en lo que se transformaba seguramente no tuvo valor para
acabar con él, pero tampoco para seguir viviendo. Atrapada en esa casa,
desesperada, sola, finalmente se pegó un tiro. Aquel engendro debía llevar
amarrado a esa silla semanas, atrapado para siempre, incapaz de desatarse y de
caminar, como todos sus hermanos, en busca de sangre caliente y seres vivos.
Joder.
El monstruo no dejaba de balancearse, inquieto, ante mi presencia. Con la poca
sangre fría que me quedaba me eché el arpón a la cara y apunté el virote hacia
su cabeza. Un débil gruñido salió de su boca oscura, maloliente, mientras se
agitaba amenazador ante mí. Noté que lagrimas saladas corrían por mis mejillas
mientras apuntaba, con temblores, el arpón hacia el crío. Cerrando los ojos,
disparé. Oh, Buen Jesús. Sé que hice lo que debía, pero no puedo evitar pensar
que era prácticamente un bebé. Es la cosa más horrible que haya hecho nunca…
Me perseguirá el resto de mi vida.
Recogí de un tirón el virote ensangrentado y limpiándolo en la ropa del cadáver
del suelo abandoné, tambaleante, esa habitación digna de una estampa del
averno. Tenía que reponerme. Había ido hasta allí con un objetivo. Ahora
estaba allí. Tenía que hacerlo por mi. Por Lúculo, por poder ver el siguiente día.
Limpiándome las lagrimas comencé a caminar hacia las escaleras que llevaban
a la tienda.
ENTRADA 54
Nunca me ha gustado la lluvia, lo cual en Galicia, donde forma parte del
paisaje, es un sentimiento un tanto absurdo. Pero hoy, mientras contemplaba los
chaparrones cayendo sobre la pequeña villa marinera de Bueu, he pensado que
quizás, en el fondo, no esté tan mal. Incluso puede que me sea útil.
Está cayendo agua de forma torrencial desde hace casi doce horas. Una
tormenta de lluvia y viento está azotando en estos momentos todo este tramo de
costa. El mar, sacudido y revuelto, presenta un color gris acero ominoso, que
normalmente invitaría a la flota a quedarse amarrada a puerto y a sus marineros
a tomarse algo caliente en la taberna . Pero ahora no hay flota, ni marineros, por
lo menos vivos, que yo sepa.
El Corinto, pese a estar resguardado detrás del espigón del puerto de Bueu, se
balanceaba violentamente con los restos de la poderosa tormenta que, desde el
exterior llegaba hasta aquí. Las ráfagas de viento sacudían las jarcias y
arrastraban auténticas cortinas de lluvia. Los imbornales casi no daban abasto
para expulsar toda el agua que se iba acumulando en la cubierta, mientras en
tierra, la lluvia hacía que apenas se pudieran divisar los edificios de la orilla.
Estar cinco minutos a la intemperie suponía quedar absolutamente empapado.
Un tiempo de perros, en definitiva.
Y sin embargo este tiempo me favorecía. El sonido del viento, y de la lluvia
taparían cualquier posible ruido que pudiera hacer en tierra. La visibilidad era
realmente reducida, mientras esta tromba de agua se estaba desplomando desde
el cielo. Creo que en esta ocasión el clima podía ser mi aliado.
Y es que no me quedaba más remedio que bajar a tierra. Necesitaba con
urgencia unas cartas marinas. Los fugitivos que asaltaron el Corinto no fueron
capaces de llevarse el barco, pero lo registraron a fondo y se llevaron cualquier
cosa que encontraron útil , entre ellas las cartas náuticas, que deberían estar en
el cajón al lado de la mesa de navegación. Sin ellas, corría el riesgo de chocar
con algún bajío o escollera que pudiera haber en la Ría de Vigo. Además, en su
precipitada huida trataron de arrancar el GPS empotrado en la consola de
mando y lo único que consiguieron fue romper su pantalla de cristal líquido.
Ahora estaba absolutamente inservible y yo lo necesitaba. Aunque sólo tuviera
que ir costeando hasta Vigo la experiencia de Tambo me había enseñado la
lección de que no podía dar nada por seguro. Puede que de ese puerto tuviese
que seguir mi camino hacia cualquier otra parte y debía estar preparado para
eso.
Además, tenía que reponer las provisiones, en un nivel cada vez más bajo. Yo
podría soportar un par de días a media ración, pero Lúculo me miraba
indignado cada vez que olisqueaba las magras raciones que le sirvo de comida.
No sé qué pensará de todo esto, pero estoy seguro de que más que los sustos, las
sacudidas y las mojaduras lo que realmente le molesta a mi pequeño amigo es la
catastrófica situación de nuestra despensa. Y no me apetece tener un motín a
bordo, aunque sea gatuno.
La verdad sea dicha, está aguantando como un campeón. Y realmente, se lo
agradezco. Es la única compañía que tengo desde hace casi un mes y si no fuera
por él, con todas esas cosas pululando por todas partes, supongo que estaría a
medio camino de perder la cabeza.
Tomada la determinación, solo me quedaba trazar un plan, y la verdad, la
perspectiva era realmente aterradora. No conocía el estado de las calles más allá
de lo que podía ver desde cubierta. No sabía lo que me podría encontrar al
doblar la esquina. Así que el plan se reducía en llegar hasta la orilla, conseguir
lo que necesitaba montando el menor jaleo posible y salir de ahí cagando
hostias. El resto, habría que irlo improvisando sobre la marcha.
Me puse el neopreno, cogí la Glock con sus dos cargadores y el arpón con sus
cuatro virotes de acero. Vacié la mochila en el camarote y con ella colgada a la
espalda descendí hasta el chinchorro que se mecía amarrado al lado del Corinto.
Este estaba medio anegado con el agua de la lluvia y las salpicaduras de las
olas. Haciendo caso omiso a la sensación de frío que me subía por las piernas a
medida que me empapaba, empecé a remar cautelosamente hacia la desierta
orilla, hacia el muelle.
El agua del puerto, normalmente turbia y aceitosa, presentaba un aspecto
extrañamente limpio. Mientras remaba he pensado que es increíble como casi
un mes de ausencia humana puede cambiar el entorno. He observado que
apenas he podido ver animales estos días, excepto pájaros. Hay cientos de ellos,
sobre todo gaviotas. Con un estremecimiento he recordado que las gaviotas,
aparte de piscívoras, son carroñeras. Supongo que últimamente no les estará
faltando alimento, y sin necesidad de pescarlo. Tiempo de vacas gordas para
ellas. Joder.
Finalmente he llegado a los escalones del muelle. Dejando amarrado el
chinchorro a un estay he subido silenciosamente por los escalones. Con una
breve mirada he contemplado el muelle. Estaba desierto. La tormenta arreciaba
en esos momentos. El ruido de la lluvia y del viento silbando por las calles se
combinaba con el estruendo de los truenos, que cadenciosamente se marcaban
de fondo. Era una tormenta horrible. El viento azotaba mi cara, arrastrando la
lluvia a mis ojos. Resultaba imposible ver u oír nada a más de cinco metros. Era
perfecto.
Con cautela he cruzado el muelle hasta apoyar la espalda en la lonja del puerto
y he asomado la cabeza por la esquina. He visto a dos, un hombre joven y una
mujer de edad avanzada. Estaban inmóviles, en medio del paseo, con un
aspecto curiosamente desolado. La lluvia chorreaba sobre ellos y les pegaba las
ropas al cuerpo. He observado que después de casi un mes de uso y de estar a la
intemperie, muchas de las prendas de ropa de esas cosas están empezando a
desgastarse. Ahora, tienen un aspecto sumamente inquietante, como salidos de
una película de terror.
Como si no lo tuvieran antes. Es que hay que joderse.
Pegado al muro he comenzado a avanzar, con el arpón y la pistola listos. He
pasado al lado de ellos, a menos de cuatro metros Y NO ME HAN VISTO. La
tormenta, la oscuridad creciente y la lluvia me han ocultado pero sin embargo,
de alguna manera, me han sentido, estoy seguro de ello.
Mientras pasaba a su lado, con los nervios tensos como cuerdas de piano,
parecen haber salido de su trance. Han empezado a agitarse, inquietos,
girándose hacia todas partes, tratando de localizarme. Sus sentidos físicos, tras
haber cruzado el umbral de la muerte, parecen estar bastante disminuidos, pero
por otra parte parecen haber desarrollado una suerte de percepción propia que
les permite "sentir" a los seres vivos. Saben que estoy aquí. Cerca. Muy cerca.
Pero no saben exactamente dónde. Pero solo era cuestión de tiempo que me
localizasen. Tenía que darme prisa, mucha prisa. Joder.
Deslizándome pegado a las paredes y agachándome ocasionalmente entre los
vehículos abandonados en la calzada, he avanzado toda la calle hasta una tienda
de productos náuticos que sabía que estaba en la esquina. Ha sido al llegar a ella
cuando he sido consciente de dos cosas. La primera, que la tienda tenía la verja
echada. Mierda. Joder. Sería imbécil. No lo había pensado. ¿Como cojones iba
a subir la verja, sin electricidad y sin la llave?
La segunda cosa era que inadvertidamente, al menos una docena de esas cosas
se estaban acercando por la calle hacia mi posición, atraídas por la percepción,
de algún modo, de mi presencia.
Necesitaba una solución. Tenía que ser rápido. Súbitamente, lo he visto.
Estacionada contra la fachada de la tienda, ubicada en un bajo de una casa
cercana al puerto, estaba un furgón de reparto. Gateando por su capó me he
subido hasta el techo. Con la lluvia ha sido más difícil de lo que esperaba, y he
estado a punto de resbalar un par de veces. Me he puesto histérico, mientras
esas cosas que se acercaban. Tenía que trepar. Joder. Joder. ¡¡¡Joder!!!
Por fin he conseguido subir al techo del furgón. Desde ahí, a menos de un
metro, estaba el balcón del primer piso, justo encima de la tienda, Jadeando, he
cruzado de un salto. Casi resbalando en el musgo del borde, me he dejado caer
en su interior. La puerta, cerrada, estaba acristalada. Con la empuñadura de la
pistola he roto un vidrio. Me ha dado la sensación de que se oía en todas partes,
aunque ha quedado amortiguado por el ruido de la lluvia torrencial.
He entrado en la casa. Ahora estoy en la habitación de piso superior, solo
iluminado por la tenue luz que entra por la puertas del balcón.
He oído un ruido abajo. No estoy solo aquí dentro.
17 February 2006 @ 19:17 hrs.
ENTRADA 55
Desde que toda esta mierda se desató ha habido multitud de ocasiones en las
que he estado en una situación, digamos, comprometida. Pero casi siempre la
necesidad de moverme rápido para salvar mi vida ha tenido la virtud de no
dejarme pensar realmente lo que estaba pasando a mi alrededor. Sin embargo,
mientras estaba en la planta superior de esa casa, entre penumbras, oyendo el
sonido proveniente de la planta baja, por primera vez he de reconocer que
estaba cagado de miedo.
Respirando entrecortadamente me acerqué a la puerta de esa estancia, un
dormitorio con una cama antigua, monstruosamente grande, con dosel. Toda la
casa olía a cerrado y a humedad, pero de fondo podía sentir un leve aroma a
corrupción, a podrido. Supongo que ya me mentalicé para lo peor. Al llegar
junto a la puerta, estiré la mano hacia el elaborado pomo de cristal, y con una
profunda inspiración, abrí la puerta de un tirón, mientras saltaba hacia atrás.
Nada. Tan solo un cuarto a oscuras. Con manos torpes busqué en el fondo de la
mochila vacía y saqué una linterna. Alumbrando mi camino, me introduje en el
cuarto a oscuras. Podía oír el rumor de la lluvia y del agua cayendo por los
canalones mientras de fondo, de cuando en cuando, sonaban potentes truenos
que hacían retumbar toda la casa. La puta tormenta estaba encima de nosotros
en ese mismo momento. Para ser sincero conmigo mismo, he de reconocer que
estaba muerto de miedo.
La habitación contigua, un comedor, daba paso a una especie de distribuidor, un
zaguán de donde arrancaba una escalera que conducía a la planta baja. Supuse
que la casa y la tienda de productos náuticos de la planta inferior estaban
conectadas por dentro. Serían del mismo dueño. Yo que sé. Lo cierto es que
cuando tenía apoyado el pie en el primer escalón e iba a iniciar el descenso he
vuelto a oír el mismo puto ruido de antes. Era como una especie de golpeteo
rítmico, constante, acompañado como de… ¿Cascabeles?
Splam, splam, splam, splam, splam, ¡SPLAM!… Y de repente, paraba. Y de
nuevo otra vez, con esos puñeteros cascabeles de fondo. Era para volverse loco.
El ruido no venía de abajo. Estaba equivocado. Provenía de la misma planta
donde yo me encontraba. Justo del fondo de la casa. Podía haberlo ignorado y
simplemente limitarme a bajar las escaleras, saquear lo que me hiciera falta y
salir por donde había entrado, pero soy humano. Y los humanos, aparte de
irracionales, estúpidos e imprevisibles somos, sobre todo, curiosos. Quería
saber qué coño era ese ruido. NECESITABA saber qué demonios era eso. Así
que, cagado de miedo, empuñando la Glock en la mano derecha y la linterna
temblando en la izquierda me giré y empecé a caminar hacia el fondo de la
casa.
Atravesé una especie de salita, con un televisor a oscuras, un par de sofás,
algunas revistas de hacía más de un mes y una solitaria calceta abandonada
sobre una mesa camilla, que tenía otra puerta al fondo. El ruido sonaba aquí
más potente. Me estaba acercando. Al llegar a la puerta, acerqué el ojo a la
cerradura. No se veía absolutamente nada, pero el olor a descomposición era
más intenso aquí. Agarrando la linterna con la boca, abrí la puerta de un tirón,
sólo para encontrarme con un nuevo pasillo, más corto, con dos puertas.
¡SPLAM! El golpe sonó fuerte, claro, intenso, mientras una vaharada de aire
podrido asaltaba mis fosas nasales. ¡SPLAM! Dando un par de pasos, entré
cautelosamente en el pasillo, mientras trataba de aguantar las arcadas. El olor
era nauseabundo. ¡SPLAM! ¡SPLAM! Enfocando la linterna a todas partes,
comprobé que el pasillo estaba libre. Tan solo una serie de antiguas litografías
de estampas marineras y las dos puertas. Una de ellas, entreabierta, me permitía
adivinar un baño. Cuidadosamente, empujé la puerta, que se abrió con un
audible chirrido, mientras paseaba el halo de luz por toda la pieza. Vacía.
¡SPLAM! ¡SPLAM! ¡SPLAM! ¡SPLAM! El chirrido de la puerta del baño
había hecho que el cascabeleo y los golpes al otro lado de la puerta cerrada se
multiplicasen. No era algo producido mecánicamente. Fuera quien fuese, me
había oído. Conteniendo la respiración me planté delante de la puerta.
Aún estaba a tiempo. Aún podía dar la vuelta e irme. Fuera lo que fuese, sabía
que estaba aquí y aún no había salido. O no podía o no tenía interés en verme.
Y francamente, supongo que yo tampoco. Pero sin embargo TENÍA que saber
que coño era aquello. Así que agarré el pomo y con un fuerte tirón abrí aquella
maldita puerta.
Jesús. Buen Dios. Aún me estremezco. Aquella habitación condenada debía
haber sido en algún momento el dormitorio principal de la casa. Una colcha de
lino cubría una enorme cama, apenas iluminada por los relámpagos que se
colaban por la persiana a medio bajar. A los pies de la cama, desprendiendo un
olor infernal, yacía el cadáver de una mujer, de una edad indeterminada.
Enlazada en sus manos tenía una escopeta, apuntada hacia arriba. Se había
metido los cañones en la boca y había apretado el gatillo. De la mitad superior
de su cabeza no quedaba absolutamente nada. Debía llevar muerta por lo menos
tres semanas. Enfocando la luz hacia lo que un día fue su cara pude ver unos
gusanos blancos, enormes, asomando por los restos de su boca. Con una arcada
me incliné hacia una esquina y estuve vomitando lo que me pareció una
eternidad. Mi pequeña aportación a aquel paisaje del infierno.
¡SPLAM! Con un hilillo de bilis colgando de la boca me incorporé como un
rayo al oír aquel nuevo golpe. Enfocando mi linterna a una esquina lo vi. Joder.
Era un niño, de unos tres o cuatro años. Vestía un pequeño peto vaquero y
estaba descalzo. Estaba sentado en una trona, una silla infantil, fuertemente
sujeto a ella por sus correas.
Era uno de ellos.
Joder. Al enfocarlo con la linterna empezó a sacudirse en su sillita, produciendo
los golpes que había oído antes, al chocar con la pared. El cascabeleo era
producido por los sonajeros sujetos a la parte delantera de la silla, que se
agitaba violentamente mientras que con ojos vacíos y muertos estiraba sus
pequeños brazos hacia mí, intentando agarrarme. Era una estampa demencial.
Asqueado, me aparté a una esquina, mientras contemplaba a ese pequeño
monstruo. Si no me equivocaba, la mujer que yacía a mis pies debía ser su
madre. De alguna manera, su pequeño contrajo el virus y fue demasiado para
ella. Cuando vio en lo que se transformaba seguramente no tuvo valor para
acabar con él, pero tampoco para seguir viviendo. Atrapada en esa casa,
desesperada, sola, finalmente se pegó un tiro. Aquel engendro debía llevar
amarrado a esa silla semanas, atrapado para siempre, incapaz de desatarse y de
caminar, como todos sus hermanos, en busca de sangre caliente y seres vivos.
Joder.
El monstruo no dejaba de balancearse, inquieto, ante mi presencia. Con la poca
sangre fría que me quedaba me eché el arpón a la cara y apunté el virote hacia
su cabeza. Un débil gruñido salió de su boca oscura, maloliente, mientras se
agitaba amenazador ante mí. Noté que lagrimas saladas corrían por mis mejillas
mientras apuntaba, con temblores, el arpón hacia el crío. Cerrando los ojos,
disparé. Oh, Buen Jesús. Sé que hice lo que debía, pero no puedo evitar pensar
que era prácticamente un bebé. Es la cosa más horrible que haya hecho nunca…
Me perseguirá el resto de mi vida.
Recogí de un tirón el virote ensangrentado y limpiándolo en la ropa del cadáver
del suelo abandoné, tambaleante, esa habitación digna de una estampa del
averno. Tenía que reponerme. Había ido hasta allí con un objetivo. Ahora
estaba allí. Tenía que hacerlo por mi. Por Lúculo, por poder ver el siguiente día.
Limpiándome las lagrimas comencé a caminar hacia las escaleras que llevaban
a la tienda.