
Escrito por Dr. Javier Leuchter
El título de este artículo equivale en español a “ave, César, los que van a morir te saludan”.
Era una forma de saludar dirigida al césar (el emperador romano) por los gladiadores que iban a enfrentarse en el Circo Máximo.
Es el deseo de “Dios te salve”, a los que van a morir. En español, sería “Dios te salve, emperador (ave, César)”.
Cuando Octaviano fue designado heredero por Julio César y adoptó su nombre, César, se inició una tradición que ha durado hasta casi nuestros días.

Quizás usted no lo sepa, pero el nombre César se fue transmitiendo de emperador en emperador, hasta el punto de que se asimiló con el cargo de príncipe del Imperio romano. Dicha tradición duró incluso más allá del propio Imperio y, una vez caído éste, líderes políticos y militares posteriores satisficieron su cuota de ego personal ostentando el título, desde jefes militares bárbaros hasta reyes medievales francos y emperadores de la gran Rusia...
Así ha perdurado hasta nuestros días, y derivados del nombre César pueden encontrarse en casi todos los idiomas, tanto en su forma masculina como en su vertiente femenina. Aquí van unos ejemplos de las lenguas más pintorescas que he podido encontrar:
LENGUAS GERMÁNICAS
*Danés: Kejser & Kejserinde
*Holandés: Keizer & Keizerin
*Alemán: Kaiser & Kaiserin
LENGUAS ESLAVAS
Y BÁLTICAS
*Ruso: Czar & Czaritsa (transliteración arcaica), Tsar & Tsaritsa
*Bielorruso: Tsar & Tsarytsa
LENGUAS SEMÍTICAS, ALTAICAS Y FINO-ÚGRICAS
*Árabe: Qaysar - §íÕÑ
*Hebreo: Keisár & Keisarít
*Húngaro: Császár & Császárnõ
*Turco: Kayser-i-Rûm (César de Roma)

Si César pudiera ver esta lista, seguramente estaría muy sorprendido y, conociendo su desmesurado ego, seguramente estaría satisfecho en la misma proporción. ¿Se imagina que su nombre se convirtiese en un título nobiliario y se tradujera a todos estos idiomas?
César se deriva del cognomen (segundo apellido) Gaius Iulius Caesar (‘Cayo Julio César’), el famoso general, cónsul y dictador (nombrado por el Senado) romano que fue asesinado durante los idus de marzo en el año 44 a. C.
La transformación del nombre familiar César en un calificativo imperial puede ser vagamente trazada a partir del año 68 (el llamado año de los cuatro emperadores). Ya a principios del siglo II, el autor latino Suetonio escribió las Vidas de los doce césares (De vita XII Caesarum), en las que describe las biografías de Cayo Julio César y los once primeros emperadores romanos (hasta Domiciano).
El cuarto emperador, Claudio, fue el primero en tomar el color púrpura y asumir el nombre “César” sin haber sido adoptado por el anterior emperador ni, por tanto, haber adoptado el nombre de César (aunque era un miembro de la familia Julio-Claudia).
En este punto, el estatus de “César” fue regularizado como el título dado a un emperador designado (de vez en cuando también junto con el título honorífico Princeps Iuventutis, ‘príncipe de la juventud’) y era conservado tras subir al trono.
Etimológicamente, el infinitivo latino posse, cuyo significado remite a la capacidad de realizar algo, al hecho de tener la fuerza para hacerlo, respalda esa primera representación del poder que atraviesa el pensamiento moderno.
En una célebre definición enunciada tempranamente en el Leviathan, Thomas Hobbes considera el poder que alguien tiene como “sus medios presentes para obtener algún futuro y aparente bien” (aparente).
En la perspectiva hobbesiana del poder, lo que interesa fundamentalmente es su ejercicio potencial o efectivo:
“Tener la capacidad o la potencia para hacer algo, ejercer el poder para realizarlo”.
Fruto del estado permanente de inseguridad en que hemos vivido, los hombres renuncian a sus libertades en forma prácticamente irreversible e incondicional ante la figura del soberano, que más que un monstruo bíblico, se convierte, según las palabras de Hobbes, en un “dios mortal” o “césar” que brinda así la “paz y la protección para todos” los que han suscrito ese pacto “indisoluble”.
Pero, a diferencia de Hobbes y del mismo Weber, para quienes el poder era una especie de característica emanada de quien lo ejerce; y a diferencia asimismo de Locke y de Arendt, para quienes el problema central del poder era el tema de su legitimidad, para Michel Foucault, quien intenta, según lo subraya Hindess, una “alternativa radical” en su visión del poder, habría que preguntarse más bien cómo se ejerce el poder, mediante qué tecnologías y mediante qué procedimientos se ejerce y qué consecuencias y efectos se derivan de ello.
La distinción que Foucault hace entre violencia y poder se funda precisamente en esa diferencia: mientras que la violencia se realiza sobre las cosas o sobre los cuerpos para destruir o someter, el poder supone el reconocimiento del otro como alguien que actúa o que es capaz de actuar.
En ese sentido, gobernar es incidir sobre el campo de acción real o posible de los otros. De ahí la célebre reiteración de Foucault, según la cual, al final de cuentas, ejercer el poder no es más que “conducir conductas”, valga decir: la posibilidad de ampliar o de restringir el campo de acción de los otros. De esos otros a quienes se reconoce como actuantes y responsables: como capaces de actuar y, sobre todo, de responder.
¿A quiénes corresponde valorar la conducta de nuestros gobernantes y su ejercicio del poder otorgado por el pueblo?
Sólo a nosotros, pero desafortunadamente, aun ante la evidencia clara y nítida de las acciones de nuestros gobernantes, muchas de ellas poco adecuadas e incongruentes, lo único que se nos ocurre decir es “¡ave, César!”.
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Referencia de la cita (No perteneciente al autor)
La única cita escrita al respecto de la época romana es en la obra de Svetonio, De Vita Caesarum, 5 (Divus Claudius), 21, 6. Pero el lema citado por Suetonio es ligeramente distinto de la frase anteriormente citada, es: "ave imperator, morituri te salutant!" Y no es una invocación al dictador romano Julio César sino al emperador romano Claudio. Además la apelación no provenía de los gladiadores sino de los condenados a muerte que iban a participar en una Naumaquia en la celebración del drenaje del lago Fucino en el año 52 y se dirigieron así, en esa ocasión única y especial, al emperador.
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