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Padre, por qué me has abandonado?

Info5/11/2007


Todos hemos visto en un documental a algún león que mata a las crías de su pareja y se queda tan pancho, mesándose la melena como si nada hubiese pasado. En realidad el león tiene un buen motivo para actuar así: no son sus crías, por lo que no portan sus genes, que es en última instancia, lo que interesa al león. Además, con esta estrategia (denominada “infanticidio competitivo”) el león consigue que la hembra esté receptiva a él mucho antes, ya que ésta interrumpirá la lactancia de sus crías y por tanto sus niveles de prolactina se reducirán permitiendo de nuevo la ovulación.

En otros casos, como el de los caballos salvajes o los babuinos, el macho acosa a la hembra preñada hasta que ésta aborta. La explicación es simple: el estrés incrementa la prolactina y reduce los niveles de progesterona y estradiol, lo que conduce al aborto.

Hay un caso más sutil, que es el de los ratones y que se conoce como el efecto Bruce-Parkes. Cuando se coloca a una hembra preñada junto a un macho nuevo, éste puede liberar un olor que da lugar a un aumento de prolactina en la hembra, lo que conduce de nuevo al aborto.

Pero con el tiempo algunos animales han desarrollado estrategias para reducir el infanticidio. Empecemos por alguna triquiñuela que emplean las hembras de algunos primates y que se conoce como “pseudoestro”. Consiste en “fingir” un falso celo cuando la hembra está ya preñada, de modo que cuando el macho se aparea con la hembra este no puede sospechar que las crías que nacerán después no son suyas (pobre iluso).

Una estrategia seguramente más eficaz sea asegurarse de que el macho no sepa si las crías son suyas o de algún otro de modo que, por si las moscas, invertirá en criar al retoño. Esto ocurre en el caso de los bonobos, unos primates que tienen encuentros sexuales continuamente (tanto homosexuales como heterosexuales, ved el vídeo y lo “antinatural” que es la homosexualidad) y que son tan extraordinariamente promiscuos como les gustaría serlo a muchos humanos. De este modo, las hembras copulan con numerosos machos y ellos lo único que pueden hacer para tratar de ser padres de algunas de las crías (lo que ha favorecido la selección natural) es incrementar el tamaño de sus testículos (mayor cantidad de esperma, más posibilidades de acertar en la diana). De hecho, sus testículos son tan grandes que, como cuenta Frans de Waal, un prestigioso primatólogo, hubo una visitante de un zoo que confundió un testículo de un bonobo con una cabeza.

Los testículos humanos son, sin embargo, almendritas al lado de los testículos de los bonobos. La razón es clara: los humanos han encontrado otra estrategia muy eficaz: la monogamia, que dio origen a la familia nuclear. En este caso el sexo perdió su papel en las interacciones sociales, quedando relegado sólo al ámbito privado, pero de este modo la hembra se aseguraba la inversión del padre en la crianza de los hijos y él ganaba la seguridad de saber que esos eran con mucha seguridad sus retoños. Parece de hecho haber sido una buena estrategia pues hay unos 100000 bonobos en todo el mundo, y unos 6500 millones de personas. Por cierto, que esta es la muy probable explicación de por qué los sistemas morales (especialmente los religiosos) suelen condenar y, si se les permite, penalizar el adulterio.
Sin embargo, no sé por qué los bonobos me caen tan bien...

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