El mate proporciona a la gente alegría y satisfacción, pero causa incontables sufrimientos a quienes lo cultivan.
Los obreros de las plantaciones de yerba mate arrastraban una vida miserable, de presidiarios; el dueño de la plantación era señor de horca y cuchillo, podía apalearlos impunemente e inclusive matarlos. Ni siquiera les pagaban en dinero, sino en vales, por los cuales en el almacén del dueño les daban productos de segunda calidad y cualquier minucia, además, el dueño les vendía cualquier porquería tres veces más caro. Para colmo, los envenenaba con alcohol, del que en el almacén había reservas ilimitadas. Cualquier resistencia organizada de los obreros era aplastada bárbaramente por el dueño de la plantación y por la policía.
Empecé por abolir los vales y pagar a los obreros un salario en dinero. Hasta prohibí vender alcohol en la plantación. En seguida me gané enemigos entre los dueños de las plantaciones vecinas. Primero me tomaron por loco, pero cuando se convencieron de que estaba en mi sano juicio, dijeron que era comunista. En aquel tiempo yo era partidario de la Unión Cívica Radical. Se trata de un partido democrático, cuyo líder Hipólito Yrigoyen, por entonces presidente de la nación, hizo muchas cosas útiles para el país:
estaba por una política exterior independiente y respetaba la Constitución. Los dueños de las plantaciones me amenazaron con tomar represalias. Entonces en Misiones reinaba la más absoluta arbitrariedad. Los plantadores manejaban a las autoridades locales y la policía. Yo, por mi parte, no soy tímido, pero no tenía derecho a arriesgar a Celia. Decidí mudarme a Rosario, segunda ciudad de la Argentina por su importancia, y abrí un molino yerbatero. Allí nació el Che el 14 de junio de 1928, un mes antes de lo previsto, y Celia, en mi honor, le dio el nombre de Ernesto. En casa lo llamábamos Teté.
Mis planes comerciales en Rosario tampoco tuvieron éxito. Justo en ese momento se desató la crisis económica mundial, que también sacudió con fuerza la economía argentina, dependiente de Nueva York y de Londres. Se redujo el comercio exterior, cayeron catastróficamente los precios de nuestras materias primas en el mercado mundial, quebraron muchísimos negocios y comenzó a haber desocupación. No pude conseguir los créditos que confiaba obtener. Tuve que renunciar a los planes de convertirme en fabricante, y volví a Misiones.
Me acuerdo muy bien de esa fecha: 2 de mayo de 1930. Fuimos con Celia y Teté a la piscina. Celia era buena nadadora y le encantaba nadar. Era un día fresco, soplaba un viento frío y violento. Teté de pronto se puso a toser y sintió ahogarse. Lo llevamos en seguida al médico, que diagnosticó asma. Quizá el chico se había resfriado, quizá tenía propensión congénita a esa enfermedad, de la que Celia había padecido en la infancia.
Los médicos no podían hacer nada entonces con el asma. Ahora dicen que es de origen alérgico. Pero por aquellos tiempos ni siquiera sabían eso. Lo único que pudieron aconsejarnos fue un cambio de clima. Elegimos Córdoba, nuestra provincia más “saludable”, situada en un lugar montañoso. Se considera que su aire puro y transparente, saturado del aroma de los bosques de coniferas, es curativo. Sin lamentarlo, vendimos nuestra plantación y compramos la casa “Villa Nidia”, en Alta Gracia, pueblito próximo a la ciudad de Córdoba, a dos mil metros sobre el nivel del mar. Comencé a trabajar de constructor civil, y Celia atendía a la familia.
Desde ese desdichado 2 de mayo de 1930 los ataques de asma en Teté se repetían casi a diario, mejor dicho, casi todas las noches. Yo dormía junto a su cama, y cuando Teté comenzaba a sofocarse lo tomaba en brazos, lo acunaba y calmaba hasta que pasaba el ataque, y el chico se dormía agotado. Con frecuencia eso ocurría cerca del amanecer.
Después de Teté tuvimos cuatro hijos: los llamamos Celia (en honor de mi esposa), Roberto (en memoria de mi padre). Ana María (en el de mi madre), Juan Martín (en honor de mi suegro). Todos, al igual que Teté, cursaron estudios superiores. Las hijas se hicieron arquitectas; Roberto, abogado, y Juan Martín proyectista. Crecieron normalmente, sin causarnos grandes preocupaciones.
Con Teté era otra cosa. Al principio ni siquiera pudo ir a la escuela. Dos años la madre le dio clases en casa. Por cierto, comenzó a leer a los cuatro años, y, desde entonces, toda su vida leyó tragándose los libros. Me contaron que incluso en Bolivia, cuando combatía, perseguido por el enemigo y atormentado por el asma, se las ingeniaba para leer.
¿Qué leía? ¿Qué quiere que le diga? De todo. Tanto yo como Celia sentíamos pasión por los libros, teníamos una biblioteca de varios miles de volúmenes, el adorno principal de nuestra casa y nuestro principal tesoro. Habían libros clásicos, desde españoles hasta rusos, y de historia, filosofía, psicología, arte. Habían obras de Marx, Engels, Lenín. También de Kropotkin y de Bakunin. De los escritores argentinos, José Hernández, Sarmiento y otros. Algunos libros eran en francés, lengua que Celia conocía y que enseñaba a Teté.
Claro que el Che, como cada uno de nosotros, tenía sus autores predilectos. En la infancia fueron Emilio Salgari, Julio Verne, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Jack London. Después se apasionó por Cervantes, Anatole France. Leía a Tolstói, Dostoievski, Gorki. No dudé que leyó todas las novelas sociales latinoamericanas en boga por aquellos años. Eran las del peruano Ciro Alegría, del ecuatoriano Jorge Icaza y del colombiano José Eustasio Rivera, en las que se describía la dura vida de los indios y el trabajo de esclavos que hacían los obreros en las haciendas y en las plantaciones.
Che sintió afición por la poesía desde la infancia. Se enfrascaba en la lectura de Baudelaire, Verlaine, García Lorca, Antonio Machado, le gustaban los versos de Pablo Neruda. Sabía de memoria muchísimas poesías, y él mismo las escribía... Pero claro que mi hijo no se consideraba poeta. En cierta ocasión, dijo de sí que era un revolucionario que no había llegado nunca a ser poeta. Y en una carta al poeta republicano español León Felipe, autor de El Ciervo, libro de cabecera de Ernesto, él se llama a sí mismo “poeta fracasado”. El poeta cubano Roberto Fernández Retamar relata que poco antes de que Ernesto abandonara Cuba para siempre, le pidió una antología de poesía española y copió los versos de Neruda Farewell.
Mi hijo no se separó de la poesía hasta la misma muerte. Como se sabe, junto con el célebre Diario de Bolivia, se encontró un cuaderno con sus poesías predilectas. Por eso, de Ernesto se puede decir, repitiendo las palabras de nuestro Martín Fierro:
Cantando me he de morir, cantando me han de enterrar,
y cantando he de llegar al pie del Eterno Padre...
Ernesto también tenía afición por la pintura, conocía bien su historia y pintaba acuarelas.
— Me dijeron —interrumpí a don Ernesto— que al Che no le gustaba la pintura moderna. Dicen que una vez, visitando una exposición modernista, declaró a los periodistas: “Ustedes sabrán perdonarme, pero sobre pintura moderna yo no expreso opinión alguna, porque simplemente no la entiendo; el mensaje que presumiblemente tiene no está al alcance de mi percepción”.
— Mi hijo prefería a los impresionistas. Era aficionado al ajedrez. Ya después de triunfar la revolución cubana participó en torneos y competiciones. Cuando llamaba por teléfono a su casa y le decía a la esposa: “Voy a una cita”, ella sabía que iba a jugar al ajedrez con los amigos.
Eso sí, no entendía absolutamente la música. No tenía oído musical. Era incapaz de percibir la diferencia entre un tango y un vals. No sabía bailar, cosa nada común en un argentino. Sabrá que cada uno de nosotros se considera gran bailarín, aunque no lo sea.
— Don Ernesto, me dijeron que cuando el Che era Ministro de Industrias y le pidieron que opinara sobre la calidad de los discos nuevos, respondió: “De música no me está permitido dar ni siquiera una tímida opinión, porque mi ignorancia alcanza a —273 grados”.
— Eso es propio de él. Nunca temía reconocer sus defectos. Solía burlarse de los defectos ajenos, pero tampoco se apiadaba de sí mismo. Se hacía autocrítica, yo diría que era despiadado para consigo mismo. Algunos creían ver en ello originalidad, excentricismo, pose. Pero la causa era más seria y profunda, y consistía en su extrema sinceridad, en su repulsión a la falsedad, los convencionalismos, la moral pequeño burguesa. Y la sinceridad siempre sorprende y deja pasmado a los pequeño burgueses. El pequeñoburgués sostiene que quien no se parece a él está loco o es astuto, un simulador o un mistificador. Algunos biógrafos del Che, para explicar su conducta, singular para ellos, le inventan diferentes complejos freudianos, le atribuyen al asma casi el papel decisivo en la formación de su carácter y la concepción revolucionaria del mundo. Todo eso carece de seriedad.
Los revolucionarios no son producto de una enfermedad, de un defecto físico o de uno u otro estado espiritual, sino del régimen social explotador y del anhelo de justicia, natural en el hombre.
A Teté no sólo le entusiasmaban las materias “sutiles”, como la poesía y el arte. De ninguna manera. Era fuerte en matemáticas y en otras ciencias exactas. Inclusive creíamos que, con el tiempo, se haría ingeniero, pero, como usted sabe, eligió la medicina. Quizá se debiera a su propio estado o a una enfermedad incurable de la abuela, la madre de Celia, a la que quería muchísimo, y quien le correspondía con el mismo cariño. Murió de cáncer, como también Celia. Bueno, creo que me estoy adelantando demasiado.
Desde edad temprana comenzamos a habituar a Teté y a los otros hijos a diferentes tipos de deporte. Teté era muy aficionado al deporte, y se entregaba a él con toda abnegación, como a todo lo que se dedicaba, sin poner reparos en la enfermedad. Parecía querer demostrar que, a pesar del maldito asma, podía hacer todo lo que hacían los muchachos de su edad, pero incluso en mayor medida y mejor. Iba a la escuela cuando se inscribió en el club Atlético Atalaya y jugó en la reserva del equipo de fútbol. Era un jugador excelente, pero no podía jugar como principal del equipo del club, porque le solían dar ataques de asma y debía abandonar la cancha para aplicarse el vaporizador. Practicaba el rugby, juego de valientes y fuertes, hacía equitación, jugaba al golf y hasta se dedicó al planerismo; pero su pasión fue la bicicleta. En una fotografía que regaló una vez a su novia Chinchina (María del Carmen Ferreira), escribió: “A los admiradores de Chinchina, del Rey del Pedal”.
— Si no me equivoco, don Ernesto, la primera mención de su hijo en la prensa se la debe a la bicicleta.
Reviso mis apuntes, y encuentro un anuncio de la revista argentina El Gráfico, del 5 de mayo de 1950, y se lo leo al padre del Che:
“23 de febrero de 1950. Señores Representantes de la firma de bicicletas a motor Micron
Les remito para chequeo la bicicleta a motor Micron. En ella he realizado un viaje de cuatro mil kilómetros a través de doce provincias de la República Argentina. La bicicleta motorizada en el transcurso de todo el viaje ha funcionado irreprochablemente y no he hallado en ella la más mínima falla. Espero poder recibirla nuevamente en las mismas condiciones”. Firma “Ernesto Guevara Serna”.
— Ese viaje lo hizo cuando era estudiante. La casa Micron le dio una moto con fines publicitarios y le cubrió, en parte, los gastos del viaje.
En modo alguno puede decirse que estuviera pegado a la casa. Siendo estudiante universitario, se contrató de marinero en un barco de carga, en el que navegó un tiempo, llegando hasta Trinidad y la Guayana Británica. Después, junto con Granados, recorrió a pie la mitad de Sudamérica.
Los obreros de las plantaciones de yerba mate arrastraban una vida miserable, de presidiarios; el dueño de la plantación era señor de horca y cuchillo, podía apalearlos impunemente e inclusive matarlos. Ni siquiera les pagaban en dinero, sino en vales, por los cuales en el almacén del dueño les daban productos de segunda calidad y cualquier minucia, además, el dueño les vendía cualquier porquería tres veces más caro. Para colmo, los envenenaba con alcohol, del que en el almacén había reservas ilimitadas. Cualquier resistencia organizada de los obreros era aplastada bárbaramente por el dueño de la plantación y por la policía.
Empecé por abolir los vales y pagar a los obreros un salario en dinero. Hasta prohibí vender alcohol en la plantación. En seguida me gané enemigos entre los dueños de las plantaciones vecinas. Primero me tomaron por loco, pero cuando se convencieron de que estaba en mi sano juicio, dijeron que era comunista. En aquel tiempo yo era partidario de la Unión Cívica Radical. Se trata de un partido democrático, cuyo líder Hipólito Yrigoyen, por entonces presidente de la nación, hizo muchas cosas útiles para el país:
estaba por una política exterior independiente y respetaba la Constitución. Los dueños de las plantaciones me amenazaron con tomar represalias. Entonces en Misiones reinaba la más absoluta arbitrariedad. Los plantadores manejaban a las autoridades locales y la policía. Yo, por mi parte, no soy tímido, pero no tenía derecho a arriesgar a Celia. Decidí mudarme a Rosario, segunda ciudad de la Argentina por su importancia, y abrí un molino yerbatero. Allí nació el Che el 14 de junio de 1928, un mes antes de lo previsto, y Celia, en mi honor, le dio el nombre de Ernesto. En casa lo llamábamos Teté.
Mis planes comerciales en Rosario tampoco tuvieron éxito. Justo en ese momento se desató la crisis económica mundial, que también sacudió con fuerza la economía argentina, dependiente de Nueva York y de Londres. Se redujo el comercio exterior, cayeron catastróficamente los precios de nuestras materias primas en el mercado mundial, quebraron muchísimos negocios y comenzó a haber desocupación. No pude conseguir los créditos que confiaba obtener. Tuve que renunciar a los planes de convertirme en fabricante, y volví a Misiones.
Me acuerdo muy bien de esa fecha: 2 de mayo de 1930. Fuimos con Celia y Teté a la piscina. Celia era buena nadadora y le encantaba nadar. Era un día fresco, soplaba un viento frío y violento. Teté de pronto se puso a toser y sintió ahogarse. Lo llevamos en seguida al médico, que diagnosticó asma. Quizá el chico se había resfriado, quizá tenía propensión congénita a esa enfermedad, de la que Celia había padecido en la infancia.
Los médicos no podían hacer nada entonces con el asma. Ahora dicen que es de origen alérgico. Pero por aquellos tiempos ni siquiera sabían eso. Lo único que pudieron aconsejarnos fue un cambio de clima. Elegimos Córdoba, nuestra provincia más “saludable”, situada en un lugar montañoso. Se considera que su aire puro y transparente, saturado del aroma de los bosques de coniferas, es curativo. Sin lamentarlo, vendimos nuestra plantación y compramos la casa “Villa Nidia”, en Alta Gracia, pueblito próximo a la ciudad de Córdoba, a dos mil metros sobre el nivel del mar. Comencé a trabajar de constructor civil, y Celia atendía a la familia.
Desde ese desdichado 2 de mayo de 1930 los ataques de asma en Teté se repetían casi a diario, mejor dicho, casi todas las noches. Yo dormía junto a su cama, y cuando Teté comenzaba a sofocarse lo tomaba en brazos, lo acunaba y calmaba hasta que pasaba el ataque, y el chico se dormía agotado. Con frecuencia eso ocurría cerca del amanecer.
Después de Teté tuvimos cuatro hijos: los llamamos Celia (en honor de mi esposa), Roberto (en memoria de mi padre). Ana María (en el de mi madre), Juan Martín (en honor de mi suegro). Todos, al igual que Teté, cursaron estudios superiores. Las hijas se hicieron arquitectas; Roberto, abogado, y Juan Martín proyectista. Crecieron normalmente, sin causarnos grandes preocupaciones.
Con Teté era otra cosa. Al principio ni siquiera pudo ir a la escuela. Dos años la madre le dio clases en casa. Por cierto, comenzó a leer a los cuatro años, y, desde entonces, toda su vida leyó tragándose los libros. Me contaron que incluso en Bolivia, cuando combatía, perseguido por el enemigo y atormentado por el asma, se las ingeniaba para leer.
¿Qué leía? ¿Qué quiere que le diga? De todo. Tanto yo como Celia sentíamos pasión por los libros, teníamos una biblioteca de varios miles de volúmenes, el adorno principal de nuestra casa y nuestro principal tesoro. Habían libros clásicos, desde españoles hasta rusos, y de historia, filosofía, psicología, arte. Habían obras de Marx, Engels, Lenín. También de Kropotkin y de Bakunin. De los escritores argentinos, José Hernández, Sarmiento y otros. Algunos libros eran en francés, lengua que Celia conocía y que enseñaba a Teté.
Claro que el Che, como cada uno de nosotros, tenía sus autores predilectos. En la infancia fueron Emilio Salgari, Julio Verne, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Jack London. Después se apasionó por Cervantes, Anatole France. Leía a Tolstói, Dostoievski, Gorki. No dudé que leyó todas las novelas sociales latinoamericanas en boga por aquellos años. Eran las del peruano Ciro Alegría, del ecuatoriano Jorge Icaza y del colombiano José Eustasio Rivera, en las que se describía la dura vida de los indios y el trabajo de esclavos que hacían los obreros en las haciendas y en las plantaciones.
Che sintió afición por la poesía desde la infancia. Se enfrascaba en la lectura de Baudelaire, Verlaine, García Lorca, Antonio Machado, le gustaban los versos de Pablo Neruda. Sabía de memoria muchísimas poesías, y él mismo las escribía... Pero claro que mi hijo no se consideraba poeta. En cierta ocasión, dijo de sí que era un revolucionario que no había llegado nunca a ser poeta. Y en una carta al poeta republicano español León Felipe, autor de El Ciervo, libro de cabecera de Ernesto, él se llama a sí mismo “poeta fracasado”. El poeta cubano Roberto Fernández Retamar relata que poco antes de que Ernesto abandonara Cuba para siempre, le pidió una antología de poesía española y copió los versos de Neruda Farewell.
Mi hijo no se separó de la poesía hasta la misma muerte. Como se sabe, junto con el célebre Diario de Bolivia, se encontró un cuaderno con sus poesías predilectas. Por eso, de Ernesto se puede decir, repitiendo las palabras de nuestro Martín Fierro:
Cantando me he de morir, cantando me han de enterrar,
y cantando he de llegar al pie del Eterno Padre...
Ernesto también tenía afición por la pintura, conocía bien su historia y pintaba acuarelas.
— Me dijeron —interrumpí a don Ernesto— que al Che no le gustaba la pintura moderna. Dicen que una vez, visitando una exposición modernista, declaró a los periodistas: “Ustedes sabrán perdonarme, pero sobre pintura moderna yo no expreso opinión alguna, porque simplemente no la entiendo; el mensaje que presumiblemente tiene no está al alcance de mi percepción”.
— Mi hijo prefería a los impresionistas. Era aficionado al ajedrez. Ya después de triunfar la revolución cubana participó en torneos y competiciones. Cuando llamaba por teléfono a su casa y le decía a la esposa: “Voy a una cita”, ella sabía que iba a jugar al ajedrez con los amigos.
Eso sí, no entendía absolutamente la música. No tenía oído musical. Era incapaz de percibir la diferencia entre un tango y un vals. No sabía bailar, cosa nada común en un argentino. Sabrá que cada uno de nosotros se considera gran bailarín, aunque no lo sea.
— Don Ernesto, me dijeron que cuando el Che era Ministro de Industrias y le pidieron que opinara sobre la calidad de los discos nuevos, respondió: “De música no me está permitido dar ni siquiera una tímida opinión, porque mi ignorancia alcanza a —273 grados”.
— Eso es propio de él. Nunca temía reconocer sus defectos. Solía burlarse de los defectos ajenos, pero tampoco se apiadaba de sí mismo. Se hacía autocrítica, yo diría que era despiadado para consigo mismo. Algunos creían ver en ello originalidad, excentricismo, pose. Pero la causa era más seria y profunda, y consistía en su extrema sinceridad, en su repulsión a la falsedad, los convencionalismos, la moral pequeño burguesa. Y la sinceridad siempre sorprende y deja pasmado a los pequeño burgueses. El pequeñoburgués sostiene que quien no se parece a él está loco o es astuto, un simulador o un mistificador. Algunos biógrafos del Che, para explicar su conducta, singular para ellos, le inventan diferentes complejos freudianos, le atribuyen al asma casi el papel decisivo en la formación de su carácter y la concepción revolucionaria del mundo. Todo eso carece de seriedad.
Los revolucionarios no son producto de una enfermedad, de un defecto físico o de uno u otro estado espiritual, sino del régimen social explotador y del anhelo de justicia, natural en el hombre.
A Teté no sólo le entusiasmaban las materias “sutiles”, como la poesía y el arte. De ninguna manera. Era fuerte en matemáticas y en otras ciencias exactas. Inclusive creíamos que, con el tiempo, se haría ingeniero, pero, como usted sabe, eligió la medicina. Quizá se debiera a su propio estado o a una enfermedad incurable de la abuela, la madre de Celia, a la que quería muchísimo, y quien le correspondía con el mismo cariño. Murió de cáncer, como también Celia. Bueno, creo que me estoy adelantando demasiado.
Desde edad temprana comenzamos a habituar a Teté y a los otros hijos a diferentes tipos de deporte. Teté era muy aficionado al deporte, y se entregaba a él con toda abnegación, como a todo lo que se dedicaba, sin poner reparos en la enfermedad. Parecía querer demostrar que, a pesar del maldito asma, podía hacer todo lo que hacían los muchachos de su edad, pero incluso en mayor medida y mejor. Iba a la escuela cuando se inscribió en el club Atlético Atalaya y jugó en la reserva del equipo de fútbol. Era un jugador excelente, pero no podía jugar como principal del equipo del club, porque le solían dar ataques de asma y debía abandonar la cancha para aplicarse el vaporizador. Practicaba el rugby, juego de valientes y fuertes, hacía equitación, jugaba al golf y hasta se dedicó al planerismo; pero su pasión fue la bicicleta. En una fotografía que regaló una vez a su novia Chinchina (María del Carmen Ferreira), escribió: “A los admiradores de Chinchina, del Rey del Pedal”.
— Si no me equivoco, don Ernesto, la primera mención de su hijo en la prensa se la debe a la bicicleta.
Reviso mis apuntes, y encuentro un anuncio de la revista argentina El Gráfico, del 5 de mayo de 1950, y se lo leo al padre del Che:
“23 de febrero de 1950. Señores Representantes de la firma de bicicletas a motor Micron
Les remito para chequeo la bicicleta a motor Micron. En ella he realizado un viaje de cuatro mil kilómetros a través de doce provincias de la República Argentina. La bicicleta motorizada en el transcurso de todo el viaje ha funcionado irreprochablemente y no he hallado en ella la más mínima falla. Espero poder recibirla nuevamente en las mismas condiciones”. Firma “Ernesto Guevara Serna”.
— Ese viaje lo hizo cuando era estudiante. La casa Micron le dio una moto con fines publicitarios y le cubrió, en parte, los gastos del viaje.
En modo alguno puede decirse que estuviera pegado a la casa. Siendo estudiante universitario, se contrató de marinero en un barco de carga, en el que navegó un tiempo, llegando hasta Trinidad y la Guayana Británica. Después, junto con Granados, recorrió a pie la mitad de Sudamérica.