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islas malvinas visitadas por el principe williams

Info2/2/2009

En 1982 la República Argentina y Gran Bretaña sostuvieron un conflicto armado por las islas Malvinas, territorio usurpado por esta última desde el año 1833.

En los ciento cincuenta años entre ambos eventos, las “Malvinas” se fueron constituyendo, por distintas vías y con diferentes significados, en un símbolo nacional al que adhirieron las corrientes políticas más variopintas.
La efímera recuperación militar del archipiélago se produjo como una iniciativa de una dictadura militar, en el gobierno desde el 24 de marzo de 1976.
Las tropas argentinas, formadas mayoritariamente por conscriptos, fueron rápidamente derrotadas a pesar de oponer, en algunos casos, una fuerte resistencia.
La guerra de 1982, breve pero intensa, constituye el único enfrentamiento militar convencional en el que participó la Argentina desde el último cuarto del siglo XIX. Es por ello que a partir de la derrota sufrida por las fuerzas armadas argentinas que el símbolo de Malvinas ha experimentado nuevas resignificaciones, que lo asocian a la muerte de cientos de jóvenes, a la frustración del orgullo nacional y al régimen militar más sangriento de la historia reciente. Esto último, porque el final del régimen militar más sangriento de la historia argentina fue indudablemente precipitado por la derrota en el conflicto armado con Gran Bretaña por la posesión de las islas. Malvinas fue una guerra conducida por un gobierno ilegítimo, responsable de gravísimas violaciones a los derechos humanos, y en tanto que derrota catastrófica, una herida al orgullo nacional.

Las guerras ponen a los Estados y a sus habitantes en diálogo acerca de sus identidades sociales y sus ideas de nación. Cuando la guerra es una victoria tan costosa que se vuelve traumática (como para Francia fue la Primera Guerra Mundial), el proceso redefine las relaciones entre los individuos y sus sociedades. Una derrota acentúa estas tensiones

Una identidad construida en base al patriotismo y a soldados-ciudadanos se hace pedazos, y con esa ruptura se redefinen las relaciones entre los individuos y el Estado. La derrota de Malvinas colocó a la sociedad argentina en esa encrucijada, con el agravante de hallarse bajo el gobierno militar y en un momento en el que producto del descrédito castrense comenzaban a conocerse las atrocidades cometidas durante el Proceso. ¿Cómo influyó ese contexto en el retorno de los combatientes, en la incorporación de la experiencia de guerra a sus vidas, y a la historia nacional? ¿Cómo pesó en la transición la experiencia bélica de los veteranos de Malvinas? ¿Qué espacios ofrecía esta transición, marcada por las denuncias relativas al terrorismo de Estado, a un sector social que venía a hablar de la guerra, de “lo militar”? ¿En qué formas se retroalimentaron las narrativas de la derrota en la guerra de Malvinas y las de las violaciones a los derechos humanos que circularon durante la década del ochenta?

Los jóvenes veteranos, conocidos durante el conflicto como “los chicos de la guerra”, respondieron a estas preguntas con un discurso nacionalista, fuertemente politizado y que reclamaba un lugar en la sociedad ganado a partir del derramamiento de sangre en la guerra subsiguiente: es la experiencia bélica la que otorga a los ex combatientes ese “derecho moral”. Por otra parte, desde el lugar que les otorgaba haberse fogueado en batalla, buscaron desde un primer momento evitar las generalizaciones que los asociaban a unas fuerzas armadas deslegitimadas por los aberrantes crímenes cometidos durante la represión interna.

Mi investigación busca mostrar que en el contexto de la transición democrática no hubo espacios para que circularan las versiones y propuestas de las agrupaciones de ex soldados, sino que, por el contrario, se formaron relatos victimizantes y que deslegitimaron sus experiencias, alimentados por el contexto político de la post dictadura militar. Mi trabajo analiza las manifestaciones públicas de distintos actores sociales acerca de la guerra: el Estado (ocupado alternativamente por las Fuerzas Armadas y las autoridades constitucionales), la prensa gráfica masiva y las primeras agrupaciones de veteranos de guerra. Historiza las políticas públicas de memoria de distintos colectivos sociales que consideraron necesario establecer una postura acerca de la guerra de 1982, poniendo particular énfasis en las interpelaciones a sus conciudadanos hechos por las asociaciones de ex-soldados conscriptos retornados tras la derrota.

De este relevo, surge que las imágenes acerca de los jóvenes en la guerra de Malvinas sufrieron un cambio fundamental a partir de la derrota de 1982. Héroes y depositarios de la esperanza nacional durante el conflicto, pasaron a ser víctimas de su inexperiencia y sus superiores a partir de junio de 1982. La guerra misma fue un elemento para sentar precedentes en la discusión política en el final del Proceso de Reorganización Nacional. Desde la sociedad, el fracaso posibilitó la crítica a instituciones que habían regido férreamente al país hasta ese momento. Las Fuerzas Armadas buscaron salvar cada una su propio prestigio en el conflicto, pero compartieron el hecho de refugiarse en la guerra del 1982 para enfrentar las acusaciones por las violaciones en “su otra guerra” contra la subversión.

En esa operación terminaron perjudicados los jóvenes ex soldados. La Fuerza Aérea reivindicó la profesionalidad de sus pilotos, mientras que el Ejército y la Armada buscaron ejemplos de entre sus cuadros de oficiales y suboficiales. Los intentos por demorar el descrédito a partir de la derrota llevaron a que se ocultara a los retornados y al cierre de la discusión sobre el tema Malvinas. Las demandas por explicaciones acerca de lo que había ocurrido fueron puestas en el contexto más amplio de las denuncias contra las Fuerzas Armadas por violaciones a los derechos humanos.

Las agrupaciones de ex combatientes elaboraron un discurso que buscaba distinguirse de los militares cuestionados, y separaba las causas del conflicto y el compromiso de los jóvenes soldados de las violaciones a los derechos humanos. Pero esta voluntad chocó contra las visiones sociales de fuerte condena a la experiencia militar (tanto gubernamental como bélica) y las explicaciones que los victimizaron. Las mismas agrupaciones contribuyeron –en ese afán de distanciarse- a la difusión de las ineficacias de conducción que habían padecido. Pero si efectivamente se logró la condena de la conducción militar, el precio pagado por los veteranos fue la construcción de un relato en el cual la “agencia” que como generación reclamaban en sus discursos fue contradicha por el rol pasivo que los relatos sociales acerca de Malvinas les asignaron.

Al mismo tiempo, sus primeras apariciones públicas y declaraciones introdujeron elementos difíciles de incorporar al escenario de la transición: su reivindicación de su carácter de soldados y del paso por la guerra (por ejemplo, mediante el uso de uniformes en los actos), o la apelación a una retórica nacionalista fuertemente asociada a tendencias y agrupaciones que en algunos casos habían desembocado en la opción por las armas, y que el discurso hegemónico sindicaba como corresponsables de la violencia sin límites que la nueva democracia buscaba dejar atrás. Su énfasis en las críticas a la “desmalvinización” iniciada con la democracia fueron asimiladas en muchos casos con el pasado autoritario que se buscaba dejar atrás.

El gobierno democrático intentó quitarle a las Fuerzas Armadas el monopolio de la memoria de la guerra mediante dos operaciones simbólicas muy importantes: la anulación del feriado del 2 de abril y el discurso de Raúl Alfonsín enfatizando el carácter de ciudadanos soldados de los caídos y combatientes en Malvinas.

Esta operación simbólica no fue exitosa debido a la ambigüedad generada por la guerra. En la Argentina es posible ver semejanzas con procesos como los de la sociedad francesa en relación con la guerra de Argelia, tanto en la forma en la que se organizaron los conscriptos, como en las respuestas oficiales ante la asunción de un conflicto desfavorable también manchado por prácticas reñidas con los derechos humanos.

Cabe preguntarse, entonces, qué espacio dejaba este contexto a los jóvenes veteranos que, agrupados en varios centros, durante el quinquenio entre la guerra y la crisis de Semana Santa de 1987 plantearon un discurso que, por un lado, reivindicaba la experiencia bélica y, por el otro, se alimentaba de una tradición nacionalista y antiimperialista. La “generación de Malvinas” nació a la vida política argentina en un contexto de rechazo generalizado –e indiscriminado- a la violencia como instrumento político, y los jóvenes que reivindicaban el uso de uniforme en sus actos lo hacían ante una sociedad que debía reformular la relación con sus fuerzas armadas a partir del descrédito producido tanto por la derrota con Gran Bretaña como, fundamentalmente, por la brutalidad de la represión interna. El discurso del presidente Raúl Alfonsín desde la casa Rosada, durante la crisis militar de la Semana Santa de 1987, apelando a la memoria social acerca de Malvinas al referirse a los sublevados como héroes en ese conflicto, remilitarizó la discusión en torno al conflicto.

Es posible observar, aunque excede al recorte de este trabajo, que coexisten en la actualidad las distintas versiones acerca de la guerra, desde las victimizadoras hasta las más reivindicativas desde un enfoque militarista. Pero esta coexistencia presenta una particularidad en relación con el recuerdo del pasado reciente argentino. En el caso de las memorias públicas acerca de la represión ilegal, es posible afirmar que aquellas visiones reivindicatorias de las fuerzas armadas son claramente minoritarias (Lorenz: 2002). Pero prestar atención al caso de la guerra de Malvinas, en cambio, señala la coexistencia de imágenes de igual “peso” en el imaginario público.

Ha crecido el reconocimiento estatal a los jóvenes veteranos, actualmente superando sus cuarenta años. Esto tiene que ver con una institucionalización en varios sentidos. Por ejemplo, la creación de un Departamento de veteranos de Guerra en el Ministerio del Interior, en 1990, y en las distintas fuerzas armadas, y la incorporación de ciertos hitos de Malvinas al calendario público (el 2 de mayo, fecha del hundimiento del Crucero General Belgrano, por ejemplo, o el 2 de abril, instituido como Día del veterano). Si una diferencia puede señalarse, sin embargo, es un cambio semántico para nada menor. Los “ex combatientes” son ahora “veteranos”, y el tono reivindicativo netamente político de sus agrupaciones de los años ochenta ha dado paso a formulaciones de un tono más difusamente social o asistencialista, mientras que en muchos casos comparten sus evocaciones y conmemoraciones con las fuerzas armadas, y asumen muchas de sus imágenes.

Sin embargo, estas aparentes coincidencias han implicado una serie de concesiones que tiene consecuencias en el plano individual y colectivo, en particular en cuanto a la apropiación social de la experiencia de guerra. Revisando los logros que como agrupaciones habían obtenido, un veterano observa que: “Esta guerra que nos atravesó como sociedad, se convirtió en una brecha cada vez más grande entre el pueblo y los veteranos de guerra, que pareciera imposible de achicar, especialmente en estos últimos doce años en que contradictoriamente hemos obtenido la mayor cantidad de beneficios (...) y es así que pareciera ser que a más desmalvinización más nos hemos malvinizado, llenándonos de símbolos y situaciones que sólo los veteranos podemos decodificar, uniformes, desfiles cada vez más castrenses, peleas entre centros, internas entre los centros, entre soldados, entre soldados y suboficiales, suboficiales y oficiales, etc.” (Programa de Salud, 2002:38)

Las palabras de este veterano muestran la coexistencia de nudos de memoria fundamentalmente en torno a dos ejes: una imagen militar de los veteranos y de la guerra, junto a la imagen victimizadora que la sociedad argentina construyó en los primeros meses de la posguerra, haciendo hincapié en su juventud e inexperiencia (y de allí la sensación de deuda social con especto a ellos). Desde principios de los años noventa, la reacción de las agrupaciones a este discurso ha consistido, como se deduce de las palabras antes citadas, en un fuerte apoyo en los aspectos militares de esas memorias. Pero el discurso enarbolado por las agrupaciones de veteranos en los años de la transición democrática que no sólo reivindicaba la experiencia en las islas sino proponía ejes de discusión para reconstruir la sociedad argentina, es decir, marcadamente político, está ausente. Pienso que el caso que planteo es un aspecto de un fenómeno más complejo de aquellos años, consistente precisamente en la despolitización de las discusiones frente a los objetivos de consolidar la democracia, o visto de otro modo, la reducción de discusión política a las condenas de los crímenes contra los derechos humanos (o el fracaso en la guerra).

Esta situación transforma a los veteranos de guerra, los ex soldados conscriptos, en testigos de dos derrotas. Si en 1982 fueron los británicos quienes los expulsaron de las islas, el proceso político argentino iniciado desde el momento mismo de la rendición produjo un nuevo fracaso: la derrota en la búsqueda de un espacio como generación para discutir el país que, muchos creían, comenzaba a surgir tras la pérdida de las islas y con el inicio de la democracia a fines de 1983.
















El príncipe William de Inglaterra, segundo en la línea de sucesión a la Corona británica, será enviado a las Islas Malvinas en su primer despliegue militar al extranjero como piloto de rescate de la Royal Air Force (RAF).
Difusión - Difusión

William será el primer miembro de la Familia Real británica activo en la Armada en viajar a las islas desde 1982. Los detalles del envío de William a las Malvinas fueron revelados en la portada de la RAF News, una publicación interna del Ministerio de Defensa en Londres.

Según informó hoy el dominical inglés Sunday Telegraph, el príncipe, de 27 años, pasará tres meses en las islas del Atlántico Sur, donde deberá completar este año su entrenamiento como piloto de búsqueda y rescate.

William será el primer miembro de la Familia Real británica activo en la Armada en viajar a las islas desde 1982. Los detalles del envío de William a las Malvinas fueron revelados en la portada de la RAF News, una publicación interna del Ministerio de Defensa en Londres.

El artículo fue titulado "Wills enfrenta examen difícil en las Falklands (Malvinas) en su debut (por las tareas) de Búsqueda y Rescate" y agregó que el príncipe será enviado a las islas del Atlántico Sur si aprueba el curso de vuelo de la RAF.

Ese despliegue significará que William tendrá que pasar un período prolongado de tiempo alejado de su novia, Kate Middleton, de 27 años, en medio de fuertes especulaciones por un inminente anuncio de boda
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