Registrate y eliminá la publicidad! De virgen a bruja satánica Juana de Arco A los 13 años Juana de Arco creyó escuchar la voz de Dios, y sintió que estaba destinada a liderar los ejércitos. Virginidad, travestismo y seducción en la doncella soldado que se hizo mártir en la hoguera. Extracto de “Historia universal de la histeria”. Por Malele Penchansky Mucho se ha escrito acerca de Juana de Arco, la doncella que supo liberar a Francia del cerco tendido por los ingleses en Orléans y consagrar rey al delfín Carlos VII. Tanto se ha escrito y dicho, que no resulta simple comprender quién fue realmente Juana, cuya figura roza el mito y la leyenda y circula dentro de cánones sagrados. En nombre de Dios o tomada por el Diablo, las voces que escuchó Juana desde los 13 años en la pubertad, cuando se convierte en mujer, serán su salvación y al mismo tiempo su condena. Así, un destino de gloria, pero también diabólico, signará la brevísima vida de la joven. Vida que transcurre tironeada entre dos halos fomentados por una seducción de infrecuente poder: el de la santidad de la virgen, que usará ropas de varón para cumplir su misión, por un lado, y el de la hechicería, cuando su cuerpo de mujer deba revelarse tal cual es, por el otro. El cruce de estos factores perfora de tal modo el imaginario colectivo, que Juana termina siendo presa de sus privadas voces celestiales en un cuerpo vuelto público, santo, en un primer momento cuando la doncella otorga el triunfo a Francia y endemoniado más tarde, cuando el poder político ya no la necesita y la destituye. Para ser acallado, ese cuerpo deberá terminar reducido a cenizas, luego de ser quemado en la hoguera. Aunque su corazón rojo y aún latiente —según la leyenda— haya sido encontrado sin mácula, ni siquiera rozado por las llamas, protegido por el fuego sagrado de la pasión de Juana. En una de las tantas biografías virtuales que circulan sobre la doncella se cuenta: “Un 6 de enero de 1412 Juana nace en Domrémy, hija de campesinos. Desde niña sintió gran devoción por la oración; en esos años de niñez, un ataque inglés destruyó por completo su aldea y asesinó a sus padres y hermana, por lo que fue enviada a vivir con unos parientes a otra aldea cercana. Cuando tenía trece años creyó que había oído la voz de Dios, que se repetía en numerosas ocasiones. Más tarde, confesó haber visto a San Miguel y a las primeras mártires, Santa Catalina de Alejandría y Santa Margarita, cuyas voces la acompañarían durante el resto de su vida. A partir de ese momento Juana, siente que tiene un destino escrito ya por Dios, el de salvar a su patria liderando sus ejércitos y, aunque suene a historia novelada, lo cierto es que el papel de Juana de Arco en la gesta de lo que es hoy Francia como nación fue más que fundamental”. No todos los registros sobre su vida coinciden en el dato sobre la muerte de sus padres, pero sí aluden a su origen campesino y al momento preciso, el de sus púberes trece años, en el que comienza a escuchar voces. Cuando enfrenta por primera vez las transformaciones de su cuerpo: la menstruación es la confirmación de su sexo de mujer listo ya para la procreación y por ende para ser ofrecido al coito. Está claro que Juana, inmersa en el miedo y el rechazo a este ser de mujer con destino marcado en el siglo XV para ser entregado al varón, está decidida a no cumplir con el mandato bíblico, familiar y social. No obedece al estereotipo. Juana prefiere ofrecer su cuerpo a un Otro divino, para el cristianismo, a Jesús. Algunos biógrafos mencionan a un pariente como primer depositario de su secreto, de estas voces que Juana escuchaba. Lo que sí consta sistemáticamente en su historia es que ella siempre tuvo la necesidad imperiosa de transmitir lo que las voces le decían. Y lo hizo hasta el fin de sus días, poco antes de morir en 1431. El misterio, el enigma, la ambigüedad rodean desde un primer momento el contenido de las palabras que escucha, acompañadas de visiones, en lo que constituye un fenómeno de tipo sobrenatural, o para nuestro análisis, producto de una conducta psíquica cuanto menos inusual, fuera de lo común, bizarra y aun extravagante. (...) En el plano de las actuaciones —que en el lenguaje de la histeria llamamos actings— lo primero que hace Juana es llevar a la práctica la orden que recibe de salvar a su patria. Llegar hasta el Delfín de Francia desde su pequeña aldea de Domrémy hasta Chinnon, donde se hallaba el príncipe Carlos VII, fue el comienzo. Juana lo logra. Según cuenta la historia, el Delfín se disfrazó de hombre común para probar las facultades de la doncella. Ella se arrodilló ante él, nunca lo había visto, y le susurró unas palabras secretas al oído. Otra vez el enigma en la historia de Juana. Lo cierto es que el príncipe creyó en ella, la puso al mando de su ejército y allí empezó a crecer la figura de la doncella. El travestismo de la joven —se cortó el pelo y vistió uniforme de soldado— produjo un alto impacto. Juana era mujer de facciones bellas y delicadas, rubia, de ojos claros. Con armadura o sin ella, la imagen del masculino-femenino provocaba una lógica perturbación en quienes la seguían, admiraban y adoraban. Por un lado, la virgen (cualidad confirmada al ser revisada por los doctores de la Corte) y por otro, la fuerza inquebrantable del soldado. En esta dualidad, en esta suerte de máscara de virilidad unida a la fragilidad de la virtud residía su magnetismo y su poder. Clara Obligado la describe así: “Vestía con un atuendo que hoy denominaríamos como muy efectista. Podemos imaginarla desplegando al viento su estandarte blanco, vestida con una capa escarlata bordada en oro, protegiéndose de los hombres con el escudo de su virginidad”. La virgen-caballero andante, tal el caso de Juana, tiene antecedentes en el cristianismo. Existe una tradición de mujeres santas, decididas a mantener su virginidad, que visten ropas de hombres y viven como hombres, ya sea en sus propias casas, el monasterio o el desierto. El ejemplo más antiguo quizás sea el que relatan los Hechos Apócrifos, que no están en los Evangelios, de Pablo y Tecla, en los que Tecla se vistió de hombre para unirse a Pablo en su misión evangelizadora para convertir a los paganos. Tecla, al igual que Juana, rechaza el matrimonio y desobedece las órdenes de su madre, todo ello con el propósito de convertirse en virgen y seguir como un verdadero apóstol “la palabra virginal de la que Pablo había hablado”. Hay otro ejemplo, alrededor del 203 d.C., encontrado en un diario perteneciente a una mujer de la ciudad de Cartago, santa Perpetua . En este diario la santa habla de sí misma y cuenta su transformación de manera simbólica, en el relato y la descripción de uno de sus sueños. Dice que antes de morir se vio en un estadio onírico en un anfiteatro, convertida en un hombre, sin ropa, pero con atributos viriles luchando contra las fieras. La decisión de encarar de por vida el estado de virginidad constituye uno de los requisitos imprescindibles, junto a su actitud viril marcada por el ropaje de varón, suficiente como para crear un estado ambiguo de seducción fascinante. Nada parece estar a salvo del secreto, del enigma, del misterio que provoca un previsible clima de adoración. Quizás el mismo que desde el principio de los tiempos paganos suscitaba la figura del andrógino, sabiamente mostrado por Federico Fellini en su película. Menos sacralizado —lejos de aquel estadio virgen, exhibiendo una frondosa actividad sexual— la directora cinematográfica feminista Sally Potter muestra una figura similar de gran sugestión en el ser que muta de género a lo largo de la vida: el/la protagonista del filme Orlando, basado en la novela del mismo nombre de Virginia Woolf. Más cercana a la leyenda de Juana de Arco, hallamos en España la de María Pérez en el siglo XII. La historia dice que esta mujer combatió vestida de hombre contra los musulmanes, en la misma época de don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, y recibió el apodo de la Varona, por su heroica acción en defensa de la fe y del reino de Castilla. Así lo consigna el historiador chileno Víctor Rocha. “Durante la Edad Media y el Renacimiento —dice— usar la vestimenta del sexo opuesto era una práctica muy común en el ámbito ritual de los carnavales y fiestas de locos, espacios legitimados para el desorden institucionalizado y para la supresión temporal de los tabúes y limitaciones normales. Aunque claramente controlados por las autoridades, estos carnavales permitieron encauzar una cultura popular propia, en donde las inversiones sociales y sexuales eran parte de un lenguaje reconocido por todos”. El tema de las santas vestidas de varón tuvo su primer investigador en Herman Usener, en la segunda mitad del siglo XIX, dice Rocha. Usener afirma que el origen de las santas travestidas está en el antiguo culto pagano a los bisexuales Afroditas de Chipre, a quienes se les ofrecían en sacrificio mujeres que llevaban ropa de hombres y los hombres los adoraban usando vestimenta de mujeres. Cubrir el cuerpo femenino —ocultarlo con ropas de hombre— es una manera de simular que entre las piernas hay eso que llevan los varones, esto es, genitales masculinos. Tal el caso de Catalina de Erauso, llamada la monja alférez, quien —vestida de soldado al punto de cosechar el amor de infinidad de mujeres— participó de la conquista de América, para terminar sus días en Veracruz, México. Juana elige esta simulación, esta máscara propia de la actuación por diversas causas. Primero para proteger su virginidad, cualidad que le otorga prestigio y respeto. Ser una doncella virgen será uno de los atributos del halo de santidad que la rodea y que debe conservar a toda costa, siempre dentro de los cánones de la cristiandad. Y en segundo lugar porque tiene absolutamente claro el propósito de revestirse de la autoridad y del poder, por aquel entonces monopolio exclusivo de los hombres. Juana sabe que el disfraz masculino convoca y evoca al menos la idea de una distinción sexual corporal que no le pertenece, pero que finge poseer con seriedad y destreza instalando en el interlocutor —y en el imaginario colectivo, en general— un como si, ese ademán histérico de enorme seducción. Más aún si se trata de una imagen de bisexualidad sugestiva y de amplias connotaciones bisémicas. (...) En Juana se cruzan, se mixturan hasta conformar un tejido complejo, dos vertientes que conforman de un lado la adoración a la virgen cristiana, pero también mítico-griega, al estilo de Palas Atenea, y de otro, la denostación del lugar físico corporal de la virginidad. Esto es, de la vagina, que en el mundo occidental es en palabras de la investigadora Catherine Blackledge, como señala en su libro “Historia de la vagina” : “La puerta de acceso al infierno, la fuente de todo conflicto y la perdición del varón.” Bisemia que se repetirá en ese cuerpo primero santo y luego demonizado, cuando la doncella de Orléans es obligada a usar nuevamente ropas de mujer durante el juicio al que se la somete y en la condena final, esto es, en instancias posteriores a la santidad primera. Del triunfo en las batallas, la virgen cuyas funciones emblemáticas ya no se necesitan, se torna demonio. Virgen milagrosa y bruja satánica: la seducción histérica de Juana como sujeto entregada al deseo del Otro (Jesús/pueblo de Francia) se mantendrá con características de hipnosis colectiva hasta que su cuerpo de mujer estigmatizado sea quemado en la hoguera. Finalmente será el triunfo otra vez y para siempre. En la muerte paradojal, trágica y victoriosa: Juana de Arco persistirá como la mártir milagrosa y enigmática cuyo delirio místico la acompañará en la leyenda hasta el estertor último, musitando “Jesús” entre las llamas. Penchansky es periodista y escritora argentina. FUENTE:NEWSWEEK