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Los clichés en literatura

Info3/21/2009


Muchos lectores de novela recelan de las prosas crípticas, recargadas, originales y, sobre todo, pedantes. A tenor de ello, no hace mucho me formularon una pregunta que, aunque ingenua, no me veía capaz de responder sin perderme en mil y una ideas diferentes.

La pregunta fue: ¿No crees que si escribieras un poco menos complicado te leería más gente?

Son esa clase de preguntas infantiles tan elementales que te desarman. Pues sí, oye. Si escribiera más sencillito sin duda me leería más gente, hasta la que sólo lee a Pablo Cohelo. Es totalmente cierto. Pero no voy a usar este espacio público para torturaros con los personalísimos motivos por los que un día opté por escribir rarito, como ese empollón cuatro ojos que se sienta en primera fila de clase.

De lo que voy a hablaros hoy es de los clichés en literatura. De esto saben mucho los románticos ñoños que en realidad encubren el deseo primario de meterse en las bragas de una mujer (o fémina, poniendo pedante). Ya sabéis, del tipo: “Tus ojos son como dos soles, qué bonita eres entre todas las mujeres, eres tú mi príncipe azul” y todas esas fórmulas que de tan repetidas deberían poner en guardia a cualquier mujer u hombre inteligente. Pero muchos se lo tragan, como se tragan la prosa de Pablo Cohelo (pobre Cohelo, no es nada personal).


Lo mismo sucede con la literatura. “Alto como una torre, nariz aguileña” Etcétera. Muchos lectores quieren enterarse de la trama de la novela, no tienen tiempo en pensar, vale, nariz aguileña, como siempre, la misma puñetera nariz de siempre. Simplemente se imaginan eso: una nariz aguileña. Y no echan en falta nada más, porque lo que interesa no es la nariz del tipo. Lo que interesa es qué aventuras maravillosas y excitantes le saldrán al paso. Por esa razón, si tales aventuras no suceden finalmente y el autor insiste en recrearse en la puñetera nariz, pues el lector cierra el libro y piensa “qué tostón”.

Si al final el bueno no se queda con la chica, pues pasa lo mismo que con el tema de la nariz aguileña. La nariz es grande, pequeña, como una patata (o tubérculo, si nos ponemos estupendos)… pero ni se te ocurra decir que la nariz “posee connotaciones ornitológicas”, pedante, vade retro, pesao, ves al meollo de la historia y no te andes por las ramas. Otro cliché: por las ramas.

Los clichés no son negativos per se. A veces incluso son imprescindibles para no desconcentrar al lector sobre lo que estás contando. Otras veces, sin embargo, aburren a los muertos. ¿Por qué no escribes más sencillitos? Una respuesta sería precisamente ésa: porque me aburre, porque ya bastante parte del día paso en modo zombi para, encima, cuando estoy vaciándome de mis demonios, tenga que seguir con el piloto automático en modo ON.

Hay gente que al contemplar las pirámides egipcias exclama: “¡Qué bonitas!”. Tal vez yo también lo haga. Pero si lo veo por escrito, la verdad es que me cuesta trabajo imaginar cuán bonitas son las pirámides. Porque hay tantas cosas bonitas hoy en día que, en fin… ¿en qué se diferencia una pirámide a un geranio? ¿Qué tiene de especial una nariz aguileña que la diferencie de las demás narices que me rodean, leo, veo, recuerdo? ¿Por qué no escribes más sencillito? Para no repetir lo ya repetido un nonillón de veces, para no leer lo ya leído otro nonillón de veces.

Los clichés, por compartir un abanico tan amplio de experiencias, por funcionar al igual que comodines de una baraja, apenas ofrecen información, como si las imágenes que nos aporta la novela estuvieran desenfocadas o se parecieran a los dibujos esquemáticos de un niño de cuatro años.



“El cielo parece estar en llamas a la puesta del sol.”

Esa imagen, aunque empleada con frecuencia, es totalmente acertada. ¿No son los clichés buenas ideas que han terminado por ser lógicamente populares? El problema estriba en que si ésta es la imagen que siempre escribimos o leemos sobre el atardecer, da la impresión de que ya nada nuevo se pueda decir sobre el atardecer. Si la literatura se conformara con adoptar una buena idea para siempre, entonces la literatura se estancaría. Y el arte paralizado o repetitivo no es arte sino la cadena de montaje de una fábrica.

Cualquier cosa que se exprese nunca debe ser la última cosa que se pueda decir, agotando así para siempre los infinitos cauces de la originalidad.

Un símil nuevo y original tendrá sus virtudes y defectos, pero será una genuina impresión del autor, una forma más honda y honesta de transmitir lo que verdaderamente siente. Mejorar las imágenes ya dichas (hasta que la nuestra, paradójicamente, se acabe convirtiendo en cliché) constituye una de las misiones del que quiere escribir, huyendo en lo posible de las convenciones. Porque las convenciones ya existen, no es necesario que las volvamos a escribir.


Aunque el deseo de expresarse como los demás es tan tentador… ahorra trabajo, por lo pronto. Y permite, claro, que te lea más gente. Más gente aquejada de la misma pereza que tú.

Marcel Proust lo expresaba así:


Todo escritor está obligado a crear su propio lenguaje, tal como todo violinista está obligado a crear su propia “tonalidad” (…). No quiero decir con esto que me agraden los escritores originales que escriben con incorrecciones. Prefiero, y puede que sea una debilidad, a los que escriben bien. Sin embargo, comienzan a escribir bien solamente con la condición de que sean originales, de que sepan crear su propio lenguaje. La corrección, la perfección de estilo no existen si no es al lado contrario de la originalidad, después de haber pasado por todas las faltas, y no a su lado. A este lado –“discreta emoción”, “bondad natura sonriente”, “el más abominable de los años pasados”- no existen. La única forma de defender el lenguaje, madame Straus, es atacarlo.


Pero en fin, que cada palo aguante su vela (ahí va otro cliché), Pablo Cohelo puede seguir escribiendo descafeinado y soso y cogiéndosela con papel de fumar, como también puede seguir apareciendo en la tele, vocinglera y rural, Belén Esteban. El abajo firmante (y ahí va otro), sin embargo, seguirá aplaudiendo a quienes transitan caminos que aún no conocía. Porque les leen menos personas. Porque lo que lea mucha gente yo ya lo he leído, probablemente. Y lo que a la mayoría de gente le gustaría leer de mí ya lo he escrito, cuando tenía veinte tacos de almanaque.




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