comparacion de humor politico antes y haora El humor político televisivo funciona siempre y funciona mucho en todas partes, en cualquier época. El humor político es uno de los síntomas más fuertes de libertad de expresión. Las dictaduras no toleran el humor político. No se quejan de él. No lo refutan. Lo prohíben. En estos días se pudieron ver, como parte del operativo de prensa montado alrededor de Gran Cuñado, imágenes de archivo de muchos de los imitadores que en los últimos años tomaron rasgos físicos y muletillas de presidentes o ministros. Cuando esas caricaturas audiovisuales superaron en visibilidad a quienes las habían inspirado, después el hombre o las mujeres reales parecían a su vez imitadores de su propia imitación. La imitación ha sido tomada durante estas últimas décadas, genéricamente, como humor político. Pero en el territorio fundante del humor político televisivo sigue reinando Tato Bores, cuya herramienta nunca fue la imitación, sino el lenguaje. Sus monólogos eran radiografías caricaturescas de la realidad que los espectadores palpaban en la realidad. El talento de Tato radicaba en correr de registro la realidad, en leerla en modo oblicuo. El humor brotaba en las contradicciones, en los remates descolocados, en la incertidumbre del monologuista, en las complicidades con el público. ¿QUIEN TIENE LA CULPA? Publicado en Página 12 en 1991 y posteriormente formó parte del libro "El debut y otros cuentos" (Editorial De La Flor, 1994) La culpa de todo la tiene el ministro de Economía dijo uno. ¡No señor! dijo el ministro de Economía mientras buscaba un mango debajo del zócalo. La culpa de todo la tienen los evasores. ¡Mentiras! dijeron los evasores mientras cobraban el 50 por ciento en negro y el otro 50 por ciento también en negro. La culpa de todo la tienen los que nos quieren matar con tanto impuesto. ¡Falso! dijeron los de la DGI mientras preparaban un nuevo impuesto al estornudo. La culpa de todo la tiene la patria contratista; ellos se llevaron toda la guita. ¡Pero, por favor...! dijo un empresario de la patria contratista mientras cobraba peaje a la entrada de las escuelas públicas. La culpa de todo la tienen los de la patria financiera. ¡Calumnias! dijo un banquero mientras depositaba a su madre a siete días. La culpa de todo la tienen los corruptos que no tienen moral. ¡Se equivoca! dijo un corrupto mientras vendía a cien dólares un libro que se llamaba "Haga su propio curro" pero que, en realidad, sólo contenía páginas en blanco. La culpa de todo la tiene la burocracia que hace aumentar el gasto público. ¡No es cierto! dijo un empleado público mientas con una mano se rascaba el pupo y con la otra el trasero. La culpa de todo la tienen los políticos que prometen una cosa para nosotros y hacen otra para ellos. ¡Eso es pura maldad! dijo un diputado mientras preguntaba dónde quedaba el edificio del Congreso. La culpa de todo la tienen los dueños de la tierra que no nos dejaron nada. ¡Patrañas! dijo un terrateniente mientras contaba hectáreas, vacas, ovejas, peones y recordaba antiguos viajes a Francia y añoraba el placer de tirar manteca al techo. La culpa de todo la tienen los comunistas. ¡Perversos! dijeron los del politburó local mientras bajaban línea para elaborar el duelo. La culpa de todo la tiene la guerrilla trotskista. ¡Verso! dijo un guerrillero mientras armaba un coche-bomba para salvar a la humanidad. La culpa de todo la tienen los fascistas. ¡Malvados! dijo un fascista mientras quemaba una parva de libros juntamente con el librero. La culpa de todo la tienen los judíos. ¡Racistas! dijo un sionista mientras miraba torcido a un coreano del Once. La culpa de todo la tienen los curas que siempre se meten en lo que no les importa. ¡Blasfemia! dijo un obispo mientras fabricaba ojos de agujas como para que pasaran diez camellos al trote. La culpa de todo la tienen los científicos que creen en el Big Bang y no en Dios. ¡Error! dijo un científico mientras diseñaba una bomba capaz de matar más gente en menos tiempo con menos ruido y mucho más barata. La culpa de todo la tienen los padres que no educan a sus hijos. ¡Infamia! dijo un padre mientras trataba de recordar cuantos hijos tenía exactamente. La culpa de todo la tienen los ladrones que no nos dejan vivir. ¡Me ofenden! dijo un ladrón mientras arrebataba una cadenita a una jubilada y, de paso, la tiraba debajo del tren. La culpa de todo la tiene los policías que tienen el gatillo fácil y la pizza abundante. ¡Minga! dijo un policía mientras primero tiraba y después preguntaba. La culpa de todo la tiene la Justicia que permite que los delincuentes entren por una puerta y salgan por la otra. ¡Desacato! dijo un juez mientras cosía pacientemente un expediente de más de quinientas fojas que luego, a la noche, volvería a descoser. La culpa de todo la tienen los militares que siempre se creyeron los dueños de la verdad y los salvadores de la patria. ¡Negativo! dijo un coronel mientras ordenaba a su asistente que fuera preparando buen tiempo para el fin de semana. La culpa de todo la tienen los jóvenes de pelo largo. ¡Ustedes están del coco! dijo un joven mientras pedía explicaciones de por qué para ingresar a la facultad había que saber leer y escribir. La culpa de todo la tienen los ancianos por dejarnos el país que nos dejaron. ¡Embusteros! dijo un señor mayor mientras pregonaba que para volver a las viejas buenas épocas nada mejor que una buena guerra mundial. La culpa de todo la tienen los periodistas porque junto con la noticia aprovechan para contrabandear ideas y negocios propios. ¡Censura! dijo un periodista mientras, con los dedos cruzados, rezaba por la violación y el asesinato nuestro de cada día. La culpa de todo la tiene el imperialismo. Thats not true! (¡Eso no es cierto!) dijo un imperialista mientras cargaba en su barco un trozo de territorio con su subsuelo, su espacio aéreo y su gente incluida. The ones to blame are the sepoy, that allowed us to take even the cat (la culpa la tienen los cipayos que nos permitieron llevarnos hasta el gato). ¡Infundios! dijo un cipayo mientras marcaba en un plano las provincias más rentables. La culpa de todo la tiene Magoya. ¡Ridículo! dijo Magoya acostumbrado a estas situaciones. La culpa de todo la tiene Montoto. ¡Cobardes! dijo Montoto que de esto también sabía un montón. La culpa de todo la tiene la gente como vos por escribir boludeces. ¡Paren la mano! dije yo mientras me protegía detrás de un buzón. Yo sé quién tiene la culpa de todo. La culpa de todo la tiene El Otro. ¡El Otro siempre tiene la culpa! ¡Eso, eso! exclamaron todos a coro. El señor tiene razón: la culpa de todo la tiene El Otro. Dicho lo cual, después de gritar un rato, romper algunas vidrieras y/o pagar alguna solicitada, y/o concurrir a algún programa de opinión en televisión (de acuerdo con cada estilo), nos marchamos a nuestras casas por ser ya la hora de cenar y porque el culpable ya había sido descubierto. Mientras nos íbamos no podíamos dejar de pensar: ¡Qué flor de guacho que resultó ser El Otro...! La televisión de hoy no permitiría un emergente, si lo hubiera, del humor político que cultivó Tato Bores, cuando todavía la televisión no había desarrollado y puesto en marcha todos sus atributos de manipulación política. Las nominaciones y sentencias de un presunto “voto telefónico” no fueron tales, porque el programa fue grabado. Pero el “Cristina, estás sentenciada” quedó vibrando como un veredicto, cuando fue nada más que un gag de producción, un remate del guión. La operación de Tinelli, esta vez, cruza del 13 a América, todos los días, sin falta, con Jorge Rial midiendo el minuto a minuto de Gran Cuñado y dando los resultados como si fuesen los electorales. Así, la televisión es nuevamente su propia caja de resonancia, más potente que cualquier spot, más impune que cualquier spot, más perversa que cualquier spot. El discurso que no tienen los personajes de Gran Cuñado se lo ponen las decenas de conductores y presentadores que al día siguiente comentan Gran Cuñado. Tato Bores nunca se alejaba de los discursos reales de los protagonistas. Precisamente a la inversa, su disparador era la palabra que había quedado flotando, la interpretación de un conflicto, los temas que eran de máximo interés en cada época. Tato Bores hacía un humor político que partía del respeto íntimo del actor a la política y un testimonio de su fe democrática. Lo de Tinelli es más Tinelli, una vuelta de página más del universo gomazo en el que todo y todos son lo mismo, materia prima de minuto a minuto, pasto para el chiste que circula como si quien lo emite fuera un desodorante de ambiente colectivo. Pero el problema es que Tinelli es parte de la polución. Estamos muy lejos de encontrar otro Tato Bores. Estamos lejos, también, de que la televisión de hoy le dé cabida a un talento como fue Tato Bores, si es que asomara. Hoy el rasgo principal del humor político consiste en simplificar el género, que siempre funciona tanto, con caricaturas vivientes que emiten muletillas y son festejadas cuando el público “reconoce” al personaje real.
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