05 June 2006 @ 21:09 hrs.
ENTRADA 86 (III)
Prit y yo nos mantuvimos inmóviles durante un largo minuto, intentando
adivinar si había alguien más allí dentro. O algo más, me corregí mentalmente.
Aquella penumbra era refrescante. Tras todo un largo día correteando de aquí
para allá notaba como mis músculos se aflojaban por primera vez en horas.
Había comenzado el día en la cubierta del Zaren, viendo la negra boca de un
cañón apuntando a mi cabeza y ahora estaba recostado en un sofá de cuero al
lado de la oficina de entrada del concesionario, con una colilla en los labios y
pensando lo maravilloso que sería disponer de una cama de hotel donde poder
dormir durante tres días seguidos.
Y una cerveza helada. Y diez chicas con lencería picante dándome masajes en
los pies. No te jode. Me incorporé con un gemido, notando cómo se me
clavaban un millón de alfileres en todos los músculos. No había estado tan
cansado en toda mi vida.
Comenzamos a recorrer toda la planta baja del concesionario, organizando una
rápida batida. El resultado fue negativo. Todas las puertas y ventanas estaban
cerradas a cal y canto, excepto el ventanuco del baño que había reventado
Viktor para entrar. Estaba demasiado alto y era demasiado angosto como para
que uno de esos seres se colase por él, pero de todas formas preferimos ser
precavidos y tomar precauciones. Con esfuerzo colocamos uno de los paneles
de pladur de las oficinas contra la pared donde estaba el hueco. No aguantaría
un golpe muy fuerte pero taparía la ventana rota el poco tiempo que
pensábamos permanecer allí.
Derrengados, nos dejamos caer en una pequeña habitación anexa al despacho
del director del concesionario. Era un cuartucho sin ventanas, donde se apilaban
una serie de archivadores, un baño minúsculo con ducha y, sorprendentemente,
una cama plegable. Mientras me preguntaba qué demonios pintaba esa cama
allí, Prit husmeaba por toda la habitación como un perdiguero. Vi como se
inclinaba al lado de la cama plegable y cogía algo que estaba debajo de ésta.
Con una sonrisa socarrona se giró hacia mí y me mostró unas bonitas braguitas
de encaje color vino bastante arrugadas.
Vaya, vaya. Así que estábamos en el picadero particular del dueño del
concesionario. Vaya cabroncete. De todas formas parecía que hacía tiempo que
aquel tipo no se dejaba caer por allí para echar un polvo con la secretaria.
Seguramente, si aún estaba vivo, tendría cosas mejores en las que pensar.
Mientras Prit revolvía todos los cajones con un entusiasmo desbordante, entré
en el baño y lo contemplé con ansia. Por la fuerza de la costumbre giré el grifo
del lavabo. Para mi sorpresa empezó a manar un chorro de agua de color
oxidado acompañado de borboteos producidos por el aire acumulado en las
cañerías.
Enseguida lo adiviné. Aquel concesionario debía tener un pozo de
abastecimiento propio, aparte de la conexión a la red pública y por eso aún
disponía de agua corriente. ¡¡Agua corriente!!… Si tenía agua, en algún lugar
tenía que haber un calentador de gas o un acumulador, o algo por el estilo…
Volví de nuevo al cuarto-picadero, donde Prit estaba indolentemente tumbado
sobre la cama, hojeando un montón de revistas atrasadas. Dejé a mi amigo
cómodamente instalado en aquel cuartucho y armado con una linterna empecé a
rebuscar por toda la planta baja.
Para mi sorpresa, justo detrás del pasillo que conectaba la sección de oficinas
con los talleres, encontré unas empinadas escaleras que se perdían en la
oscuridad del subsuelo. Con cautela, me armé de valor y acometí el descenso de
los escalones, apoyando la espalda en la pared y sosteniendo el arpón
amartillado en la mano que me dejaba libre la linterna. Aquel sótano estaba frío
y seco, y tenía pinta de ser un antiguo foso de reparación profundamente
modificado.
Al fondo del mismo, entre un festival de telarañas y cajas de folletos viejos,
podía ver un enorme y moderno calentador de agua Junkers conectado a una
bombona naranja de gas butano. Tras cerciorarme de que el sótano era
completamente seguro me acerqué hasta el fondo. Sacudí la botella. Estaba
vacía, por supuesto. La llama piloto, encendida durante semanas, debía haber
consumido hacía tiempo los restos de gas que quedasen en la bombona.
Decepcionado, me di la vuelta en la oscuridad dispuesto a abandonar el sótano.
Al dar un paso, un fuerte golpe en la rodilla me hizo ver las estrellas. Enfoqué
la linterna hacía lo que me había golpeado. Era una jaula de soporte, con media
docena de bombonas con el precinto puesto. Cojonudo.
Apartando las telarañas coloqué una de las bombonas en el lugar de la que
estaba vacía y apreté el botón de purgado del sistema, y a continuación, el de
encendido. Una llama azul, vacilante, apareció en la parrilla. Pegué un alarido
de alegría. Tenía agua caliente.
Volví como una centella al cuarto superior. Prit salía en ese instante del cuarto
de oficinas con un enorme manojo de llaves de Mercedes en una caja de cartón.
Con ánimo risueño le acompañé a la sección de exposición, donde,
ordenadamente aparcados, esperaban docenas de vehículos, listos para salir por
la puerta.
Comenzamos a buscar con calma nuestro nuevo vehículo. Tuve una pequeña
discusión con Prit, que emperrado con un precioso CLK cabrio color rojo
fuego, no atendía a razones. Finalmente fui capaz de hacerle ver que un
descapotable no era la opción más inteligente para circular por carreteras
infestadas de No Muertos.
Pragmático, escogí un enorme Mercedes GL, el todoterreno más grande de la
marca alemana, con marcha reductora y un par de cientos de caballos de
potencia. Aquel enorme trasto nos permitiría hacer ruta campo a través, en caso
de encontrarnos con un accidente que bloquease la carretera. Además, si fuese
necesario “empujar” a algún No Muerto, nos ofrecía bastantes más garantías
que el estilizado deportivo.
Con una mirada de deseo al descapotable, Prit aceptó mis razonamientos,
refunfuñando. Poniéndonos manos a la obra, le cambiamos la batería al cuatro
por cuatro por una nuevecita que sacamos del almacén. A continuación
cargamos nuestras cosas en el interior, incluyendo por precaución a un cada vez
más inquieto Lúculo.
Súbitamente, un fuerte sonido nos hizo pegar un bote a ambos. Yo me tiré al
suelo, buscando mi arpón, mientras el ucraniano amartillaba ruidosamente el
AK. Buscamos con la mirada el origen del sonido. A menos de metro y medio
de nosotros, golpeando monótonamente el cristal blindado del escaparate, dos
No Muertos nos contemplaban con ojos vacíos, rugiendo de rabia a cada golpe
que propinaban.
Era un espectáculo macabro. Desde que había liquidado a mi pobre vecino no
había tenido la ocasión de ver de cerca de uno de estos monstruos con calma,
sin tener que correr o luchar por mi vida. Me acerqué al cristal con cautela,
hasta que quedé a un palmo de ellos. Aquello parecía volverles absolutamente
locos. Me deseaban. Deseaban mi vida. Mi sangre. Jodidos cabrones.
Súbitamente, caí en la cuenta de algo. Mi vecino, un No Muerto recién
transformado, presentaba lividez cadavérica, miles de venas radiales reventadas
y dibujadas sobre la piel, ojos inyectados en sangre y comportamiento ausente y
homicida. Para mi desesperación, los dos sujetos de fuera, aunque algo más
maltrechos por efecto de golpes, cortes y arañazos tenían exactamente el mismo
aspecto.
Si simplemente fuesen unos cadáveres normales, por lógica el paso del tiempo
tendría que haber hecho mella en ellos. Sin embargo, no se veían rastros de
putrefacción por ninguna parte. Ni rigor mortis, ni descomposición… Nada de
nada. Era totalmente asombroso. Estaban muertos, de eso no cabía la menor
duda (el terrible desgarro del cuello de uno de aquellos seres no ofrecía lugar a
dudas), pero algo, de algún modo, les insuflaba el suficiente hálito vital como
para seguir moviéndose y acechando.
Tan solo unas cuantas manchas acartonadas de sangre reseca y el aspecto
harapiento de sus ropas, tras meses al aire libre, indicaban que llevaban en ese
estado desde hacía tiempo. Por lo demás, estaba seguro que su aspecto físico no
había cambiado un ápice desde que habían tenido la desgracia de ser atacados.
Aquello suponía unas implicaciones inquietantes. A lo largo de las últimas
semanas había abrigado la esperanza de que el paso de los días fuese
degradando progresivamente aquellos cuerpos o incluso, que de algún modo,
fuesen “muriendo”.
Sin embargo, nada de aquello estaba pasando. Estos seres parecen no verse
afectados por el paso del tiempo. No sé que pensar. Puede que duren muchos
meses todavía, puede que años, incluso. O puede que sean eternos… ¿Cómo
cojones puedo saberlo? No soy un científico, no tengo apenas datos sobre su
naturaleza ni su organismo. Solo sé que están en un punto intermedio entre la
vida y la muerte y que si no quiero acabar como ellos he de correr
permanentemente, para evitar que me atrapen.
Mierda.
Un sabor amargo me subió por la garganta. Estábamos realmente jodidos, como
especie, como raza, como planeta. Descargué un puñetazo de rabia contra el
cristal, justo sobre la cara de uno de aquellos monstruos, que ni se inmutó ante
el golpe. Son impasibles, estos hijos de puta.
Viktor me contemplaba en silencio, adivinando mis pensamientos. Finalmente
se adelantó y trató de reconfortarme, explicándome que en cuanto llegásemos a
su helicóptero podríamos volar hasta cualquier lugar donde esos bichos no
hubiesen llegado.
Sacudí la cabeza, con amargura. Aquello solo eran buenas palabras.
Tendríamos que bregar mucho aún para que me sintiese totalmente a salvo.
Dejamos el todoterreno aparcado justo enfrente del portón de salida. Mientras
Viktor comprobaba la presión de los neumáticos me fui hasta el baño y por
primera vez en muchas, muchas semanas, disfruté de una ducha de agua
caliente.
Era maravilloso. El chorro de agua golpeaba mi espalda y mi cabeza con un
millón de alfileres, mientras nubes de vapor se formaban en el baño,
enroscándose en torno a mi cuerpo. Permanecí inmóvil bajo el grifo durante
casi veinte minutos, deleitándome de aquella sensación maravillosa y
preguntándome donde y cuando podría disfrutar del siguiente baño. Finalmente,
con unas tijeras y unas cuchillas de afeitar nuevas que encontré en un neceser,
me afeité la barba de vagabundo que lucía desde hacía semanas. Lo que en la
vida previa al Apocalipsis era algo común y corriente, ahora se había
transformado en un auténtico lujo. Hasta ese extremo se habían complicado las
cosas.
Salí de la ducha. Me encontré a Viktor afanosamente atareado en el antiguo
despacho del director. Había despejado la mesa por completo y apoyada en la
misma tenía el Samsonite negro. Se había traído una tonelada de herramientas
del taller, incluyendo una rebarbadora manual de batería autónoma y un soplete.
El ucraniano parecía decidido a abrir el dichoso maletín por las buenas o por las
malas.
Con el pelo aún húmedo le dije bromeando que si encontraba tabaco dentro del
maletín tendría que repartirlo conmigo, a no ser que quisiera aparecer muerto a
la mañana siguiente. Prit se rió y lanzándome un pedazo del lacre rojo del
maletín a la cabeza dijo que fuese útil y que encontrase algo de gasolina para el
todoterreno.
Me alejé del despacho, oyendo como el ucraniano canturreaba en ruso, con el
sonido de su voz ahogado por el agudo chillido de la rebarbadora.
Tardé diez minutos en encontrar un bidón de gasolina y otros cinco en
encontrar un tubo de goma para poder llenar el depósito. Mientras llenaba el
depósito hasta los topes le di unas cuantas caricias a Lúculo, que cada vez que
me pierde vista parece volverse loco. Creo que tiene miedo a que me vaya sin
él. Mi pobre gato.
Me estaba limpiando las manos con un paño cuando una violenta explosión
sacudió todo el concesionario. Un enorme fogonazo blanco salió del despacho
donde estaba Pritchenko, junto con una nube de humo y un intenso olor a
quemado. Por un instante, los oídos me pitaron por la explosión. Al cabo de
unos segundos, los oí. Eran alaridos de dolor. De Viktor.
Entré a la carrera en el despacho. Viktor yacía en el suelo, con las manos
terriblemente quemadas y diversas heridas en el pecho y la cara. El ucraniano se
retorcía de dolor y aullaba como un lobo herido. Me agaché junto a él y le eché
un vistazo. Las heridas de cara y pecho parecían ser superficiales, pero las
manos tenían una pinta espantosa. Estaban absolutamente quemadas y solo
pude distinguir tres dedos en la mano izquierda. La mano derecha no estaba
mucho mejor. Era una carnicería. Sangraba abundantemente por ellas, y por los
oídos también manaban dos hilillos de sangre.
Me giré hacia la mesa, buscando algo con que restañar la hemorragia. Fue
entonces cuando mi mirada se posó en el maletín Samsonite. O mejor dicho, en
sus restos. Aquel jodido maletín debía llevar en su interior algún dispositivo
pirotécnico instalado para evitar que personas no autorizadas accediesen a su
interior. Aquel dispositivo había explotado cuando Viktor trató de forzar el
maletín, y solo el azar había evitado que volase en pedazos al ucraniano.
Lo contemplé, absolutamente impotente, mientras los gritos de dolor de
Pritchenko resonaban en mis oídos. Fuera lo que fuese lo que alguna vez
contuvo el Samsonite negro, ahora ardía con furor encima de aquella mesa,
convirtiendo rápidamente su valioso y desconocido contenido en un montón de
cenizas.
06 June 2006 @ 12:50 hrs.
ENTRADA 87
Estoy asustado. Estoy jodidamente asustado, más que en ningún otro momento
de toda esta mierda. Prit está malherido y no sé que hacer. Sus manos tienen un
aspecto bastante malo y lo único que tengo en mi botiquín son unos cuantos
analgésicos suaves (Algiasdín y Nolotil), un par de antibióticos y algunas
cremas contra las quemaduras solares.
Le he incorporado a duras penas y me lo he llevado al baño. Allí le he lavado
como he podido las manos y los antebrazos. Es un puto destrozo. La mano
derecha está en carne viva, totalmente quemada. No sé mucho de medicina,
pero parecen quemaduras de segundo grado. En la mano izquierda el daño es
aún peor. Le faltan los dedos meñique y anular y los huesecillos del dedo
corazón están a la vista. Además tiene un profundo corte en la palma de la
mano que no para de sangrar. Joder. Rebuscando en el botiquín del
concesionario he encontrado un paquete de gasas estériles y Silvederma, un gel
para quemaduras. Le he untado la mano derecha con la crema y he colocado un
montón de apósitos en las dos manos para conseguir que dejen de sangrar, pero
es un apaño bastante chapucero.
...
Tengo que hacer algo, y rápido. La pequeña explosión del puto maletín se tiene
que haber oído a cientos de metros de distancia, y dentro de poco vamos a tener
la visita de todos los jodidos No Muertos de los alrededores. De hecho, ya
puedo oír los gemidos de bastantes de ellos ahí fuera.
Acabo de acomodar a Prit en el todoterreno, entre resoplidos de dolor. Ya hay
docenas de No Muertos agolpándose en torno al concesionario. Escribo estas
notas apresuradas mientras espero a que se despeje un poco la zona del portón
por donde tengo que salir. Solo tendré unos segundos para abrir el portón y
subirme de nuevo al todoterreno antes de que esos seres me vean y se abalancen
sobre mí. No tendré tiempo para cerrar de nuevo el portón, así que es inevitable
que esos monstruos invadan el concesionario. Un refugio menos.
Necesito vendajes, analgésicos y sobre todo, antibióticos. Lo ideal sería un
médico que remendase las heridas de Viktor, pero no creo que sea fácil
encontrar a ninguno por aquí. Mierda. Joder. Necesito todas esas cosas cuanto
antes.
El Hospital Xeral debe estar a pocos kilómetros. Evidentemente no creo que
quede nadie allí, pero espero al menos poder encontrar los medicamentos que
necesito.
Prefiero no pensar en lo que me puedo cruzar por el camino.
No tengo otra alternativa. Voy a conectar la alarma de uno de los deportivos en
el otro extremo del concesionario. Espero que eso despeje la puerta lo suficiente
para que podamos salir. Viktor se desangra por minutos y no aguantará mucho
más ese dolor. Tengo que llegar a ese jodido Hospital como sea.
Que Dios nos ampare.
ENTRADA 86 (III)
Prit y yo nos mantuvimos inmóviles durante un largo minuto, intentando
adivinar si había alguien más allí dentro. O algo más, me corregí mentalmente.
Aquella penumbra era refrescante. Tras todo un largo día correteando de aquí
para allá notaba como mis músculos se aflojaban por primera vez en horas.
Había comenzado el día en la cubierta del Zaren, viendo la negra boca de un
cañón apuntando a mi cabeza y ahora estaba recostado en un sofá de cuero al
lado de la oficina de entrada del concesionario, con una colilla en los labios y
pensando lo maravilloso que sería disponer de una cama de hotel donde poder
dormir durante tres días seguidos.
Y una cerveza helada. Y diez chicas con lencería picante dándome masajes en
los pies. No te jode. Me incorporé con un gemido, notando cómo se me
clavaban un millón de alfileres en todos los músculos. No había estado tan
cansado en toda mi vida.
Comenzamos a recorrer toda la planta baja del concesionario, organizando una
rápida batida. El resultado fue negativo. Todas las puertas y ventanas estaban
cerradas a cal y canto, excepto el ventanuco del baño que había reventado
Viktor para entrar. Estaba demasiado alto y era demasiado angosto como para
que uno de esos seres se colase por él, pero de todas formas preferimos ser
precavidos y tomar precauciones. Con esfuerzo colocamos uno de los paneles
de pladur de las oficinas contra la pared donde estaba el hueco. No aguantaría
un golpe muy fuerte pero taparía la ventana rota el poco tiempo que
pensábamos permanecer allí.
Derrengados, nos dejamos caer en una pequeña habitación anexa al despacho
del director del concesionario. Era un cuartucho sin ventanas, donde se apilaban
una serie de archivadores, un baño minúsculo con ducha y, sorprendentemente,
una cama plegable. Mientras me preguntaba qué demonios pintaba esa cama
allí, Prit husmeaba por toda la habitación como un perdiguero. Vi como se
inclinaba al lado de la cama plegable y cogía algo que estaba debajo de ésta.
Con una sonrisa socarrona se giró hacia mí y me mostró unas bonitas braguitas
de encaje color vino bastante arrugadas.
Vaya, vaya. Así que estábamos en el picadero particular del dueño del
concesionario. Vaya cabroncete. De todas formas parecía que hacía tiempo que
aquel tipo no se dejaba caer por allí para echar un polvo con la secretaria.
Seguramente, si aún estaba vivo, tendría cosas mejores en las que pensar.
Mientras Prit revolvía todos los cajones con un entusiasmo desbordante, entré
en el baño y lo contemplé con ansia. Por la fuerza de la costumbre giré el grifo
del lavabo. Para mi sorpresa empezó a manar un chorro de agua de color
oxidado acompañado de borboteos producidos por el aire acumulado en las
cañerías.
Enseguida lo adiviné. Aquel concesionario debía tener un pozo de
abastecimiento propio, aparte de la conexión a la red pública y por eso aún
disponía de agua corriente. ¡¡Agua corriente!!… Si tenía agua, en algún lugar
tenía que haber un calentador de gas o un acumulador, o algo por el estilo…
Volví de nuevo al cuarto-picadero, donde Prit estaba indolentemente tumbado
sobre la cama, hojeando un montón de revistas atrasadas. Dejé a mi amigo
cómodamente instalado en aquel cuartucho y armado con una linterna empecé a
rebuscar por toda la planta baja.
Para mi sorpresa, justo detrás del pasillo que conectaba la sección de oficinas
con los talleres, encontré unas empinadas escaleras que se perdían en la
oscuridad del subsuelo. Con cautela, me armé de valor y acometí el descenso de
los escalones, apoyando la espalda en la pared y sosteniendo el arpón
amartillado en la mano que me dejaba libre la linterna. Aquel sótano estaba frío
y seco, y tenía pinta de ser un antiguo foso de reparación profundamente
modificado.
Al fondo del mismo, entre un festival de telarañas y cajas de folletos viejos,
podía ver un enorme y moderno calentador de agua Junkers conectado a una
bombona naranja de gas butano. Tras cerciorarme de que el sótano era
completamente seguro me acerqué hasta el fondo. Sacudí la botella. Estaba
vacía, por supuesto. La llama piloto, encendida durante semanas, debía haber
consumido hacía tiempo los restos de gas que quedasen en la bombona.
Decepcionado, me di la vuelta en la oscuridad dispuesto a abandonar el sótano.
Al dar un paso, un fuerte golpe en la rodilla me hizo ver las estrellas. Enfoqué
la linterna hacía lo que me había golpeado. Era una jaula de soporte, con media
docena de bombonas con el precinto puesto. Cojonudo.
Apartando las telarañas coloqué una de las bombonas en el lugar de la que
estaba vacía y apreté el botón de purgado del sistema, y a continuación, el de
encendido. Una llama azul, vacilante, apareció en la parrilla. Pegué un alarido
de alegría. Tenía agua caliente.
Volví como una centella al cuarto superior. Prit salía en ese instante del cuarto
de oficinas con un enorme manojo de llaves de Mercedes en una caja de cartón.
Con ánimo risueño le acompañé a la sección de exposición, donde,
ordenadamente aparcados, esperaban docenas de vehículos, listos para salir por
la puerta.
Comenzamos a buscar con calma nuestro nuevo vehículo. Tuve una pequeña
discusión con Prit, que emperrado con un precioso CLK cabrio color rojo
fuego, no atendía a razones. Finalmente fui capaz de hacerle ver que un
descapotable no era la opción más inteligente para circular por carreteras
infestadas de No Muertos.
Pragmático, escogí un enorme Mercedes GL, el todoterreno más grande de la
marca alemana, con marcha reductora y un par de cientos de caballos de
potencia. Aquel enorme trasto nos permitiría hacer ruta campo a través, en caso
de encontrarnos con un accidente que bloquease la carretera. Además, si fuese
necesario “empujar” a algún No Muerto, nos ofrecía bastantes más garantías
que el estilizado deportivo.
Con una mirada de deseo al descapotable, Prit aceptó mis razonamientos,
refunfuñando. Poniéndonos manos a la obra, le cambiamos la batería al cuatro
por cuatro por una nuevecita que sacamos del almacén. A continuación
cargamos nuestras cosas en el interior, incluyendo por precaución a un cada vez
más inquieto Lúculo.
Súbitamente, un fuerte sonido nos hizo pegar un bote a ambos. Yo me tiré al
suelo, buscando mi arpón, mientras el ucraniano amartillaba ruidosamente el
AK. Buscamos con la mirada el origen del sonido. A menos de metro y medio
de nosotros, golpeando monótonamente el cristal blindado del escaparate, dos
No Muertos nos contemplaban con ojos vacíos, rugiendo de rabia a cada golpe
que propinaban.
Era un espectáculo macabro. Desde que había liquidado a mi pobre vecino no
había tenido la ocasión de ver de cerca de uno de estos monstruos con calma,
sin tener que correr o luchar por mi vida. Me acerqué al cristal con cautela,
hasta que quedé a un palmo de ellos. Aquello parecía volverles absolutamente
locos. Me deseaban. Deseaban mi vida. Mi sangre. Jodidos cabrones.
Súbitamente, caí en la cuenta de algo. Mi vecino, un No Muerto recién
transformado, presentaba lividez cadavérica, miles de venas radiales reventadas
y dibujadas sobre la piel, ojos inyectados en sangre y comportamiento ausente y
homicida. Para mi desesperación, los dos sujetos de fuera, aunque algo más
maltrechos por efecto de golpes, cortes y arañazos tenían exactamente el mismo
aspecto.
Si simplemente fuesen unos cadáveres normales, por lógica el paso del tiempo
tendría que haber hecho mella en ellos. Sin embargo, no se veían rastros de
putrefacción por ninguna parte. Ni rigor mortis, ni descomposición… Nada de
nada. Era totalmente asombroso. Estaban muertos, de eso no cabía la menor
duda (el terrible desgarro del cuello de uno de aquellos seres no ofrecía lugar a
dudas), pero algo, de algún modo, les insuflaba el suficiente hálito vital como
para seguir moviéndose y acechando.
Tan solo unas cuantas manchas acartonadas de sangre reseca y el aspecto
harapiento de sus ropas, tras meses al aire libre, indicaban que llevaban en ese
estado desde hacía tiempo. Por lo demás, estaba seguro que su aspecto físico no
había cambiado un ápice desde que habían tenido la desgracia de ser atacados.
Aquello suponía unas implicaciones inquietantes. A lo largo de las últimas
semanas había abrigado la esperanza de que el paso de los días fuese
degradando progresivamente aquellos cuerpos o incluso, que de algún modo,
fuesen “muriendo”.
Sin embargo, nada de aquello estaba pasando. Estos seres parecen no verse
afectados por el paso del tiempo. No sé que pensar. Puede que duren muchos
meses todavía, puede que años, incluso. O puede que sean eternos… ¿Cómo
cojones puedo saberlo? No soy un científico, no tengo apenas datos sobre su
naturaleza ni su organismo. Solo sé que están en un punto intermedio entre la
vida y la muerte y que si no quiero acabar como ellos he de correr
permanentemente, para evitar que me atrapen.
Mierda.
Un sabor amargo me subió por la garganta. Estábamos realmente jodidos, como
especie, como raza, como planeta. Descargué un puñetazo de rabia contra el
cristal, justo sobre la cara de uno de aquellos monstruos, que ni se inmutó ante
el golpe. Son impasibles, estos hijos de puta.
Viktor me contemplaba en silencio, adivinando mis pensamientos. Finalmente
se adelantó y trató de reconfortarme, explicándome que en cuanto llegásemos a
su helicóptero podríamos volar hasta cualquier lugar donde esos bichos no
hubiesen llegado.
Sacudí la cabeza, con amargura. Aquello solo eran buenas palabras.
Tendríamos que bregar mucho aún para que me sintiese totalmente a salvo.
Dejamos el todoterreno aparcado justo enfrente del portón de salida. Mientras
Viktor comprobaba la presión de los neumáticos me fui hasta el baño y por
primera vez en muchas, muchas semanas, disfruté de una ducha de agua
caliente.
Era maravilloso. El chorro de agua golpeaba mi espalda y mi cabeza con un
millón de alfileres, mientras nubes de vapor se formaban en el baño,
enroscándose en torno a mi cuerpo. Permanecí inmóvil bajo el grifo durante
casi veinte minutos, deleitándome de aquella sensación maravillosa y
preguntándome donde y cuando podría disfrutar del siguiente baño. Finalmente,
con unas tijeras y unas cuchillas de afeitar nuevas que encontré en un neceser,
me afeité la barba de vagabundo que lucía desde hacía semanas. Lo que en la
vida previa al Apocalipsis era algo común y corriente, ahora se había
transformado en un auténtico lujo. Hasta ese extremo se habían complicado las
cosas.
Salí de la ducha. Me encontré a Viktor afanosamente atareado en el antiguo
despacho del director. Había despejado la mesa por completo y apoyada en la
misma tenía el Samsonite negro. Se había traído una tonelada de herramientas
del taller, incluyendo una rebarbadora manual de batería autónoma y un soplete.
El ucraniano parecía decidido a abrir el dichoso maletín por las buenas o por las
malas.
Con el pelo aún húmedo le dije bromeando que si encontraba tabaco dentro del
maletín tendría que repartirlo conmigo, a no ser que quisiera aparecer muerto a
la mañana siguiente. Prit se rió y lanzándome un pedazo del lacre rojo del
maletín a la cabeza dijo que fuese útil y que encontrase algo de gasolina para el
todoterreno.
Me alejé del despacho, oyendo como el ucraniano canturreaba en ruso, con el
sonido de su voz ahogado por el agudo chillido de la rebarbadora.
Tardé diez minutos en encontrar un bidón de gasolina y otros cinco en
encontrar un tubo de goma para poder llenar el depósito. Mientras llenaba el
depósito hasta los topes le di unas cuantas caricias a Lúculo, que cada vez que
me pierde vista parece volverse loco. Creo que tiene miedo a que me vaya sin
él. Mi pobre gato.
Me estaba limpiando las manos con un paño cuando una violenta explosión
sacudió todo el concesionario. Un enorme fogonazo blanco salió del despacho
donde estaba Pritchenko, junto con una nube de humo y un intenso olor a
quemado. Por un instante, los oídos me pitaron por la explosión. Al cabo de
unos segundos, los oí. Eran alaridos de dolor. De Viktor.
Entré a la carrera en el despacho. Viktor yacía en el suelo, con las manos
terriblemente quemadas y diversas heridas en el pecho y la cara. El ucraniano se
retorcía de dolor y aullaba como un lobo herido. Me agaché junto a él y le eché
un vistazo. Las heridas de cara y pecho parecían ser superficiales, pero las
manos tenían una pinta espantosa. Estaban absolutamente quemadas y solo
pude distinguir tres dedos en la mano izquierda. La mano derecha no estaba
mucho mejor. Era una carnicería. Sangraba abundantemente por ellas, y por los
oídos también manaban dos hilillos de sangre.
Me giré hacia la mesa, buscando algo con que restañar la hemorragia. Fue
entonces cuando mi mirada se posó en el maletín Samsonite. O mejor dicho, en
sus restos. Aquel jodido maletín debía llevar en su interior algún dispositivo
pirotécnico instalado para evitar que personas no autorizadas accediesen a su
interior. Aquel dispositivo había explotado cuando Viktor trató de forzar el
maletín, y solo el azar había evitado que volase en pedazos al ucraniano.
Lo contemplé, absolutamente impotente, mientras los gritos de dolor de
Pritchenko resonaban en mis oídos. Fuera lo que fuese lo que alguna vez
contuvo el Samsonite negro, ahora ardía con furor encima de aquella mesa,
convirtiendo rápidamente su valioso y desconocido contenido en un montón de
cenizas.
06 June 2006 @ 12:50 hrs.
ENTRADA 87
Estoy asustado. Estoy jodidamente asustado, más que en ningún otro momento
de toda esta mierda. Prit está malherido y no sé que hacer. Sus manos tienen un
aspecto bastante malo y lo único que tengo en mi botiquín son unos cuantos
analgésicos suaves (Algiasdín y Nolotil), un par de antibióticos y algunas
cremas contra las quemaduras solares.
Le he incorporado a duras penas y me lo he llevado al baño. Allí le he lavado
como he podido las manos y los antebrazos. Es un puto destrozo. La mano
derecha está en carne viva, totalmente quemada. No sé mucho de medicina,
pero parecen quemaduras de segundo grado. En la mano izquierda el daño es
aún peor. Le faltan los dedos meñique y anular y los huesecillos del dedo
corazón están a la vista. Además tiene un profundo corte en la palma de la
mano que no para de sangrar. Joder. Rebuscando en el botiquín del
concesionario he encontrado un paquete de gasas estériles y Silvederma, un gel
para quemaduras. Le he untado la mano derecha con la crema y he colocado un
montón de apósitos en las dos manos para conseguir que dejen de sangrar, pero
es un apaño bastante chapucero.
...
Tengo que hacer algo, y rápido. La pequeña explosión del puto maletín se tiene
que haber oído a cientos de metros de distancia, y dentro de poco vamos a tener
la visita de todos los jodidos No Muertos de los alrededores. De hecho, ya
puedo oír los gemidos de bastantes de ellos ahí fuera.
Acabo de acomodar a Prit en el todoterreno, entre resoplidos de dolor. Ya hay
docenas de No Muertos agolpándose en torno al concesionario. Escribo estas
notas apresuradas mientras espero a que se despeje un poco la zona del portón
por donde tengo que salir. Solo tendré unos segundos para abrir el portón y
subirme de nuevo al todoterreno antes de que esos seres me vean y se abalancen
sobre mí. No tendré tiempo para cerrar de nuevo el portón, así que es inevitable
que esos monstruos invadan el concesionario. Un refugio menos.
Necesito vendajes, analgésicos y sobre todo, antibióticos. Lo ideal sería un
médico que remendase las heridas de Viktor, pero no creo que sea fácil
encontrar a ninguno por aquí. Mierda. Joder. Necesito todas esas cosas cuanto
antes.
El Hospital Xeral debe estar a pocos kilómetros. Evidentemente no creo que
quede nadie allí, pero espero al menos poder encontrar los medicamentos que
necesito.
Prefiero no pensar en lo que me puedo cruzar por el camino.
No tengo otra alternativa. Voy a conectar la alarma de uno de los deportivos en
el otro extremo del concesionario. Espero que eso despeje la puerta lo suficiente
para que podamos salir. Viktor se desangra por minutos y no aguantará mucho
más ese dolor. Tengo que llegar a ese jodido Hospital como sea.
Que Dios nos ampare.