Nació el 19 de Junio del año 1764, de padres como él naturales de Montevideo, aunque descendientes de los primeros pobladores del territorio de lo que fué luego la República Oriental del Uruguay. La elección de las tareas a que podían dedicarse los aquí nacidos, no ofrecía dificultades a los que se llamaba los criollos, pues cerrados en general para ellos los limitados cargos de carácter público, que, por múltiples razones, se reservaban a los españoles, y no existiendo en realidad ninguna industria urbana que asegurara la existencia, por sobria que fuera, la labor del campo se imponía, y se imponía el aprovechamiento de las actividades en esas faenas rurales, que eran las más remuneradoras, o, quizás, las únicas en algo remuneradoras.
Pero si el hecho, en sí, de una mayor compensación en ese trabajo, justificaba que la juventud buscara en las tareas rurales sus naturales ocupaciones, había aún otra razón de más peso que impulsaba a esos trabajos, especialmente a las naturalezas altivas, tan frecuentes en la raza, y esa razón era que el campo ofrecía una independencia, impuesta fatalmente por las circunstancias, que no se hallaba en la ciudad, dominada por un cierto predominio de los aristocratismos lugareños, tanto más incómodos cuanto más inconcebibles e injustificados eran.
En efecto, la soledad de nuestra campaña, más acentuada por la carencia casi absoluta de elementos delegados de la autoridad central para mantener el orden, daba a sus campiñas un áspero y sano ambiente de liberta; había peligros reales, pero eso mismo obligaba a defenderse, a vigorizar el músculo, a desafiar las posibles agresiones, a luchar, a vencer, adquiriendo el dominio propio al adquirirlo sobre los demás.
José Artigas siguió esa ruta, y en esas tareas varoniles se hizo insuperable, tuvo reputación que se extendió al contorno, adquirió prestigios; su fama de valiente corrió de boca en boca, y fué admirado y respetado por las gentes honradas y temido por los bandoleros, eficaces factores todos de futuras soberanías.
Cuando el lazo férreo del coloniaje se aflojó y se sintió flotar en el aire un vago aliento de rebelión, todas las miradas se volvieron a Artigas, que era el jefe natural de aquellos elementos criollos, que incubaban en la selva inextricable o en la pradera salvaje el germen de la independencia irreductible y bravía.
Y había allí, sin disputa, la simiente de un héroe, pero de esos héroes sanos, nobles, que parecen sintetizar en sí las cualidades de una raza y reunir los prestigios de un caudillo, no de un dominador ambicioso, ebrio de poder y de grandeza, sino un caudillo a la manera de los jefes de Israel que conducían a su pueblo, sin retroceder jamás, llenos de fe, hacia las fronteras distantes y luminosas de la tierra prometida.
Y sonó la hora del alzamiento, y vino el choque, primero en San José, con éxito favorable y halagador, luego se produjo la batalla de las Piedras, la primera victoria patriota por sus resultados decisivos y el gran choque ostensible de una vieja hostilidad latente, choque tanto más violento cuanto más había tardado en estallar. Y, sin embargo, el encuentro fragoroso no turbó un instante la serenidad del vencedor, y Artigas, identificado con su noble apostolado de gloria y de sacrificio, fué el vencedor hidalgo, el soldado caballeresco que presentaba armas a su valiente contrario vencido y rendía al valor del adversario los honores de la guerra. Así fué siempre: caballeroso, por tradiciones de raza, por temperamento y por convicción. Sobrio, severo, casi mezquino para sí mismo, lo quiso todo para su pueblo; sintió en su alma, con ritmo amigo, la libertad que proclamaba; amó y comprendió como nadie la democracia, cuya igualdad leyó elocuentemente en el libro de la Naturaleza, cuando, oficial de blandengues, cruzaba pensativo la campaña desierta, persiguiendo al bandolero rural, al contrabandista audaz o al aventurero rápido en su ataque como una racha de tormenta. Y fué ese culto sincero de la igualdad su mayor gloria; pues, militar y valiente, hubiera combatido sin tregua como lo hizo, hubiera deslumbrado con su valor, hubiera vencido; pero sus triunfos, en el desierto solitario, se hubieran apagado; mientras que aquel patriota sencillo y modesto, con un inquebrantable espíritu de justicia, con un amor indomable a la libertad y un hondo e intenso afecto a su suelo, labró un rastro profundo en su patria, que lejos de borrarse al paso de los años, va grabándose más intensamente en la memoria nacional, en el corazón de cada ciudadano, en el alma colectiva del pueblo que tanto lo amó.
Representante del orden, como delegado del poder central en la campaña, su alma se saturó de energías al paso de las brisas libres; usó su valor y su fuerza sólo para la defensa del humilde, para la salvaguardia del perseguido injustamente. Cuando después fué jefe de las milicias de su suelo, fué siempre irreductible en todo aquello que menoscabara la dignidad de su provincia o empeñara el honor de sus fueros, y asó cuando las rivalidades del Gobierno de Buenos Aires provocaron solapada lucha contra sus prestigios, que eran un obstáculo a las ambiciones desmedidas, no pudo aceptar la humillación de su suelo natal y prefirió partir, seguido de su pueblo, en caravana interminable, a preparar en territorios más favorables el núcleo de la resistencia para las reivindicaciones futuras. Fuera cual fuere su valor, su competencia guerrera, sus triunfos y sus lauros, Artigas fué, ante todo, un símbolo único, excepcional, en el desarrollo de la emancipación sudamericana, pues cuando, en torno, los políticos más eminentes encaraban la separación del dominio de España como un cambio de dueño y buscaban, a través de la Europa, un monarca que los dirigiera, pues no comprendían ni sabían en realidad lo que era una democracia, Artigas adivinaba su importancia y su eficiencia, aceptaba todas sus luchas, todos los odios por defenderla, pues comprendía el alto significado íntimo del vocablo, presentía en su mente y su corazón esa organización ideal de los pueblos libres, y se identificaba con esa igualdad dignificante de la especie, que hace de cada hombre un ciudadano, misionero del derecho y de la libertad.
Artigas, proclamando en estas regiones perdidas de la joven América, a principios del siglo antepasado, las que llama ya la historia "Las Instrucciones del año XIII", en que se consagraba la libertad civil y religiosa, la igualdad en la libertad y en la seguridad individuales, y se alzaban barreras insalvables al despotismo militar que podía comprometer esa independencia, Artigas, repito, era un emblema más que un hombre, un jefe y un caudillo, era un vidente que penetraba con mirada profunda las nubes del porvenir, era un precursor genial de las democracias fecundas, que recién empiezan hoy, acaso, a adoptar sus contornos verdaderos. Y por eso, por su visión clara y precisa, por su desinterés absoluto, por su sencillez insuperable, se ha convertido en un emblema, en un símbolo nacional; es el alma pura, de impecables contornos, de la patria eternamente grande, bella y querida.
Extracto de la obra de Abel J. Pérez
Credum ut intelligam, intelligam ut credum.