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Incursiones a lo Desconocido

Paranormal7/12/2011
INCURSIONES A LO DESCONOCIDO NOVELAS ESCRITAS DESDE LA TUMBA Sus obras fueron dictadas por un fantasma La señora J. H. Curran, de Saint Louis (Missouri), no era ninguna erudita. Tenía escasos conocimientos de historia, muy leve interés por los libros e incluso menos idea aún de las complejidades de la historia del lenguaje. Sin embargo, de su pluma salieron una serie de trabajos que sorprendieron a los académicos más eminentes de ambos lados del Atlántico. No obstante su aversión hacia el espiritismo y los médiums, la señora Curran fue convencida para que participase en una sesión. El 8 de julio de 1913, su mano trazó sobre la uija o tabla de escritura espiritista el nombre de Patience Worth. Desde entonces, la señora Curran y Patience Worth —quienquiera que fuese— se convirtieron en excelentes e inseparables amigas. Por medio de la voz o de la escritura de la señora Curran, cuando se hallaba en estado de trance, Patience Worth refirió, primero, su nacimiento en Dorset (Inglaterra), en el siglo xvn. Relató luego la emigración de sus padres a América, y su muerte a manos de una partida de indios en son de guerra. Luego, en frecuentes sesiones durante muchos años, Patience dictó una serie de novelas históricas en diversos estilos literarios. Variaban desde El Cuento Triste, que se desarrolla en los tiempos de Jesucristo, hasta Hope Trueblood, novela del siglo xix. Aplauso de la crítica Hope Trueblood obtuvo el aplauso general de los críticos. El corresponsal de The Athenaeum, que ignoraba la forma en que se escribió el libro, elogió entusiasmado su «clara y definida caracterización, buen diálogo, impresionantes giros y profundo pero moderado sentimiento». La señora Curran podía escribir dos o más novelas simultáneamente, tal como eran «dictadas» por Patience Worth. Podía escribir un capítulo de un libro y pasar a otro tema totalmente distinto, volviendo al primer libro sin perder ilación. Tampoco se limitaba a crear novelas. Podía redactar a voluntad y contestar en prosa de época a los diversos temas que se le proponían. Ese notable conocimiento del idioma y del estilo hizo posible su más aplaudida obra, Telka, novela enmarcada en la Inglaterra medieval, escrita en el inglés de la época, que jamás había estudiado la señora Curran. La inteligencia • y talento de Patience Worth continuaron sorprendiendo a los psicólogos. Pero para la señora Curran no se trataba más que de una amiga maravillosa que le contaba fascinantes historias de tiem: pos ya olvidados. EL ESPECTRO DE DANTE Cómo se recuperaron fragmentos de «La Divina Comedia» Cuando Dante Alighieri murió en 1321 se echaron de menos algunas partes del manuscrito de su obra maestra «La Divina Comedia». Durante meses, sus hijos, Jacopo y Piero, registraron la casa entera y todos los papeles de su padre. Habían perdido ya toda esperanza cuando Jacopo soñó que veía a su padre vestido de blanco y bañado de una luz etérea. Preguntó a la visión si el poema se había completado. Dante asintió con la cabeza y señaló a Jacopo un lugar secreto en su viejo gabinete. Con un abogado amigo de Dante como testigo, Jacopo fue al lugar indicado en el sueño. Allí había una pequeña persiana fija a la pared. Al levantarla encontraron un ventanuco. En su interior había algunos papeles cubiertos de moho. Los sacaron cuidadosamente, rasparon el moho y pudieron leer las palabras de Dante. Con ello se completó «La Divina Comedia». De no haber sido por la fantasmagórica visión soñada, uno de los más grandiosos poemas del mundo habría quedado inconcluso. LA NIÑA QUE FUE POR EL MEDICO Solicitó ayuda para su madre un mes después de su propia muerte El doctor S. Weir Mitchell, eminente neurólogo de la Filadelfia del siglo xix, quedó adormecido en su butaca una tarde de invierno, tras una agotadora jornada de trabajo en su clínica. Le despertó el timbre de la puerta, y al abrirla vio en el escalón a una niña con un raído chai sobre los hombros y tiritando de frío. Le pidió que fuese con ella a ver a su madre que, según le explicó, estaba desesperadamente enferma. El doctor la siguió por las nevadas calles hasta una vieja casa, y la chiquilla le guió escaleras arriba. Allí encontró a una enferma, a la que reconoció como antigua sirvienta de su casa. Diagnosticó que padecía neumonía y envió a buscar las medicinas que necesitaba. Mitchell acomodó a la enferma lo mejor que pudo y la felicitó por tener una hija tan obediente. La hija había muerto Al escucharlo, la anciana lo miró sorprendida y le dijo: «Mi hija murió hace un mes. En aquel armario están sus zapatos y su chai.» El médico encontró allí el mismo chai que había visto sobre los hombros de la patética muchacha que llamó a su puerta. Estaba doblado y seco, y era imposible que hubiera sido utilizado a la intemperie aquella noche bajo la rigurosa nevada. La chica que le condujo a la casa no apareció jamás. EL SUENO TRUNCADO DE XANADU El insensible comportamiento de un agente de seguros Kubla Khan», el famoso poema de Samuel Taylor Coleridge, ha permanecido envuelto en el misterio desde que se publicó por vez primera en 1816, veinte años después de haber sido escrito en una ocasión en que el poeta estaba escaso de dinero. Coleridge explicó que las 54 líneas no eran más que un simple fragmento de una gloriosa visión inspirada por un sueño de opio. El sueño habría sido truncado por una interrupción y se había perdido para siempre. Lo soñó mientras se hallaba en una solitaria granja de Exmoor recuperándose de una enfermedad. Había tomado dos granos de opio con fines medicinales (aunque la verdad es que era adicto) y al despertarse comenzó a escribir el poema sumido en un éxtasis de inspiración. Cuando llegó a: Porque el que se ha alimentado del rocío de la miel, Y ha bebido la leche del Paraíso fue interrumpido por un agente de seguros de la cercana ciudad de Porlock. Coleridge trató desesperadamente de librarse del intruso, pero, de un modo u otro, le entretuvo durante una hora hablando de finanzas. Por más que lo intentó, Coleridge - no pudo reanudar su visión del legendario mundo de Xanadú. Todo lo que le quedó fue el primer fragmento de «Kubla Khan», que durante veinte años consideró que no merecía la pena de ser publicado. FUEGOS INTERIORES Extraños casos de bombas incendiarias humanas Una noche de octubre, a fines de la década de los 50, una linda secretaria de 19 años que se hallaba bailando con su novio en una discoteca de Londres estalló, de repente, envuelta en llamas, ante el pánico de los asistentes. Como alimentado por una tempestad interior, el fuego estalló furiosamente en el pecho y la espalda, rodeando su cabeza e inflamándole el pelo. En pocos segundos se convirtió en una antorcha humana, y antes de que su horrorizado acompañante y las demás personas de la sala pudiesen sofocar las llamas la joven había muerto. Con las manos vendadas a causa de las quemaduras, el novio testimonió a la policía: «No había nadie fumando en la sala de baile. No había velas sobre las mesas, ni vi que su vestido se prendiese en sitio alguno. Sé que parece increíble, pero me dio la sensación de que las llamas surgían hacia fuera, como si se originasen dentro de su cuerpo.» Otros testigos coincidieron con él, y el desconcertante veredicto del juez instructor fue «muerte producida por un fuego de carácter desconocido». Raro, pero real Por fortuna, casos tan terribles de combustión humana espontánea son raros, pero ocurren, y han sido recogidos por la historia. En el norte de Essex (Inglaterra) en el siglo xvn, una anciana fue hallada mortal-mente abrasada en su casa. Aunque el calor debió de haber sido intenso, ninguna otra cosa, ni siquiera las ropas de la cama donde yacía, estaban siquiera chamuscadas. «Nadie sabe lo que esto presagia», dijo un observador refiriéndose sin duda al Fuego eterno, aunque no dijo por qué. Bengalas luminosas Más recientemente, un contratista de obras del condado inglés de York sacó la mano por la ventanilla de su automóvil para saludar cuando pasaba ante una de sus obras. Un instante después era pasto de las llamas. Asimismo, un conductor de Cheshire fue encontrado totalmente incinerado en la cabina de su camión. El Daily Telegraph de Londres informó: «Los testigos de la policía testimoniaron que habían encontrado el depósito de gasolina lleno e intacto por el fuego; las puertas de la cabina se abrieron fácilmente, pero el interior era "un verdadero horno". El juez instructor se declaró incapaz de determinar cómo había ocurrido el accidente.» Pocos años después, el Reynold's News registraba la trágica muerte en Londres de un hombre que, mientras caminaba por la calle, «pareció explotar. Sus ropas ardieron furiosamente, su cabello se inflamó y las botas de suela de goma se fundieron en sus pies». Cuantiosos daños Al parecer, no siempre estas bombas incendiarias humanas son autodestructivas. El profesar-Robin Beach, de Brooklyn, fundador de:..,la. agencia científica ...de ^.detectives Robin -Ügach Engineers Associated, opina que estas'desdichadas personas son involuntariamente responsables de daños por incendio que cuestan' millones, dé dólares al año. Uno de sus primeros clientes fue el propietario de- uña fábrica de Ohio, cuya instalación fue hechizada y padeció hasta ocho pequeños incendios diarios. Conjeturas científicas La solución del profesor Beach fue convencer a cada uno de los empleados de la fábrica para que, sucesivamente, pisaran una una placa metálica sosteniendo un electrodo; al mismo tiempo observaba la lectura de un voltímetro electrostático. Uno de los trabajadores era una joven recién empleada; cuando pisó la placa metálica, el voltímetro registró un tremendo salto. Marcó 30.000 voltios electrostáticos y una resistencia de 500.000 ohmios. Prudentemente, el profesor Beach recomendó que fuese trasladada a otra sección de la fábrica donde no estuviese en contacto con materiales combustibles. El profesor explicó que, bajo ciertas condiciones (por ejemplo, el caminar sobre alfombras durante el tiempo seco), casi todo el mundo puede acumular una carga electrostática de hasta 20.000 voltios. De aquí la sacudida que a veces experimentamos al tocar la puerta del coche u otra superficie metálica. Generalmente, la electricidad se descarga sin causar daño por la punta del cabello; sin embargo, el profesor afirma que hay personas —quizá una de cada 100.000— cuya piel anormalmente seca les permite generar hasta 30.000 voltios instantáneos. Peligro para otros En ciertas circunstancias, tales personas pueden resultar muy peligrosas. Pudieron, por ejemplo, haber sido los detonadores que provocaron explosiones en quirófanos de hospitales cuya atmósfera contenía una mezcla de aire y vapor de la anestesia. Además, el profesor está convencido de que los operarios de fábricas de armamento y de refinerías de petróleo deberían ser reconocidos obligatoriamente para descubrir si poseen el tipo de piel que retiene cargas eléctricas más persistentemente que otras personas. Citó el ejemplo de un hombre que demostró ser un riesgo para sí mismo: «En un caso que investigué, un conductor decidió comprobar si necesitaba agua la batería de su coche. Era un día seco y frío de otoño, y el hombre caminó unos pasos sobre la calzada de hormigón, levantó la capota del coche y desenroscó los tapones de la batería. Inmediatamente se produjo una explosión al inflamarse el hidrógeno que desprendía la batería del coche recién estacionado. El conductor resultó gravemente herido.» UNA VOZ EN LA NOCHE Desde hace 400 años, una mujer llora a sus hijos AL dar la medianoche se escucha en el corazón de México un pavoroso grito que viene repitiéndose desde hace más de cuatro siglos. La lúgubre voz es la de una mujer que se lamenta diciendo: «¡Ay mis hijos, mis po-brecitos hijos, mis desdichados hijos!» Es La Llorona, que con la ropa rasgada y manchada de sangre anda errante por las noches llorando su pesar. Según una leyenda del siglo xvi, en la ciudad de México fue ajusticiada en la horca una mujer acusada de haber dado muerte a sus hijos. La tradición conserva el nombre de aquella desdichada Medea americana que como la heroína de la tragedia griega mató a sus hijos para vengar el abandono de su amante. Se llamaba doña Luisa de Olveros, y era una bella mujer de los primeros años de la Colonia, descendiente de indígena y español, que, seducida por don Ñuño de Montescla-ros, tenía dos hijos de tan apuesto y noble capitán español. La tradición agrega otros detalles: cuando doña Luisa, cada vez más olvidada de su antes solícito y rendido amante, se decide a rondar la opulenta mansión de los Montesclaros, llegan a su oído los ecos de la rumbosa fiesta en que don Ñuño celebra su matrimonio con rica dama de la nobleza. La infeliz logra hablar con él, y al ser rudamente rechazada, comprende que a causa de su sangre indígena jamás será considerada como una mujer digna de su seductor. Rasgando sus vestidos y bañada en lágrimas llega a donde se hallan sus inocentes hijos, a quienes da muerte, en un acceso de locura, con un pequeño puñal que conserva como regalo de don Ñuño. Tinta en sangre recorre luego las calles de la ciudad lanzando un grito de dolor inacabable, hasta que es aprehendida por la justicia virreinal. Desde entonces, por todo el territorio de la Nueva España se escucha a la medianoche el grito penetrante que eriza los cabellos: ¡Ay mis hijos, mis pobrecitos hijos, mis desdichados hijos! Y no es difícil desentrañar el verdadero sentido de la leyenda: se trata de la raza vencida, simbolizada en el personaje de La Llorona, que mata a sus hijos para que no sean esclavos en la misma tierra en donde antes fueron señores, y que con sus rotos ropajes ensangrentados cruza la noche de México llorando el dolor de la Conquista. VENGANZA DE ULTRATUMBA Asesino capturado por el fantasma de su victima En una oscura noche de invierno de 1826, James Farley, respetable agricultor de Cambelltown, en el sur de Australia, caminaba cerca de una casa perteneciente a un hombre llamado Frederick Fisher. Sentada en una balaustrada vio una figura que señalaba hacia un punto en la dehesa cercana. Tan siniestra era la figura que Farley huyó, convencido de haber visto a un fantasma. Fisher era un reo en libertad provisional que se había convertido en próspero granjero. Poco antes de ser encarcelado por deudas había transferido todos sus bienes a otro ex convicto amigo suyo, llamado Geor-ge Worrall, para evitar que fuesen embargados por sus acreedores. A los seis meses de prisión había regresado inesperadamente. El 26 de junio de 1826, meses antes de que Farley se encontrase al fantasma, se había visto a Fisher salir de una taberna de Cambelltown, después de pasar muchas horas bebiendo, y no se le había vuelto a ver. Worrall propaló la historia, perfectamente razonable, de que Fisher había vuelto a Inglaterra en el barco Lady Vincent. Pero tres meses después de la desaparición de Fisher, las autoridades desconfiaron y publicaron un anuncio en la Sydney Gazette, ofreciendo una recompensa de 20 libras por el descubrimiento del cuerpo de Fisher. Worrall fue interrogado por la policía porque se le había visto usar unos pantalones que se sabía pertenecieron a Fisher. Entonces acusó a otros cuatro hombres de haber asesinado a su amigo, y declaró que los había visto hacerlo. Historia tan inverosímil despertó las sospechas oficiales. Fue entonces cuando Farley vio al fantasma. A insistencia de Farley se desplazó a la dehesa un policía con un rastreador indígena. Allí encontró trazas de sangre humana en una balaustrada y, en el punto que había indicado el fantasma, descubrieron el cuerpo de Fisher salvajemente golpeado, enterrado en un pantano poco profundo. Worrall fue declarado culpable del homicidio y, antes de su ejecución, confesó a un sacerdote que había matado a Fisher, aunque dijo que el golpe fue accidental. Es todo, comenten y recomienden!!! Fuente:El gran libro de lo asombroso e inaudito
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