El día de la bomba
La Guerra Fría tuvo un inesperado y dramático epílogo el pasado día 5 de noviembre, cuando una cabeza nuclear del arsenal de la extinta Unión Soviética estalló en las manos de los técnicos que pretendían desactivarla. La tragedia se saldó con un balance de 3.000 víctimas y el completo silencio de los medios de comunicación occidentales.
Artículo de Santiago Camacho publicado en el núm. 58 de Enigmas.
¿Es posible ocultar algo tan grande como el estallido de una bomba atómica? Parece ser que sí a juzgar por lo sucedido el pasado 5 de noviembre, de lo cual ningún medio de comunicación la más mínima reseña. Ni más ni menos que 3.000 fueron las víctimas del más grave accidente nuclear desde la tragedia de Chernobil.
La agencia de noticias Asia News Service informó de que "una cabeza nuclear de veinte megatones correspondiente a un misil intercontinental SS-18 había explotado accidentalmente". Todo sucedió cuando en cumplimiento del tratado START 1 un grupo de técnicos se disponía a desmantelar el artefacto. No hay que saber mucho de periodismo para darse cuenta de que estamos ante una auténtica noticia de primera plana, sin embargo, hasta la fecha, ningún medio de comunicación importante se ha hecho eco de ello; tan sólo la prensa rusa emitió al parecer breves comunicados que aparecieron ocupando espacios minúsculos de los rotativos de este país.
En esos comunicados se hacía mención de que el alto mando del ejército ruso había informado puntualmente a los líderes políticos y militares de occidente, incluido el presidente Clinton.
En esta ocasión, ENIGMAS ha tenido que moverse en un terreno resbaladizo en el que la información es difícil de contrastar dado el velo de secreto que rodea todo lo relacionado con el cumplimiento de los tratados de desarme nuclear. Tan sólo hemos podido contar con la citada nota de prensa, un extenso reportaje publicado en el diado Tennesee Times y algunas informaciones adicionales que de forma solapada corren por Internet en sitios especializados en inteligencia, espionaje y temas de conspiración. la razón de esta anómala situación es que en los términos del tratado START I imponen severas restricciones de censura a los medios de comunicación de los países firmantes, dada la delicada naturaleza de la materia que se trata. No es para menos, a fin de cuentas las cláusulas del tratado determinan que los Estados Unidos y la Federación Rusa deberán deshacerse paulatinamente de sus formidables flotas de submarinos y bombarderos nucleares, sus nutridos arsenales de mísiles intercontinentales y buena parte de sus cabezas nucleares tanto tácticas como estratégicas. Si a ello le unimos que en los últimos tiempos los Estados Unidos no están del todo tranquilos respecto a la honradez de sus socios del Este, y que buena parte del esfuerzo de la inteligencia de este país se centra precisamente en comprobar la veracidad de las aseveraciones rusas, parecen claras las razones de todo este secreto.
Un nuevo telón de acero
Así pues, aparte de comunicados oficiales medidos con cuentagotas, informes llenos de cifras que nada dicen al profano y ruedas de prensa en las que manda el consabido "sin comentarios", no existe virtualmente ningún dato de cómo se está llevando a cabo uno de los procesos más relevantes y delicados de la Historia de la Humanidad. A pesar del final de la Guerra Fría, el que un periodista pretenda visitar un silo de mísiles en las nevadas llanuras de Siberia o en los tórridos desiertos de Nuevo México, por vacíos que teóricamente se encuentren, es, hoy por hoy, algo que sigue perteneciendo al terreno de la ciencia-ficción.
En el caso norteamericano no es tanto mantener a salvo sus secretos, si no sabidos por lo menos sospechados por su propia opinión pública, sino que la gente esté lo menos informada posible de la terrible amenaza militar que sigue representando Rusia, lo cual tendría desastrosas consecuencias políticas, lo mismo para demócratas que para republicanos. Para personas que han sabido mantener en secreto gravísimos hechos sucedidos dentro de sus propias fronteras, ocultar algo que ha sucedido en la otra parte del mundo no deja de ser un juego de niños. Así pues, ¿cómo podemos saber que está ocurriendo actualmente con un arsenal nuclear como el ruso que, a día de hoy, está virtualmente fuera de control?
Todos hemos tenido suerte, incluidos los encubridores. Si veinte megatones de poder nuclear desbocado hubieran estallado en las proximidades de un gran núcleo de población nos encontraríamos ante un número de víctimas que se contaría por centenares de miles, quizá millones, y ante un hecho histórico que cambiaría para siempre el pensamiento de los habitantes de todo el planeta. Sin embargo, no ha sido así, por tanto, todo queda como estaba. No obstante, bueno es que sepamos las circunstancias del hecho. Según los datos que tenemos, el misil en cuestión estaba programado para dirigirse ni más ni menos que a Nueva York en caso de ser lanzado. Para acabar con este Titán de la industria bélica había solamente nueve técnicos provistos de herramientas muy sencillas, del tipo de las que podemos comprar en cualquier ferretería (ya se sabe que en Rusia las cosas no están para muchas sofisticaciones).
Nadie sabe qué es lo que ocurrió realmente. Lo que sí se sabe, es que el miedo inicial a que se descubriese toda la historia en cuanto la nube radiactiva se desplazase hacia zonas densamente pobladas de Rusia y Europa, se disipó rápidamente al comprobarse que los vientos se llevaban la nube tóxica directamente hacia el Círculo Polar Ártico. De haber llegado la radiación a cualquier estación de seguimiento medioambiental de Occidente, usted ya conocería la noticia por los grandes medios de comunicación y yo estaría escribiendo ahora mismo sobre ovnis y conspiraciones, que se supone que es lo mío. El caso del conocido articulista sobre temas estratégicos Michael R. Boldrick es sumamente ilustrativo sobre los grados de confidencialidad con los que se pretende llevara cabo esta anunciada como "acción humanitaria". Boldrick solicitó acudir en calidad de observador a Rusia para ver con sus propios ojos cómo se desmantelaba parte del arsenal nuclear soviético. Su interés no era sólo profesional, a fin de cuentas él mismo había sido uno de los encargados de la defensa norteamericana durante la Guerra Fría. Sin embargo, cuál no seria su sorpresa al comprobar que sus antiguos jefes le denegaban el permiso. Según le dijeron, "ningún periodista está autorizado a obtener más información que la que el Departamento de Defensa facilitase por los canales oficiales. Las fotografías serán las oficiales y las notas de prensa reproducidas textualmente. La presa no estaba autorizada a tener ningún contacto con el personal militar o diplomático implicado del cumplimiento del tratado START I".
Cuando se investiga el origen de estas extrañas normas nos encontramos con otra bonita pirueta diplomática ya que los estadounidenses culpan de ello a los rusos, y éstos, como no podía ser menos, a los norteamericanos. Quien quiera hallar por sí mismo la solución tendrá que entendérselas con las 280 tediosas páginas que forman el texto conocido del tratado. Y digo conocido porque, como no, también cuenta con un buen número de cláusulas secretas.
El artículo 8, párrafo sexto, es el responsable de que en un mundo teóricamente libre en el que la prensa, o al menos eso se nos ha dicho, es el cuarto poder, exista un texto legal que establece una abierta censura sobre determinados temas. Es más, este texto otorga a una potencia extranjera (Rusia) la capacidad de vetar cualquier información que sobre la cuestión se pretenda facilitar al público de Norteamérica.
Información oficial
La única información oficial con la que cuenta el pueblo norteamericano consiste en un informe anual que emite el congreso bajo lo especificado en la sección 22 del Acta de Control de Armas y Desarme. La edición de este año, suscrita por el presidente Clinton, contiene algunas interesantes críticas hacia la postura rusa en todo este proceso.
Por ejemplo, de una manera ciertamente escueta, se señala que los rusos "se niegan sistemáticamente a que los inspectores norteamericanos tomen ciertas medidas críticas".
¿Qué quiere decir esto? Básicamente, que los rusos no están permitiendo a sus colegas del otro bloque comprobar satisfactoriamente que el tratado está siendo llevado tal como fue suscrito. Por supuesto que existe una comisión de arbitrio encargada de solventar todos estos conflictos pero, como suele suceder en el terreno de la alta diplomacia, tiende a ser una institución de cara a la galería y ciertamente ineficaz. De todos es conocido el caos imperante dentro del ejército de la antigua Unión Soviética y es muy poco probable que los rusos deseen tener testigos de los avatares, a veces surrealistas, que están presidiendo todo su proceso de desarme.
El portavoz oficial de la comisión Matthew Murphy, rehúsa sistemáticamente a responder en qué consiste en concreto ese desacuerdo, lo cual no deja de levantar suspicacias tanto entre la clase política norteamericana, como entre el público en general. No olvidemos que en ese país aún existe cierta paranoia en cuanto a la "amenaza soviética". De cualquier forma, cada vez que se le hace una pregunta incómoda, Murphy contesta de forma invariable "eso es materia reservada".
No sólo eso, sino que violando flagrantemente los términos del tratado, Rusia ha dejado de notificar en varias ocasiones sus ejercicios militares de alto nivel, como por ejemplo sucedió en 1993. Murphy afirma que eso también es información clasificada dado que "afecta directamente a las relaciones bilaterales entre los dos países".
El último de estos incidentes tuvo lugar el pasado 22 de junio, cuando los rusos decidieron unilateralmente probar un misil del tipo SS-25. la maniobra simulaba, ni más ni menos, que un ataque por sorpresa contra los Estados Unidos e incluía la participación de bombarderos estratégicos y submarinos nucleares. En esta ocasión el portavoz Murphy, por no poder, ni siquiera podía confirmar que tales maniobras hubiesen tenido lugar. ¿Es realmente alarmante la situación? Juzguen ustedes mismos. Rusia aún controla un arsenal cifrado en más de 9.000 cabezas nucleares operativas. Si a ello le sumamos la inestabilidad política crónica de este país y el hecho de que la antiguo dirigente del KGB y actual presidente Vladimir Putin sigue siendo un misterio para los analistas políticos de todo el mundo, digamos que la situación no es precisamente para dormir a pierna suelta. Para rematar la faena, existen más que insistentes rumores entre los expertos en geopolítica y estrategia global de que estamos viviendo una nueva fase de rearme en el ejército de Moscú.
Mientras tanto, en los Estados Unidos, más ahora que nos encontramos en plena campaña electoral, nadie quiere cargar con la pesada culpa de volver a echar sobre las espaldas del pueblo americano el fantasma ya olvidado de la Guerra Fría. Por tanto, como en otras facetas de la vida política americana, lo que impera es la ley del silencio. Todo ello con una ventaja adicional, no hay libertad de prensa ni periodista de investigación que pueda saltarse en modo alguno las férreas restricciones informativas que plantea el articulado del tratado START I.
Nils Bohmer, un físico nuclear afincado en Noruega, nos pinta otra faceta preocupante de este cuadro: "La crisis económica ha hecho aún más peligrosa la situación. En la vida diaria rusa existen problemas mucho más acuciantes que el de la contaminación nuclear. Cosas tan elementales como la comida no están ni siquiera aseguradas. Hay tripulaciones enteras de submarinos nucleares armados hasta los topes de mísiles intercontinentales que llevan más de cinco meses sin cobrar su paga. Si a ello le sumamos que la cosecha de patatas este año ha sido especialmente mala, con poca imaginación podemos hacernos una idea bastante exacta de las medidas de seguridad con las que está custodiado ese armamento".
Peligro nuclear
Lo presuntamente ocurrido en aquel remoto rincón de Siberia puede volver a ocurrir en cualquier momento (cuando se escribió este artículo aún no había tenido lugar la catástrofe del Kursk). Tomemos como ejemplo la ciudad de Murmansk, en otro tiempo la mayor base naval de la Unión Soviética. En mitad del Puerto, olvidado de todos y a sólo 300 m de un bloque de apartamentos yace un viejo submarino nuclear de la clase Hotel. Nadie se atreve a tocarlo, y pensar en moverlo constituye una temeridad ya que dado su estado se piensa que incluso podría estallar en un momento dado. No muy lejos, en un viejo buque de servicio corroído por el óxido, se almacenan núcleos de reactores nucleares navales en precarios contenedores que, de romperse, podrían ocasionar un Chernobil a pequeña escala.
Más o menos lo que está sucediendo en la bahía de Andreeva, a poco más de 40 Km de la frontera noruega, donde el búnker de hormigón que almacena una considerable cantidad de residuos radiactivos se está resquebrajando lentamente por acción del tiempo, los factores climáticos, la falta de dinero y la desidia. La situación no es mucho mejor para el resto de la antigua armada soviética. En lugares como la península de Kola, donde hay almacenado un arsenal de armas de destrucción masiva que haría las delicias de cualquier dictador sediento de causar de dolores de cabeza a Occidente, el material está en un estado de decadencia tal que no sólo lo hace inservible, sino extremadamente peligroso para aquellos que tienen que custodiarlo. No hay medios materiales, económicos o humanos con los que llevara cabo adecuadamente esta delicada labor. El mercado del material nuclear soviético está virtualmente abierto al mejor postor. Un peligro, no sólo por la eventualidad de que pequeñas potencias se decidan a llevara cabo su propio programa de armamento atómico, sino porque cualquier organización terrorista podría con una pequeña cantidad de este material y un artefacto explosivo convencional levantar una nube de polvo radiactivo que dejase virtualmente inhabitable durante años un gran núcleo de población.
El que antaño fuera el ejército más disciplinado del planeta se ha convertido en pocos años en una banda de descamisados capaces de cualquier tropelía. Son ya vados los casos de motines en buques de la armada rusa, psicópatas que cogen rehenes o simplemente asesinan sin ton ni son a sus propios compañeros, como sucedió el 11 de septiembre de 1999 a bordo de un submarino nuclear de la clase Akula. Los accidentes son frecuentes, el estado del material deplorable y los mandos de algunas naves tienen miedo de zarpar y no responden de lo que pueda suceder durante la singladura. La propia ciudad de Murmansk ha sufrido en sus propias carnes el terror provocado por una falsa alarma nuclear: Rumores, colegios vacíos, píldoras de iodo distribuidas entre la población... Una espada de Damocles que pende perpetuamente sobre las cabezas de 370.000 habitantes.
A pesar de que la Unión Europea, Noruega y los Estados Unidos están ayudando económicamente a Rusia para que pueda poner una solución óptima a su problema nuclear, se estima en no menos de 1.500 millones de dólares la cantidad precisa para terminar con las ruinas nucleares de la Guerra Fría.
La Guerra Fría tuvo un inesperado y dramático epílogo el pasado día 5 de noviembre, cuando una cabeza nuclear del arsenal de la extinta Unión Soviética estalló en las manos de los técnicos que pretendían desactivarla. La tragedia se saldó con un balance de 3.000 víctimas y el completo silencio de los medios de comunicación occidentales.
Artículo de Santiago Camacho publicado en el núm. 58 de Enigmas.
¿Es posible ocultar algo tan grande como el estallido de una bomba atómica? Parece ser que sí a juzgar por lo sucedido el pasado 5 de noviembre, de lo cual ningún medio de comunicación la más mínima reseña. Ni más ni menos que 3.000 fueron las víctimas del más grave accidente nuclear desde la tragedia de Chernobil.
La agencia de noticias Asia News Service informó de que "una cabeza nuclear de veinte megatones correspondiente a un misil intercontinental SS-18 había explotado accidentalmente". Todo sucedió cuando en cumplimiento del tratado START 1 un grupo de técnicos se disponía a desmantelar el artefacto. No hay que saber mucho de periodismo para darse cuenta de que estamos ante una auténtica noticia de primera plana, sin embargo, hasta la fecha, ningún medio de comunicación importante se ha hecho eco de ello; tan sólo la prensa rusa emitió al parecer breves comunicados que aparecieron ocupando espacios minúsculos de los rotativos de este país.
En esos comunicados se hacía mención de que el alto mando del ejército ruso había informado puntualmente a los líderes políticos y militares de occidente, incluido el presidente Clinton.
En esta ocasión, ENIGMAS ha tenido que moverse en un terreno resbaladizo en el que la información es difícil de contrastar dado el velo de secreto que rodea todo lo relacionado con el cumplimiento de los tratados de desarme nuclear. Tan sólo hemos podido contar con la citada nota de prensa, un extenso reportaje publicado en el diado Tennesee Times y algunas informaciones adicionales que de forma solapada corren por Internet en sitios especializados en inteligencia, espionaje y temas de conspiración. la razón de esta anómala situación es que en los términos del tratado START I imponen severas restricciones de censura a los medios de comunicación de los países firmantes, dada la delicada naturaleza de la materia que se trata. No es para menos, a fin de cuentas las cláusulas del tratado determinan que los Estados Unidos y la Federación Rusa deberán deshacerse paulatinamente de sus formidables flotas de submarinos y bombarderos nucleares, sus nutridos arsenales de mísiles intercontinentales y buena parte de sus cabezas nucleares tanto tácticas como estratégicas. Si a ello le unimos que en los últimos tiempos los Estados Unidos no están del todo tranquilos respecto a la honradez de sus socios del Este, y que buena parte del esfuerzo de la inteligencia de este país se centra precisamente en comprobar la veracidad de las aseveraciones rusas, parecen claras las razones de todo este secreto.
Un nuevo telón de acero
Así pues, aparte de comunicados oficiales medidos con cuentagotas, informes llenos de cifras que nada dicen al profano y ruedas de prensa en las que manda el consabido "sin comentarios", no existe virtualmente ningún dato de cómo se está llevando a cabo uno de los procesos más relevantes y delicados de la Historia de la Humanidad. A pesar del final de la Guerra Fría, el que un periodista pretenda visitar un silo de mísiles en las nevadas llanuras de Siberia o en los tórridos desiertos de Nuevo México, por vacíos que teóricamente se encuentren, es, hoy por hoy, algo que sigue perteneciendo al terreno de la ciencia-ficción.
En el caso norteamericano no es tanto mantener a salvo sus secretos, si no sabidos por lo menos sospechados por su propia opinión pública, sino que la gente esté lo menos informada posible de la terrible amenaza militar que sigue representando Rusia, lo cual tendría desastrosas consecuencias políticas, lo mismo para demócratas que para republicanos. Para personas que han sabido mantener en secreto gravísimos hechos sucedidos dentro de sus propias fronteras, ocultar algo que ha sucedido en la otra parte del mundo no deja de ser un juego de niños. Así pues, ¿cómo podemos saber que está ocurriendo actualmente con un arsenal nuclear como el ruso que, a día de hoy, está virtualmente fuera de control?
Todos hemos tenido suerte, incluidos los encubridores. Si veinte megatones de poder nuclear desbocado hubieran estallado en las proximidades de un gran núcleo de población nos encontraríamos ante un número de víctimas que se contaría por centenares de miles, quizá millones, y ante un hecho histórico que cambiaría para siempre el pensamiento de los habitantes de todo el planeta. Sin embargo, no ha sido así, por tanto, todo queda como estaba. No obstante, bueno es que sepamos las circunstancias del hecho. Según los datos que tenemos, el misil en cuestión estaba programado para dirigirse ni más ni menos que a Nueva York en caso de ser lanzado. Para acabar con este Titán de la industria bélica había solamente nueve técnicos provistos de herramientas muy sencillas, del tipo de las que podemos comprar en cualquier ferretería (ya se sabe que en Rusia las cosas no están para muchas sofisticaciones).
Nadie sabe qué es lo que ocurrió realmente. Lo que sí se sabe, es que el miedo inicial a que se descubriese toda la historia en cuanto la nube radiactiva se desplazase hacia zonas densamente pobladas de Rusia y Europa, se disipó rápidamente al comprobarse que los vientos se llevaban la nube tóxica directamente hacia el Círculo Polar Ártico. De haber llegado la radiación a cualquier estación de seguimiento medioambiental de Occidente, usted ya conocería la noticia por los grandes medios de comunicación y yo estaría escribiendo ahora mismo sobre ovnis y conspiraciones, que se supone que es lo mío. El caso del conocido articulista sobre temas estratégicos Michael R. Boldrick es sumamente ilustrativo sobre los grados de confidencialidad con los que se pretende llevara cabo esta anunciada como "acción humanitaria". Boldrick solicitó acudir en calidad de observador a Rusia para ver con sus propios ojos cómo se desmantelaba parte del arsenal nuclear soviético. Su interés no era sólo profesional, a fin de cuentas él mismo había sido uno de los encargados de la defensa norteamericana durante la Guerra Fría. Sin embargo, cuál no seria su sorpresa al comprobar que sus antiguos jefes le denegaban el permiso. Según le dijeron, "ningún periodista está autorizado a obtener más información que la que el Departamento de Defensa facilitase por los canales oficiales. Las fotografías serán las oficiales y las notas de prensa reproducidas textualmente. La presa no estaba autorizada a tener ningún contacto con el personal militar o diplomático implicado del cumplimiento del tratado START I".
Cuando se investiga el origen de estas extrañas normas nos encontramos con otra bonita pirueta diplomática ya que los estadounidenses culpan de ello a los rusos, y éstos, como no podía ser menos, a los norteamericanos. Quien quiera hallar por sí mismo la solución tendrá que entendérselas con las 280 tediosas páginas que forman el texto conocido del tratado. Y digo conocido porque, como no, también cuenta con un buen número de cláusulas secretas.
El artículo 8, párrafo sexto, es el responsable de que en un mundo teóricamente libre en el que la prensa, o al menos eso se nos ha dicho, es el cuarto poder, exista un texto legal que establece una abierta censura sobre determinados temas. Es más, este texto otorga a una potencia extranjera (Rusia) la capacidad de vetar cualquier información que sobre la cuestión se pretenda facilitar al público de Norteamérica.
Información oficial
La única información oficial con la que cuenta el pueblo norteamericano consiste en un informe anual que emite el congreso bajo lo especificado en la sección 22 del Acta de Control de Armas y Desarme. La edición de este año, suscrita por el presidente Clinton, contiene algunas interesantes críticas hacia la postura rusa en todo este proceso.
Por ejemplo, de una manera ciertamente escueta, se señala que los rusos "se niegan sistemáticamente a que los inspectores norteamericanos tomen ciertas medidas críticas".
¿Qué quiere decir esto? Básicamente, que los rusos no están permitiendo a sus colegas del otro bloque comprobar satisfactoriamente que el tratado está siendo llevado tal como fue suscrito. Por supuesto que existe una comisión de arbitrio encargada de solventar todos estos conflictos pero, como suele suceder en el terreno de la alta diplomacia, tiende a ser una institución de cara a la galería y ciertamente ineficaz. De todos es conocido el caos imperante dentro del ejército de la antigua Unión Soviética y es muy poco probable que los rusos deseen tener testigos de los avatares, a veces surrealistas, que están presidiendo todo su proceso de desarme.
El portavoz oficial de la comisión Matthew Murphy, rehúsa sistemáticamente a responder en qué consiste en concreto ese desacuerdo, lo cual no deja de levantar suspicacias tanto entre la clase política norteamericana, como entre el público en general. No olvidemos que en ese país aún existe cierta paranoia en cuanto a la "amenaza soviética". De cualquier forma, cada vez que se le hace una pregunta incómoda, Murphy contesta de forma invariable "eso es materia reservada".
No sólo eso, sino que violando flagrantemente los términos del tratado, Rusia ha dejado de notificar en varias ocasiones sus ejercicios militares de alto nivel, como por ejemplo sucedió en 1993. Murphy afirma que eso también es información clasificada dado que "afecta directamente a las relaciones bilaterales entre los dos países".
El último de estos incidentes tuvo lugar el pasado 22 de junio, cuando los rusos decidieron unilateralmente probar un misil del tipo SS-25. la maniobra simulaba, ni más ni menos, que un ataque por sorpresa contra los Estados Unidos e incluía la participación de bombarderos estratégicos y submarinos nucleares. En esta ocasión el portavoz Murphy, por no poder, ni siquiera podía confirmar que tales maniobras hubiesen tenido lugar. ¿Es realmente alarmante la situación? Juzguen ustedes mismos. Rusia aún controla un arsenal cifrado en más de 9.000 cabezas nucleares operativas. Si a ello le sumamos la inestabilidad política crónica de este país y el hecho de que la antiguo dirigente del KGB y actual presidente Vladimir Putin sigue siendo un misterio para los analistas políticos de todo el mundo, digamos que la situación no es precisamente para dormir a pierna suelta. Para rematar la faena, existen más que insistentes rumores entre los expertos en geopolítica y estrategia global de que estamos viviendo una nueva fase de rearme en el ejército de Moscú.
Mientras tanto, en los Estados Unidos, más ahora que nos encontramos en plena campaña electoral, nadie quiere cargar con la pesada culpa de volver a echar sobre las espaldas del pueblo americano el fantasma ya olvidado de la Guerra Fría. Por tanto, como en otras facetas de la vida política americana, lo que impera es la ley del silencio. Todo ello con una ventaja adicional, no hay libertad de prensa ni periodista de investigación que pueda saltarse en modo alguno las férreas restricciones informativas que plantea el articulado del tratado START I.
Nils Bohmer, un físico nuclear afincado en Noruega, nos pinta otra faceta preocupante de este cuadro: "La crisis económica ha hecho aún más peligrosa la situación. En la vida diaria rusa existen problemas mucho más acuciantes que el de la contaminación nuclear. Cosas tan elementales como la comida no están ni siquiera aseguradas. Hay tripulaciones enteras de submarinos nucleares armados hasta los topes de mísiles intercontinentales que llevan más de cinco meses sin cobrar su paga. Si a ello le sumamos que la cosecha de patatas este año ha sido especialmente mala, con poca imaginación podemos hacernos una idea bastante exacta de las medidas de seguridad con las que está custodiado ese armamento".
Peligro nuclear
Lo presuntamente ocurrido en aquel remoto rincón de Siberia puede volver a ocurrir en cualquier momento (cuando se escribió este artículo aún no había tenido lugar la catástrofe del Kursk). Tomemos como ejemplo la ciudad de Murmansk, en otro tiempo la mayor base naval de la Unión Soviética. En mitad del Puerto, olvidado de todos y a sólo 300 m de un bloque de apartamentos yace un viejo submarino nuclear de la clase Hotel. Nadie se atreve a tocarlo, y pensar en moverlo constituye una temeridad ya que dado su estado se piensa que incluso podría estallar en un momento dado. No muy lejos, en un viejo buque de servicio corroído por el óxido, se almacenan núcleos de reactores nucleares navales en precarios contenedores que, de romperse, podrían ocasionar un Chernobil a pequeña escala.
Más o menos lo que está sucediendo en la bahía de Andreeva, a poco más de 40 Km de la frontera noruega, donde el búnker de hormigón que almacena una considerable cantidad de residuos radiactivos se está resquebrajando lentamente por acción del tiempo, los factores climáticos, la falta de dinero y la desidia. La situación no es mucho mejor para el resto de la antigua armada soviética. En lugares como la península de Kola, donde hay almacenado un arsenal de armas de destrucción masiva que haría las delicias de cualquier dictador sediento de causar de dolores de cabeza a Occidente, el material está en un estado de decadencia tal que no sólo lo hace inservible, sino extremadamente peligroso para aquellos que tienen que custodiarlo. No hay medios materiales, económicos o humanos con los que llevara cabo adecuadamente esta delicada labor. El mercado del material nuclear soviético está virtualmente abierto al mejor postor. Un peligro, no sólo por la eventualidad de que pequeñas potencias se decidan a llevara cabo su propio programa de armamento atómico, sino porque cualquier organización terrorista podría con una pequeña cantidad de este material y un artefacto explosivo convencional levantar una nube de polvo radiactivo que dejase virtualmente inhabitable durante años un gran núcleo de población.
El que antaño fuera el ejército más disciplinado del planeta se ha convertido en pocos años en una banda de descamisados capaces de cualquier tropelía. Son ya vados los casos de motines en buques de la armada rusa, psicópatas que cogen rehenes o simplemente asesinan sin ton ni son a sus propios compañeros, como sucedió el 11 de septiembre de 1999 a bordo de un submarino nuclear de la clase Akula. Los accidentes son frecuentes, el estado del material deplorable y los mandos de algunas naves tienen miedo de zarpar y no responden de lo que pueda suceder durante la singladura. La propia ciudad de Murmansk ha sufrido en sus propias carnes el terror provocado por una falsa alarma nuclear: Rumores, colegios vacíos, píldoras de iodo distribuidas entre la población... Una espada de Damocles que pende perpetuamente sobre las cabezas de 370.000 habitantes.
A pesar de que la Unión Europea, Noruega y los Estados Unidos están ayudando económicamente a Rusia para que pueda poner una solución óptima a su problema nuclear, se estima en no menos de 1.500 millones de dólares la cantidad precisa para terminar con las ruinas nucleares de la Guerra Fría.