La jarjaria.
Hace más o menos 3 años, un amigo de mi hermano nos contó que en su casa eso de las 12 de la noche luego de trabajar fue a su casa a dormir, pero antes de dormir tenía hambre, va justo a la cocina a ver qué hay de comer, enciende una linterna y apunta a la cocina, y se encuentra un perro que estaba de espalda. Él se acerca al perro y vio algo terrible, jamás visto en la vida, el perro tenía cara de persona, el perro, al ver al muchacho, desapareció misteriosamente. El muchacho, muy aterrado, se da cuenta de que era una jarjaria. El muchacho muy aterrado, se va a dormir, y siempre va a la misa a orar por su casa, porque teme volver a ver a la jarjaria. Este relato fue sierto, aunque no lo crean.
En la Puerta de mi cuarto
Bueno, lo que les voy a contar me pasó ya hace 5 años atrás. Cuando un día yo y mi hermana estábamos haciendo la tarea del colegio y estábamos comiendo fruta, y yo le digo a mi hermana. Ya hay que votar este mango ya está podrido y de pronto se abre la puerta de mi cuarto y entró una anciana, todo de negro, chiquita, no más ella y nos hiso una seña, como pidiendo en mango que nosotras lo íbamos a votar y nos hiso una seña, como pidiéndola. Como ella tenía hambre y yo con mi hermana, nos asustamos mucho por ella, me dijo. Vistes lo que vi y yo le dije sí, qué fue, no sé, y salimos corriendo del cuarto.
He vuelto
Todavía recuerdo su cara cuando la encontramos, estaba pálida y apenas pudo gesticular palabra. Aquella presencia la había alejado de nosotros para siempre. Sólo pudo señalar un espejo en el que estaba escrito: "He Vuelto"; entonces comprendimos que ninguno de nosotros lograríamos enterrar el recuerdo de Laura. Nunca debimos permitir que Laura pasara por eso, deberíamos haber pedido ayuda, pero no hicimos nada. Nos quedamos callados. Por eso aquella noche Laura volvió. María fue la única que la vio y desde ese momento, la perdimos para siempre.
La liebre
Era una espléndida mañana de un mes veraniego. José jugaba plácidamente con su pelota de colores. Una confianzuda liebre se le arrimó, con aspecto curioso. El niño la miró embelesado. La liebre le devolvió la mirada, con sus ojos completamente negros. José sintió aquella observación como si se la clavaran en la cabeza. Sus manos temblaron ligeramente, sus pupilas se dilataron, como si aquellos ojos negros lo envolvieran y lo penetraran. Quizá este sentimiento de invasión de la oscuridad fue lo que impidió a José ver que la liebre se acercaba lentamente. Entonces, el animal saltó, dirigiéndose a la cabeza del chico. Los pájaros huyeron despavoridos por el estruendoso grito que desgarró el aire. Una pelota rodó por el césped. Un cuerpo inerte yacía ensangrentado en un jardín. Un pequeño animal se agazapaba sobre aquella masa de carne inmóvil, regodeándose con el triunfo de su batalla y la sangre del caído.
Cuento triste
Una tarde me contó que su padre bebía. Me contó que su padre bebía cuando él era un niño. Bebía para olvidar las penas y a veces olvidaba que tenía un hijo. Los sábados, pasado el divorcio, su madre lo duchaba y lo vestía con sus prendas más bonitas. Siempre un jersey azul. Su color favorito era el azul. Aún a veces se viste de azul. Le echaba un chorro de colonia en el pelo y lo peinaba como a un niño serio, como un príncipe pequeño. A la hora de la merienda iban juntos al parque y esperaban al padre. Él bien peinado, vestido de azul. Después de la hora de la merienda llega la hora de la cena. Él y su madre en el parque. No había rastro del padre. No había padres en el parque. Sólo madres e hijos que pasada la hora de la cena se volvían solos a casa, sin hambre y sin padres. Tristes, bien peinados y azules. Se metían juntos en la cama y juntos leían susurrando un cuento. Un cuento para olvidar, pero todos los cuentos les parecían demasiado tristes esos días y entonces cerraban las tapas duras del libro infantil, repleta de dibujos tiernos, lo empujaban con cuidado debajo de la cama y cerraban los ojos. Sólo entonces, una vez ya se habían rendido, se permitían el lujo de despeinarse.