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Viaje triunfal al infierno

Info7/13/2009


Para ser creíble, la Iglesia tiene que detectar, denunciar, expulsar y personarse como acusación particular contra estos sacerdotes malvados que han abusado sexualmente de niños aprovechándose de la fe. Cualquier otra opción puede ser piadosa e incluso honesta, pero también es indolente, ineficaz e incívica. Y, lo que es peor, reduce al delincuente a la condición de simple pecador


No tiene el magnetismo de su predecesor, no es un líder carismático, a la usanza de la cultura mediática actual; y, por no parecer, no parece que su mandato pueda marcar la historia del pontificado. Sin embargo, algo es cierto: Benedicto XVI es un hombre capaz de sobreponerse a sus carencias, con el tesón propio del carácter germánico. Si llegó a su pontificado con la pesada carga de su papel como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe - y, como tal, martillo implacable de la teología de la liberación-, pronto demostró que quería ser un Papa abierto al diálogo. Si auguraba un pontificado rigorista, sorprendió por algunas ideas avanzadas, en los límites que el término avanzado puede aplicarse a su ideario. Si parecía un ultracatólico irredento, demostró una mirada amplia de las otras religiones y avanzó en los caminos interreligiosos. Si era un conspicuo y relevante estudioso de la teología, pronto demostró que le preocupaban las cuestiones terrenales, tanto como las elucubraciones intelectuales. En definitiva, y con rigor, Joseph Ratzinger ha demostrado cualidades que no se le suponían y, lentamente, va conquistando un cierto carisma a la germana, en la línea homóloga al carisma de su compatriota Angela Merkel. Es decir, no es simpático, pero resulta cercano. No es flexible, pero no parece inflexible. Y siendo una personalidad adusta, cultiva el verbo y la palabra, con más garbo y asiduidad de lo que era previsible.

En el caso de Benedicto XVI, esa personalidad sorprendente ha aflorado, con notable eficacia, en su viaje por Estados Unidos, y en ella radica parte del éxito conseguido. ¡Quién iba a imaginar que el hombre que calló sonoramente cuando era el prefecto de la Doctrina de la Fe, y se destaparon los escándalos de abusos sexuales a menores en la Iglesia católica, sería el hombre que pediría perdón, una y otra vez, hasta convertir su gesto de contrición en el principal mensaje de su viaje! Como Ratzinger, puso sordina al magno escándalo que salpicaba al catolicismo norteamericano. Como Benedicto XVI, le ha puesto luz y micrófonos, y ha espantado al diablo, no escondiéndolo, sino mostrando la naturaleza del monstruo. En perspectiva mediática, la estrategia ha sido brillante. En perspectiva moral, su sentida contrición, hecha desde la alta tribuna de su cargo, tiene un profundo calado. En perspectiva religiosa, llega tarde, pero llega, y ya sabemos que, si los caminos del Señor son inescrutables, los del Vaticano tienden a ser horrorosamente lentos. Tarde, pues, merece el aplauso, no en vano, nunca es tarde si se hace lo correcto.

Sin embargo, ¿se ha hecho lo correcto? Personalmente creo que Benedicto XVI ha sido valiente. Pero sus disculpas me saben a poco, porque el tema que tratamos no es sólo un pecado, es, por encima de todo, un grave delito, cuyas consecuencias afectan de por vida a las víctimas. Si la Iglesia católica quiere ser realmente eficaz en la lucha contra la pederastia, no basta con tener un Papa que reza por los niños y pide perdón en los micrófonos de la CNN. Si, como líder espiritual, los rezos son pertinentes, como el gran líder social que también es, lo pertinente es denunciar policialmente, perseguir penalmente y expulsar a los verdugos, de su seno. Si Benedicto XVI sólo reza y se disculpa, está enviando un mensaje de impunidad legal a los abusadores y, sorprendentemente, está cultivando el relativismo moral que tanto denuesta en sus discursos. Para ser creíble, la Iglesia tiene que detectar, denunciar, expulsar y personarse como acusación particular contra estos sacerdotes malvados que han abusado sexualmente de niños aprovechándose de la fe. Cualquier otra opción puede ser piadosa e incluso honesta, pero también es indolente, ineficaz e incívica. Y, lo que es peor, reduce al delincuente a la condición de simple pecador. En el fondo, Dios convertido en escudo de protección del delito.


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