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excelentes experimentos sociales parte II

Info9/16/2009

la importancia de lo que nos pasa antes de los 6 años



Lo que les pasa a los niños antes de los 6 años influye en cómo se comportarán cuando sean adultos. “Una gestión deficiente, privada de cariño y de inteligencia, de las emociones de un niño, en edades muy cortas, incide de manera muy directa en el comportamiento de este niño cuando es adulto”.









El Síndrome de Asperger: literalmente









autismo y neuronas espejo







El experimento de conformismo de Ash



¿Qué barra es igual a la de la izquierda? ¿A, B o C?




La respuesta es evidente: la A. Pero imaginen que están realizando esta prueba en una sala llena de gente que dice que es la B. El 32% de los sujetos sometidos a estudio respondieron de forma errónea si tres personas de la sala también lo hacían.



El experimento del espectador apático.



Dos personas, situadas en habitaciones diferentes, están manteniendo una conversación mediante un intercomunicador. En un momento dado, una de las personas simula un ataque epiléptico. En esas condiciones, el 85% de los sujetos corren a ver qué le ocurre a su interlocutor. Cuando se informaba de que en la conversación había otras cuatro personas, sólo el 31% corría a auxiliar al afectado.





Meterse en el papel





La obediencia es un elemento tan básico en la estructura de vida social como uno puede indicar. Algúno sistemas de autoridad es una exigencia de toda la vida comunal, y esto es sólo la persona que mora en el aislamiento que no fuerzan a responder, con el desafío o la sumisión, a las órdenes de otros. Para muchas personas, obediencia es una tendencia de comportamiento profundamente inculcada, de verdad una anulación de impulso potente que se entrena en la ética, la compasión, y la conducta moral.




El párrafo de arriba es el primero de un artículo publicado en 1974 por el psicólogo Stanley Milgram titulado The Perils of obedience. Milgram realizó uno de los experimentos que mejor ilustran lo hija de puta que puede llegar a ser una persona.

Se utilizan dos personas para el experimento. Una (el alumno) es conducida a una habitación y, con la otra presente (el profesor), es atada a una silla y se le colocan electrodos por el cuerpo. El profesor, tras presenciar este proceso, es conducido a una habitación contigua y situado frente a un panel de mandos con trece interruptores que, según le explican, producen descargas en la persona que está atada a la silla (desde 14 hasta 450 voltios). Los interruptores están etiquetados por grupos: “Shock leve”, “shock moderado”, “shock fuerte”, “shock muy fuerte”, “shock intenso”, “shock extremadamente intenso”, “peligro: shock severo”. Los dos últimos conmutadores están marcados simplemente con XXX.

La prueba consiste en hacer una serie de preguntas y en activar uno de los interruptores cuando el alumno comete un error. El voltaje se incrementa con cada respuesta errónea, y en todo momento hay junto al profesor un supervisor controlando el experimento. A los 75 voltios, el estudiante gruñe, a los 120 se queja en voz alta, a los 150 pide ser liberado y dejar el experimento y a los 285 grita agónicamente.

Lo que hay en la otra habitación realmente es un actor. Pero la persona que está delante del panel de mandos no lo sabe.

De los 40 sujetos empleados en la primera tanda de experimentos, 25 siguieron las instrucciones del supuesto supervisor hasta el final. En repeticiones sucesivas se consiguió que hasta un 85% de las personas puestas a prueba obedeciesen las instrucciones. Milgram demostró (según una de las interpretaciones) que cuando una persona se ve a sí misma como una herramienta de una autoridad superior que carga con la responsabilidad de sus actos, se entra en una dinámica del todo vale. Y que no te pillen por medio.



Impactante experimento social en el metro de Washington





¿Qué cosa nos estamos perdiendo en el día a día? Esta pregunta surgió de un experimento social realizado por el Washington Post en una estación del metro de la ciudad de Washington, ¿cómo estamos nosotros al respecto?

Un hombre se sentó en una estación del metro en Washington y comenzó a tocar el violín, en una fría mañana de enero. Durante los siguientes 45 minutos, interpretó seis obras de Bach. Durante el mismo tiempo, se calcula que pasaron por esa estación algo más de mil personas, casi todas camino a sus trabajos

Pasaron tres minutos hasta que alguien se detuvo ante el músico. Un hombre de mediana edad alteró por un segundo su paso y advirtió que había una persona tocando música.

Un minuto más tarde, el violinista recibió su primera donación: una mujer arrojó un dólar en la lata y continuó su marcha

Algunos minutos más tarde, alguien se apoyó contra la pared a escuchar, pero enseguida miró su reloj y retomó su camino.

Quien más atención prestó fue un niño de 3 años. Su madre tiraba del brazo, apurada, pero el niño se plantó ante el músico. Cuando su madre logró arrancarlo del lugar, el niño continuó volteando su cabeza para mirar al artista. Esto se repitió con otros niños. Todos los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha

En los tres cuartos de hora que el músico tocó, sólo siete personas se detuvieron y otras veinte dieron dinero, sin interrumpir su camino. El violinista recaudó 32 dólares. Cuando terminó de tocar y se hizo silencio, nadie pareció advertirlo. No hubo aplausos, ni reconocimientos.

Nadie lo sabía, pero ese violinista era Joshua Bell, uno de los mejores músicos del mundo, tocando las obras más complejas que se escribieron alguna vez, en un violín tasado en 3.5 millones de dólares. Dos días antes de su actuación en el metro, Bell colmó un teatro en Boston, con localidades que promediaban los 100 dólares.

Esta es una historia real. La actuación de Joshua Bell de incógnito en el metro fue organizada por el diario The Washington Post como parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las prioridades de las personas. La consigna era: en un ambiente banal y a una hora inconveniente, ¿percibimos la belleza? ¿Nos detenemos a apreciarla? ¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado?

Tan sólo una mujer le reconoció. Stacy Fukuyama, que trabaja en el Departamento de Comercio, llegó casi al final de su actuación. No lo dudó ni un segundo: el que tocaba el violín no era ningún artista callejero. Le había visto hacía tres semanas en un concierto en la Biblioteca del Congreso. Y se quedó mirando, atónita, hasta que la última nota salió del Stradivarius.

"Ha sido lo más impactante que he visto en Washington", reconoce. "Joshua Bell estaba allí tocando en hora punta, y la gente no se paraba, ni siquiera miraba. ¡Algunos incluso le echaban monedas! ¡Cuartos de dólar! Yo eso no se lo haría a nadie". Lo que más extrañó a Bell, sin embargo, fue que al final de cada pieza no pasaba "nada". Nada. Ni un bravo, ni un aplauso. Sólo silencio.

En total, Bell almacenó en la funda de su Stradivarius 32 dólares y algo de calderilla. "No está mal", bromea, "casi 40 dólares la hora... podría vivir de esto. Y no tendría que pagarle a mi agente".

Una de las conclusiones de esta experiencia, podría ser la siguiente: Si no tenemos un instante para detenernos a escuchar a uno de los mejores músicos interpretar la mejor música escrita, ¿qué otras cosas nos estaremos perdiendo?



Experimento Social - Ascensores




Este estudio social realizado hace ya varios años muestra el comportamiento de la gente en grupos, en este caso más precisamente dentro de un ascensor.
es un estudio real, que muestra como la gente copia el comportamiento de la mayoría, a pesar de saber que están equivocados o que están haciendo algo ilógico.






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