WALSH de Barzi
Recluido en su escritorio, Walsh escribe. Tiene la camisa arremangada; tras sus enormes anteojos, los ojos cansados, el sudor frío le recorre la frente, la taza de café por la mitad. Junto a la máquina de escribir, una pila de hojas corregidas a mano con algunas notas al pie agregadas. En el piso se encuentra un tacho lleno de bollitos de papel. Siempre fue lento para escribir, pero esta vez lleva un ritmo fluido; es mucho lo que tiene que decir y es importante que se diga rápido. La investigación le llevó meses, pero los testimonios que consiguió son reveladores y los cabos se fueron atando uno por uno.
<Alguien de los servicios se enteró que hay un curioso indagando sobre los muertos de León Suarez, tendrías que tener más cuidado>-le dijo un amigo. Walsh está de acuerdo. lo mejor en ese momento sería cambiarse el nombre y esconderse en su casa del Tigre. Eso lo mantendría alejado y le propiciaría el lugar tranquilo para poder escribir. A partir de ahora y hasta que termine su denuncia, pasará a llamarse Francisco Freyre, pero nosotros lo seguiremos llamando Walsh, para no generar confusiones.
Tan sólo una frase lo había movilizado a realizar esta denuncia. Mientras estaba sentado en un bar de La Plata, alguien le dijo: <hay un fusilado que vive>. Esta contradicción en si misma disparará todo el libro. El fusilado que vive se llama Livraga, quien le cuenta esta historia increíble que Walsh creerá enseguida.
A medida que comienza la investigación descubre que hay siete sobrevivientes más. Walsh no duda un segundo, en ir a buscar a uno por uno para que le cuente su versión de los hechos.
Pero volvamos al Tigre, Walsh se recuesta en la cama con la satisfacción de haber comenzado a terminar su libro. Al mismo tiempo, empieza a sentir nostalgia, una mezcla de melancolía y satisfacción que se tiene al terminar un libro. pero si bien el trabajo está listo, él sabe que esto recién comienza.
Veinte años pasaron, Walsh se sienta otra vez frente a su Olympus. Esta vez no está en el Tigre, sino en su casa de San Vicente. Está agotado, con miedo. Su corazón destruido, ya no escribe por placer. Su hija menor está sentada a su lado, Walsh la mira triste,los dos extrañan a Vicky. Hace unos años que el país es un caos, muchos de los amigos del escritor desaparecieron y también su hija mayor. Walsh sabe que puede ser el próximo, pero no le importa.
En su escritorio hay pilas de informes y denuncias que él ha recopilado. Sabe que lo que tiene quema, pero también sabe que eso no puede ser callado. Su mujer le acerca un mate, Walsh lo acepta en silencio, ya es hora de empezar a terminar.
Tímidamente empieza a escribir, a medida que agarra ritmo se considera más fuerte, las ganas comienzan a brotar y, otra vez, siente satisfacción. En ese instante se da cuenta que no es el solo quien está ahí, también está Vicky y sus amigos que se fueron, están los que no se animan a contar lo que pasa y también los que lo desconocen.
Walsh escribe y esta vez no se equivoca, no hace correcciones, no rompe ninguna hoja. La carta está terminada, solo quedará enviarla a todos lados.
Esa noche duerme tranquilo, hace años que no siente esa paz. Al despertar, su mujer lo apura para que vaya a entregarle las cartas a sus compañeros y le consigue un disfraz de jubilado. Walsh se viste frente a la risa de su hija. En su entrepierna guarda una pistola Walther PPK, calibre 22; en sus bolsillos, varias copias de la denuncia y bajo su anillo, una pastilla de cianura que no dudará en tomar si se ve acorralado.
Walsh sale de su casa, abraza a su mujer y a su hija, antes de irse se da vuelta y les regala una sonrisa, esa sonrisa quedará en la retina de su familia, su última sonrisa.
Al llegar a Constitución comienza a caminar, el disfraz le resulta incómodo, sobre todo el sombrero que se le patina junto a la peluca y tiene que acomodarse varias veces para no quedar pelado. Mira el reloj, son las 14hs. en minutos tiene que enocntrarse con compañeros para entregarles las copias. Al llegar a la calle San Juan siente un escalofrío, al instante se da cuenta que lo están siguiendo. Mete su mano en el pantalón y toma su revólver, deja de cojear y comienza a apurar sus pasos, pero llegando a Sarandí escucha un alto por detrás y ve que dos personas se le tiran encima. En una maniobra digna de un enganche, Walsh esquiva a los tipos y corre, saca su pistola y comienza a disparar, un tiro da en la rodilla de uno de los tipos. Alguien grita que no lo maten, pero el comisario Weber no escucha la orden y le acierta tres tiros en la espalda al escritor. Walsh cae desplomado y muere en el acto.
El comisario revisa los bolsillos de Walsh y encuentra las cartas y un documento-<Francisco Freyre se hace llamar el hijo de puta>- se dice para sí. El cuerpo de Walsh es llevado a la seccional y alguien se ocupará de hacerlo desaparecer.
Walsh yace tranquilo en una camilla, sus ojos descansados ya no se refugian trás sus anteojos, parece que duerme en paz, como se duerme cuando alguien está satisfecho. En otra punta del mapa su mujer le entrega las copias a sus compañeros, ahora sí su trabajo está concluido.
Recluido en su escritorio, Walsh escribe. Tiene la camisa arremangada; tras sus enormes anteojos, los ojos cansados, el sudor frío le recorre la frente, la taza de café por la mitad. Junto a la máquina de escribir, una pila de hojas corregidas a mano con algunas notas al pie agregadas. En el piso se encuentra un tacho lleno de bollitos de papel. Siempre fue lento para escribir, pero esta vez lleva un ritmo fluido; es mucho lo que tiene que decir y es importante que se diga rápido. La investigación le llevó meses, pero los testimonios que consiguió son reveladores y los cabos se fueron atando uno por uno.
<Alguien de los servicios se enteró que hay un curioso indagando sobre los muertos de León Suarez, tendrías que tener más cuidado>-le dijo un amigo. Walsh está de acuerdo. lo mejor en ese momento sería cambiarse el nombre y esconderse en su casa del Tigre. Eso lo mantendría alejado y le propiciaría el lugar tranquilo para poder escribir. A partir de ahora y hasta que termine su denuncia, pasará a llamarse Francisco Freyre, pero nosotros lo seguiremos llamando Walsh, para no generar confusiones.
Tan sólo una frase lo había movilizado a realizar esta denuncia. Mientras estaba sentado en un bar de La Plata, alguien le dijo: <hay un fusilado que vive>. Esta contradicción en si misma disparará todo el libro. El fusilado que vive se llama Livraga, quien le cuenta esta historia increíble que Walsh creerá enseguida.
A medida que comienza la investigación descubre que hay siete sobrevivientes más. Walsh no duda un segundo, en ir a buscar a uno por uno para que le cuente su versión de los hechos.
Pero volvamos al Tigre, Walsh se recuesta en la cama con la satisfacción de haber comenzado a terminar su libro. Al mismo tiempo, empieza a sentir nostalgia, una mezcla de melancolía y satisfacción que se tiene al terminar un libro. pero si bien el trabajo está listo, él sabe que esto recién comienza.
Veinte años pasaron, Walsh se sienta otra vez frente a su Olympus. Esta vez no está en el Tigre, sino en su casa de San Vicente. Está agotado, con miedo. Su corazón destruido, ya no escribe por placer. Su hija menor está sentada a su lado, Walsh la mira triste,los dos extrañan a Vicky. Hace unos años que el país es un caos, muchos de los amigos del escritor desaparecieron y también su hija mayor. Walsh sabe que puede ser el próximo, pero no le importa.
En su escritorio hay pilas de informes y denuncias que él ha recopilado. Sabe que lo que tiene quema, pero también sabe que eso no puede ser callado. Su mujer le acerca un mate, Walsh lo acepta en silencio, ya es hora de empezar a terminar.
Tímidamente empieza a escribir, a medida que agarra ritmo se considera más fuerte, las ganas comienzan a brotar y, otra vez, siente satisfacción. En ese instante se da cuenta que no es el solo quien está ahí, también está Vicky y sus amigos que se fueron, están los que no se animan a contar lo que pasa y también los que lo desconocen.
Walsh escribe y esta vez no se equivoca, no hace correcciones, no rompe ninguna hoja. La carta está terminada, solo quedará enviarla a todos lados.
Esa noche duerme tranquilo, hace años que no siente esa paz. Al despertar, su mujer lo apura para que vaya a entregarle las cartas a sus compañeros y le consigue un disfraz de jubilado. Walsh se viste frente a la risa de su hija. En su entrepierna guarda una pistola Walther PPK, calibre 22; en sus bolsillos, varias copias de la denuncia y bajo su anillo, una pastilla de cianura que no dudará en tomar si se ve acorralado.
Walsh sale de su casa, abraza a su mujer y a su hija, antes de irse se da vuelta y les regala una sonrisa, esa sonrisa quedará en la retina de su familia, su última sonrisa.
Al llegar a Constitución comienza a caminar, el disfraz le resulta incómodo, sobre todo el sombrero que se le patina junto a la peluca y tiene que acomodarse varias veces para no quedar pelado. Mira el reloj, son las 14hs. en minutos tiene que enocntrarse con compañeros para entregarles las copias. Al llegar a la calle San Juan siente un escalofrío, al instante se da cuenta que lo están siguiendo. Mete su mano en el pantalón y toma su revólver, deja de cojear y comienza a apurar sus pasos, pero llegando a Sarandí escucha un alto por detrás y ve que dos personas se le tiran encima. En una maniobra digna de un enganche, Walsh esquiva a los tipos y corre, saca su pistola y comienza a disparar, un tiro da en la rodilla de uno de los tipos. Alguien grita que no lo maten, pero el comisario Weber no escucha la orden y le acierta tres tiros en la espalda al escritor. Walsh cae desplomado y muere en el acto.
El comisario revisa los bolsillos de Walsh y encuentra las cartas y un documento-<Francisco Freyre se hace llamar el hijo de puta>- se dice para sí. El cuerpo de Walsh es llevado a la seccional y alguien se ocupará de hacerlo desaparecer.
Walsh yace tranquilo en una camilla, sus ojos descansados ya no se refugian trás sus anteojos, parece que duerme en paz, como se duerme cuando alguien está satisfecho. En otra punta del mapa su mujer le entrega las copias a sus compañeros, ahora sí su trabajo está concluido.