Estereotipos lácteos
Por Silvio Pratto
De un tiempo a esta parte, la realización de películas biográficas ha reflotado con una fuerza particular. Los resultados son disímiles y la fuerza de atracción de las figuras que se intentan retratar, por momentos puede ejercer un proceso de validación similar a aquel del que hablaba Foucault en referencia al orden del discurso, en este caso, aplicado a la obra o las características particulares que hacen a una figura, lo suficientemente importante como para que su vida, obra o historia sea reflejada en la pantalla grande.
Con “Milk” Gus Van Sant vuelve a demostrar su afán documentalista. Así como en la formidable “Elephant” el director norteamericano apuntó sus cañones digitales hacia un hecho histórico como la Masacre de Columbine, en esta película centra su atención en la figura de Harvey Milk, político y activista gay norteamericano; y primer funcionario en acceder a un cargo público asumiendo abiertamente su condición sexual.
Así, con la leche en el fuego, Van Sant comenzó a gestar esta biopic de tintes pluralistas. Sin maniqueísmos –que se esperan, cuando las sanas intenciones de no demonizar a un sector o persona particular se tornan demasiado evidentes- y con lo dicho, claras intenciones abarcativas e integradoras… propósitos que se diluyen con un mensaje político no lo suficientemente corrosivo, aunque en honor a la verdad, algo ácido e intenso.
La película no deja claro si pretende que el espectador se alinee con la causa gay, o que reflexione a partir de la absorción de argumentos plausibles. Sin embargo, el mástil que sostiene a la bandera multicolor –como una metáfora fálica involuntaria- revela un mensaje claro: si bien la problemática gay gira en torno al libre albedrío sexual, el sexo no gira en torno a la vida de una persona homosexual. El sencillo concepto de que el sexo para un gay representa lo mismo que para un heterosexual, es abordado nuevamente, con la terca convicción de que los cerebros pacatos serán capaces de entender que detrás de todo ese telón genital, hay personas con vidas que no son devoradas por una libido insaciable, sino más bien, como las de cualquier ser humano al que le gusta sentarse a mirar televisión después de cenar.
Lo curioso, es que a pesar de construir este verídico escenario, la gran fisura de la cinta es la innecesaria construcción de la identidad gay desde un estereotipo, ese que muestra a Harvey Milk como un amante de la ópera, impresionable, soñador y amanerado hasta el hastío, recurso que tan sólo exacerba una sensiblería útil a los fines de sumarle dramatismo a la cinta, pero que se transforma en un molde que hace del universo queer un espacio plagado de lugares comunes.
Por eso Sean Penn en ningún momento fagocita la película. Su actuación es excelente, como se preveía –teniendo en cuenta sus pergaminos- pero dista mucho de ser la mejor de su carrera. La figura de Harvey Milk es retratada con una rigurosidad mentirosa, que se evidencia en el intencional parecido de los actores con las verdaderas personas (Penn utilizó una nariz postiza para lograr una semejanza física aún mayor) y se apoya demasiado en el documental precedente sobre la vida del activista.
En cuanto a los personajes secundarios, James Franco y Emile Hirsch generan interpretaciones mucho más sutiles y trabajadas que las de un Josh Brolin injustamente nominado a mejor actor de reparto, un Diego Luna que como gay latino perdido y obnubilado repulsa con su insoportable patetismo, y de una Alison Pill que lleva adelante un papel sin ningún pasaje destacado. Todos ellos conforman el séquito activista que siguió al político californiano en su cruzada por los derechos civiles de los homosexuales, durante el férreo movimiento de liberación sexual vivido en San Francisco en la década del 70.
El guión de Dustin Lance Black tiene interesantes recursos narrativos, con el protagonista oficiando por momentos de narrador y con algunos flashbacks muy oportunos. Además, hay un buen trabajo intertextual, reproduciendo los videos originales en los que se anuncian los asesinatos de Harvey Milk y el Alcalde Moscone, y el registro audiovisual de las revueltas entre homosexuales y policías en los bares de la calle Castro.
Y así, en esa vorágine ideológica y cultural, surge la concepción de la pluralidad como ideal inalcanzable, dorado fetiche de quienes se atreven a asomar a un mundo distinto. La utopía de un planeta equitativo en la voz de quien se sabía diferente… como todos. Las velas que iluminaron San Francisco tras la muerte del activista, son el corolario de un trabajo mediocre de Gus Van Sant y al mismo tiempo sirven como contraste, para revelar una película sin demasiadas luces.