Bien entrada ya la segunda mitad del siglo XII, un mongol llamado Yesugei, de cuna bastante noble aunque no lo suficiente para poder aspirar a khan de los mongoles, salió de su campamento en los confines orientales de Mongolia, entre los ríos Onon y Kerulen, con intención de sellar un compromiso matrimonial en beneficio de su hijo mayor, Temujin. La familia vivía básicamente de la cría de cabras y ovejas, de la recolección y pesca sistemática y del botín esporádico que proporcionaban los raids continuos contra otras tribus, en especial los tártaros, que se movían por tierras algo más hacia el este que los mongoles. Otras tribus poblaban en aquel siglo XII las tierras que se extienden al sur del Baikal: las que jugaran un papel más destacado en esta historia se situaban al sur del lago Baikal: al este los mongoles y los tártaros, al sur los kereit cuyo jefe, Toguril, era hermano jurado de Yesugei, al norte los merkit y al oeste los naiman, todos los cuales podrían ser calificados de turco mongoles. Alianzas matrimoniales y hermanos de sangre entremezclaban los clanes, pero los robos y raptos eran tantos que uno de sus shamanes diría que preferían pelearse que descansar. El nombre del chico que cabalgaba con Yesugei venía probablemente del de un cautivo tártaro con el que su padre llegó a la yurta familiar justo cuando nacía su primogénito, y después de él, siempre a intervalos de dos años, nacieron otros cuatro y dos más se sumaron a la familia procedentes de una esposa secundaria. Yesugei y Temujin que tenía 9 años cabalgaron por la estepa con un par de remontas en busca de una tribu con la que Yesugei quería reforzar las alianzas a través del compromiso matrimonial del pequeño, pero uno de los nómadas con los que se cruzaron en el camino tenía a su vez una hija de 10 años y la transacción resultó conveniente para ambos padres. Para sellar el trato Yesugei aceptó que su hijo se quedara a vivir y a trabajar con la tribu de su futura mujer: poco más tenía para ofrecer, pero dejó como regalo uno de los caballos de repuesto y como última recomendación, la de que el niño tenía miedo de los perros. En el camino de regreso, Yesugei se topó con un grupo de tártaros quienes, aunque le ofrecieron bebida en honor de las leyes de hospitalidad de la estepa, se la envenenaron en venganza por sus pasadas andanzas. Yesugei consiguió llegar a su campamento, pero murió a los pocos días no sin antes pedir a uno de sus seguidores que fuera a recuperar a Temujin para que ayudara a su madre y a sus hermanos. Las correrías de Yesugei le habían atraído un cierto número de seguidores y le habían proporcionado un prestigio dentro de su clan: pero sus hijos eran demasiado pequeños para transferirles lealtad alguna y es posible que su esposa principal, Ho’elun, se negara a cumplimentar algunas de las costumbres de la estepa, negándose, por ejemplo, a casarse con el hermano menor de su difunto marido. Ho’elun se quedó sola con los seis niños y un pequeño grupo de servidores: durante seis años vivieron sobre todo de la pesca y la recolección, azuzados por el hambre y por las razzias de otras tribus, que trataban de robarlos y capturarlos. Aunque en una de estas expediciones la tribu de los merkit capturó al adolescente Temujin y le colocó una pesada canga de madera al cuello para impedirle la fuga, el joven tuvo la astucia de aprovechar el momento para escapar, la destreza de servirse de la canga para flotar escondido entre los juncos de la ribera, y la habilidad de ganarse la simpatía de otros jóvenes que le ayudaran a liberarse del pesado yugo y a huir. Esta capacidad de atracción iba a convertirse en una de sus fuerzas principales: a los quince años contaba ya con un reducido grupo de seguidores y pudo reclamar su antigua prometida que le fue entregada junto con un abrigo de marta cibelina en calidad de dote. Las primeras alianzas En el camino de regreso, el grupo en que iban Temujin y su joven esposa Börte se desvió para ir a visitar al poderoso khan de los kereit, Toguril, al que Temujin ofreció el abrigo de marta cibelina a cambio de renovar la alianza que le había unido a su padre. Apenas llegados al campamento familiar, un ataque de los merkit acabaría con el rapto de la joven Börte: el rapto de mujeres era algo muy habitual entre las tribus para ahorrarse los costes de la dote y evitarse los peligros inherentes a los largos desplazamientos por la estepa en busca de mujeres. El mismo Yesugei había raptado a la madre de Temujin cuando ésta era conducida como desposada a un jefe merkit y el rapto de Börte era una venganza previsible. Temujin tardó unos meses en poner en marcha sus alianzas, en especial la reciente e importante que le unía con el gran khan kereit, pero al final consiguió organizar una expedición punitiva y recuperar a Börte, aunque el embarazo de la joven enturbiaría un tanto la legitimidad de su primogénito. Ésta fue la primera victoria de Temujin y, a partir de aquí, fue dominando las tribus una tras otra. Los peor parados fueron los tártaros, que desaparecieron literalmente de la historia: en venganza por la muerte de su padre, Temujin hizo matar a todos los hombres, bebés incluidos, y repartió entre sus tropas a las mujeres. Sus gestas no tardaron en proporcionarle seguidores, de todas las tribus y de todos los estratos sociales, atraídos tanto por su fama de leal y justo con su gente como por las crecientes expectativas de botín. Pero los movimientos de Temujin habían sacudido los equilibrios de la estepa y no tardó en tener enemigos acérrimos, tanto entre los jefes de tribus rivales que ambicionaban para ellos el título de khan, como entre los grandes jefes de clan, que veían con recelo creciente las innovaciones que Temujin introducía en sus filas: aunque el joven seguía las pautas tradicionales de organización militar de la estepa, dividiendo a sus huestes en grupos decimales de 10, 100, 1.000 y 10.0000 hombres, estas agrupaciones eran intertribales y promovían una lealtad que se orientaba a la unidad militar más que a la propia tribu. Temujin, que era un extraordinario evaluador de dirigentes, tanto militares como civiles, vinculaba el rango a la capacidad y no al nacimiento, exasperando con ello a los aristócratas de la estepa. En los confines de la estepa, Temujin fue capaz de reconocer los talentos escondidos de un pastor, un sirviente, un oscuro criador de ovejas y de darles el mando y la oportunidad de convertirse en algunos de los generales más audaces e inteligentes de la historia de la humanidad. Esta capacidad para reconocer y aprovechar talentos le acompañará toda su vida y le permitirá contar con administradores realmente capaces entre los pueblos vencidos. Al final, en los primeros años del siglo XIII, consiguió imponerse a todos, incluso a los muy recalcitrantes naiman, situados ya muy a occidente y que, con un fuerte componente nestoriano y el uso de la escritura uyghur, eran en aquel momento la tribu más civilizada de la estepa. La victoria fue fácil y decisiva, aunque el hijo del rey huyó para refugiarse en el reino de los Kara Khitai, situado más allá del Pamir, donde no tardaría en usurpar el trono. Este cristiano nestoriano que se convirtió al budismo y desde su nueva fe organizó persecuciones implacables contra cristianos y musulmanes e impuso tasas exorbitantes a la población de su nuevo reino, crearía un terreno abonado para la intervención posterior de los mongoles. En 1206 Temujin dio por unificada Mongolia en un solemne Quriltai o Asamblea general de las tribus, dejando atrás 20 años de luchas ininterrumpidas durante los cuales se habían impuesto a la vez el predominio de los mongoles sobre las restantes tribus y el del joven khan sobre todos ellos. De hecho, no sabemos qué edad tenía en aquel momento: nació entre 1155 y 1167, pero los historiadores suelen escorar hacia la segunda cifra, sobre todo para poder atribuir el ímpetu de las conquistas a un hombre más joven. El Quriltai de 1206 le nombró Gengis Khan, un título inventado para la ocasión que podría traducirse por khan oceánico o universal. Fue también esta asamblea la que decidió adoptar el uyghur para escribir el mongol que hasta entonces había sido sólo una lengua hablada: el hecho de que Gengis ordenara que todos sus generales aprendieran a leer y a escribir permite imaginar que tenía ya in mente formas más estables de organización. Fue también en esta fecha cuando, tras premiar explícitamente a todos sus leales familiares y seguidores que constituirán partir de ahora el núcleo duro de las conquistas mongolas, se estructuró un cierto aparato judicial, aunque la idea extendida de que Gengis promulgó aquí un código sistematizado de leyes, conocido como la Gran Yasa, carece totalmente de fundamento. Sin duda se dictaron disposiciones, algunas de las cuales, como la que prohibía las razzias, raptos y robos, chocaban frontalmente con las tradiciones de la estepa. La religión, a la que tan a menudo recurren los fundadores de imperios para estructurar sus conquistas, no fue nunca un instrumento de poder en manos de Gengis Khan: los shamanes le concedieron la bendición del Cielo, Tengri, pero cuando su poder se consolidó en el Quriltai de 1206, el gran shaman intentó dividir la familia imperial acusando de intrigas al hermano del nuevo emperador. Alertado por su mujer, Börte, y severamente reprendido por su madre por haber dado un instante de crédito al gran shaman, Gengis hizo que le partieran el espinazo, una muerte oportuna si se quería impedir que el espíritu del difunto escapara con su sangre y vagara por los alrededores. La anécdota indica de paso que las mujeres, por mucho que se raptaran y repartieran por la estepa, tenían un peso decisivo en las decisiones familiares: el pequeño Temujin temía a los perros, y Gengis Khan jamás perdió el miedo a su madre. Sumisión de los uygures y guerra contra Xi Xia Poco después del Gran Quriltai, en 1209, los uygures, un pueblo sedentarizado, refinado y muy culto que habitaban en lo que hoy en día es la provincia china del Xinjiang, ofrecieron su vasallaje a Gengis para liberarse de las exacciones cada vez más gravosas que les imponían los Kara Khitai. La incorporación de los uygures iba a proporcionar a Gengis un primer núcleo de colaboradores competentes: con ellos aprenderá los rudimentos de la administración y uno de ellos Tara Tonga, se convertirá en uno de los más grandes funcionarios del imperio. De hecho los mongoles pudieron organizar el imperio gracias a la incorporación voluntaria o por conquista de pueblos de tradición nómada que dominaban bien las técnicas de los sedentarios. Los uygures le proporcionarán también el cuerpo de intérpretes sin el cual hubiese sido imposible afianzar un imperio en el que se hablarían más de 100 lenguas, de las que los mongoles no conocían ninguna. Pero fueron también ellos quienes pusieron en marcha el enorme potencial de conquista del nuevo imperio, ya que éstos les incitaron a luchar contra el imperio chino de los Xi Xia, una dinastía fundada por el pueblo tangut, de origen tibetano, que controlaba los tramos vitales de la Ruta de la Seda en China, encareciendo con ello el comercio al que también se libraban los uygures. De hecho, Gengis tenía tres motivos poderosos para lanzarse contra los Xi Xia. En primer lugar, tantos años de luchas habían asegurado el imperio pero habían destrozado la economía nómada: los rebaños estaban diezmados y convenían nuevos pastos que alimentaran un creciente stock. Gengis sabía que le habían nombrado khan para que proporcionara botín fresco y que no sólo le correspondía librar a Mongolia de la confusión política sino también de la incertidumbre económica. Aunque el ejército de Gengis Khan no alcanzó nunca las cifras exorbitantes que le atribuyen los cronistas de los vencidos y parece haberse mantenido siempre entre 100 y 125.000 hombres, todos ellos iban a la batalla con unas cinco monturas de repuesto, lo que explica y limita muchos de sus movimientos, así como la irritación que les producían campesinos y ciudadanos por los malos usos a que sometían la tierra. En 1209, Gengis necesitaba proporcionar hierba fresca para sus leales seguidores y las tierras de Xi Xia rebosaban de ella. El peligro de que el otro gran reino chino del norte saliera en su ayuda era muy remoto, ya que ambos reinos estaban enzarzados en litigios recurrentes. En segundo lugar, Gengis Khan era muy consciente de la importancia del comercio. Detestaba las ciudades y sus murallas pero entendía el caminar de las caravanas. El mundo de los uygures, salpicado de ricos oasis que debían su prosperidad al gran comercio, le acabó de confirmar lo que ya sabía: tasar el gran comercio podía ser una excelente y constante fuente de ingresos, mejor incluso que un botín. Las fuentes dejan constancia de que Gengis intentó, cuando menos en una ocasión la de la conquista sobre el sha de Juarezm, negociar paces que garantizaran explícitamente el fluir comercial. Las rutas de comercio formaban entonces un entramado que se deslizaba desde los confines de China hasta los grandes centros de Asia Central, India y Persia: y los Xi Xia controlaban el tramo esencial de la ruta. En tercer lugar, no cabe duda alguna sobre la ambición de poder que le marcaría toda su vida: y si bien la tradición mongol concedía al khan un poder ilimitado en tiempos de guerra, se lo reducía mucho en tiempos de paz. La fuga hacia delante de Gengis Khan parece obedecer más a esta necesidad de conservar un poder absoluto que a un plan preconcebido de conquistar el mundo, que por otra parte todavía no conocía. A pesar de tratarse de un reino relativamente pequeño, la campaña contra los Xi Xia representaba también un cambio significativo en lo que respecta a las relaciones de los imperios nómadas de la estepa con los sedentarios. Hacía más de un milenio desde la creación del imperio xiongnu en el siglo III aC en el límite norte del imperio Han que los imperios nómadas se constituían de vez en cuando en las estepas del norte y dirigían regularmente razzias contra los sedentarios. Pero conquistarlos no había entrado ni en sus planes ni en sus posibilidades: el mismo Gengis se limitó al principio a ir a por botín y a destrozar cercas y acequias para recuperar campo para los pastos. Había además el problema añadido de cómo rendir las ciudades amuralladas. Los mongoles tenían paciencia para largos cercos, pero las epidemias diezmaban a sus huestes inmovilizadas. Pronto intuyeron la importancia de los ingenieros en este tipo de guerras, pero la primera presa que construyeron para inundar a una ciudad resultó estar mal nivelada e inundó en cambio el campo de los mongoles. Gengis Khan que era siempre partidario de una política realista, prefirió firmar una paz que le garantizara sus nuevos pastos y los ingresos del comercio. La guerra contra China El contacto de Gengis con el mundo chino le había abierto nuevas perspectivas. A Oriente, entre los Xi Xia y el mar, corría el río Amarillo, y allí florecía el riquísimo reino de los Jin, establecido hacía tres cuartos de siglo por una tribu tungús, la de los jürchen, procedente de Manchuria. En 1125 los jürchen invadieron el norte de China y desplazaron a la dinastía Liao, fundada por los qidan en el 924. Los qidan eran de habla mongol, tenían una gran experiencia administrativa, y su imperio, que había establecido murallas y guarniciones en el corazón mismo de Mongolia, había sintetizado muchos aspectos de las culturas mongol y china. Pero su desplazamiento por la nueva dinastía los había marginado y su descontento pasó a engrosar el que ya sentían los propios chinos, dominados ora por unos ora por otros, y que constituían la mayoría de la población. En este contexto, la estrella de Gengis y la amenaza que ella representaba para la dinastía Jin, resultaba prometedora para muchos. Los desertores qidan y chinos que afluyeron al campamento del khan le proporcionaron una visión precisa de la crisis interna de los Jin y le aportaron también los conocimientos en las técnicas de asedio que tanto había echado de menos en sus ataques a los Xi Xia. En 1211 Gengis Khan se abatió sobre el imperio Jin, cuyo ejército era diez veces superior al suyo: jamás los hubiera vencido sin el apoyo de gran parte de los qidan y un número muy considerable de chinos que Gengis utilizó para poner en pie una infantería y para crear los cuerpos de ingenieros militares que le acompañarían desde entonces. Aunque el avance fue relativamente rápido, la campaña fue durísima para los mongoles: una flecha hirió a Gengis durante el cerco de Datong y en el verano de 1214 las epidemias diezmaron en gran parte el campamento mongol. La resistencia de los Jin enfureció a Gengis Khan, que en 1215 cercó y destruyó Pekín, llamada entonces Zhongdu, la ciudad del centro. Tras meses de asedio que dejaron exánime a la capital, y obligaron a la población al canibalismo para sobrevivir, la victoria mongol se saldó con un baño de sangre y un mes de saqueo: dicen los viajeros que años después los huesos de los muertos seguían blanqueando el paisaje. Por otra parte, los saqueos sistemáticos habían arruinado el país y por toda la China del norte los campesinos errantes acosados por la hambruna se confundían con los grupos de bandidos. La corte, sin embargo, se refugió en Kaifeng y aunque Gengis dejó en China a uno de sus mejores generales, tanto éste como él mismo murieron antes de la rendición total de los Jin en 1234: en contra de lo que se dice, las campañas mongoles sólo raramente fueron guerras relámpago. Las tropas tenían una movilidad enorme, cimentada en las remontas que llevaban tras ellos, en las tácticas de avances y retrocesos tomadas directamente de las grandes cacerías: de hecho la costumbre de contar las reses abatidas hacía que los mongoles contaran siempre las víctimas. Su insólita movilidad aterraba a sus enemigos por cuanto multiplicaba visualmente su número, mientras que su dominio de los caballos sobre los que un estribo corto permitía mantenerse en pie y disparar tanto hacia adelante como hacia atrás, se completaba con el gran alcance de sus arcos de madera, cuerno y tendones de animales cuyas flechas con aceradas puntas de hierro destrozaban objetivos a 250 metros de distancia. Pero los mongoles nunca hubiesen podido realizar su conquista es decir afianzar su posesión del territorio sin la ayuda de los qidan. Incluso es dudoso que hubiesen querido, puesto que uno de los nuevos gobernadores mongoles propuso exterminar a toda aquella población de campesinos miserables que no servían para nada, arrasar las ciudades que interrumpían el paisaje y destinar todo el espacio a pastos. El país se salvó gracias a Yelu Chucai, un joven y aristocrático funcionario qidan que presentó a Gengis Khan un cálculo de lo que se podría sacar de aquellas tierras en apariencia tan miserables si se le permitía reorganizarlas de nuevo: la enumeración de los miles de caballos, rollos de seda y medidas de trigo que fluirían anualmente de estas tierras sin riesgo alguno para sus tropas convenció definitivamente al khan y garantizó al joven qidan un lugar de confianza en su gobierno que conservaría toda su vida. Sin duda los éxitos de Gengis Khan son tanto el resultado de su capacidad militar a fin de cuentas algunas de sus gestas más espectaculares las realizaron sus generales a miles de kilómetros de él y casi por iniciativa propia como de su habilidad política y administrativa. La destrucción de la Transoxiana Los imperios Xi Xia y Jin habían quedado mermados y estaban amenazados de muerte. Pero las noticias que le llegaban de occidente desviaron de momento la atención de Gengis Khan hacia Asia Central. Por entonces ya funcionaba el yam, el sistema de correos mongol instituido por Gengis Khan, por el que las postas a intervalos fijos garantizaban una transmisión muy rápida de la información. Por otra parte, el colectivo de mercaderes musulmanes que veían con satisfacción el apoyo decidido del Khan al gran comercio, le mantenían constantemente informado de la situación de los territorios por los que pasaban las grandes rutas. Por ellos supo Gengis los desmanes a que se libraba, con la furia del converso, el naiman que había usurpado el trono de los Kara Khitai: la crucifixión del principal imam de Khotan en la puerta de la madrassa permitió a Gengis en 1218 presentarse ante las puertas de Kashgar y ser recibido como un libertador. La conquista del reino de los Kara Khitai puso a Gengis en contacto directo con otro reino, de reciente consolidación, el del sha de Juarezm, Muhammad. Se trataba de un imperio inmenso, que cubría lo que hoy en día son las repúblicas ex soviéticas de Asia Central, Afganistán y Irán. Todo parece indicar que Gengis hubiese preferido no ir a la guerra, puesto que estaba en plena campaña de China e hizo una oferta explícita de paz a Muhammad en aras a preservar las grandes rutas comerciales. Muhammad tenía motivos más que sobrados para aceptar, porque algunas de las ciudades más ricas del mundo Samarcanda, Bujara, Merv, Herat, Balkh, Nishapur se hallaban en su territorio y se nutrían de este comercio. Además, aunque contaba con un ejército inmenso, su control del territorio era reciente y discontinuo y la fidelidad de las tropas lo suficientemente aleatoria como para evitar las grandes concentraciones militares. Fue un gobernador suyo, concretamente el de Otrar, sobre el Syr Daria, el que desencadenó el desastre cuando mató a toda una caravana de comerciantes mongoles por la sospecha probablemente bien fundada de que eran espías. Cuando Gengis envió a tres embajadores para solicitar un castigo ejemplar para el gobernador de Otrar, Muhammad hizo matar a uno y devolvió los otros dos con las barbas afeitadas, insulto éste que en Asia Central resulta ser de primera magnitud. Esta vez Gengis Khan enfureció: el terror que evoca la mención de los mongoles está directamente relacionado con la terrible devastación que se abatió sobre Asia Central entre 1219 y 1221. Las ciudades que ofrecían resistencia eran arrasadas hasta sus cimientos y su población exterminada: más de una, como Bamiyan y Balkh desaparecieron simplemente del mapa. En la mayoría de los casos, los asedios en los que ahora los mongoles con sus ingenieros chinos eran de una eficacia imparable se saldaban con la masacre de las tropas defensoras y el resto de la población era conducida al exterior. Allí se separaban los artesanos, que eran enviados a Mongolia o a servir en el ejército, y el resto de la población masculina se enrolaba a la fuerza en el ejército donde servía principalmente de carne de cañón: cavar las zanjas, arrastrar las catapultas y avanzar en masa al frente de las tropas mongoles, espoleados por sus lanzas, para aumentar la sensación de número de las tropas atacantes y recibir el grueso de los proyectiles enemigos. Una vez hecho el recuento, la población se mantenía extramuros mientras los mongoles se libraban al pillaje desenfrenado y degollaban a todo aquel que encontraban escondido. Desde la retaguardia los carruajes repletos de botín y de mujeres partían entonces hacia Mongolia: las riquezas sin fin con que Gengis colmó a los mongoles fueron sin duda decisivas para cimentar la lealtad de todos los clanes y garantizar una paz y una prosperidad duradera en su territorio original. La destrucción que sembraron sus ejércitos en Asia Central fue tanta que se convirtió en una arma en sí misma: el terror paralizaba a sus víctimas, que veían venírseles encima aquella desgracia sin capacidad alguna de reacción. Uno de los que escaparon de Bujara, recorría la llanura repitiendo traumatizado: “Vinieron, asaltaron, quemaron, mataron, saquearon y marcharon”. Aunque los cronistas aterrados desorbiten las cifras de las masacres urbanas al máximo otorgando por ejemplo un millón y medio de muertos a Herat, otras destrucciones resultaron ser más devastadoras a largo plazo: con la red de canales subterráneos de regadío artificial destruida y la población campesina que los mantenía dispersada o muerta, una estepa yerma se extendió por doquier y el desierto recuperó lo que siglos de civilización le habían laboriosamente arrancado. Privadas de su base agrícola multitud de ciudades de Asia Central empequeñecieron o desaparecieron del todo: la arqueología contemporánea intenta recuperar ahora algunos de aquellos nombres ilustres. Y aún así consiguió incorporar a su administración a gentes de gran cualidad: los mercaderes musulmanes Mahmud Yalawach al Khwarazmi y su hijo Ma’sud organizarán, como había hecho Yelu Chucai en China y Tara Tonga entre los uygures, toda la administración de los nuevos territorios. A la larga, la incorporación de funcionarios y comerciantes de los pueblos vencidos convertiría a los mongoles de destructores de los imperios sedentarios en sus continuadores. El descanso del guerrero Sólo un colectivo pareció pasar indemne a través de tanta matanza, el de los religiosos, obligados eso sí de forma explícita a rogar a sus dioses por el gran khan. El shamanismo, basado en el culto a los antepasados permitía adivinar un tanto y mejorar un poco la vida actual: pero no era una religión de futuro y dejaba abierto el campo de las otras vidas para todas las demás. Todas las grandes religiones de la ruta de la seda hallaron refugio en la corte de Gengis Khan nestorianos, maniqueos, mazdeístas, budistas de todo cuño, musulmanes de todas las sectas, taoistas máxime teniendo en cuenta que todos ellos tenían fórmulas mágicas y habilidades médicas. Apenas apagado el incendio que destruyó Bujara, Gengis Khan convocó a los imames a la gran mezquita para que le instruyeran sobre la doctrina del Islam: los aterrados clérigos comprobaron que seguía con interés sus respuestas y consideraba plenamente satisfactorias sus doctrinas, con excepción del peregrinaje a la Meca que parecía chocar con su creencia de que Dios podía venerarse en cualquier rincón de la naturaleza. La más famosa de estas conversaciones tuvo lugar en pleno Hindukush, donde Gengis Khan convocó a un anciano y famosísimo monje taoísta chino, Changchun, que accedió a cruzar media Asia para entrevistarse con él: los diálogos entre ambos quedarían registrados en turco, chino, persa y mongol. Aunque lo primero que le pidió Gengis Khan fue la droga de la inmortalidad, tampoco pareció sorprenderse demasiado cuando el monje le contestó que conocía muchas formas de alargar la vida pero ninguna de detener la muerte. Cuando llegó el verano y el calor con él, monje y khan se fueron a veranear a Samarcanda, que empezaba a recuperarse de las heridas de la guerra. Sabemos que Changchun le recomendó, entre otras cosas, dormir solo un mes para recuperar energía, como sabemos también que el khan, que recibía regularmente carros repletos de mujeres de todo el mundo conocido de hecho Changchun se había negado de plano a viajar desde China con algunos de ellos, era un amante incansable y no le hizo el menor caso. También le recomendó que no cazara tanto, pero Gengis estaba precisamente soñando con volver a Mongolia y realizar allí una gran cacería. No sabemos exactamente cuantos años tenía, pero debía ser algo mayor según la fecha que se acepte para su nacimiento tendría 60 o 70 años ya que se cayó del caballo y el monje tuvo que curarlo, antes de regresar a China colmado de honores y de exenciones de impuestos: Gengis Khan siguió escribiéndole cartas hasta su muerte. En 1224, el khan podía plantearse un descanso. Sus generales Jebe y Subotei habían salido en persecución del sha de Jarezm y, una vez muerto éste en una isla del mar Caspio, destruyeron Georgia que estaba en el apogeo de su esplendor Azerbaidjan, Armenia, los principados rusos del sur. Con 40.000 hombres recorrieron 20.000 kilómetros en cuatro años y volvieron sabiendo cómo era el islam y cómo el mundo europeo que se extendía en los márgenes de Rusia, mientras su otro general Muqali había recabado para él toda la información posible sobre el otro gran imperio chino de los Song del sur y sus relaciones con todo el sudeste de Asia: a principios del siglo XIII ningún sabio del mundo podía emular el conocimiento geográfico del analfabeto Gengis Khan. A principios de año el khan regresó a Mongolia y celebró su triunfo con una cacería inmensa que estuvo preparándose durante meses y en la que participaron 100.000 hombres avanzando en un radio de 600 kilómetros en un orden tan estricto y con tácticas tan elaboradas como las del campo de batalla. Pero a Gengis le quedaba por resolver el tema de China. Como los Xi Xia no le guardaban la lealtad debida y negaban su ayuda al khan cuando bien les convenía, mientras éstos siguieran existiendo sería difícil destruir del todo a los Jin. La campaña, iniciada en 1226 se saldó con un terrible baño de sangre y la aniquilación total de los tangut, pero también fue allí donde murió Gengis Khan. Cayó de nuevo del caballo y esta vez las heridas internas no sanaron. Su muerte, acaecida durante el sitio a la capital tangut de Ningxia, sobre el río Amarillo, se mantuvo en secreto hasta que se produjo la rendición de la ciudad, que fue pasada a cuchillo, como lo fueron todos los seres vivos, hombres o animales, que se cruzaron con el cortejo fúnebre que lo devolvía a Mongolia donde fue enterrado a los pies del monte Burkhan Khaldan, la montaña sagrada que se levanta en las inmediaciones de su tierra natal del río Onon. Valoración final A diferencia de lo que había pasado con los anteriores imperios de la estepa, su muerte no deshizo el imperio ni mitigó el ímpetu conquistador de los mongoles, que había de durar tres generaciones: los conquistadores de Mesopotamia y China Hulegu y Kubilai Khan serán nietos de Gengis Khan. La cohesión que logró Gengis Khan en torno suyo no tiene tampoco parangón, y ello a empezar por su familia: aunque de muy niño mató a un medio hermano, el resto de sus hermanos, medio hermanos, cuñados y yernos le siguieron fielmente hasta el final. A pesar de las disputas, consiguió mantener unidos a sus hijos y el número de fieles incondicionales siguió aumentado a lo largo de toda su vida. Aunque sus matanzas eran terribles, no excedían en modo alguno a las que eran habituales en la estepa y no le valieron entre los cronistas la fama de perverso que siglos después acompañaría a Tamerlan. Sus disposiciones, aunque erráticas, buscaban siempre reforzar su poder único y supremo y tendían a establecer un cierto control: prohibió, por ejemplo, emborracharse más de tres veces al mes, y castigó con la pena de muerte el robo porque perjudicaba al comercio y el adulterio porque era una fuente de luchas interminable. Ninguna disposición prohibió en cambio el rapto de mujeres, quizás porque tenían tantas que se había convertido en una práctica innecesaria. A diferencia de otros conquistadores, parece haber mantenido hasta el final la frugalidad primigenia. En cualquier caso, ésta se convirtió en uno de los activos importantes de sus tropas, capaces, a diferencia de las de sus contrarios, de pasar días sin apenas comer y bebiendo apenas un poco de sangre del cuello de sus caballos: las orgías a que se libraban con los bienes de los vencidos servían para compensar tanta penuria. Sin saber exactamente qué año nació ni donde está enterrado, Gengis Khan sigue envuelto en un cierto halo de misterio.
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