Comer todos juntos en familia en un restaurante, así, en principio y cuando los chicos están a punto de terminar sus vacaciones, suena a plan perfecto; pero, cuando nuestros hijos son pequeños, la experiencia puede convertirse en una tortura o en la peor de las pesadillas. Ustedes eligen.
Ya sabemos que los niños son inquietos, impacientes, que se cansan enseguida y se aburren con facilidad; además, no son tantos los locales acondicionados pensando en ellos –tronas, cambiadores en los baños, zona infantil ajardinada en el exterior...–. Sin embargo, a partir de los 5 o 6 años, ya deberían estar preparados para controlar ciertos comportamientos, aunque sin esperar milagros: por mucho que nos empeñemos, no dejan de ser niños. Y, en la mayoría de los casos, reproducirán en el restaurante, aunque algo más excitados por la novedad, comportamientos similares a los que muestran en casa.
Así pues, debemos aplicarnos a enseñarles desde pequeños y día a día, de manera progresiva según su edad, a manejar los cubiertos –primero la cuchara y después el tenedor– y a beber en vaso, sin derramar el líquido. Y ya podemos comenzar a insistir en ciertas normas de educación básicas, como masticar los alimentos con la boca cerrada o a utilizar la servilleta.
En pasos sucesivos, les mostraremos cómo sentarse en la silla y, con mucha paciencia y constancia, lograremos que no se levanten 400 veces por segundo de la mesa. Y si ya en el restaurante les escuchamos pedir las cosas “por favor” y dar las “gracias”... nos veremos recompensados con creces.